
La firma del acuerdo para detener la guerra entre Israel y Palestina trae, por fin, un respiro. Es legítimo alegrarse, cesan los bombardeos, se activan corredores de ayuda y se insinúa una vía —por frágil que sea— hacia algo parecido a la paz. Pero la alegría es contenida, el marco pactado detiene las armas, no las causas; pone un punto y seguido, no un punto final. La letra pequeña confirma esa fragilidad, en medio de un tablero geopolítico que se presenta como paz mientras sigue negociando cuotas de poder.
No podemos permitir que el fogonazo mediático sustituya a la memoria. El alto el fuego no borra los crímenes, ni devuelve por sí solo la dignidad arrebatada. La justicia —y esto es esencial— no puede suspenderse en nombre de la “estabilidad”. Las investigaciones por crímenes de guerra y de lesa humanidad deben continuar sin interferencias políticas ni presiones diplomáticas, porque lo contrario sería oficializar la impunidad y sembrar la semilla de la próxima catástrofe. La jurisdicción de la Corte Penal Internacional sobre el territorio de Palestina está establecida; su deber es investigar a quien corresponda, sin excepciones ni atajos.
Tampoco conviene confundir espectáculo con proceso de paz. El acuerdo llega acompañado de una puesta en escena calculada, con viajes, parlamentos y planes de reconstrucción empaquetados en titulares. El guion insiste en que “esta vez sí”, mientras se negocia una arquitectura postbélica con una Autoridad Palestina condicionada, un papel internacional tutelado y una gobernanza de Gaza que suscita recelos dentro y fuera. La política de gestos no debe tapar las preguntas difíciles: ¿quién decide, quién financia, quién controla y con qué garantías para la población palestina?
La figura de Donald Trump se sitúa en el centro del relato como promotor del espectáculo, viajero triunfal, aspirante a trofeo moral tras el desaire del Nobel. Su plan de veinte puntos y su narrativa de “yo acabé con la guerra” funcionan bien en horario de máxima audiencia; otra cosa es la realidad sobre el terreno. La paz no es una operación de imagen; es un compromiso con derechos, reparaciones y garantías. Celebrar al “pacificador” mientras se escamotea la discusión sobre soberanía, restitución y justicia solo desplaza el problema al futuro cercano.
Conviene recalcar que el fin de la guerra no puede ser el fin de la justicia. No basta con detener el fuego si no se detiene la lógica que lo alimentó. La ocupación, el castigo colectivo, la demolición sistemática de hogares e instituciones, la deportación de facto, el bloqueo sanitario y alimentario. La devastación de Gaza no es un “daño colateral”: es una herida abierta que exige verdad, responsabilidades y reparación. Sin justicia, la paz es una pausa. Sin memoria, la reconciliación es una consigna vacía.
No olvidemos tampoco la escenografía informativa. Demasiados medios replican sin contraste los relatos de aparatos corporativos y gubernamentales, validando marcos de “mal menor” que infantilizan a la opinión pública. El resultado es una conversación intoxicada por el victimismo instrumental, el miedo y la alarma, que pide obediencia en vez de deliberación. Frente a la propaganda, periodismo. Frente al relato de búnker, pluralidad de fuentes, verificación y contexto. De otro modo, el “consenso” se fabrica, no se construye.
No es menor la responsabilidad del liderazgo israelí. La persistencia de una política de fuerza, personificada en Benjamín Netanyahu, ha alimentado un círculo vicioso de seguridad imposible y violencia perpetua. Tampoco es menor la responsabilidad de Hamas, cuya masacre inicial fue tan atroz como injustificable y cuyas decisiones han colocado a la población palestina en una espiral de sufrimiento insoportable. Reconocer ambas verdades no es equidistancia: es condición para la verdad completa que necesita cualquier proceso serio de paz.
El acuerdo abre un carril que permite la liberación de rehenes, excarcelaciones, retirada parcial, entrada masiva de ayuda y un esquema de gobernanza en discusión. Es mucho y es poco a la vez. Mucho, porque corta el flujo de muerte. Poco, porque no fija el horizonte de un estado palestino viable, fin de la ocupación, garantías de derechos, seguridad sin apartheid, reconstrucción con control ciudadano, y un plan claro para que Gaza no sea moneda de cambio ni laboratorio inmobiliario de nadie. La reconstrucción no es un negocio; es un derecho. Y su diseño corresponde, ante todo, al pueblo palestino.
¿Qué queda, entonces? Alegría, pero sin olvido. Recuerdo, sin odio. Justicia, sin revancha. Paz, sin condiciones humillantes. Libertad, sin vigilancia permanente. Lo contrario sería decretar un intermedio hasta la próxima explosión. La tarea es más difícil y más noble. Arrancar de raíz la impunidad, devolver a las personas su lugar en la historia y construir un orden que no dependa de la foto del día, sino de la dignidad de todos.
La paz empieza hoy, sí. Pero solo será paz si mañana sigue siendo justicia. Y eso no se negocia, se garantiza.