
A Punt (Radio Televisión Valenciana) ha decidido borrar la violencia machista de su libro de estilo. Con ello, ha borrado también una parte esencial de su compromiso con la verdad, con la ética y con las mujeres. Porque cuando un medio público renuncia a nombrar la violencia, la está perpetuando. Cuando una institución silencia el machismo, lo está legitimando.
El libro de estilo de un medio de comunicación no es un documento burocrático, es su conciencia. Es la guía que marca cómo se mira el mundo, qué se nombra y cómo se cuenta. El anterior manual de À Punt, aprobado en 2021, constaba de 319 páginas, de las cuales más de 30 estaban dedicadas a la igualdad de género, al lenguaje inclusivo, a la paridad y al tratamiento no sexista de los contenidos. Era un texto vivo, pedagógico, alineado con las normativas autonómicas, estatales y europeas que exigen a los medios públicos un compromiso activo con la igualdad.
Con el nuevo manual redactado bajo el control del PP y VOX, todo eso ha desaparecido. La perspectiva de género se ha evaporado de sus páginas, reducida a menciones genéricas y vacías. La palabra “igualdad” sobrevive, sí, pero desprovista de contenido. El resultado no es un simple cambio de redacción, es una amputación deliberada.
Lo más grave no es lo que se dice, sino lo que ya no se dice. El nuevo libro de estilo borra de un plumazo el tratamiento específico de la violencia machista. Un tema que en el manual anterior ocupaba más de una decena de páginas, con pautas claras sobre cómo informar sin revictimizar, cómo usar las fuentes, cómo evitar mitos o cómo tratar las imágenes de forma ética. Ahora, el término “violencia machista” aparece una sola vez, diluido entre referencias genéricas a “violencias” que, al desvincularse del género, niegan su raíz estructural. Es el mismo argumento que emplea la ultraderecha al hablar de “violencia doméstica”, “intrafamiliar” o “humana” para esconder que el machismo mata.
Decir que “la tragedia no solo tiene nombre de mujer” no es una matización, es una mentira. Es una forma de blanquear el asesinato sistemático de mujeres por el hecho de serlo. Decir que hay que “romper con la victimización de las mujeres” no es empoderarlas, es culpabilizarlas. Es volver a la época en la que se preguntaba a las víctimas qué llevaban puesto o por qué no se defendieron. Es exactamente eso lo que los manuales de estilo feministas habían logrado desterrar, la mirada cómplice del patriarcado mediático.
Eliminar estas pautas no es una cuestión técnica, es una decisión política. Porque lo que no se nombra, no existe. Y lo que no existe, no se combate. Cuando una televisión pública —sostenida con dinero de toda la ciudadanía— borra la violencia machista de su discurso, está enviando un mensaje de impunidad. Está diciendo que el dolor de las mujeres importa menos. Está diciendo, en definitiva, que el negacionismo tiene cabida en lo público.
No hay excusas posibles. La ley lo prohíbe expresamente. La normativa valenciana, estatal y europea obliga a los medios públicos a garantizar la igualdad y a velar por una representación no sexista en todos sus contenidos. Y para ello, establece la existencia de comisiones de igualdad internas, que À Punt también ha eliminado. Suprimirla es ilegal, pero sobre todo es inmoral. Porque esa comisión era la que debía velar por que la información no se contaminara de estereotipos, porque la voz de las mujeres no fuera silenciada, porque el relato no volviera al tiempo en que se hablaba de “crímenes pasionales”.
En lugar de avanzar, retrocedemos. Mientras medios públicos europeos y latinoamericanos incorporan guías cada vez más detalladas sobre igualdad y cobertura de la violencia de género, À Punt adopta los postulados más reaccionarios y negacionistas. Se aleja de su función de servicio público para convertirse en un altavoz de la ultraderecha. Y lo hace en un país donde más de 1.300 mujeres han sido asesinadas desde que existen registros oficiales.
No es una cuestión ideológica, sino democrática. Los derechos de las mujeres no son una opción partidista, son una obligación constitucional y ética. No hay libertad de expresión posible si se calla la violencia. No hay pluralidad informativa si se invisibiliza a la mitad de la población. No hay servicio público si se blanquea el machismo.
A Punt nació para ser una televisión diferente, pública, plural, valenciana, comprometida con la sociedad. Hoy parece haber renunciado a esa promesa.
Callar nunca ha protegido a nadie. Nombrar, en cambio, salva vidas. Frente al silencio impuesto, solo cabe responder con más palabras, con más verdad y con más compromiso. Y recordarle a À Punt, y a quienes la dirigen y manipulan, que la violencia machista no desaparece porque la borren de un manual, desaparece cuando se combate con educación, con igualdad y con responsabilidad pública.