
Sr. Mazón:
Se cumple un año desde aquella terrible tragedia que arrasó pueblos enteros de la provincia de Valencia, llevándose por delante la vida de 229 personas y dejando tras de sí un rastro de desolación. No se llevaron solo viviendas o cosechas, también se llevaron los recuerdos, las ilusiones, las expectativas y los proyectos de miles de familias.
En muy poco tiempo, lo que eran entornos de convivencia, trabajo, juego y vínculos se transformó en un contexto yermo, de dolor y pérdida. El silencio que hoy habita en muchos de esos lugares no es solo el eco de la catástrofe natural, sino también el de una tragedia política y moral.
Como president de la Generalitat Valenciana, al margen de cualquier otra consideración, este triste aniversario debería servirle para reflexionar. Para interpelarse a sí mismo sobre lo que sucedió y sobre lo que usted hizo —o dejó de hacer— en las horas previas a la tragedia. No es mi intención acusarle de nada, el tiempo y la verdad, implacables, acabarán rescatando la realidad de lo sucedido. Pero sí me atrevo a pedirle, por el bien de todos, que tenga la valentía y la humildad necesarias para reconocer su parte de responsabilidad y dejar de escudarse en la defensa personal de su imagen.
Porque, créame, no hay discurso político que pueda borrar la memoria de un pueblo herido. Ni comparecencia, ni nota de prensa, ni foto con chaleco de emergencias podrá nunca ocultar la realidad de quienes lo perdieron todo. Usted puede intentar reescribir los hechos, pero no podrá borrar las lágrimas, los cuerpos, los recuerdos ni las preguntas que siguen sin respuesta.
Quiero imaginar lo que debe suponer llevar sobre la conciencia aquello que pudo evitarse y se niega a reconocer. Me resisto a pensar que no le pese, que no sienta el eco de esa culpa cuando el silencio lo alcanza. Tal vez su estrategia —y la de quienes le asesoran— consiga protegerle durante un tiempo. Pero lo que jamás podrá eludir es la sombra persistente de la sospecha sobre su actuación como máximo representante político del pueblo valenciano.
Si no es capaz de liberarse de las cadenas del poder que le paralizan, del miedo que le atenaza o de la soberbia que le ciega, no encontrará la paz. Si no puede soltar el lastre del recuerdo culpable, si necesita estar en alerta constante para defenderse de sus propias pesadillas, si prefiere mantener un relato que no se sostiene más que por el silencio de quienes le rodean, entonces ese peso le acompañará siempre. Y no hay cargo ni privilegio que compense una conciencia atormentada.
Usted podría, si quisiera, afrontar este aniversario con honestidad. No con discursos huecos ni homenajes de protocolo, sino con gestos reales. Escuchar a las víctimas, pedir perdón, reconocer errores. No hay vergüenza en ello. La verdadera vergüenza está en fingir que nada ocurrió, en convertir la tragedia en una oportunidad política o en tener que esconderse siempre.
Valore si realmente le merece la pena cargar toda la vida con ese peso. Porque no lo dude, le acompañará mientras siga negando su parte de responsabilidad. El perdón no se mendiga, se conquista. Y solo se conquista con verdad, empatía y humildad.
En el aniversario de la DANA no se apagarán velas ni se cantarán canciones de cumpleaños. No habrá regalos ni discursos de celebración. Habrá silencio, lágrimas y rabia contenida. Habrá quien mire al cielo y quien mire al suelo, pero todos recordarán. Y en cada recuerdo, señor Mazón, estará su nombre, asociado a lo que hizo, y a lo que no hizo cuando más se necesitaba liderazgo, presencia, humanidad y decisión.
Aún está a tiempo de dar un paso que le honraría. Quizás no repare el daño, pero sí podría recuperar parte de su dignidad. Esa dignidad que perdió cuando eligió mirar hacia otro lado mientras la gente moría, cuando optó por proteger su imagen antes que la vida de su pueblo, y con ella devolvérsela a quienes la DANA y usted se la arrebataron.
Le hablo no como adversario, que no lo soy, sino como valenciano al que le duele su pueblo y su tierra de los que forma parte. Como alguien que cree que un presidente debe ser ejemplo de responsabilidad, no de autodefensa. No hay honor posible en la negación. No hay grandeza en la soberbia. No hay liderazgo en la huida.
Por eso, señor president, le invito a actuar como lo que representa y no como lo que le sustenta. No deje que la historia le recuerde como el gobernante que calló ante la tragedia. Sea, al menos una vez, el hombre que supo mirar de frente a su pueblo y pedir perdón. Tal vez entonces, y solo entonces, empiece a liberarse de ese peso que lleva un año arrastrando.