LA HERENCIA DE LA MENTIRA: DE CAMPS A MAZÓN Y TIRO PORQUE ME TOCA

La historia, cuando no se aprende de ella, tiene la obstinada costumbre de repetirse. No como un eco casi imperceptible, sino como un golpe seco que nos recuerda que la falta de memoria colectiva siempre acaba teniendo consecuencias. La pseudodimisión —porque no merece otro nombre— del todavía presidente en funciones de la Generalitat, Carlos Mazón, es el último ejemplo de esta reiteración casi patológica de patrones que creíamos superados.

En julio de 2011, Francisco Camps dimitió como President de la Generalitat acosado por múltiples escándalos. Entre ellos, el accidente de Metro de 2006 que causó la muerte de 43 personas. Nunca asumió responsabilidad alguna. Nunca tuvo un gesto sincero hacia las víctimas y sus familias. Despreció el dolor como quien aparta una mosca molesta. Aquella dimisión fue presentada como un “acto de sacrificio” para allanar el camino a Mariano Rajoy hacia La Moncloa. El relato heroico duró lo que tardó en designarse a un sucesor dócil, manejable, inofensivo para la figura del líder caído. La operación era clara, cambiar algo para que todo siguiera igual. Y siguió igual, con escándalos, deshonor y un estilo político basado en la impunidad que finalmente le llevó a él también al banquillo de los acusados.

Catorce años después, el guion vuelve a representarse, pero con giros aún más inverosímiles y surrealistas. Cambian los actores, pero no la trama. Carlos Mazón se marcha —o finge marcharse— para despejar el camino a Alberto Núñez Feijóo. Pero añadiendo una condición, que su sucesor sea el hombre de su máxima confianza, Juanfran Pérez Llorca. Un fiel y custodio político que garantice lealtad a prueba de sobresaltos judiciales, que proteja el relato oficial, a pesar de la dificultad que ello supone. La realidad es tan simple como vergonzosa. Quiere el beneplácito de VOX, el mismo partido que él invitó a gobernar y que ahora actúa como avalista imprescindible para su supervivencia política. Génova duda, resopla y calcula, pero la estrategia de Mazón se impone, blindarse a sí mismo antes que proteger los intereses de los valencianos.

Y aquí es donde el déjà vu se convierte en náusea democrática.

Resulta triste, patético y profundamente desmoralizador comprobar cómo se sigue utilizando la política de manera tan rastrera, oportunista, miserable y mediocre imaginable. Ver cómo se desprecia a todo un pueblo para garantizar su seguridad personal. Constatar cómo se repite, corregido y aumentado, el manual de Camps, negando responsabilidades, falseando relatos, despreciando a las víctimas, manipulando la verdad y huyendo hacia adelante con una mezcla de arrogancia, cobardía y desprecio, aderezada en todo momento de nuevas y vergonzantes mentiras en el relato imposible de su negligencia, mediocridad y miseria.

Porque Carlos Mazón no solo deja a la Comunitat Valenciana sumida en una crisis institucional que torpemente trata de maquillar, sino que además ha mentido de manera sistemática y flagrante. Ha despreciado e ignorado a las víctimas de la DANA y a sus familiares. Ha tergiversado datos, ha construido realidades paralelas y ha intentado convertir en persecución lo que era simplemente su obligación. Ha preferido presentarse como mártir antes que asumir errores; como víctima antes que como presidente; como acosado antes que como responsable.

Y, sin embargo, pretende irse por la puerta grande. Con honores. Con aplausos. Con la ficción de una despedida estratégica. Pero la realidad es tozuda. Mazón deja la presidencia como el peor President de la democracia valenciana. Sí, peor que Camps. Sí, peor que su padrino Zaplana. Algo realmente difícil, pero que ha logrado con una velocidad y una intensidad que pasarán a los libros de historia.

Mazón no se marcha como un personaje trágico shakesperiano, consciente del daño causado. Se comporta más bien como los protagonistas de esas novelas de realismo sucio, que creen que basta con cambiar de escenario para que la trama no les alcance. Como si la culpa no viajara en el equipaje.

En medio de todo este espectáculo se repite el mismo mecanismo perverso. Se sacrifica la dignidad institucional para asegurar el futuro de quien huye; se manipulan las estructuras públicas como si fuesen de su propiedad privada; se trafica con la confianza ciudadana como si fuese un bien fungible.

Si esta dolorosa repetición histórica sirviera al menos para que no volviera a ocurrir, podríamos encontrar cierto consuelo. Pero mucho me temo que la memoria colectiva será, una vez más, tan corta como la honestidad política de Carlos Mazón. Las víctimas seguirán esperando respuestas. Las familias seguirán atrapadas en la incertidumbre. La Comunitat seguirá pagando las consecuencias de decisiones erráticas, negligentes y profundamente irresponsables.

Y, mientras todo esto sucede, el aparecido, el renacido Francisco Camps, amenaza con su regreso rodeado de todos aquellos que le acompañaron en el saqueo de la Comunidad Valenciana. No se puede generar un espectáculo más bochornoso, penoso y lamentable. O sí, no tentemos a la suerte, visto lo visto.

Mañana se escenificará un nuevo, que no último, acto de este sainete tan trágico y cruel en el que la vedette principal sigue presa de sus incoherencias y las de Mazón. La investidura, con el falso y calculado suspense que ha decidido incorporar VOX, de quien ellos mismos han elegido para que desarrolle el acoso y derribo a la libertad, la democracia, los derechos, la cultura, la lengua, la educación, la sanidad… de todo el pueblo valenciano.

La política valenciana vuelve a vivir el ciclo de la vergüenza, de la huida, del recambio táctico y del silencio cómplice. Y el pueblo valenciano vuelve a quedar relegado a un papel secundario en una obra mediocre que no ha pedido, pero se le obliga a ver.

Que Mazón se marche no es una buena noticia. Es la constatación del fracaso. Su fracaso. Y la evidencia de que el daño provocado seguirá pesando mucho tiempo sobre quienes, una vez más, pagaron el precio de la impunidad ajena.

Tanta gloria —o demérito— lleve como paz —o inquietud y rabia— deja.

Al nuevo e impuesto inquilino de la Generalitat le queda la obediencia debida.

Que triste y doloroso.

“CUIDAR DONDE LA VIDA SUCEDE”

Hay días que dicen mucho más de lo que parecen. El 26 de noviembre, Día Internacional de la Enfermería Comunitaria, es uno de ellos. No es una fecha más en el calendario, ni un aniversario corporativo. Es una oportunidad para mirar de frente algo fundamental: el papel esencial que desempeñan las enfermeras comunitarias en la salud y el bienestar de la ciudadanía, en la vida cotidiana y en los momentos más difíciles.

La COVID lo dejó claro. Y la DANA en la Comunitat Valenciana y otros desastres a nivel nacional e internacional, también. En cualquiera de los casos, mientras el foco mediático apuntaba a hospitales y emergencias, miles de personas descubrieron que la salud también se sostenía en sus barrios, en sus casas, en sus centros de salud, en las residencias, en las escuelas, en las asociaciones. Allí estaban ellas, las enfermeras comunitarias, recordándonos que cuidar es, muchas veces, la primera línea de protección.

Porque la Enfermería Comunitaria es justamente eso, una forma de ejercer la profesión enfermera que se desarrolla donde ocurre la vida, no donde se decide administrativamente. Son profesionales que conocen el territorio, que entienden sus dinámicas, que trabajan con los equipos de atención primaria, con los servicios sociales, con los centros educativos, con los ayuntamientos y con el tejido asociativo. No llegan cuando aparece un problema, están siempre. Antes del desbordamiento, antes de la crisis, antes del deterioro. Trabajan en esa zona fundamental donde los problemas se previenen y las soluciones se construyen de manera compartida.

La salud no es un acto puntual. La salud se configura cada día en las casas, en las calles, en las rutinas, en las relaciones. Se construye con hábitos, con decisiones, con información fiable, con apoyos, con espacios seguros, con vínculos que acompañan. Se fortalece con trabajo en equipo y con una mirada amplia que entiende que educar, convivir, trabajar, descansar y participar son factores que influyen terapéuticamente. Por eso, cuando una enfermera comunitaria entra en un domicilio, no se limita a “ver a un paciente”, se comunica con una persona, con su familia y su entorno y entiende una vida. Cuando trabaja con un colegio, no solo habla de salud, crea un espacio saludable. Cuando acompaña a una familia, no supervisa, consensua y articula. Y cuando se implica en un proyecto de barrio, no solo interviene, sino que hace partícipe a la comunidad.

Es importante que la ciudadanía comprenda que esta labor no consiste en suplir a nadie ni en “hacer tareas menores”, como a veces se ha dicho desde una mirada limitada y antigua. Su contribución es altamente cualificada. Evalúan necesidades, analizan entornos, orientan decisiones, detectan riesgos, activan capacidades, movilizan recursos y conectan sectores que habitualmente trabajan por separado. Saben mirar a la vez a la persona, a la familia y a la comunidad, porque la salud nunca es un fenómeno individual aislado.

Ese es el verdadero valor del cuidado profesional: conectar salud, bienestar y calidad de vida. Conectar lo sanitario con lo social, lo personal con lo colectivo. Conectar a quienes necesitan apoyo con quienes pueden ofrecerlo. Conectar instituciones con territorio. Conectar crisis con respuestas. Y hacerlo con una mirada profundamente humana pero también rigurosa, basada en conocimiento, experiencia y criterio.

La Enfermería Comunitaria no es un recurso más del sistema sanitario: es la base que sostiene su dimensión más cercana y más humana. Es la pieza que permite que la atención primaria y comunitaria tenga sentido, que los equipos funcionen, que las políticas de salud lleguen a quien deben llegar, que las dificultades no se conviertan en ausencias irremediables. Es también la dimensión profesional que mejor conecta salud y comunidad, que permite que la prevención sea real y que la promoción de la salud deje de ser un titular y se convierta en práctica.

Por eso este día importa. No para celebrar heroísmos, sino para reconocer realidades. Para recordar que la salud se construye en la vida diaria y que contar con enfermeras comunitarias es contar con profesionales que nos acompañan a todos, incluso cuando no somos conscientes. Para asumir que la salud no se defiende solo en los hospitales, sino también en los barrios, en las escuelas, en las familias y en cada red que sostiene la convivencia.

Cuidar donde la vida sucede no es un lema, es un compromiso con la ciudadanía. Un compromiso que miles de enfermeras comunitarias cumplen cada día con rigor, con cercanía y con responsabilidad. Un compromiso que merece ser entendido, reconocido y protegido. Porque cuando la vida se complica, saber que hay alguien que conoce nuestro entorno, que entiende nuestra realidad y que está ahí para acompañarnos marca una diferencia profunda.

El 26 de noviembre no es tan solo un gesto simbólico. Es una oportunidad para identificar la salud con una mirada más amplia y más real. Y para recordar que, sin cuidados, nada funciona y con cuidados, casi todo es posible.

“CUIDAR DONDE LA VIDA SUCEDE” Día Internacional de Enfermería Comunitaria

                                                                          La vida es un ciclo permanente de cuidados integrales, continuados y compartidos entre las enfermeras y la comunidad.

José Ramón Martínez-Riera

 

Hay fechas que no forman parte del calendario oficial pero sí del tejido profundo de una sociedad. Fechas que nacen de la práctica, del sentido común y del compromiso de quienes entienden que la salud no es un hecho aislado, sino un proceso constante que se construye cada día. El 26 de noviembre, Día Internacional de la Enfermería Comunitaria, es una de esas fechas. No nació en un organismo internacional ni en un decreto: surgió de la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC), que comprendió antes que nadie la importancia de nombrar una realidad que estaba transformando la vida de las personas, las familias y las comunidades en todo el territorio. Con el tiempo, aquel gesto se convirtió en una referencia reconocida más allá de nuestras fronteras, un punto de encuentro para profesionales y redes internacionales que hoy identifican este día como una cita clave para pensar la salud desde el territorio.

El lema de este año, “Cuidando donde la vida sucede”, resume con precisión lo que significa ejercer la Enfermería Comunitaria: estar presentes en los espacios donde la vida ocurre realmente. La salud no se juega solo en consultas o estructuras formales, sino en cocinas, aulas, parques, centros de trabajo, asociaciones vecinales, escaleras de comunidad, plazas y hogares en los que se toman decisiones, se afrontan dificultades, se establecen relaciones y se generan oportunidades. Allí, en ese entramado cotidiano, es donde las enfermeras comunitarias se convierten en referentes de salud, no porque desplieguen discursos grandilocuentes, sino porque ocupan un lugar clave en la vida real de la gente.

Lo distintivo de la Enfermería Comunitaria no es intervenir tan solo cuando estalla un problema, sino acompañar los procesos en los que la salud se construye antes de que los problemas aparezcan. Su capacidad para situarse en el territorio, comprender sus dinámicas, anticipar necesidades y ofrecer orientación ajustada al contexto es una de las fortalezas más valiosas del sistema sanitario. Son profesionales que llegan donde otros no llegan, que conocen realidades que otros no ven, que conectan lo clínico con lo social y lo personal con lo comunitario.

Hablar de Enfermería Comunitaria es hablar de proximidad, continuidad, contexto y relación. La salud depende más de las condiciones de vida, del apoyo social, de la educación, del entorno y de las oportunidades reales para cuidarse que de cualquier intervención puntual. Y esa lectura integral exige estar cerca, observar, escuchar, preguntar, acompañar, identificar posibilidades y construir con las personas caminos que mejoren su bienestar.

En ese sentido, el trabajo de las enfermeras comunitarias no consiste en dar instrucciones ni en supervisar decisiones, sino en activar capacidades. Ayudan a que una familia pueda organizarse mejor, a que una persona con enfermedad crónica recupere el control sobre su vida, a que un barrio encuentre maneras de cuidarse colectivamente, a que una escuela incorpore la salud en su día a día, a que un grupo de mayores mantenga su autonomía, a que un joven encuentre espacios seguros para expresar sus dudas, a que una comunidad descubra que tiene recursos para avanzar.

Para ello necesitan conocimiento científico, habilidades sociales, claridad ética y una profunda comprensión del territorio. La Enfermería Comunitaria no es una suma de técnicas, sino una forma de integrar múltiples miradas: lo biológico y lo social, lo clínico y lo educativo, lo individual y lo colectivo, lo mental y lo espiritual. Su valor radica en esa capacidad de articular lo que otros servicios suelen fragmentar.

La AEC entendió que todo esto debía visibilizarse, no para reclamar nada, sino para mostrar la realidad y el impacto de una forma de cuidar que transforma la vida de las personas. Por eso impulsó la creación de este día, por eso lo consolidó año tras año y por eso se ha convertido en una fecha de referencia para quienes trabajan en salud pública, en atención primaria y en redes comunitarias. La ciudadanía —cuando conoce de cerca esta forma de acompañar— lo reconoce sin necesidad de explicaciones extensas, porque la presencia de una enfermera comunitaria marca una diferencia. Porque cuando hay alguien que acompaña, orienta, escucha y construye junto a la comunidad, las cosas cambian. Y cambian de manera real, medible y significativa.

La fortaleza de la Enfermería Comunitaria reside en su manera de estar en los lugares donde se construye la salud, no como visitantes esporádicos, sino como profesionales que forman parte de la vida diaria de las personas. Esa presencia continuada permite identificar matices que a menudo pasan inadvertidos y que, sin embargo, determinan la efectividad de cualquier intervención. Cada conversación, cada gesto, cada dinámica aporta información relevante que va más allá de la patología y permite ajustar las intervenciones a la realidad.

No se trata de asistir, como suele simplificarse, sino de comprender entornos. No se trata de “hacer educación sanitaria”, sino de dialogar con las personas para que descubran sus propios recursos educándose en salud. No se trata de “controlar situaciones”, sino de acompañar procesos que perduren en el tiempo a través de su empoderamiento y autocuidado. La Enfermería Comunitaria es, ante todo, una forma de trabajar que atiende simultáneamente a las condiciones de vida, a las relaciones, a la autonomía y a los desafíos concretos que cada persona o comunidad enfrenta. Esa mirada integradora permite detectar oportunidades antes de que se conviertan en problemas y actuar de manera preventiva, ajustada y respetuosa con la vida real.

Además, las enfermeras comunitarias manejan una dimensión clave, la construcción de confianza. La confianza no es un recurso técnico ni un indicador que se pueda medir con exactitud. Es un valor que se construye con presencia, continuidad y coherencia. Las personas confían no en quien aparece, sino en quien permanece; no en quien dicta normas, sino en quien escucha; no en quien se coloca por encima, sino en quien se sitúa al lado. Esa confianza permite que la enfermera comunitaria pueda trabajar en aspectos que, de otro modo, permanecerían ocultos, las dudas, los temores, las inseguridades, las decisiones difíciles, las tensiones familiares o sociales que condicionan la salud y que rara vez aparecen en entornos más formales.

En esta práctica, la comunidad no es un concepto abstracto, sino un conjunto de relaciones reales que requieren cuidado y acompañamiento. Una comunidad no es solo un grupo de personas que viven en un lugar; es un sistema vivo en el que se comparten espacios, responsabilidades, expectativas, preocupaciones y proyectos. Cuando una enfermera comunitaria trabaja con un barrio, con una asociación, con un grupo de jóvenes o con un centro educativo, está contribuyendo a fortalecer un tejido social que refuerza vínculos y genera bienestar. Y ese fortalecimiento no surge de grandes discursos, sino de acciones concretas, de facilitar la organización de grupos de apoyo, dinamizar espacios intergeneracionales, promover hábitos saludables adaptados al contexto, identificar recursos comunitarios, acompañar procesos colectivos o apoyar proyectos impulsados por la propia ciudadanía.

El valor de este enfoque es evidente cuando se observa su impacto en la vida cotidiana. Una persona que se siente acompañada en un proceso de enfermedad crónica suele mejorar su autocuidado y sentirse útil. Una familia que encuentra orientación clara para reorganizarse ante un cambio importante desarrolla mayor seguridad y capacidad de gestión sin sucumbir en el proceso de cuidados. Un grupo de personas adultas mayores que participa en actividades comunitarias mantiene mejor su autonomía. Una escuela que incorpora la salud en su proyecto educativo mejora el bienestar y autoestima de su alumnado. Un barrio que se reconoce como comunidad activa reduce conflictos y aumenta la cohesión. La Enfermería Comunitaria no crea realidades paralelas, mejora las reales.

En este punto, resulta especialmente relevante destacar la capacidad que tienen las enfermeras comunitarias para articular sectores que habitualmente funcionan de manera fragmentada. La salud no es un ámbito aislado: está condicionada por factores educativos, sociales, económicos, culturales y ambientales. Por eso el trabajo intersectorial no es un añadido, sino un componente esencial del cuidado comunitario. Las enfermeras comunitarias coordinan con servicios sociales, colaboran con centros educativos, trabajan con ayuntamientos, participan en redes vecinales, se integran en equipos de atención primaria y establecen alianzas con entidades diversas. Esa capacidad para conectar espacios que no siempre dialogan entre sí convierte su papel en una pieza estratégica para que las políticas públicas sean coherentes y efectivas en la práctica.

Esta visión integradora contrasta con enfoques más fragmentados que separan ámbitos como si la vida pudiera compartimentarse. La Enfermería Comunitaria tiene la fortaleza de unir lo que la burocracia separa. Una persona no deja de ser madre, trabajadora, vecina o cuidadora cuando entra en un centro de salud. Tampoco deja de precisar atención cuando está en su casa, en su barrio o en su lugar de trabajo. La salud atraviesa la vida completa, y la Enfermería Comunitaria es la dimensión de la profesión que trabaja precisamente en ese cruce, donde lo personal se encuentra con lo social y lo clínico con lo cotidiano.

Todo esto explica por qué, aun siendo parte de la Enfermería, tiene una especificidad que la hace esencial. No es un añadido, es una especialidad compleja, es una forma de ejercer la Enfermería que aporta profundidad, continuidad, comprensión global y capacidad para transformar entornos. Cuando se comprende esto, la presencia de una enfermera comunitaria deja de verse como un recurso más y se reconoce como un elemento estructural del bienestar colectivo.

La presencia de una enfermera comunitaria aporta algo que pocas veces se describe con exactitud, referencialidad. En un sistema en el que las personas entran y salen de consultas, servicios y dispositivos según la necesidad del momento, contar con una figura que conoce la historia vital, el contexto, los vínculos, las prioridades, los recursos y las limitaciones de cada persona supone una diferencia sustancial. Esa referencia no se impone, se construye. Y cuando existe —cuando está consolidada— genera seguridad, claridad y confianza; tres elementos imprescindibles para que una comunidad pueda desarrollar bienestar.

La mayoría de las ocasiones, las personas no necesitan soluciones técnicas, sino alguien que las acompañe para poner orden en sus dudas, traducir la información, priorizar lo necesario, descartar lo accesorio y reconocer los recursos de los que ya disponen. La enfermera comunitaria no indica qué hacer, sino que ayuda a comprender por qué hacerlo, cómo integrarlo en la vida diaria, cómo adaptarlo a las características concretas de una familia o de un barrio. Es una figura puente, una mediadora, una facilitadora, entre el conocimiento profesional y la vida real.

Esa mediación es especialmente importante en un momento en el que la sobreinformación convive con la desinformación, y en el que muchas personas sienten que cuidar de su salud requiere navegar entre mensajes contradictorios. En este contexto, una referencia profesional estable permite reducir ansiedad, evitar errores y favorecer decisiones autónomas basadas en criterios claros. La autonomía, en este sentido, no es que cada persona gestione sola todos sus cuidados, sino que pueda hacerlo con comprensión, apoyo y orientación profesional.

La salud entendida desde una perspectiva comunitaria es, en esencia, una construcción compartida. Nadie cuida su salud en soledad. Se cuida en relación con otros, con el entorno, con las condiciones de vida, con las oportunidades disponibles, con los apoyos formales e informales. La Enfermería Comunitaria comprende esta interdependencia y trabaja para fortalecerla. No busca sustituir el papel de las familias ni de las redes comunitarias, sino reforzar su capacidad para cuidar y cuidarse. Por eso actúan también sobre los vínculos, porque saben que las relaciones saludables protegen tanto como una intervención clínica, y que los entornos favorables actúan como amortiguadores frente a las dificultades.

Hay algo fundamental en su enfoque que a menudo pasa desapercibido, su forma de mirar la salud desde las capacidades, no solo desde las carencias. No se limitan a identificar riesgos o problemas; buscan aquello que cada persona, familia o comunidad puede poner en juego para mejorar su bienestar. Ese enfoque salutogénico —aunque no se cite como tal en la vida cotidiana— es una de las claves más poderosas de su trabajo. Permite que las personas se reconozcan como agentes activos, no solo como receptoras de cuidados. Permite que las comunidades se perciban como espacios capaces de generar salud, no solo como territorios donde surgen necesidades. Y permite que la propia profesión enfermera mantenga una identidad centrada en el acompañamiento, la promoción de la autonomía y la potenciación de lo que funciona.

Trabajar desde las capacidades exige un conocimiento profundo de los determinantes de la salud, pero también exige reconocer que esos determinantes no son abstractos y los determinantes morales. Tienen nombres, direcciones y rostros. Se manifiestan en la conciliación laboral, en la accesibilidad de los barrios, en la situación económica de una familia, en la presencia o ausencia de redes de apoyo, en la calidad de las viviendas, en la convivencia escolar, en las dinámicas culturales o en la forma en que se gestionan los recursos comunitarios. Comprender esa complejidad es imprescindible para intervenir con sentido y ética. No basta con dar pautas genéricas; hay que interpretarlas en el contexto real.

Por eso la Enfermería Comunitaria se mueve en terrenos que requieren sensibilidad social, criterio profesional, capacidad de análisis y una gran habilidad para establecer relaciones de colaboración. Una intervención puede fracasar si no tiene en cuenta la realidad del entorno. Un consejo puede no funcionar si no se adapta al estilo de vida de la persona. Un programa puede no avanzar si no parte de las prioridades reales de la comunidad. El trabajo de las enfermeras comunitarias es precisamente ese: hacer que lo que debe funcionar, funcione de verdad; que lo técnicamente adecuado sea también vitalmente viable.

Quienes conocen la aportación específica de las enfermeras comunitarias saben que su impacto es, en gran medida, acumulativo. Los cambios no se producen de un día para otro; se consolidan con el tiempo, con constancia, con presencia. Las enfermeras comunitarias trabajan en procesos largos, donde la mejora aparece de manera progresiva. La persona que empieza a cuidarse más, la familia que encuentra nuevas formas de organizarse, el grupo de jóvenes que participa en actividades comunitarias, la asociación que se fortalece, el barrio que recupera espacios de convivencia. Cada avance es un paso, y cada paso genera beneficios que se extienden más allá de quienes participan directamente.

Esa visión a largo plazo es otra de sus fortalezas. En un mundo que tiende a demandar inmediatez, las enfermeras comunitarias recuerdan que la salud se construye en procesos que requieren tiempo, coherencia y continuidad. Y que, cuando se trabaja con esa perspectiva, los resultados son más sólidos y sostenibles. La comunidad cambia cuando se acompaña; no cuando se invade. Mejora cuando se escucha; no cuando se imponen agendas. Avanza cuando se integra a quienes viven allí; no cuando se les dicta lo que deben hacer. Esta forma de trabajar no es una teoría, es una práctica cotidiana.

Por eso el lema de este año adquiere una fuerza especial. “Cuidando donde la vida sucede” no describe una aspiración, sino una realidad. La vida sucede en lugares concretos, con ritmos propios, con desafíos específicos, con relaciones que influyen en el bienestar. Y es allí, en esos lugares, donde las enfermeras comunitarias están presentes. No como espectadoras, sino como agentes activos de salud. No como figuras aisladas, sino como parte del entramado social que sostiene la vida de las personas.

Ese cuidado situado —insertado en la vida real— evita que la salud se convierta en un concepto abstracto. La vuelve accesible, comprensible, cotidiana. La acerca a quienes más la necesitan y también a quienes no saben que la necesitan. La rescata de la distancia burocrática y la lleva al espacio donde puede ser vivida, compartida y fortalecida.

La solidez de un sistema sanitario no se mide únicamente por su capacidad para responder a la enfermedad, sino por su capacidad para construir salud antes de que la enfermedad aparezca. Esa es una de las grandes aportaciones de la Enfermería Comunitaria y uno de los motivos por los que su presencia resulta imprescindible en un contexto social que cambia con rapidez. La sociedad actual exige profesionales que sepan interpretar realidades diversas, que puedan trabajar con múltiples actores, que comprendan cómo las condiciones de vida influyen en la salud y que actúen con una mirada integradora que conecte lo individual con lo colectivo. Las enfermeras comunitarias representan esa mirada y esa capacidad de acción.

El trabajo comunitario demuestra que la salud no es una responsabilidad aislada de los servicios sanitarios. Es una construcción compartida que requiere alianzas, coordinación y compromiso entre sectores que, a menudo, operan de manera independiente.

Esa capacidad de articular sectores diversos es una de las competencias más valiosas de la Enfermería Comunitaria. No se trata de dirigir a otros, sino de conectar esfuerzos. No se trata de asumir funciones ajenas, sino de facilitar que cada sector pueda contribuir a la salud desde su propia responsabilidad. Las enfermeras comunitarias entienden que la salud no puede fragmentarse. Lo que ocurre en la escuela influye en la salud; lo que ocurre en el hogar influye en la salud; lo que ocurre en el barrio, en los medios de transporte, en los centros de trabajo, en los espacios públicos, en las asociaciones o en los servicios sociales influye en la salud. Por eso su trabajo es transversal, dialogante y profundamente cooperativo.

Esta cooperación se sostiene en principios éticos fundamentales para la profesión. Respeto, autonomía, equidad, dignidad, responsabilidad y confianza. No se puede acompañar a una comunidad si no se cree en su capacidad para participar y decidir. No se puede trabajar con familias si no se respeta su trayectoria y su forma de organizar la vida. No se puede ayudar a una persona a ganar autonomía si se ignora su contexto, sus prioridades o sus posibilidades reales. Las enfermeras comunitarias aportan una ética de la presencia que consiste en estar sin invadir, acompañar sin sustituir, orientar sin imponer.

En esa ética se encuentra también su liderazgo. Un liderazgo que no se basa en la autoridad formal, sino en la credibilidad, la competencia y la coherencia. Las enfermeras comunitarias lideran procesos porque conocen a las personas, comprenden sus realidades y pueden anticipar las necesidades que surgirán. Lideran porque interpretan el territorio con precisión y porque las comunidades reconocen en ellas un punto de referencia fiable. Ese liderazgo no se ejerce desde la distancia, sino desde el contacto directo, sostenido y respetuoso con quienes viven en el territorio.

La capacidad de liderazgo de las enfermeras comunitarias se manifiesta también en su función docente. Al formar a estudiantes, profesionales y ciudadanía en prácticas saludables, en autocuidado y en comprensión crítica de los determinantes de la salud y morales, contribuyen a construir una cultura de la salud más sólida y participativa. Esa educación es una inversión a largo plazo, porque fomenta competencias que mejoran el bienestar individual y colectivo, reduce la dependencia del sistema sanitario y fortalece la resiliencia de las comunidades ante desafíos sociales, económicos o ambientales.

Además, la Enfermería Comunitaria aporta algo que resulta especialmente relevante en tiempos de incertidumbre, estabilidad. En un mundo donde los ritmos de vida son acelerados y las trayectorias personales cambian con frecuencia, contar con un profesional que se mantiene en el territorio y acompaña los procesos a lo largo del tiempo genera cohesión y confianza. La continuidad de la atención no es un lujo; es un factor de calidad. Y las enfermeras comunitarias son expertas en garantizar esa continuidad en escenarios donde lo más común es la fragmentación.

Todo esto explica por qué el Día Internacional de la Enfermería Comunitaria tiene sentido más allá del propio ámbito profesional. No es un día para destacar méritos individuales, sino para hacer visible una forma de entender la salud que aporta valor social en un nivel profundo. Un día que invita a la ciudadanía, a las instituciones y a los sectores implicados en la vida comunitaria a reconocer que la salud se construye con acompañamiento, con cercanía, con conocimiento y con un compromiso continuado.

“Cuidando donde la vida sucede” sintetiza mejor que ningún otro mensaje el alcance de la Enfermería Comunitaria. Cuidar donde sucede la vida es reconocer que la salud está en los detalles cotidianos, en las decisiones pequeñas, en las relaciones que sostenemos, en los lugares que habitamos, en los proyectos que compartimos. Es comprender que la salud no es un estado individual aislado, sino un proceso que se construye entre personas, grupos, instituciones y entornos. Y es afirmar que ese proceso necesita enfermeras comunitarias con capacidad para interpretarlo y acompañarlo.

El texto podría terminar aquí, pero la realidad invita a ir un paso más allá. Este día también ofrece una oportunidad para pensar en el futuro. Un futuro en el que la Enfermería Comunitaria tenga mayor presencia en la planificación sanitaria, en la formación universitaria, en la investigación aplicada, en las estrategias intersectoriales y en la vida organizada de las comunidades. Un futuro que no se construye desde la reivindicación, sino desde la convicción de que este enfoque aporta un valor innegable: mejora la salud, fortalece comunidades, da sentido a las intervenciones y humaniza los sistemas.

La Enfermería Comunitaria no es un concepto ni una promesa, es una realidad profesional que lleva décadas transformando silenciosamente la vida de las personas y los territorios. Y si hoy la celebramos, no es para pedir nada, sino para poner en valor, visibilizar y reconocer lo que ya aporta, lo que ya cambia, lo que ya sostiene. Para reconocer que la salud tiene raíces que a veces no se ven, y que esas raíces necesitan cuidado profesional experto, continuo y cercano.

Por eso este día importa.

Porque recuerda lo esencial.

Porque hace visible lo que de otra manera quedaría oculto.

Porque señala el valor de quienes se sitúan al lado de las personas, no solo cuando duele, sino sobre todo cuando la vida sucede.

TRUMP: EL DESPRECIO AL CUIDADO COMO POLÍTICA DE ESTADO

En política, los gestos nunca son inocentes. Tampoco las decisiones administrativas que, bajo una apariencia técnica, esconden un profundo desprecio hacia aquello que consideran prescindible. Eso es precisamente lo que acaba de hacer la Administración Trump al decidir que profesiones como la enfermería, la fisioterapia o la práctica avanzada en salud no forman parte de los “programas profesionales” reconocidos por el Departamento de Educación de los Estados Unidos. Mientras tanto, sí quedan incluidos medicina, farmacia, odontología, optometría, derecho, teología o quiropráctica, como si el prestigio profesional se determinara por criterios tan arbitrarios como ideológicos o religiosos.

La medida no es un error, ni un malentendido, ni una simple torpeza burocrática. Es una declaración de intenciones. Es la expresión más nítida de un paradigma que solo valora aquello que genera negocio, que produce mercado, que engrasa la maquinaria de la industria médica y farmacéutica, y que desprecia todo lo que tenga que ver con el cuidado, el acompañamiento, la humanización y el bienestar. Para Trump —y para quienes sostienen su mirada mercantilista— cuidar no da dinero, curar sí. Y ese es el gran pecado original de las enfermeras, no haber convertido el cuidado en un producto transaccional.

En su cosmovisión, profundamente deshumanizada, lo que no produce beneficios es irrelevante. Lo que no multiplica ganancias no merece protección institucional. Así, la exclusión de la enfermería —precisamente en un país que sufre una crisis histórica de falta de profesionales y deterioro sanitario— revela una lógica siniestra, si no sirve al negocio, no sirve al sistema. Y ese sistema, cada vez más, es un sistema donde el mercado se ha comido a la política, donde el dinero dicta prioridades y donde la vida de millones de personas queda subordinada a los balances de las aseguradoras.

Esta decisión no solo invisibiliza a las enfermeras, las relega a un espacio de subsidiariedad, de irrelevancia institucional, devolviéndolas a estereotipos que creíamos superados. Pero, sobre todo, despoja a la ciudadanía estadounidense de uno de los pilares esenciales de su salud, los cuidados profesionales. Porque sin cuidados no hay salud, por mucho que se multipliquen los tratamientos, los fármacos o las tecnologías.

Resulta irónico —y trágico— que este ataque provenga de un presidente cuya vida, en no mucho tiempo, dependerá probablemente de aquello mismo que ahora relega, la competencia y humanidad de enfermeras que, pese a decisiones políticas como esta, seguirán sosteniendo la vida de millones de personas. Trump desprecia lo que no entiende, pero sobre todo desprecia lo que no controla o no le aporta beneficios económicos. Porque los cuidados no se controlan ni se someten, se ejercen desde la ética, la ciencia y la humanidad.

Pero el análisis tendría un importante sesgo si se carga toda la responsabilidad en un solo individuo. Parte del problema se ha gestado dentro de la propia profesión enfermera estadounidense, que durante años ha oscilado entre la fascinación por el paradigma médico y la renuncia a reforzar su propia identidad disciplinar. Al priorizar modelos clínicos subordinados a la medicina, algunas enfermeras han contribuido —posiblemente sin quererlo— a diluir el valor singular del cuidado y a reforzar la idea de que su aportación principal es técnica, instrumental, dependiente. Cuando una profesión deja de defender su identidad, otros llenan el vacío. Y Trump lo ha llenado con ideología mercantilista, desprecio y autoritarismo institucional.

Ahora bien, cometeríamos un error gravísimo si pensáramos que todo esto es un problema lejano, propio de la realidad norteamericana y ajeno a la nuestra. Verlo como un fenómeno distante es, en sí mismo, una forma de ingenuidad política. El efecto mariposa en materia de políticas sanitarias es muy real. Lo que comienza como una decisión aparentemente local puede convertirse en tendencia internacional, replicarse, amplificarse y normalizarse. Y ya sabemos que, cuando se trata de mercantilizar la vida y degradar los cuidados, no faltan voluntarios dispuestos a aplaudir sin pensar, a actuar como palmeros entusiastas mientras preparan la importación del modelo.

Quienes hoy celebran a Trump o admiran su supuesta “firmeza” pueden ser, mañana, quienes intenten reproducir decisiones similares en nuestros países. No es una posibilidad remota; es una probabilidad alta en un contexto donde crecen el autoritarismo, el negacionismo, el desprecio por lo público y la tentación de convertir la salud en un negocio más. Por eso es imprescindible tomar buena nota de lo que está ocurriendo. Porque lo que ahora se ensaya allí puede convertirse, si no reaccionamos, en un ataque directo a nuestras enfermeras, a nuestros sistemas públicos y, sobre todo, a la esencia de los cuidados profesionales.

De ahí que las enfermeras iberoamericanas, ahora más que nunca, debamos trabajar unidas en la construcción de un marco propio, sólido, reconocible e irrenunciable. Un marco que no solo nos identifique y nos valore, sino que nos sitúe en una posición de defensa inexpugnable de aquello que mejor sabemos hacer, cuidar. Porque cuando una profesión se fortalece desde la ciencia, la ética y la cohesión, ningún mercantilista ni ningún aprendiz de Trump puede degradarla sin enfrentarse a la resistencia de miles de profesionales conscientes de su papel insustituible en la sociedad.

La decisión de Trump no es solo una agresión a las enfermeras, es un ataque directo a la esencia misma de lo humano. A la dignidad de sanos y enfermos. A la vulnerabilidad que todas las personas, incluso los poderosos, comparten. Es una advertencia sobre el peligro de entregar la salud a quienes solo ven números, no vidas; a quienes solo reconocen profesiones si aumentan el negocio; a quienes solo entienden la atención sanitaria como un nicho comercial.

Cuando un presidente desprecia a quienes cuidan, desprecia a su propio pueblo.

Y cuando un país permite que eso ocurra, empieza a caminar hacia una sociedad más enferma, más desprotegida, más deshumanizada.

Tarde o temprano, incluso quienes hoy celebran esta decisión descubrirán que hay cosas que no se pueden comprar. La humanidad, la compasión, la cercanía, el saber cuidar. Y quizá entonces, cuando necesiten aquello que ahora desprecian, comprenderán el alcance del daño. Pero para entonces, quizá, ya sea demasiado tarde.

SALUD NO SE VENDE

La salud no se vende, se cuida

José Ramón Martínez-Riera

Profesor Honorífico Universidad de Alicante

 

Durante décadas, el sistema sanitario español fue considerado una referencia internacional, un motivo de orgullo colectivo y un ejemplo de calidad, universalidad y humanidad. Sin embargo, en un periodo relativamente breve, esa imagen se ha ido erosionando hasta el punto de que hoy la ciudadanía cuestiona aspectos fundamentales de su funcionamiento. Paradójicamente, esta crisis no se debe a la falta de profesionalidad; al contrario, los profesionales de la salud son, probablemente, los mejor formados, más preparados y técnicamente competentes de toda nuestra historia. Pero también se encuentran exhaustos, desmotivados, mal remunerados y profundamente desilusionados. Esta combinación constituye un cóctel explosivo que desemboca en protestas continuas tanto de quienes trabajan dentro del sistema como de quienes intentan acceder a él.

El problema se origina en los decisores de los 17 sistemas sanitarios autonómicos, con un Ministerio de Sanidad que, lejos de actuar como árbitro, se percibe como un mero espectador incapaz de garantizar la cohesión interterritorial. Esta lucha política provoca desigualdades flagrantes en prestaciones, servicios y coberturas según el lugar donde uno resida. La ciudadanía se encuentra atrapada en una especie de ruleta que mina aún más la credibilidad del sistema nacional en su conjunto y amenaza el principio de equidad que debería sostener cualquier servicio público esencial.

Este escenario se alimenta del modelo hegemónico que se perpetúa, impregnando tanto al sistema público como a un sector privado que crece sin necesidad de grandes campañas. Le basta con aprovechar las grietas abiertas por la ineficiencia del sistema público. Se trata de un modelo caduco, centrado en la enfermedad que subestima la salud; en la asistencia puntual, no en la continuidad; en la atención episódica, no en la promoción y la prevención. Un modelo paternalista que genera dependencia en lugar de fomentar autonomía, despreciando la participación comunitaria y que sigue colocando la curación como bien supremo por encima de los cuidados. A ello se suman las decisiones de corte neoliberal que se presentan como oportunidades de mejora siendo, en realidad, mecanismos encubiertos de privatización que debilitan deliberadamente la estructura del sistema público. Este enfoque, limitado y miope, deja el camino despejado para que los intereses mercantilistas ganen terreno y conviertan la salud en una oportunidad de negocio.

Mientras el deterioro se acelera, las necesidades reales de personas, familias y comunidades quedan sin respuestas. Las poblaciones más vulneradas se enfrentan a barreras crecientes de accesibilidad y cobertura; los tiempos de espera son una forma silenciosa pero eficaz de exclusión y derivación a la privada. La capacidad de autocuidado se debilita, aumentando la carga sobre cuidadoras familiares que, sin apoyo, coordinación, ni reconocimiento, se colapsan física y emocionalmente. La soledad, el envejecimiento y la cronicidad se combinan en una triada devastadora, generando sufrimiento y dolor innecesarios que podrían evitarse con políticas sociosanitarias más sólidas y coordinadas.

A ello se suma el ascenso imparable de patologías asociadas a estilos de vida poco saludables —obesidad, diabetes, hipertensión— que se amplifican por el insuficiente desarrollo de estrategias de promoción y prevención eficaces y eficientes. El deterioro ambiental derivado del cambio climático crea territorios menos saludables y más hostiles, generando nuevas vulnerabilidades que el sistema no sabe gestionar. La erosión de los vínculos sociales y el aislamiento provocado debilitan la protección comunitaria, que favorece factores de protección frente a la enfermedad y la fragilidad. Nada de esto es nuevo ni desconocido; simplemente no resulta atractivo desde una perspectiva de mercado.

Pero, abordar estas realidades exige confrontar intereses poderosos. Lobbies corporativistas, industrias farmacéuticas, empresas de seguros y grupos vinculados a la sanidad privada. La desvalorización sistemática de los cuidados desestabiliza cualquier sistema, porque sin cuidados no hay atención, no hay continuidad, no hay humanización, no hay salud. Del mismo modo, la hegemonía de la terapia farmacológica margina terapias sociales, conductuales y naturales que han demostrado eficacia sin generar dependencia ni efectos adversos. La evidencia existe, pero no genera beneficios económicos de igual magnitud.

Mientras estas dicotomías persistan el Sistema Nacional de Salud no solo no mejorará, sino que continuará su camino hacia un papel residual, subordinado a grandes multinacionales que se benefician del deterioro progresivo de lo público. Mientras quienes gestionan el sistema trasladan discursos demagógicos, llenos de promesas vacías y consignas diseñadas para maquillar su incapacidad, su tibieza o, en algunos casos, su complicidad con el desmantelamiento silencioso de un bien común que costó décadas construir. Eliminando incluso el nombre, con el que se identificaron centros de salud, de quien lo hizo posible, en una maniobra tan miserable como innecesaria, que define a sus decisores.

El reto no es técnico, es político, ético y social. Requiere valentía, voluntad política, ética profesional, visión de futuro y la convicción de que la salud no se vende, se defiende y cuida a favor de la dignidad humana. El futuro del sistema público depende de que recuperemos esta idea sencilla pero poderosa.

EL FRANQUISMO ÚTIL: MANUAL PARA JUSTIFICAR LO INJUSTIFICABLE

Cincuenta años después de la muerte del dictador Francisco Franco, la política española vive una anomalía inquietante: el retorno, cada vez más explícito, de discursos que justifican, blanquean o incluso elogian la dictadura. No es fruto de la nostalgia, ni un exceso verbal accidental, ni un desliz puntual de quienes aún no han asumido completamente qué significa vivir en democracia. Es, más bien, el síntoma de un deterioro colectivo que se ha ido gestando día tras día, permitido por el silencio, la equidistancia o la banalización de la historia reciente.

Las declaraciones de la alcaldesa de València, María José Catalá, afirmando que Franco “dejó grandes infraestructuras”, son un ejemplo revelador. Incluso aunque después intentara matizarlas, la frase ya había cumplido su función, normalizar lo imposible. Quizá convenga recordarle a la señora Catalá que muchas de esas infraestructuras “dejadas” por el dictador fueron, en realidad, necesarias porque él y su ejército golpista habían destruido previamente pueblos, vías de comunicación, puentes, escuelas, hospitales y espacios de convivencia durante la guerra que él mismo desencadenó tras fracasar en su golpe de Estado.

Y si la referencia eran los pantanos, ese clásico del argumentario franquista, conviene también recordar que la mayoría estaban proyectados antes de 1936 por la II República e incluso por la dictadura de Primo de Rivera. Presentarlos como “logros” del franquismo es tan grotesco como si el señor Mazón quisiera convencernos de que las reparaciones tras la DANA son un éxito extraordinario de su gestión, y no la reparación obligada de lo que las inundaciones destruyeron. Aunque, tiempo al tiempo, dado el personaje.

El problema no es solo lo que se dice, sino quién lo dice, dónde y para qué. Cuando responsables públicos de primer nivel —alcaldes, presidentas autonómicas, diputados y diputadas— se permiten estas afirmaciones, no están improvisando, están empujando los límites. Están comprobando cuánto retroceso democrático puede tolerar la sociedad sin reaccionar. Están tanteando el terreno para ver cuánta memoria puede borrarse sin que nadie proteste.

Ahí están, acompañando este coro, voces como la de Isabel Díaz Ayuso o representantes del PP en el Congreso, que contribuyen a esa estrategia de erosión progresiva de lo que creíamos incuestionable. Y ahí están, también, decisiones como la del alcalde de Alicante, Luis Barcala, de no asistir al acto en el que la ciudad será reconocida como “Lugar de Memoria Democrática”. Una ausencia que no es inocente ni protocolaria: es una declaración política. Es el gesto de quien prefiere alinearse con los discursos revisionistas antes que honrar a una ciudad castigada por la aviación fascista italiana con uno de los bombardeos más crueles de la Guerra Civil, el del Mercado Central en 1938, donde cientos de personas inocentes murieron.

A ese menosprecio institucional se suma la decisión de cerrar los refugios antiaéreos visitables, símbolo y testimonio vivo de la barbarie del franquismo. Borrarlos del mapa cultural es una manera de borrar, también, la memoria emocional y ética de lo que ocurrió. Un pueblo sin memoria es un pueblo a merced del relato de quienes desean reescribir la historia, como el Sr. Barcala.

Nada de esto es casual. Nada ocurre de forma aislada. Cada declaración, cada omisión, cada gesto aparentemente anecdótico, cada reinterpretación de los hechos, suma un peldaño en la escalera del retroceso democrático. Cuando se dice que “no hay que mirar atrás”, lo que realmente se dice es: “permitidnos contaros un pasado conveniente”. Cuando se acusa a la memoria democrática de “reabrir heridas”, lo que se pretende es impedir que las heridas se comprendan para que nunca puedan cerrarse de verdad.

La democracia española, con todas sus imperfecciones, se ha sostenido durante décadas sobre el pacto social implícito de no permitir que el totalitarismo volviera a infiltrarse en nuestra vida política. Pero hoy ese pacto muestra su debilidad. Y no por el empuje de los nostálgicos —que siempre han existido—, sino por la normalización social de discursos que hace apenas veinte años habrían generado escándalo inmediato. La distancia moral respecto a la dictadura se está estrechando peligrosamente. Sobre todo, entre la población más joven.

Han pasado 50 años. Y, en lugar de celebrar una democracia más madura, más sólida, más protegida, constatamos que hay quienes están trabajando para erosionarla desde dentro. No tienen prisa. No necesitan, de momento, un golpe. Les basta con sembrar la duda, degradar el lenguaje, desdibujar los hechos, enfrentar a la ciudadanía, sembrar desconfianza hacia las instituciones y justificar lo injustificable hasta que parezca razonable.

Y mientras tanto, demasiada gente permanece indiferente, atrapada en la falsa creencia de que la democracia funciona sola, que no necesita ser defendida cada día, que es un patrimonio garantizado. No lo es. Una democracia que no se cuida se deteriora. Una democracia que no se protege se desmorona. Una democracia sin memoria está perdida.

Hoy, cincuenta años después de la muerte del dictador, no estamos asistiendo al final de una época, sino al principio de una amenaza. Y quizá la pregunta más urgente no sea qué están haciendo quienes intentan reescribir la historia, sino qué estamos dejando de hacer quienes sabemos, con absoluta claridad, que la libertad nunca es un regalo: es una conquista que puede perderse y que se está perdiendo.

RETOS DE LAS ENFERMERAS COMUNITARIAS EN EL CONTEXTO IBEROAMERICANO: CUIDADOS SINÉRGICOS

Siempre parece imposible hasta que se hace

Nelson Mandela[1]

 

Comparto la conferencia que impartí en el marco del III Congreso Nacional e Internacional de Enfermeria Comunitaria y Salud Social celebrado en la Universidad de Urlingham en Argentina el pasado día 3 de noviembre de 2025 c.

 

Hablar hoy de los retos de las enfermeras comunitarias en el contexto iberoamericano es hablar del futuro de la salud en clave de comunidad, de justicia y de humanidad. No se trata solo de reivindicar un espacio profesional, sino de reafirmar un modo de comprender la salud como bien común, interdependiente y compartido. En un mundo globalizado, fragmentado y profundamente desigual, el cuidado comunitario emerge como una forma de resistencia y, al mismo tiempo, como una estrategia de transformación social.

Sin embargo, los sistemas sanitarios vigentes en la mayoría de nuestros países —médicocentristas, asistencialistas, hospitalarios y profundamente dependientes de la tecnología y la farmacología— han constituido durante décadas una barrera estructural para el desarrollo de una atención verdaderamente integral, integrada e integradora[2]. Al centrar la acción casi exclusivamente en la enfermedad y en sus síntomas, se ha marginado el valor del cuidado, de la promoción de la salud, de la prevención y de la participación comunitaria. De igual manera, la fascinación por los modelos anglosajones, más orientados a la eficacia técnica que al bienestar relacional, ha contribuido a una progresiva desvalorización y usurpación de los saberes populares, comunitarios y ancestrales[3]. Esos saberes, lejos de ser simples expresiones culturales, han sostenido históricamente la salud cotidiana de los pueblos iberoamericanos y son parte esencial de su identidad.

Esta usurpación de los saberes locales por parte de la ciencia hegemónica —y en particular por el poder médico— transformó a la ciudadanía en objeto pasivo de asistencia, subordinada a la autoridad técnica y dependiente del sistema y de sus terapias. En ese proceso, se debilitó el tejido comunitario, se erosionó la autonomía y se empobreció la noción de salud como experiencia colectiva. La pérdida del protagonismo ciudadano en la toma de decisiones no solo empobreció el sistema sanitario, sino que debilitó la democracia sanitaria y la equidad[4].

Por eso, recuperar la perspectiva iberoamericana no es una ocurrencia, sino un acto de reparación epistemológica y de justicia cultural. El contexto iberoamericano ofrece una base única para repensar la salud desde la diversidad, la cooperación y la interdependencia. Compartimos lenguas que nos hermanan —el español y el portugués— y que, lejos de uniformarnos, nos permiten comunicarnos desde la pluralidad de acentos, identidades y matices, sin desdeñar ni olvidar la riqueza de las lenguas autónomas e indígenas. Compartimos también valores, tradiciones, espiritualidades y cosmovisiones que entienden la vida como equilibrio y comunidad, no como competencia. Ese capital simbólico y cultural puede convertirse en un punto de inflexión para generar un modelo común de salud que no pretenda derrocar al paradigma patogénico, sino complementarlo con un enfoque salutogénico capaz de integrar cuerpo, mente, entorno, espiritualidad y sociedad[5].

El diálogo entre ambos modelos no solo es posible, sino necesario. La patogénesis nos enseña a identificar y tratar las causas del daño; la salutogénesis, a reconocer y fortalecer los factores que generan salud. Juntas, pueden ofrecer una visión integral que conjugue ciencia y humanidad, prevención y promoción, técnica y vínculo. En esa articulación reside precisamente la riqueza del espacio iberoamericano, a través de una capacidad de sincretismo que transforma la diversidad en sinergia.

La irrupción de la pandemia mostró, con una crudeza que pocos esperaban, las grietas estructurales de los sistemas sanitarios y la fuerza relegada de los cuidados comunitarios. Cuando las instituciones se paralizaron, fueron las enfermeras comunitarias, junto con los equipos locales y las redes vecinales, quienes sostuvieron la continuidad de la vida. Ese aprendizaje no puede olvidarse, ya que nos recordó que los cuidados no se improvisan, se tejen, y que solo desde la cooperación y la confianza es posible afrontar los desafíos globales.

En este sentido, el concepto de cuidados sinérgicos adquiere un significado profundo. La sinergia implica cooperación, reciprocidad y suma de fuerzas diversas para generar algo que trasciende a cada parte por separado. En el ámbito de la salud, los cuidados sinérgicos representan la integración de distintos saberes —profesionales, comunitarios, ancestrales, familiares— que, al encontrarse, multiplican su potencia. No se trata de uniformar, sino de armonizar[6]. Como señala Edgar Morin, la complejidad no destruye la unidad, sino que la enriquece; entender el mundo es integrar, no fragmentar[7].

Iberoamérica comparte una historia de mestizaje, de colonización, de desigualdad, pero también de resistencia y de creación colectiva. En sus pueblos y comunidades pervive una comprensión de la salud que trasciende el modelo biomédico. Una salud que es relación, equilibrio, naturaleza y comunidad[8]. Esa visión se refleja en la filosofía del Buen Vivir (Sumak Kawsay), originaria de los pueblos andinos, que propone un bienestar no basado en el consumo ni en la competencia, sino en la armonía con los otros y con el entorno[9].

La enfermería comunitaria iberoamericana, en sintonía con esa cosmovisión, puede y debe liderar una transición hacia sistemas de salud más humanos, más equitativos y más sostenibles. No desde la subordinación a modelos externos, sino desde la afirmación de su propio paradigma, el del cuidado como praxis emancipadora y como bien público centrado en la persona.

El reto no es menor. En muchos de nuestros países, los sistemas de salud siguen atrapados en la lógica del hospital, del diagnóstico y del procedimiento. Se invierte más en tratar que en promocionar o prevenir, más en curar que en cuidar. Y mientras tanto, los determinantes sociales y morales de la salud —la pobreza, la violencia, la exclusión, la falta de participación— siguen generando sufrimiento. Las enfermeras comunitarias pueden y deben ser la voz articuladora que vincule la política sanitaria con la realidad cotidiana de las personas y comunidades.

Pero para ello es necesario reconocer que los cuidados no son un acto técnico, sino una relación política. Cuidar implica redistribuir poder, entre profesionales y ciudadanía, entre lo institucional y lo comunitario, entre lo humano y lo ambiental. Y esa redistribución solo será posible si asumimos los cuidados sinérgicos como principio organizador de la acción sanitaria iberoamericana.

Los cuidados sinérgicos suponen pasar de la competencia a la cooperación, del control a la corresponsabilidad, del paternalismo a la participación. Significan reconocer que nadie cuida solo. Que el cuidado es un tejido colectivo donde confluyen enfermeras, familias, redes sociales, organizaciones comunitarias y políticas públicas. Esa sinergia —cuando se da— no solo mejora la salud, sino que fortalece el tejido social y restaura la confianza, un bien tan escaso en estos tiempos.

La teoría del Bienestar y del Buen Vivir nos ofrece un sustento teórico poderoso para este cambio de paradigma. Frente al individualismo neoliberal, ambas perspectivas reivindican el valor del cuidado mutuo, la equidad y el equilibrio. El bienestar, en su sentido profundo, no se limita al confort o la ausencia de enfermedad; implica un estado de armonía con uno mismo, con los otros y con el entorno[10]. El Buen Vivir amplía esa mirada al situar la vida —toda la vida, no solo la humana— en el centro. Es un llamado ético y político a cuidar la interdependencia que nos constituye como especie y como comunidad planetaria[11] y sitúa la salud en una manera de vivir autónoma, solidaria y feliz[12].

Desde esta base, las enfermeras comunitarias iberoamericanas pueden articular una propuesta para la salud global distinta a la que dictan los organismos internacionales. Una propuesta que no imponga estándares universales, sino que dialogue con la diversidad cultural; que no mida el éxito en tasas de mortalidad o cobertura, sino en dignidad, bienestar y equidad.

El reto es construir una gobernanza del cuidado que trascienda fronteras y burocracias. Una gobernanza que se base en la confianza mutua y en la cooperación entre países, regiones y comunidades. La Red Iberoamericana de Enfermería Familiar y Comunitaria (RIEFyC), La Asociación de Enfermería (AEC) y otras plataformas de colaboración científica y profesional son ejemplos de cómo la sinergia puede convertirse en fuerza transformadora, compartiendo saberes, metodologías y experiencias locales que se retroalimentan[13].

Pero los cuidados sinérgicos no se limitan a la teoría ni a los foros académicos. Se viven cada día en los barrios, en las comunidades rurales, en los centros de salud y en los hogares. Se expresan en la enfermera que acompaña sin juzgar, en la que traduce la información en comprensión, en la que teje vínculos entre lo técnico y lo humano. Ese es el cuidado iberoamericano, cálido, relacional, profundamente ético y resistente.

A nivel global, el mundo necesita este modelo. Frente al colapso ecológico, la desigualdad creciente y la soledad social, los cuidados sinérgicos representan una forma de inteligencia colectiva aplicada a la salud. Si el siglo XX fue el de la tecnociencia médica, el XXI debe ser el del humanismo cooperativo. Y las enfermeras comunitarias iberoamericanas están llamadas a ser sus protagonistas.

Como señalaba Marie-Françoise Collière, “cuidar es mantener la vida, y mantener la vida es resistir frente a todo lo que la destruye”[14]. En ese sentido, cuidar en Iberoamérica no es solo una práctica profesional, es un acto político y cultural. Es una manera de decirle al mundo que otra salud es posible, una salud construida desde abajo, desde los vínculos, desde la comunidad.

Los retos son múltiples, fortalecer la formación comunitaria, consolidar redes de investigación, promover políticas públicas de cuidado, y sobre todo, reconocer el valor estratégico de las enfermeras comunitarias como mediadoras entre ciencia y humanidad. Pero si algo caracteriza a la identidad iberoamericana es su capacidad para la resiliencia al hacer de la adversidad un espacio de creación colectiva.

Los cuidados sinérgicos nos invitan precisamente a eso, a pensar juntos, a actuar juntos, a cuidar juntos. Y esa sinergia, que nace del encuentro entre culturas, generaciones y saberes, puede convertirse en la aportación más valiosa de Iberoamérica a la salud global. Que, además, sea ejemplo y referencia para otros contextos que actualmente mantienen modelos caducos que limitan la equidad, la igualdad y la accesibilidad a la salud como derecho universal.

Los cuidados sinérgicos no solo representan una estrategia técnica o profesional, sino también una forma de abogacía para la salud, un compromiso ético con la justicia social y los derechos humanos. En su práctica se entrelazan la equidad, la defensa de la dignidad y la solidaridad como valores que sostienen toda acción de cuidado. Las enfermeras comunitarias, al situar su trabajo en el territorio y al lado de las personas, se convierten en agentes de transformación social capaces de denunciar las desigualdades estructurales, promover la participación ciudadana y acompañar procesos de empoderamiento colectivo[15]. Los cuidados sinérgicos son, así, una herramienta de emancipación y una expresión concreta del derecho a vivir en el sentido más profundo de la salud que planteaba Jordi Gol11.

No estamos ante un reto imposible, sino ante una oportunidad histórica. La de demostrar que el cuidado no es debilidad, sino fortaleza; que la cooperación no es utopía, sino estrategia; y que la salud no es solo ausencia de enfermedad, sino presencia de justicia, equidad y esperanza.

El futuro de la salud global no se escribirá en los despachos de las grandes instituciones, sino en los territorios donde las enfermeras comunitarias trabajan cada día, en los lugares donde la vida se sostiene. Allí donde el cuidado es más que un acto, es una forma de estar en el mundo.

Y si logramos que esa manera iberoamericana de cuidar —basada en la sinergia, el bienestar y el Buen Vivir— inspire las políticas de salud del siglo XXI, entonces habremos hecho mucho más que construir un modelo sanitario, habremos contribuido a cuidar la humanidad.

[1] Abogado, activista contra el apartheid, político y filántropo sudafricano. Presidió el gobierno de su país de 1994 a 1999 (1918-2023).

[2] Menéndez EL. La enfermedad y la curación: qué es medicina tradicional. México: Instituto Nacional Indigenista; 1990.

[3] Santos B de S. Epistemologies of the South: Justice Against Epistemicide. London: Routledge; 2016.

[4] Kleinman A. The Illness Narratives: Suffering, Healing, and the Human Condition. New York: Basic Books; 1988

[5] Antonovsky A. Unraveling the Mystery of Health: How People Manage Stress and Stay Well. San Francisco: Jossey-Bass; 1987.

[6] Martínez-Riera JR, del Pino-Casado R. Manual práctico de enfermería comunitaria. 2.ª ed. Madrid: Elsevier; 2020.

[7] Organización Panamericana de la Salud. La pandemia de COVID-19 y la respuesta de los sistemas de salud en las Américas. Washington, DC: OPS; 2022.

[8] Morin E. Introducción al pensamiento complejo. Barcelona: Gedisa; 1990.

[9] Gudynas E. El Buen Vivir: miradas desde América Latina. Quito: Abya-Yala; 2011.

[10] Cárcamo SN. Cuidados del Buen Vivir y Bienestar desde las Epistemologías del Sur: conceptos, métodos y casos. Buenos Aires: Editorial FEDUN; 2021.

[11] Marmot M. The Health Gap: The Challenge of an Unequal World. London: Bloomsbury; 2015.

[12] Gol i Gurina J. “La salut és aquella manera de viure que és autònoma, solidària i joiosa”. En: Salut, sanitat i societat: per una resposta socialista a l’actual situació sanitària. Col·lecció Alternativa; 1977.

[13] Dodge R, Daly AP, Huyton J, Sanders LD. The challenge of defining wellbeing. Int J Wellbeing. 2012;2(3):222–35.

[14] Collière MF. Promover la vida: de la práctica de las mujeres cuidadoras a los cuidados de enfermería. Madrid: McGraw-Hill Interamericana; 1993.

[15] International Council of Nurses. The ICN Code of Ethics for Nurses. Geneva: ICN; 2021.

HIPNOSIS MEDIÁTICA: CUANDO EL MANDO A DISTANCIA PIENSA POR NOSOTROS

Últimamente asistimos a auténticas guerras de audiencias entre las principales cadenas televisivas. Más allá de las preferencias legítimas por uno u otro programa, lo que se ha generalizado es un estilo de bronca permanente, descalificación personal, ruido y distorsión de la verdad con tal de arañar unos puntos de share. El objetivo ya no es informar ni siquiera entretener, sino mantener pegadas a la pantalla a personas convertidas en público de un espectáculo que se parece mucho más a un combate que a un espacio de comunicación.

Las cadenas compiten por asegurarse la presencia de políticos, actores, cantantes, deportistas de élite, influencers o simples charlatanes, que de todo hay. La selección de invitados rara vez responde a su capacidad de análisis o a la calidad de sus argumentos, sino a su potencial para generar conflicto, titulares fáciles y cortes virales. Todo ello filtrado por la línea editorial del medio, que actúa como un tamiz ideológico y convierte la oferta en un menú de trincheras. Hay cadenas para quien quiere indignarse con “los otros” y cadenas para quien prefiere reafirmarse en “los suyos”.

El resultado es un escenario mediático que se parece cada vez más a una sesión parlamentaria deformada, donde se habla mucho, pero se escucha poco. En lugar de debatir sobre cuestiones relevantes, se organizan combates dialécticos en los que importa más el golpe de efecto que la solidez del razonamiento. Se interrumpe, se grita, se caricaturiza al adversario y se alimenta una sensación de confrontación permanente que atenta contra la inteligencia de la ciudadanía.

En esta deriva tampoco son inocentes las propias empresas mediáticas. La presión por los beneficios, la competencia por la publicidad y la obsesión por el minuto a minuto de las audiencias empujan a convertir la información en un producto más de mercado. El criterio profesional cede terreno ante la lógica del clic y del trending topic, y se normaliza que un plató sea un circo porque el circo “vende” más que la reflexión pausada. No es que falten periodistas rigurosos, sino espacios y tiempos que les permitan hacer su trabajo sin ser devorados por el espectáculo.

En este contexto, las diferencias evidentes de capacidad, preparación e inteligencia entre los participantes pasan a un segundo plano. No son esos atributos los que pesan en la balanza de las audiencias, sino la capacidad de generar espectáculo. Cuanto más descalifica, más exagera o más polariza alguien, más minutos de pantalla acumula. El éxito ya no se mide en términos de rigor u honestidad intelectual, sino en función del ruido que se consigue generar en redes sociales y en los barómetros del día siguiente.

También las personas que manejamos el mando a distancia quedamos atrapadas en esta lógica. No elegimos tanto un programa para informarnos o incluso para distraernos, como para saciar nuestro posicionamiento ideológico o nuestras fobias hacia determinadas ideas y quienes las encarnan. Sabemos qué tipo de discurso vamos a encontrar en cada cadena y, lejos de huir de la previsibilidad, la buscamos como quien regresa a un refugio emocional. No se trata de ampliar la mirada, sino de confirmar lo que ya pensamos y de ver ridiculizado a quien sentimos como amenaza.

Se trata, en definitiva, de una forma de hipnosis mediática. Consumimos tertulias, debates y “especiales” como si fueran atracones de una dieta rica en calorías ideológicas y pobre en nutrientes críticos. Acumulamos horas de exposición compulsiva a mensajes repetitivos y polarizados, para después intentar —sin demasiado éxito— aligerar la conciencia pensando que “solo es televisión”. Pero el impacto permanece. En la forma de mirar a quien piensa distinto, en el tono con el que hablamos de política y en la dificultad creciente para escuchar sin atacar.

Mientras tanto, la elección del canal deja de ser un ejercicio de libertad informada para convertirse en una costumbre acrítica, una inercia sin fundamento. Cambiamos de programa, pero no de lógica. Las cadenas alimentan la confrontación porque reporta beneficios; nosotros alimentamos las audiencias porque nos regala la ilusión de tener razón. Y así, poco a poco, se empobrece nuestra capacidad intelectual y dialéctica, sustituida por consignas, eslóganes y frases hechas que repetimos sin apenas analizarlas.

Frente a esta dinámica, quizá haya que recuperar un gesto tan sencillo como subversivo, apagar la televisión de vez en cuando, cambiar de canal para escuchar a quienes no nos gustan, exigir formatos que respeten la inteligencia del espectador y premien la serenidad sobre el grito. No se trata de renunciar a la pluralidad de medios, sino de asumir que la responsabilidad última de lo que alimenta nuestra mirada sobre el mundo no es del audímetro, sino de cada uno de nosotros. Elegir mejor qué vemos, cuánto tiempo y con qué actitud puede parecer un gesto pequeño, pero es ahí donde empieza el verdadero ejercicio de libertad crítica y de salud intelectual.

LA DEMOLICIÓN SILENCIOSA DE LA SANIDAD PÚBLICA: DEGRADACIÓN PROGRAMADA

La sanidad pública vive un momento extraño. Nunca había sido tan defendida por la ciudadanía y los profesionales, ni tan deteriorada por quienes tienen la responsabilidad de protegerla. Las protestas se multiplican, los pasillos se saturan y las consultas se tensan porque unos y otros, desde ángulos distintos, señalan un mismo diagnóstico: el sistema no funciona. La ciudadanía lo percibe en forma de demoras, fragmentación y trato deshumanizado. Los profesionales, en forma de impotencia, frustración y una sensación creciente de que su esfuerzo ya no basta. Y ambos coinciden en que el origen del problema son estructuras caducadas, una organización incapaz de adaptarse y decisiones políticas que no buscan soluciones reales, sino titulares fáciles.

A este deterioro se suma una privatización constante, más visible y menos disimulada. Una privatización que avanza sin debate, por goteo, amparada en la supuesta eficiencia del mercado, aunque la evidencia señale lo contrario. Mientras tanto, la sanidad se convierte en campo de batalla partidista donde la ideología pesa más que la evaluación, las ocurrencias sustituyen a la planificación y el ruido se impone al conocimiento. El resultado son errores repetidos, inversiones mal dirigidas, improvisaciones y una inquietante falta de voluntad política para abordar lo verdaderamente importante, cuidar a las personas y garantizar su derecho a la salud.

En este escenario, la que era considerada “joya de la corona” del Estado de Bienestar pierde brillo y no pasa de ser una mala bisutería. Pero lo más preocupante es la normalización de esta pérdida de valor. Se justifica el deterioro para alimentar argumentos privatizadores, utilizándose también para sostener discursos corporativos que no siempre buscan mejorar la atención, sino reforzar posiciones de poder dentro del propio sistema. Entre unos y otros, la sanidad queda sin barrer: desordenada, sucia y peligrosa. Signos evidentes de una mala higiene.

Las consecuencias se manifiestan en frentes dispersos, pero profundamente conectados. Las luchas entre colectivos profesionales ante la falta de criterios claros o de coherencia en las decisiones. La variabilidad injustificada entre territorios y servicios, que genera inequidad y confusión. La presión de lobbies económicos, profesionales y mediáticos, que operan buscando prebendas más que mejoras reales. Y la brecha creciente entre ciudadanía y profesionales, alimentada por la frustración mutua y traducida en un aumento injustificable e intolerable de agresiones a profesionales. Convertirlos en “autoridad” o endurecer sanciones puede parecer contundente, pero no resuelve lo que subyace, la sensación de abandono, el colapso organizativo y la pérdida de legitimidad institucional.

A ello se añade la batalla partidista e ideologizada que impregna la gestión sanitaria. La salud se ha transformado en arma electoral. Un campo de minas donde cada medida sirve para provocar o descolocar al adversario, no para mejorar el bienestar colectivo. Es una deriva peligrosa, porque la salud requiere estabilidad, continuidad y pactos que trasciendan los colores políticos. Sin embargo, se ha convertido en un escenario donde todo vale siempre que sirva para desgastar al otro.

Y mientras todo esto ocurre en despachos, tertulias y redes sociales, los grandes beneficiados observan en silencio. Las empresas que negocian con el malestar social y profesional hacen su agosto permanente. La percepción de que “lo público no funciona” es el mejor combustible para su negocio. Cuanto peor va todo, más fácil resulta justificar conciertos, derivaciones, externalizaciones o modelos mixtos que, lejos de resolver los problemas, los agrandan. La ciudadanía pierde seguridad y derechos; los profesionales, motivación y compromiso. El sistema, capacidad de respuesta.

Lo dramático es que seguimos atrapados en un modelo que no solo no responde a las necesidades reales de la población, sino que es parte del problema. Un modelo basado en la asistencia a la enfermedad, no en el cuidado de la salud. En la acumulación de tecnología, no en la inversión comunitaria. En la centralidad del hospital y la subsidiariedad de la atención primaria. En la lógica del mercado, no en la abogacía por la salud. Y en esa contradicción se destruye lo que tanto costó construir.

La sanidad no puede ser un terreno de juego partidista ni un mercado de oportunidades. Tampoco un botín corporativo ni un laboratorio de ocurrencias ideológicas. Es un pacto social. Un espacio de cohesión. Un derecho que sostiene vidas y comunidades. Tratarla como un arma arrojadiza es una irresponsabilidad histórica y un insulto a quienes dependen de ella, que somos todos.

No se trata de alimentar derrotismos. Al contrario, se pretende interpelar, sacudir, recordar que la salud es demasiado valiosa para dejarla en manos de quienes confunden gobernar con mandar o gestionar con improvisar. Si algo necesita este país es un acuerdo profundo, honesto y valiente para reconstruir el sistema sanitario desde dentro, con visión, transparencia y una ética pública que hoy se echa dolorosamente de menos.

Cuando la salud se utiliza para dividir, se resiente la democracia. Y cuando esto sucede, peligra vivir con dignidad.

DE TRUMAN A CALDERÓN DE LA BARCA: ESPAÑA ENTRE EL SHOW Y EL SUEÑO

España parece un inmenso plató donde se ruedan, día tras día, los capítulos de una serie política sin final. Cada mañana se encienden los focos, se colocan las cámaras y los protagonistas ensayan su papel frente a un público que, sin saberlo, forma parte del decorado. Hay aplausos enlatados, giros de guion previsibles y un aire de ficción que impregna cada escena. Como en El show de Truman, la realidad se confunde con el espectáculo, y lo que debería ser política se ha convertido en entretenimiento. La diferencia es que aquí no hay un Truman ingenuo que busca la verdad, sino millones de ciudadanos que prefieren no encontrarla.

Vivimos en una democracia televisada, donde las redes sociales -convertidas en redes fecales- sustituyen al debate, el gesto al argumento y la imagen al pensamiento. Los líderes —o lo que queda de ellos— compiten por ocupar el plano principal, mientras los partidos se reducen a productoras que gestionan audiencias. Todo está medido en función del impacto, de la cuota de pantalla, del clic. Lo que antes se llamaba ideología, hoy se denomina estrategia de comunicación. Lo que antes era programa, ahora es relato. Y lo que antes movilizaba convicciones, hoy tan solo busca fidelizar seguidores. La ciudadanía, anestesiada por el ruido y fascinada por el espectáculo, asiste al rodaje convencida de que participa, cuando en realidad solo figura en los créditos como “figuración especial”.

Pero esta representación no se sostiene solo con decorados mediáticos. Hay una sustancia más profunda que la alimenta, el sueño colectivo. Un sueño en el que, los españoles, como Segismundo en “La vida es sueño”, oscilan entre la ilusión y la vigilia, entre la esperanza de ser protagonistas y la resignación de saberse personajes secundarios. Soñamos que votamos libremente, que elegimos, que influimos en el curso de los acontecimientos. Soñamos que los partidos nos representan, que las instituciones funcionan, que la justicia es justa. Soñamos, incluso, que despertar sería peor, porque implicaría asumir la responsabilidad de cambiar las cosas.

Segismundo despierta y descubre que su poder no es sino un espejismo. Truman descubre que su mundo es una escenografía. Nosotros seguimos dormidos frente a una pantalla que nos devuelve el reflejo de una política que ya no creemos, pero seguimos consumiendo. Y en ese duermevela, confundimos la indignación con la acción, el “me gusta” con el compromiso, la crítica con la transformación. Mientras tanto, los guionistas del poder —económico, mediático y político— continúan escribiendo la trama con la certeza de que el público no se levantará de las butacas.

La política se ha convertido en un teatro de sombras, donde se promete una transparencia que se desvanece en cuanto se apagan las luces. Cada escándalo dura lo que un ciclo de audiencia, cada promesa lo que un titular. La verdad importa menos que el relato, y el relato menos que la emoción. Así, la ciudadanía se convierte en una masa de espectadores emocionados, pero desarmados; despiertos, pero sin conciencia. El resultado es una sociedad que vive, como decía Calderón, “soñando que vive”, atrapada entre la resignación y el espectáculo.

Truman, al final de la película, encuentra la puerta que lo separa del mundo ficticio y, pese al miedo, decide cruzarla. Segismundo, tras su despertar, elige actuar con justicia para no repetir los errores del sueño. Ambos comprenden que la libertad no consiste en vivir sin límites, sino en reconocerlos y decidir más allá de ellos. En cambio, nosotros —los ciudadanos de este gran plató político— seguimos hipnotizados, esperando que el siguiente capítulo sea distinto, aunque sepamos que el guion se repite.

La gran paradoja de nuestro tiempo es que confundimos la participación con la presencia. Estar no es lo mismo que ser. Opinar no equivale a decidir. Mirar no es ver. Mientras el espectáculo continúa, los verdaderos problemas —la desigualdad, la precariedad, la desafección, la ausencia de reflexión, la indiferencia — quedan fuera de plano, invisibles para un público que solo atiende a lo que la cámara quiere enfocar. La política está tan centrada en el show que, cuando se habla de gobernar, ya casi nadie escucha.

Quizá la única salida, como en las grandes obras, esté en el despertar. Pero despertar implica asumir el vértigo de la libertad, la responsabilidad de actuar sin guion, el riesgo de no tener aplausos. Significa dejar de soñar una democracia y empezar a construirla. Porque, al fin y al cabo, toda representación tiene un final, y el público siempre puede levantarse y marcharse.

Calderón lo escribió hace casi cuatro siglos, pero su eco sigue resonando con fuerza: “Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.” Y en este tiempo nuestro, en que el poder se disfraza de espectáculo y la ciudadanía de audiencia, quizá deberíamos recordar que también los sueños —si se prolongan demasiado— pueden convertirse en una pesadilla.

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