EL PODER EN LOS TIEMPOS DEL DESENCANTO

No es que la ciudadanía haya dejado de interesarse por la política. Es que ha dejado de creer en ella. En su promesa de transformación, en su capacidad de mejorar la vida de la gente, en su coherencia entre el decir y el hacer. La desafección no es desinterés, es agotamiento. No nace del desdén, sino de la decepción. Durante años se nos ha repetido que la política es el arte de lo posible, pero se ha convertido en el arte de la supervivencia. Sobrevive el discurso vacío, el cálculo electoral, la mediocridad que se disfraza de liderazgo. Y con cada promesa incumplida, la política pierde un trozo de su alma y la ciudadanía un poco más de esperanza.

            El desencanto actual no es tanto con la política como con los políticos. No con la idea, sino con su degradación cotidiana. La ciudadanía contempla, desde la distancia, un escenario en el que la ilusión ha sido sustituida por el escepticismo, y la ética, por la táctica.

            No es que interese menos la política, sino que cansa verla reducida a espectáculo. El debate parlamentario convertido en plató, el insulto en sustituto del argumento, la propaganda en versión moderna de la verdad. Todo ello erosiona la confianza y alimenta la sensación de que el sistema ya no responde a las necesidades reales. Cuando los gobiernos se asemejan a agencias de marketing y los partidos a empresas de imagen, el ciudadano deja de sentirse sujeto político y pasa a ser un consumidor desconfiado.

            También los partidos políticos han perdido su esencia como referentes ideológicos y espacios de pensamiento. Nacieron para canalizar aspiraciones colectivas y construir proyectos de convivencia, pero se han transformado en maquinarias electorales sin alma, más pendientes de encuestas que de ideas. Lo que antes eran escuelas de compromiso y de pensamiento crítico, hoy son plataformas de promoción personal. Los líderes —o pseudolíderes— ya no representan los valores de los partidos, sino sus propios intereses. La ambición de poder se ha convertido en un fin en sí mismo, aunque para alcanzarlo haya que traicionar los principios que dieron sentido a sus siglas. Se crean líderes de conveniencia en lugar de líderes para la convivencia. Y así, lo importante deja de ser lograr el bienestar colectivo para centrarse únicamente en alcanzar el poder, aunque sea a cualquier precio.

            En ese vacío emocional y moral prospera el populismo, con su falsa promesa de devolver la voz al pueblo. Pero el populismo no devuelve la palabra, la secuestra. Se alimenta del hartazgo, de la desilusión y del miedo, simplificando lo complejo, fabricando enemigos y ofreciendo certezas absolutas. Y lo más peligroso no es que seduzca, sino que la ciudadanía no reconozca el riesgo de perder derechos que costaron décadas conquistar. La historia, que tantas veces se repite, lo demuestra, los derechos se conquistan con esfuerzo, pero se pierden por cansancio.

            A ello se suma algo aún más grave, la ausencia de responsabilidad política. La asunción de cualquier actividad conlleva riesgos, y quien los provoca debe asumir las consecuencias. Sin embargo, en política sucede lo contrario. Nadie dimite, nadie responde. Se blindan con prebendas de inmunidad, con privilegios que les garantizan sueldos tras abandonar sus cargos, al margen de la jubilación que a todo trabajador corresponde. Todo ello alimenta la sensación de que la política no es un servicio público, sino una forma de servirse de lo público. Y cuando el poder se convierte en refugio y no en compromiso, la corrupción deja de ser una excepción para convertirse en método.

            Por eso vale la pena preguntarse: ¿quién corrompe a quién? ¿La política al poder o el poder a la política? Quizá la respuesta sea que ambos se contaminan cuando la ética se retira del escenario. El poder sin valores degenera en abuso; la política sin principios, en farsa. La combinación de ambos produce ese paisaje moral devastado en el que la mentira no solo se tolera, sino que se premia.

            No es casual que en los momentos de mayor desencanto resurjan los discursos autoritarios. El mayor peligro no es la indignación, sino la indiferencia. Porque mientras la indignación aún conserva la llama del compromiso, la indiferencia deja campo libre a quienes quieren gobernar sin control y sin conciencia.

            Sin embargo, la política sigue siendo necesaria. No como herramienta de poder, sino como expresión del cuidado colectivo. La ciudadanía no puede ser espectadora, porque cuando deja de exigir, deja también de decidir.

            Vivimos, en definitiva, los tiempos del desencanto, esos en los que el poder se mide más por su capacidad de dominar que por su vocación de servir. Solo cuando el poder recupere su conciencia, la ciudadanía volverá a creer que la política no es el problema, sino la posibilidad.

            No olvidemos que el poder, sin ética, es solo una forma elegante de barbarie.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

× ¿Cómo puedo ayudarte?