¿HOMBRES ANTE EL CUIDADO, U HOMBRES DE CUIDADO?

“Luchar por los derechos de las mujeres a menudo nos convierte en sinónimo de que odiamos a los hombres. Solo sé que algo es cierto: necesitamos detener estos pensamientos”.

Emma Watson[1]

La historia de Enfermería, en el ámbito iberoamericano, no puede entenderse sin mirar de frente la cicatriz profunda que dejó la construcción de género de la profesión. No se trata solo de una disciplina altamente feminizada, sino de una profesión donde el género ha operado como un eje estructurante de funciones, prestigios, trayectorias y oportunidades[2]. Y esa herida no pertenece solo al pasado, todavía condiciona la identidad, el avance disciplinar, las relaciones internas y la forma en que hombres y mujeres entienden su lugar dentro del cuidado[3].

Cuando se analiza la entrada de los hombres en Enfermería se suele caer en dos trampas: idealizarlos como pioneros que “aportaron profesionalidad” o demonizarlos como figuras que “invadieron un espacio femenino”. Ambos relatos son incompletos. Lo que realmente ocurrió, y aún ocurre, es más complejo. La masculinidad ha funcionado históricamente como un vector de poder dentro de una profesión femenina, generando ventajas estructurales para unos y barreras simbólicas para otras, mientras los sistemas sanitarios reforzaban una jerarquía que premiaba lo técnico y degradaba simbólicamente el cuidado[4].

En España, el episodio más paradigmático fue el de los estudios de ATS, una fusión de practicantes, enfermeras y matronas que pretendió resolver un problema administrativo generando otro mucho mayor, un modelo formativo sin coherencia epistemológica, que diluyó identidades y estableció circuitos diferenciados según el género. Las escuelas masculinas y femeninas, con roles y expectativas laborales divergentes, reforzaron la idea de que los hombres estaban destinados a tareas técnicas, de intervención y control, mientras las mujeres quedaban vinculadas a cuidados cotidianos y asistencia directa. Esta división persistió incluso, como un lastre, tras la incorporación universitaria de 1977.

En América Latina, aunque el recorrido histórico fue distinto, el patrón se repitió con sorprendente similitud. Escuelas normalistas o religiosas para mujeres, formación técnica para varones, y un sistema hospitalario profundamente medicalizado que concebía la autoridad como un atributo masculino. En México, Chile, Colombia, Argentina, Perú o Brasil, los hombres se incorporaron a la profesión desde lugares simbólicos marcados por la técnica, la jerarquía o la supervisión, aun cuando fuesen minoría. El mensaje implícito era evidente, lo masculino legitimaba la autoridad; lo femenino legitimaba el cuidado. Y, en ambos casos, el cuidado quedaba deslegitimizado. Y aunque este imaginario ha sido duramente cuestionado por décadas de pensamiento feminista y de construcción disciplinar, sus efectos perduran[5].

Este terreno histórico generó un fenómeno ampliamente descrito, el “ascensor invisible”, por el cual los hombres en profesiones feminizadas ascienden más rápido, reciben más reconocimiento y son percibidos como más aptos para la toma de decisiones. Enfermería no fue una excepción. En hospitales iberoamericanos era habitual que los varones accedieran antes a puestos de supervisión, jefaturas, coordinación o docencia[6]. En instituciones universitarias ocurre todavía hoy, los hombres ocupan de forma desproporcionada espacios de visibilidad académica y liderazgo formal, pese a ser minoría numérica[7].

Pero mientras la masculinidad ascendía, el cuidado retrocedía. Muchos hombres buscaron legitimidad acercándose al modelo médico hegemónico, reforzando una interpretación tecnocrática de Enfermería que entendía la técnica como prestigio y el cuidado como debilidad. La consecuencia fue un empobrecimiento del paradigma enfermero, que durante años tuvo que defender su especificidad frente a la medicalización interna que amenazaba con diluir la identidad disciplinar.

Sin embargo, esta historia quedaría incompleta sin la resistencia femenina. Las enfermeras sostuvieron un combate intenso, cotidiano y profundamente político para preservar el cuidado como núcleo epistemológico de la profesión. No resistieron por confrontación con los varones, sino por supervivencia disciplinar. Comprendieron que, si el cuidado desaparecía del centro, Enfermería quedaría reducida a un rol técnico subordinado al poder médico.

Ese feminismo enfermero, muchas veces invisibilizado, fue el que salvó la identidad de la profesión. Fue el que impidió que Enfermería se convirtiera en una rama técnica de la medicina; el que impulsó el desarrollo de la salud comunitaria, la investigación cualitativa, la salud pública, los cuidados paliativos y la promoción de la salud. Fue el que abrió paso a una ética crítica capaz de cuestionar desigualdades, denunciar jerarquías y construir pensamiento disciplinar propio[8].

Es cierto que esa resistencia generó tensiones internas. Algunas enfermeras miraron con desconfianza la llegada de varones, no por prejuicio, sino por memoria histórica. Durante generaciones, cada vez que un hombre entraba en un espacio feminizado, ascendía más rápido y ocupaba espacios de decisión. Ese temor no era infundado. En ciertos contextos, la defensa del cuidado derivó en vigilancia, y la vigilancia en recelo. Era una reacción comprensible ante una estructura que premiaba la autoridad masculina y desvalorizaba la experiencia femenina[9].

El resultado fue una fractura que afectó durante décadas al desarrollo disciplinar. Mientras unas defendían el paradigma del cuidado, otros —hombres y también mujeres— reforzaban el modelo tecnocrático porque intuían que allí estaba el prestigio institucional. Mientras algunas escuelas universitarias avanzaban hacia la investigación en cuidados, otras imitaban la estructura biomédica para ganar legitimidad social[10]. Mientras en España se discutía la identidad profesional tras la reforma universitaria, en América Latina se debatía sobre brechas salariales, acceso desigual a puestos de gestión, autoridad institucional y la influencia persistente de lógicas patriarcales en hospitales y universidades.

Aun así, Enfermería avanzó. Surgieron liderazgos femeninos poderosos, movimientos universitarios que consolidaron la investigación en cuidados, políticas que reconocieron el valor del paradigma enfermero y redes iberoamericanas que conectaron experiencias de Brasil, Chile, México, Colombia, Argentina, Uruguay, Perú, Portugal y España[11]. La profesión maduró, aunque lo hiciera en medio de contradicciones, ritmos desiguales y silencios estructurales que todavía necesitan ser nombrados.

Es en este escenario donde emergen las nuevas masculinidades. Por primera vez, los hombres pueden entrar en la profesión sin reproducir necesariamente los patrones de autoridad, distancia emocional y tecnificación hegemónica que caracterizaron épocas anteriores. Pueden integrarse en el paradigma del cuidado sin sentirse amenazados ni necesitar camuflarlo con discursos de prestigio médico. Pueden ser hombres que cuidan en lugar de hombres ante el cuidado u hombres de cuidado. Sin pedir disculpas, sin compensarlo con técnica, sin disimularlo con jerarquía.

Las nuevas masculinidades enfermeras —aún minoritarias, pero en expansión en Iberoamérica— representan una posibilidad inédita, construir una presencia masculina que renuncie al privilegio, incorpore sensibilidad crítica y aporte diversidad sin colonizar el espacio profesional. Son varones que se suman al cuidado como proyecto ético y social, no como función subsidiaria. Que entienden que el prestigio profesional no está en imitar a la medicina, sino en fortalecer la ciencia del cuidado. Que acompañan, escuchan, sostienen vulnerabilidades y construyen vínculos desde la horizontalidad[12].

Pero junto a esta oportunidad convive el riesgo. Persisten perfiles masculinos que reproducen —a veces con sutileza, otras de forma explícita— los patrones de poder histórico de ascensos rápidos, discursos tecnificados que desplazan el valor del cuidado, estilos de liderazgo verticales, meritocracias individualistas, visibilidad académica desproporcionada y espacios simbólicos de autoridad en universidades, estructuras asistenciales, organizaciones colegiales y científicas. Algo que, lamentablemente, se está fundamentando con las políticas negacionistas de género y la involución hacia posiciones ya comentadas al inicio.

Por eso, el desafío actual no es solo la incorporación de los hombres, sino que esta se haga sin que se convierta en desplazamiento. No se trata de sumar presencia, sino de sumar responsabilidad ética y profesional. No se trata de ocupar espacios, sino de evitar reactivar dinámicas que durante décadas dañaron la cohesión de la profesión. Esta vez, Enfermería tiene herramientas éticas, históricas y epistemológicas para exigir corresponsabilidad y no repetir errores del pasado[13].

El futuro de Enfermería no depende únicamente de que hombres y mujeres convivan profesionalmente, sino de cómo reconstruyen juntos una identidad disciplinar capaz de trascender patrones de poder heredados. La alianza entre feminismo profesional y nuevas masculinidades críticas no es un gesto retórico ni artificial, es una condición imprescindible para que la profesión avance hacia una madurez ética, científica y social acorde con las necesidades del siglo XXI[14].

La profesión necesita que los hombres renuncien explícitamente al privilegio heredado. Que reconozcan la memoria histórica de desigualdad. Que comprendan que el cuidado no es un espacio “femenino”, sino un territorio ético común. Que trabajen con las enfermeras —no por encima de ellas— para construir un liderazgo transformador.

Y necesita que las mujeres mantengan vivo el pensamiento feminista profesional que ha sido columna vertebral de la disciplina. Que sigan impulsando la investigación en cuidados, ocupando espacios de gestión, docencia y liderazgo. Que nombren las desigualdades sin interpretarlas como un ataque personal. Que reconozcan que la integración masculina no tiene por qué suponer una amenaza si se articula desde la corresponsabilidad y no desde la competencia simbólica[15].

De esa convergencia —a veces tensa, siempre necesaria— dependerá la identidad futura de Enfermería iberoamericana.

Superada la revisión histórica y la irrupción de las nuevas masculinidades, la pregunta decisiva que atraviesa hoy a Enfermería es otra: ¿cómo construir un proyecto profesional que no quede atrapado ni en la nostalgia del pasado ni en la tensión identitaria entre lo masculino y lo femenino? El reto no es neutralizar el género ni convertirlo en un asunto irrelevante, sino lograr que deje de ser un factor de desigualdad, desplazamiento o legitimidad profesional. Enfermería no puede permitirse seguir reproduciendo patrones simbólicos que condicionan la cultura interna de servicios, facultades, asociaciones y estructuras de poder en España y en toda Iberoamérica.

Construir ese proyecto común requiere asumir que hombres y mujeres no parten del mismo lugar, porque no llegaron al mismo tiempo ni desde las mismas posiciones. Y, aunque esta dinámica ha perdido intensidad, no ha desaparecido, sigue operando en los intersticios de instituciones sanitarias, universitarias, colegiales y del asociacionismo.

Por eso, la verdadera igualdad no consiste en tratar como idénticas trayectorias profundamente desiguales, sino en crear condiciones para que esas trayectorias puedan converger sin repetir la historia. Esa convergencia no ocurre sola, requiere una ética profesional que incorpore memoria, responsabilidad y un sentido claro del horizonte disciplinar. Y ese horizonte no puede ser otro que el cuidado como fundamento epistemológico y político.

Hablar del cuidado como núcleo profesional no es una concesión romántica; es una afirmación científica y social. Todo lo que hace a Enfermería indispensable —la atención directa, la gestión, la docencia, la investigación— tiene un hilo conductor: la comprensión profunda de la vida humana en su fragilidad, su dignidad y su contexto. La técnica, la tecnología y los modelos de gestión son herramientas valiosas, pero no determinan el corazón de la profesión. Lo que define a Enfermería, en Iberoamérica, es su capacidad para situar la experiencia humana en el centro, leer los determinantes sociales y morales, acompañar procesos vitales, sostener vulnerabilidades y construir salud donde no existe[16].

Ese cuidado, sin embargo, ha sido históricamente feminizado. Y mientras siga asociado a lo femenino, seguirá ocupando posiciones subordinadas en sistemas sanitarios que premian la técnica, la jerarquía y la lógica biomédica. Por ello, la identidad integradora que hoy necesita la profesión exige un acto de desgenerización del cuidado. No se trata de borrar su raíz histórica femenina, sino de liberar al cuidado de la cárcel simbólica que lo ha mantenido en un lugar inferior. Hombres y mujeres deben reconocerlo como lo que es, un conocimiento riguroso, un acto ético complejo y un territorio profesional compartido.

Para lograrlo, ambos grupos tienen responsabilidades distintas, pero complementarias. Las mujeres, mayoría demográfica y memoria histórica, necesitan ocupar sin titubeos los espacios de poder que durante décadas se les negaron. No como reacción defensiva ni dádiva generosa y gratuita, sino como afirmación legítima de la autoridad ética y epistemológica que han construido. No para desplazar a los hombres, sino para redefinir el liderazgo desde la lógica del cuidado relacional, cooperativa, deliberativa y orientada al bien común.

Los hombres, por su parte, tienen la responsabilidad ética —no negociable— de integrarse en Enfermería, lo que exige comprender que el cuidado es un territorio donde la fuerza no se demuestra mandando, sino acompañando; donde la legitimidad no nace de la técnica, sino de la presencia ética; donde el liderazgo no se hereda, sino que se comparte[17].

A partir de aquí, la pregunta ya no es quién debe liderar —si hombres o mujeres—, sino qué tipo de liderazgo necesita Enfermería para convertirse en un actor transformador. Los sistemas sanitarios de Iberoamérica han reproducido modelos jerárquicos profundamente enraizados en la cultura médica. Verticalidad, mando, control, evaluación cuantitativa, burocratización, centralidad hospitalaria y tecnocracia. Estos modelos, ejercidos tanto por hombres como por mujeres, son incompatibles con la esencia del cuidado.

Enfermería necesita construir una arquitectura de poder completamente distinta. Un liderazgo relacional, horizontal, reflexivo, participativo, centrado en la comunidad y orientado a la justicia social. Un liderazgo que no se impone, sino que se construye colectivamente; que no busca protagonismo, sino impacto; que no acumula poder, sino que lo distribuye. Este modelo ya está emergiendo en Iberoamérica. En enfermeras comunitarias que sostienen redes vecinales; en equipos territoriales que trabajan desde la participación social; en redes académicas que cuestionan el modelo biomédico; en proyectos de salud colectiva de Brasil, Chile, Argentina o México[18].

Pero este liderazgo transformador necesita una estructura institucional que lo sostenga. No basta con que existan profesionales comprometidos o voluntarios; es imprescindible que las instituciones sanitarias, universitarias y políticas reconozcan y legitimen esta forma de ejercer el poder, eliminando las barreras aún existentes y adaptando la normativa para que no se trate tan solo de acciones graciables y anecdóticas. Mientras la técnica, la tecnología y la lógica biomédica sigan ocupando el espacio simbólico del prestigio, Enfermería continuará luchando contra un modelo que la empuja a justificar su valor en términos ajenos a su identidad disciplinar.

En este escenario, una de las amenazas más potentes es la reaparición de discursos tecnocráticos que buscan reinstalar el modelo médico como estándar hegemónico de modernidad. En muchos países iberoamericanos estos discursos se presentan como innovación, eficiencia o calidad, pero ocultan un desplazamiento sistemático del cuidado y de la ciencia enfermera hacia posiciones secundarias. La tecnificación extrema, lejos de impulsar el progreso de la profesión, tiende a reinstalar jerarquías patriarcales[19].

Para contrarrestar estos riesgos, la profesión necesita unir dos fuerzas que, lejos de ser opuestas, son profundamente complementarias: el feminismo profesional y las nuevas masculinidades críticas[20].

Esta alianza no es un ejercicio teórico; es una estrategia profesional y ética. La igualdad no se logra diluyendo identidades ni negando tensiones, sino construyendo condiciones para que el género deje de producir jerarquía dentro de la profesión. Enfermería necesita un pacto profundo en el que hombres y mujeres trabajen juntos para consolidar un modelo disciplinar basado en la igualdad, la dignidad humana y el cuidado como valor universal.

Ese proyecto profesional se apoya en cuatro pilares fundamentales. El primero es la igualdad interna. Sin una distribución equitativa de responsabilidades, oportunidades, visibilidad y liderazgo, la profesión seguirá fragmentada. Igualdad no significa homogeneidad ni neutralidad, sino equidad en el acceso a los espacios donde se toman decisiones y donde se produce conocimiento. El segundo es la afirmación epistemológica. Enfermería necesita defender su ciencia propia sin complejos, sin compararse con la medicina y sin medir su valía en términos ajenos a su paradigma. El tercero es el liderazgo comunitario. El cuidado no puede seguir encerrado en hospitales o centros de salud; debe expandirse a barrios, escuelas, territorios rurales, asociaciones, espacios de participación y redes comunitarias. El cuarto es una ética del cuidado entendida como compromiso con la dignidad humana, la justicia social, la equidad y la defensa de los derechos colectivos.

La identidad profesional integradora que surge de este proyecto no es una identidad neutra o ambigua, sino una identidad madura y firme. Una identidad capaz de trascender dicotomías que durante años frenaron el avance disciplinar. Técnica contra cuidado, asistencia contra atención, hospital contra comunidad, ciencia dura contra conocimiento relacional, investigación cuantitativa contra investigación cualitativa. Esa identidad integradora no elimina estas dimensiones, sino que las articula desde una lógica común. La técnica al servicio del cuidado; la atención al servicio de la comunidad a lo largo de la vida; la investigación al servicio de la salud; la ciencia al servicio de la dignidad humana.

Además, este enfoque abre la puerta a una identidad iberoamericana del cuidado, profundamente necesaria en el contexto actual. Iberoamérica comparte raíces históricas, desigualdades estructurales, hegemonías médicas persistentes, dinámicas patriarcales y una enorme creatividad en la construcción de alternativas comunitarias. Esta convergencia permite articular un pensamiento enfermero iberoamericano capaz de dialogar con el modelo anglosajón sin subordinarse a él y de generar conocimiento situado, sensible a los territorios, culturas y realidades sociales[21].

En un mundo marcado por crisis múltiples —sociales, ambientales, sanitarias, económicas—, ese pensamiento iberoamericano del cuidado puede convertirse en una de las contribuciones más valiosas de la profesión al debate global sobre equidad, bienestar y salud colectiva.

Por eso, la pregunta final no es qué lugar ocupan los hombres o las mujeres dentro de la profesión, sino qué lugar ocupa la profesión en el mundo. Enfermería no puede limitarse a ser un nivel asistencial; es un proyecto ético-social. No puede reducirse a un conjunto de técnicas; es una disciplina científica. No puede encorsetarse en el modelo biomédico; es ciencia enfermera. No puede quedar atrapada en disputas identitarias; es un proyecto colectivo destinado a transformar vidas[22].

En este marco, Enfermería necesita recuperar algo que durante décadas se le negó, una voz propia, no subordinada. Pero esa voz debe consolidarse sin pedir permiso. Enfermería no puede limitarse a participar cuando es invitada. Tiene que ocupar espacios de decisión, de argumentación, de diseño, de creación de políticas, de liderazgo clínico y comunitario. Y debe hacerlo desde su paradigma, no desde lógicas ajenas que diluyen su identidad.

La segunda transformación necesaria es comprender que cuidar es un acto político, en el sentido más profundo del término. Cuidar no es neutro. Implica redistribuir bienestar, reducir desigualdades, proteger lo vulnerable, fortalecer comunidades, acompañar procesos vitales y construir espacios de justicia donde antes había exclusión. En territorios atravesados por desigualdades —barrios empobrecidos, periferias urbanas, zonas rurales aisladas, comunidades indígenas, migraciones precarizadas—, Enfermería es muchas veces la única presencia estable del Estado. Allí, cuidar significa sostener vida, identidad, pertenencia y derechos[23].

Tanto hombres como mujeres enfermeras tienen una responsabilidad histórica: convertir el cuidado en un motor de justicia social, no en un residuo del sistema sanitario ni en un servicio precarizado bajo la lógica del mercado. Enfermería no puede renunciar a este papel político. Al contrario, debe reivindicarlo como la columna vertebral de su aportación al siglo XXI.

La tercera transformación —quizá la más delicada y la más decisiva— consiste en integrar el feminismo profesional y las nuevas masculinidades críticas en un proyecto conjunto.

Una profesión que excluye a los hombres está condenada a repetirse; una profesión que neutraliza el feminismo está condenada a perderse. La verdadera madurez consiste en comprender que ambas fuerzas son necesarias para construir una identidad integradora.

Cuando la profesión logra este punto de encuentro, emerge una Enfermería capaz de dialogar con el mundo sin subordinarse a ninguna estructura de poder. Una Enfermería que no se define por oposición a la medicina, sino por la fortaleza de su propio paradigma. Una Enfermería que no depende de la técnica para justificarse, sino que demuestra que el cuidado —en su complejidad relacional, ética, social y comunitaria— es una de las aportaciones profesionales más exigentes y transformadoras que existen.

Este horizonte tiene especial relevancia en el espacio iberoamericano. Ese pensamiento iberoamericano del cuidado puede convertirse en una de las contribuciones más valiosas de las enfermeras al debate global sobre salud, equidad y bienestar colectivo. En un mundo marcado por desigualdades crecientes, crisis migratorias, enfermedades crónicas, precarización laboral, deterioro ambiental y tensiones sociopolíticas, el cuidado es una de las pocas fuerzas capaces de sostener comunidad, redistribuir poder y generar esperanza. Enfermería —con su mirada relacional, su compromiso ético y su capacidad para acompañar vulnerabilidades— es una profesión privilegiada para ejercer este papel.

Las enfermeras iberoamericanas tienen una oportunidad única para articular un pensamiento común, profundamente humanista, científicamente sólido y éticamente transformador. Un pensamiento que ponga en el centro el cuidado como acto de justicia social[24].

Por eso, la pregunta final no es si Enfermería será femenina o masculina, sino si será capaz de convertirse en una fuerza ética, científica y comunitaria capaz de sostener la vida en un mundo herido. En sociedades cada vez más individualistas, polarizadas, violentadas y deshumanizadas, Enfermería es una de las pocas profesiones que puede ofrecer una respuesta basada en la proximidad, la dignidad y la justicia social. Su mirada integral, integrada e integradora, su comprensión del sufrimiento, su capacidad para acompañar trayectorias vitales y su compromiso con lo colectivo la sitúan en una posición única para transformar realidades.

La profesión necesita consolidar una voz que no imite modelos ajenos, sino que hable desde su esencia y su historia. Una voz que nombre las desigualdades, que acompañe vulnerabilidades, que denuncie injusticias y que proponga alternativas de vida común.

Hombres y mujeres, desde trayectorias distintas pero complementarias, están llamados a construir ese futuro.

Esa es la Enfermería que necesita Iberoamérica. Una Enfermería con voz propia, con mirada crítica, con liderazgo comunitario, con pensamiento situado, con compromiso ético y con una identidad madura capaz de trascender el género sin olvidarlo. Una Enfermería que aspire a mejorar el mundo desde el cuidado. Una Enfermería que, sin dejar de recordar su historia, se atreva a escribir su propio futuro.

[1] Actriz, modelo y activista británica (1990)

[2] Ortiz-Gómez T, Birriel S. Gender and nursing professionalization in Spain: historical tensions. Hist Cienc Saude Manguinhos. 2019;26(1):45-62.

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[22] Almeida Filho N. Salud colectiva y pensamiento crítico. Salud Colect. 2018;14(2):203-16.

[23] World Health Organization. State of the World’s Nursing. WHO; 2020.

[24] Morley C, et al. Nursing and social justice. J Nurs Scholarsh. 2022;54(2):139-47.

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