
España parece un inmenso plató donde se ruedan, día tras día, los capítulos de una serie política sin final. Cada mañana se encienden los focos, se colocan las cámaras y los protagonistas ensayan su papel frente a un público que, sin saberlo, forma parte del decorado. Hay aplausos enlatados, giros de guion previsibles y un aire de ficción que impregna cada escena. Como en El show de Truman, la realidad se confunde con el espectáculo, y lo que debería ser política se ha convertido en entretenimiento. La diferencia es que aquí no hay un Truman ingenuo que busca la verdad, sino millones de ciudadanos que prefieren no encontrarla.
Vivimos en una democracia televisada, donde las redes sociales -convertidas en redes fecales- sustituyen al debate, el gesto al argumento y la imagen al pensamiento. Los líderes —o lo que queda de ellos— compiten por ocupar el plano principal, mientras los partidos se reducen a productoras que gestionan audiencias. Todo está medido en función del impacto, de la cuota de pantalla, del clic. Lo que antes se llamaba ideología, hoy se denomina estrategia de comunicación. Lo que antes era programa, ahora es relato. Y lo que antes movilizaba convicciones, hoy tan solo busca fidelizar seguidores. La ciudadanía, anestesiada por el ruido y fascinada por el espectáculo, asiste al rodaje convencida de que participa, cuando en realidad solo figura en los créditos como “figuración especial”.
Pero esta representación no se sostiene solo con decorados mediáticos. Hay una sustancia más profunda que la alimenta, el sueño colectivo. Un sueño en el que, los españoles, como Segismundo en “La vida es sueño”, oscilan entre la ilusión y la vigilia, entre la esperanza de ser protagonistas y la resignación de saberse personajes secundarios. Soñamos que votamos libremente, que elegimos, que influimos en el curso de los acontecimientos. Soñamos que los partidos nos representan, que las instituciones funcionan, que la justicia es justa. Soñamos, incluso, que despertar sería peor, porque implicaría asumir la responsabilidad de cambiar las cosas.
Segismundo despierta y descubre que su poder no es sino un espejismo. Truman descubre que su mundo es una escenografía. Nosotros seguimos dormidos frente a una pantalla que nos devuelve el reflejo de una política que ya no creemos, pero seguimos consumiendo. Y en ese duermevela, confundimos la indignación con la acción, el “me gusta” con el compromiso, la crítica con la transformación. Mientras tanto, los guionistas del poder —económico, mediático y político— continúan escribiendo la trama con la certeza de que el público no se levantará de las butacas.
La política se ha convertido en un teatro de sombras, donde se promete una transparencia que se desvanece en cuanto se apagan las luces. Cada escándalo dura lo que un ciclo de audiencia, cada promesa lo que un titular. La verdad importa menos que el relato, y el relato menos que la emoción. Así, la ciudadanía se convierte en una masa de espectadores emocionados, pero desarmados; despiertos, pero sin conciencia. El resultado es una sociedad que vive, como decía Calderón, “soñando que vive”, atrapada entre la resignación y el espectáculo.
Truman, al final de la película, encuentra la puerta que lo separa del mundo ficticio y, pese al miedo, decide cruzarla. Segismundo, tras su despertar, elige actuar con justicia para no repetir los errores del sueño. Ambos comprenden que la libertad no consiste en vivir sin límites, sino en reconocerlos y decidir más allá de ellos. En cambio, nosotros —los ciudadanos de este gran plató político— seguimos hipnotizados, esperando que el siguiente capítulo sea distinto, aunque sepamos que el guion se repite.
La gran paradoja de nuestro tiempo es que confundimos la participación con la presencia. Estar no es lo mismo que ser. Opinar no equivale a decidir. Mirar no es ver. Mientras el espectáculo continúa, los verdaderos problemas —la desigualdad, la precariedad, la desafección, la ausencia de reflexión, la indiferencia — quedan fuera de plano, invisibles para un público que solo atiende a lo que la cámara quiere enfocar. La política está tan centrada en el show que, cuando se habla de gobernar, ya casi nadie escucha.
Quizá la única salida, como en las grandes obras, esté en el despertar. Pero despertar implica asumir el vértigo de la libertad, la responsabilidad de actuar sin guion, el riesgo de no tener aplausos. Significa dejar de soñar una democracia y empezar a construirla. Porque, al fin y al cabo, toda representación tiene un final, y el público siempre puede levantarse y marcharse.
Calderón lo escribió hace casi cuatro siglos, pero su eco sigue resonando con fuerza: “Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.” Y en este tiempo nuestro, en que el poder se disfraza de espectáculo y la ciudadanía de audiencia, quizá deberíamos recordar que también los sueños —si se prolongan demasiado— pueden convertirse en una pesadilla.