
La historia, cuando no se aprende de ella, tiene la obstinada costumbre de repetirse. No como un eco casi imperceptible, sino como un golpe seco que nos recuerda que la falta de memoria colectiva siempre acaba teniendo consecuencias. La pseudodimisión —porque no merece otro nombre— del todavía presidente en funciones de la Generalitat, Carlos Mazón, es el último ejemplo de esta reiteración casi patológica de patrones que creíamos superados.
En julio de 2011, Francisco Camps dimitió como President de la Generalitat acosado por múltiples escándalos. Entre ellos, el accidente de Metro de 2006 que causó la muerte de 43 personas. Nunca asumió responsabilidad alguna. Nunca tuvo un gesto sincero hacia las víctimas y sus familias. Despreció el dolor como quien aparta una mosca molesta. Aquella dimisión fue presentada como un “acto de sacrificio” para allanar el camino a Mariano Rajoy hacia La Moncloa. El relato heroico duró lo que tardó en designarse a un sucesor dócil, manejable, inofensivo para la figura del líder caído. La operación era clara, cambiar algo para que todo siguiera igual. Y siguió igual, con escándalos, deshonor y un estilo político basado en la impunidad que finalmente le llevó a él también al banquillo de los acusados.
Catorce años después, el guion vuelve a representarse, pero con giros aún más inverosímiles y surrealistas. Cambian los actores, pero no la trama. Carlos Mazón se marcha —o finge marcharse— para despejar el camino a Alberto Núñez Feijóo. Pero añadiendo una condición, que su sucesor sea el hombre de su máxima confianza, Juanfran Pérez Llorca. Un fiel y custodio político que garantice lealtad a prueba de sobresaltos judiciales, que proteja el relato oficial, a pesar de la dificultad que ello supone. La realidad es tan simple como vergonzosa. Quiere el beneplácito de VOX, el mismo partido que él invitó a gobernar y que ahora actúa como avalista imprescindible para su supervivencia política. Génova duda, resopla y calcula, pero la estrategia de Mazón se impone, blindarse a sí mismo antes que proteger los intereses de los valencianos.
Y aquí es donde el déjà vu se convierte en náusea democrática.
Resulta triste, patético y profundamente desmoralizador comprobar cómo se sigue utilizando la política de manera tan rastrera, oportunista, miserable y mediocre imaginable. Ver cómo se desprecia a todo un pueblo para garantizar su seguridad personal. Constatar cómo se repite, corregido y aumentado, el manual de Camps, negando responsabilidades, falseando relatos, despreciando a las víctimas, manipulando la verdad y huyendo hacia adelante con una mezcla de arrogancia, cobardía y desprecio, aderezada en todo momento de nuevas y vergonzantes mentiras en el relato imposible de su negligencia, mediocridad y miseria.
Porque Carlos Mazón no solo deja a la Comunitat Valenciana sumida en una crisis institucional que torpemente trata de maquillar, sino que además ha mentido de manera sistemática y flagrante. Ha despreciado e ignorado a las víctimas de la DANA y a sus familiares. Ha tergiversado datos, ha construido realidades paralelas y ha intentado convertir en persecución lo que era simplemente su obligación. Ha preferido presentarse como mártir antes que asumir errores; como víctima antes que como presidente; como acosado antes que como responsable.
Y, sin embargo, pretende irse por la puerta grande. Con honores. Con aplausos. Con la ficción de una despedida estratégica. Pero la realidad es tozuda. Mazón deja la presidencia como el peor President de la democracia valenciana. Sí, peor que Camps. Sí, peor que su padrino Zaplana. Algo realmente difícil, pero que ha logrado con una velocidad y una intensidad que pasarán a los libros de historia.
Mazón no se marcha como un personaje trágico shakesperiano, consciente del daño causado. Se comporta más bien como los protagonistas de esas novelas de realismo sucio, que creen que basta con cambiar de escenario para que la trama no les alcance. Como si la culpa no viajara en el equipaje.
En medio de todo este espectáculo se repite el mismo mecanismo perverso. Se sacrifica la dignidad institucional para asegurar el futuro de quien huye; se manipulan las estructuras públicas como si fuesen de su propiedad privada; se trafica con la confianza ciudadana como si fuese un bien fungible.
Si esta dolorosa repetición histórica sirviera al menos para que no volviera a ocurrir, podríamos encontrar cierto consuelo. Pero mucho me temo que la memoria colectiva será, una vez más, tan corta como la honestidad política de Carlos Mazón. Las víctimas seguirán esperando respuestas. Las familias seguirán atrapadas en la incertidumbre. La Comunitat seguirá pagando las consecuencias de decisiones erráticas, negligentes y profundamente irresponsables.
Y, mientras todo esto sucede, el aparecido, el renacido Francisco Camps, amenaza con su regreso rodeado de todos aquellos que le acompañaron en el saqueo de la Comunidad Valenciana. No se puede generar un espectáculo más bochornoso, penoso y lamentable. O sí, no tentemos a la suerte, visto lo visto.
Mañana se escenificará un nuevo, que no último, acto de este sainete tan trágico y cruel en el que la vedette principal sigue presa de sus incoherencias y las de Mazón. La investidura, con el falso y calculado suspense que ha decidido incorporar VOX, de quien ellos mismos han elegido para que desarrolle el acoso y derribo a la libertad, la democracia, los derechos, la cultura, la lengua, la educación, la sanidad… de todo el pueblo valenciano.
La política valenciana vuelve a vivir el ciclo de la vergüenza, de la huida, del recambio táctico y del silencio cómplice. Y el pueblo valenciano vuelve a quedar relegado a un papel secundario en una obra mediocre que no ha pedido, pero se le obliga a ver.
Que Mazón se marche no es una buena noticia. Es la constatación del fracaso. Su fracaso. Y la evidencia de que el daño provocado seguirá pesando mucho tiempo sobre quienes, una vez más, pagaron el precio de la impunidad ajena.
Tanta gloria —o demérito— lleve como paz —o inquietud y rabia— deja.
Al nuevo e impuesto inquilino de la Generalitat le queda la obediencia debida.
Que triste y doloroso.