GESTIÓN ENFERMERA: ENTRE LA POLÍTICA, EL MERCADO Y EL CUIDADO

“La política trata del estar juntos y de cuidar el mundo que compartimos.”

Hannah Arendt[1]

 

La prestación de cuidados profesionales enfermeros —ya sea en hospitales, centros de salud, residencias de personas adultas mayores, escuelas o en cualquier otro ámbito, público o privado— exige competencia técnica, compromiso humano, empatía, compasión y una sólida base ética. Estos valores forman parte del ADN identitario de la profesión enfermera y, en principio, no deberían ofrecer discusión alguna. Sin embargo, la práctica cotidiana revela algo inquietante: con demasiada frecuencia existe una profunda contradicción entre lo que define a la enfermería como profesión del cuidado y lo que las personas reciben, perciben, sienten o valoran cuando son cuidadas. Esa distancia no es anecdótica ni puede explicarse como una suma de errores individuales. Es una distorsión estructural que interpela directamente a la manera en que se organizan y se gestionan los cuidados.

Desde hace años se acumula evidencia que vincula el deterioro de la calidad asistencial con factores organizativos como la sobrecarga de trabajo, la escasez de enfermeras, la desorganización de los servicios, los climas laborales tóxicos, la falta de apoyo al desarrollo profesional y el debilitamiento del liderazgo clínico[2]. Estas condiciones erosionan la satisfacción profesional, incrementan la fatiga emocional y afectan directamente a los resultados en salud[3]. Pero centrar el análisis exclusivamente en estos factores inmediatos supone quedarse en la superficie del problema. Son manifestaciones visibles de algo más profundo, una gestión de los cuidados fragmentada, condicionada y, en muchas ocasiones, ajena a una comprensión genuina del valor estratégico de la enfermería.

El liderazgo enfermero ha demostrado ser un factor clave en la calidad de los sistemas sanitarios. Estudios internacionales confirman que la presencia de enfermeras en posiciones de decisión estratégica se asocia a mejores indicadores de seguridad de las personas, mayor cohesión de los equipos, menor rotación profesional y una mayor satisfacción tanto de la ciudadanía como de profesionales[4],[5]. No se trata simplemente de ocupar un puesto en un organigrama; se trata de ejercer un liderazgo que articule conocimiento, visión ética y capacidad de transformación organizativa. Sin embargo, esta premisa se desdibuja cuando los cargos directivos pierden su sentido profesional para verse atrapados por dinámicas políticas o mercantiles que neutralizan su función real. Conviene precisar aquí una cuestión fundamental: plantear la necesaria desvinculación de la gestión enfermera respecto a los intereses partidistas no significa en absoluto sostener que la gestión de los cuidados no sea una acción política. Muy al contrario, gestionar es ejercer política en su sentido más noble: decidir cómo se distribuyen los recursos, qué prioridades se establecen, a qué necesidades se responde primero y desde qué valores se orientan esas decisiones. La diferencia estriba en que no hablamos de una política ideológica de partido, sino de una política del cuidado, sustentada en criterios de justicia social, equidad, evidencia científica y ética profesional. Se trata de una política imprescindible, profundamente necesaria, sin la cual la gestión sanitaria pierde su dimensión moral y se reduce a mera administración tecnocrática[6]. Del mismo modo, cuando denunciamos la mercantilización de la salud no estamos cuestionando la necesidad de una gestión eficiente de los recursos. Gestionar bien implica precisamente optimizar el uso de unos medios siempre limitados para dar respuesta al mayor número posible de necesidades con la mejor calidad de resultados. La eficiencia, la evaluación de resultados o la rendición de cuentas son elementos consustanciales a una buena gestión sanitaria. Lo que se impugna no es la búsqueda del equilibrio entre recursos y resultados, sino la sustitución de los criterios clínicos, éticos y sociales por objetivos financieros que subordinan el cuidado a la lógica exclusiva del beneficio. Una gestión verdaderamente eficiente es aquella que integra sostenibilidad económica y excelencia de la atención, sin sacrificar la dignidad ni la seguridad de las personas cuidadas[7].

En la sanidad pública, el acceso a gran parte de las direcciones enfermeras se encuentra condicionado por una lógica partidista que subordina el mérito profesional a la denominada “confianza política”. El nombramiento responde más a la lealtad ideológica que a criterios objetivos de competencia gestora, experiencia clínica, formación específica en liderazgo o solvencia estratégica. Esto convierte los puestos directivos en extensiones administrativas del poder político de turno y no en espacios genuinos de gobernanza profesional. Las consecuencias de este modelo están bien documentadas: pérdida de autonomía decisora, imposición de agendas ajenas a las necesidades de atención y debilitamiento de la innovación organizativa[8].

En estas condiciones, la enfermera que accede a una dirección difícilmente puede desplegar el tipo de liderazgo transformador que la evidencia reclama. Su margen de maniobra se ve limitado por estructuras jerárquicas verticalizadas, por una permanente fiscalización política y por la obligación implícita de alinear sus decisiones con intereses ideológicos ajenos al proyecto profesional del cuidado. Las iniciativas que buscan introducir mejoras reales en la organización de los cuidados, incentivar la práctica basada en la evidencia o fortalecer la identidad profesional topan con resistencias institucionales que desincentivan cualquier iniciativa autónoma. Como señalan diversos autores, cuando el liderazgo clínico se ve sustituido por una gobernanza burocrática, los sistemas sanitarios pierden capacidad de adaptación, deterioran su cultura de calidad y aumentan los riesgos para pacientes y profesionales[9].

Este modelo provoca una primera brecha crítica, la separación entre quienes ocupan cargos de responsabilidad formal y quienes ejercen el cuidado directo. Las direcciones dejan de ser percibidas como referentes profesionales y pasan a ser vistas como figuras alejadas de la realidad asistencial, más preocupadas por el cumplimiento de directrices externas que por el acompañamiento de los equipos. La comunicación se empobrece, la escucha activa se sustituye por el trámite administrativo y desaparece la construcción colectiva de proyectos de cuidado compartidos. Este distanciamiento alimenta la sensación de desamparo profesional entre las enfermeras asistenciales, incrementa la desmotivación y erosiona el sentido de pertenencia a una disciplina con vocación de liderazgo propio.

Paralelamente, se genera una distorsión en la percepción que las propias enfermeras tienen de las direcciones. En contextos de precariedad, saturación e inseguridad laboral, se espera de ellas una función de intermediación casi sindical, centrada en resolver conflictos individuales o problemas de turnos, contratos y condiciones de trabajo. Aunque estas cuestiones son legítimas y necesarias, este enfoque reduce la visión estratégica del liderazgo enfermero y confina a las direcciones al papel de gestoras administrativas de recursos humanos. Se pierde así la referencia profesional que debería orientar el desarrollo científico, ético y competencial de la enfermería en su conjunto.

Esta doble desconexión —direcciones atrapadas en lógicas políticas y enfermeras asistenciales atrapadas en demandas de supervivencia laboral— abre una brecha profunda que impacta directamente en la calidad de los cuidados. La literatura confirma que entornos sin liderazgo enfermero sólido presentan mayores niveles de estrés crónico, síndrome de burnout, absentismo y abandono de la profesión[10], con una correlación directa en la disminución de la calidad percibida y objetiva de la atención[11]. El deterioro no solo afecta al bienestar profesional, se traduce en mayores eventos adversos, menor continuidad de cuidados y pérdida de confianza ciudadana en el sistema sanitario[12]. Esa brecha no se resuelve desde planteamientos simplistas de camaradería corporativa, basados en la idea de que la identidad disciplinar compartida debería traducirse en una relación de “compadreo” o amistad entre gestoras y enfermeras asistenciales. El liderazgo no se construye desde la horizontalidad fingida ni desde la cercanía complaciente. Como sucede en el ámbito familiar cuando se confunde el rol parental con el rol de amistad, las personas no buscan referentes “colegas”, sino figuras de autoridad ética capaces de orientar, marcar límites, corregir cuando es necesario y acompañar desde el respeto y el diálogo. De igual manera, la enfermera gestora no debe ser una compañera más del equipo asistencial, sino una líder profesional que establezca dinámicas, defina líneas estratégicas y facilite procesos desde la participación, el consenso y la responsabilidad compartida[13].

En el ámbito sanitario privado estas dinámicas no solo no se corrigen, sino que adquieren una forma distinta igualmente problemática. Aquí el acceso a las direcciones enfermeras responde de manera más explícita a criterios empresariales centrados en la obtención de resultados económicos. La priorización de la eficiencia financiera frente a la calidad del cuidado convierte los cargos directivos en instrumentos de control de costes y de producción de actividad, desplazando la atención desde las necesidades reales de personas y profesionales hacia indicadores económicos de corto recorrido. Diversos estudios han evidenciado que los modelos de gestión basados en lógicas mercantiles se asocian consistentemente con mayores ratios personas/enfermera, precarización contractual, reducción de tiempos de atención y desinversión en formación continua, todo lo cual tiene un impacto negativo directo sobre la seguridad clínica y la calidad asistencial[14],[15].

En estos contextos, la enfermera gestora se ve presionada para alcanzar objetivos que poco o nada tienen que ver con la excelencia de los cuidados. La evaluación de su desempeño se realiza fundamentalmente en función de la reducción de gastos, el aumento de la productividad medida en actos asistenciales o la capacidad de adaptación a recortes estructurales. Aspectos nucleares como el acompañamiento emocional, la continuidad del cuidado, la relación terapéutica o la personalización de la atención —componentes esenciales del paradigma enfermero— quedan invisibilizados por no ser fácilmente traducibles en indicadores económicos. Esta mercantilización del cuidado es señalada por la literatura como uno de los principales factores responsables de la deshumanización progresiva de los sistemas sanitarios modernos[16].

Paradójicamente, tanto en el ámbito público como en el privado, la dirección enfermera acaba quedando atrapada en un modelo burocratizado que diluye su función profesional. En un caso la subordina a la ideología política; en el otro, la somete al rendimiento económico. En ambos escenarios, se neutraliza la capacidad de liderazgo clínico y se debilita el papel de la enfermería como disciplina autónoma responsable de la gestión integral de los cuidados.

Ante este panorama, surge una pregunta incómoda: ¿por qué existen enfermeras que aceptan ocupar estos puestos bajo condiciones que comprometen tan seriamente la esencia del liderazgo profesional? La respuesta no es unívoca ni puede formularse desde el juicio simplista. La motivación para asumir cargos directivos es heterogénea. Legítimos deseos de influir positivamente en el sistema desde dentro, aspiraciones de desarrollo profesional, búsqueda de estabilidad administrativa, reconocimiento institucional o, en algunos casos, presión explícita o implícita para aceptar nombramientos acordes con determinados alineamientos ideológicos o empresariales.

La literatura muestra que muchas profesionales acceden a la dirección con expectativas genuinas de transformación, pero chocan rápidamente con límites organizativos que dificultan o impiden ejercer un liderazgo ético y autónomo[17]. Frustradas por la imposibilidad de implementar cambios sustanciales, algunas terminan adaptándose al sistema como mecanismo de supervivencia profesional, asumiendo un rol fundamentalmente gestor-administrativo que las distancia de su identidad disciplinar. Este proceso de acomodación institucional no es individualmente reprobable, es el resultado de estructuras que penalizan la disidencia profesional y premian la obediencia acrítica.

No obstante, también existen enfermeras gestoras que conservan una postura ética sólida frente a estas presiones. Son las denominadas líderes transformacionales, profesionales que utilizan los márgenes disponibles para impulsar mejoras en la organización del cuidado, promover entornos laborales saludables, fomentar la práctica basada en la evidencia y proteger el espacio relacional enfermera-persona. Estas gestoras ejercen un liderazgo centrado en valores, compromiso profesional y defensa del bien común. La investigación muestra que este tipo de liderazgo se asocia a menores niveles de burnout, mayor cohesión de los equipos, reducción de eventos adversos y aumento de la satisfacción ciudadana[18], [19].

Sin embargo, estas excepciones suelen transitar escenarios complejos: enfrentamientos con estructuras políticas o empresariales, amenazas veladas de relevo, limitaciones presupuestarias, bloqueo a proyectos de mejora o aislamiento institucional. En no pocas ocasiones, este tipo de liderazgo ético desemboca en ceses prematuros o despidos o en el peor de los casos en acoso laboral, interpretando la coherencia profesional como una forma de insumisión organizativa. La paradoja es evidente, se penaliza precisamente aquello que la evidencia científica identifica como el liderazgo necesario para garantizar cuidados seguros, humanos y de calidad.

Esta situación agrava la brecha entre dirección y asistencia. Para muchas enfermeras asistenciales, las direcciones pasan a representar un nivel ajeno a la realidad diaria, más cercano a intereses externos que a las necesidades profesionales. Se instala una percepción de distancia, de desconfianza y, en ocasiones, de rechazo abierto. Este deterioro relacional tiene consecuencias graves: se pierde la posibilidad de construir proyectos de cuidados compartidos, se debilita la cohesión de los equipos y se erosiona la identidad colectiva como profesión con capacidad de liderazgo propio.

Al mismo tiempo, se produce un empobrecimiento del diálogo profesional. La comunicación entre niveles jerárquicos queda reducida a flujos descendentes de órdenes e instrucciones, sin espacios reales de participación, deliberación o corresponsabilidad. La literatura señala que los entornos organizativos con bajo nivel de participación profesional generan menor compromiso, disminuyen la iniciativa clínica y favorecen la aparición de conductas defensivas orientadas a la mera supervivencia laboral[20], [21]. Cuando el cuidado se transforma en una sucesión mecánica de tareas, desprovistas de reflexión ética y autonomía clínica, se pierde el núcleo humanista de la profesión.

Las consecuencias no se limitan al plano laboral. La degradación del liderazgo enfermero impacta directamente sobre la ciudadanía. Estudios recientes demuestran que los servicios con menor índice de liderazgo clínico enfermero presentan mayores errores de medicación, mayor frecuencia de eventos adversos evitables y menor satisfacción del paciente[22]. Asimismo, se debilita la capacidad de los sistemas sanitarios para responder a las crecientes necesidades de atención comunitaria, cronicidad, dependencia y salud mental, ámbitos donde la enfermería desempeña un papel irremplazable.

Superar esta situación exige afrontar cambios estructurales de calado que no pueden seguir posponiéndose. La desvinculación efectiva de los cargos de responsabilidad enfermera respecto de los idearios políticos en la sanidad pública constituye una condición ineludible para devolver sentido profesional a la gestión de los cuidados. La selección de gestoras enfermeras debería basarse en procedimientos transparentes, competitivos y evaluables, centrados en criterios objetivos de mérito, experiencia clínica acreditada, formación especializada en gestión sanitaria, liderazgo y ética profesional. Países que han implantado modelos de gobernanza clínica basados en liderazgo profesional independiente muestran mejores resultados globales del sistema, mayor confianza de la ciudadanía y mayores índices de retención del personal de enfermería[23].

La profesionalización del liderazgo enfermero implica reconocer, de manera formal y efectiva, que la gestión de los cuidados no es un mero artículo administrativo de la estructura sanitaria, sino una competencia propia de la disciplina enfermera. Este reconocimiento debe traducirse en programas estables de formación avanzada en liderazgo clínico, dirección estratégica y gestión del cambio para enfermeras, así como en itinerarios profesionales claros que permitan progresar hacia puestos directivos sin depender de afinidades ideológicas o de relaciones de conveniencia política. Organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud y el Consejo Internacional de Enfermeras han subrayado que fortalecer el liderazgo enfermero es imprescindible para afrontar los grandes retos actuales de los sistemas de salud: envejecimiento poblacional, cronicidad, inequidades sociales y crisis ambientales que impactan sobre la salud comunitaria[24], [25].

En el ámbito privado, la solución es más compleja pero igualmente necesaria. Resulta imprescindible avanzar hacia marcos regulatorios que vinculen la acreditación de centros sanitarios a estándares reales de calidad del cuidado, no solo a indicadores financieros o de volumen productivo. Las evaluaciones externas deberían incluir mediciones obligatorias de satisfacción profesional, ratios enfermera/persona seguras, continuidad de los cuidados, impacto comunitario y seguridad clínica. Cuando los sistemas de financiación y contratación incorporan la calidad del cuidado como factor determinante, se limita la lógica puramente mercantilista y se favorecen modelos organizativos más humanos y sostenibles[26].

Pero más allá de las reformas estructurales, existe una transformación cultural pendiente en el seno de la propia enfermería. Es necesario recuperar la comprensión del liderazgo como una función profesional colectiva, no como una élite administrativa separada de la clínica. La gestión de los cuidados debe ser concebida como un proceso compartido que articule dirección estratégica, coordinación intermedia y práctica de la atención en un mismo proyecto disciplinar. Esto implica reconstruir espacios de diálogo real entre los diferentes ámbitos de ejercicio profesional, fomentar la participación activa de las enfermeras en la elaboración de planes de cuidados organizativos y reconocer institucionalmente las aportaciones provenientes de la práctica clínica de base.

Sin embargo, no es suficiente con reivindicar que las enfermeras accedan a espacios formales de poder y a puestos de responsabilidad con capacidad decisoria. Las organizaciones profesionales, instituciones sanitarias y sociedades científicas —tanto nacionales como internacionales— deben exigir con idéntica o incluso mayor firmeza que se respeten, valoren y protejan los cuidados y todo lo que los sustenta. Esto implica situarlos en el centro de una gestión enfermera orientada a garantizar la máxima calidad, calidez, eficacia y eficiencia de la atención, evitando que queden relegados a una posición subsidiaria, dependiente de otras disciplinas, de enfoques exclusivamente técnicos y biomédicos centrados en la enfermedad o de parámetros economicistas desde los que se consideran improductivos. Se trata de desarrollar modelos de gestión compartida, participativa, sinérgica e integral, donde el cuidado se integre de manera natural e imprescindible como eje vertebrador del sistema sanitario, tal como vienen recomendando ya, algunos organismos internacionales comprometidos con el fortalecimiento del liderazgo enfermero y la gobernanza clínica profesional[27], [28], [29]

La evidencia muestra que los entornos sanitarios caracterizados por culturas participativas, donde las enfermeras son corresponsables de las decisiones clínicas y organizativas, presentan mayores niveles de compromiso profesional y mejores resultados de cuidado[30]. La gestión no debe ser un ejercicio vertical de control, sino un proceso horizontal de construcción profesional compartida.

Recuperar esta dimensión participativa permitiría cerrar parcialmente la brecha que hoy separa a direcciones y enfermeras asistenciales. Solo cuando ambas se reconocen como partes integrantes de un mismo proyecto profesional se puede restituir la confianza mutua. La dirección dejaría de ser vista como un apéndice político o empresarial, y volvería a ocupar el lugar que le corresponde, el de referencia profesional estratégica que facilita, impulsa y acompaña a las enfermeras en el ejercicio de cuidados excelentes.

Desde esta perspectiva, la ética ocupa un papel central. La gestión enfermera no puede disociarse de los principios que rigen el propio cuidado: respeto a la dignidad humana, equidad, justicia social, compromiso con los más vulnerables y defensa del derecho a una atención segura y humanizada. Numerosos autores señalan que el liderazgo ético constituye el núcleo del liderazgo enfermero auténtico[31]. Cuando la gestión se aparta de estos principios y queda subordinada a agendas externas, se produce una quiebra moral que repercute inevitablemente sobre la práctica cotidiana.

En este sentido, la crisis de liderazgo enfermero no es solo organizativa, sino también identitaria. El secuestro de la gestión de los cuidados impacta directamente en la autopercepción disciplinar. Las enfermeras dejan de verse como agentes transformadores de salud para sentirse piezas intercambiables de engranajes burocráticos. Esta erosión identitaria alimenta la desafección profesional, favorece la emigración laboral y dificulta atraer nuevas generaciones a una profesión sometida a tensiones crecientes. El fenómeno es observado tanto en Europa como en Latinoamérica y Norteamérica, donde la escasez global de enfermeras se vincula cada vez más a problemas de gobernanza profesional y falta de liderazgo profesional efectivo[32], [33].

Para la ciudadanía, las consecuencias son igualmente relevantes. La distancia entre gestión ideologizada o mercantilizada y práctica del cuidado se traduce en una atención fragmentada, impersonal y, frecuentemente, insuficiente para responder a la complejidad de las necesidades actuales. Las personas no demandan solo procedimientos técnicos; reclaman acompañamiento, continuidad, escucha y una relación terapéutica de confianza. Son precisamente estos elementos los que se deterioran cuando el sistema relega el valor del cuidado en favor de indicadores políticos o financieros. Estudios de percepción ciudadana confirman que la calidad relacional del cuidado es uno de los determinantes más poderosos de la satisfacción con los servicios sanitarios[34].

Por todo ello, seguir manteniendo una gestión de los cuidados secuestrada por intereses ajenos a la profesión enfermera conduce de manera inexorable a un deterioro progresivo de la atención prestada. Aumentará la desmotivación de las enfermeras, se agravará la fractura entre asistencia y dirección, se desdibujará la identidad profesional y se profundizará la desconfianza social en unos sistemas sanitarios cada vez más incapaces de responder a las necesidades reales de las personas, las familias y las comunidades. No estamos ante un mero problema interno de organización sanitaria: estamos ante un desafío ético de primer orden que interpela directamente al modelo de sociedad que aspiramos a construir. Superar las disfunciones actuales exige avanzar hacia modelos de gestión fundamentados en liderazgos participativos y transformacionales. Esto implica estructuras directivas abiertas al diálogo, incorporación real de las enfermeras asistenciales en la toma de decisiones organizativas, sistemas estables de escucha activa y evaluación de clima laboral, promoción de la corresponsabilidad clínica y desarrollo de itinerarios profesionales que integren asistencia, docencia, investigación y gestión. La gestión de los cuidados debe abandonar definitivamente los esquemas verticales de control para convertirse en una práctica colectiva sustentada en liderazgo compartido, deliberación ética y construcción conjunta de proyectos de cuidado[35].

Despolitizar la gestión pública, regular la gestión privada, profesionalizar el liderazgo enfermero y recuperar la dimensión participativa del cuidado son condiciones imprescindibles para revertir esta deriva. No se trata solo de una reivindicación corporativa: se trata de garantizar el derecho de la ciudadanía a recibir cuidados profesionales competentes, éticos y humanizados, sostenidos por organizaciones que reconozcan el valor real de la enfermería como disciplina central de la salud.

Porque cuando dirigir cuidados deja de ser cuidar, la sociedad entera pierde. Y cuando el liderazgo enfermero recupera su sentido ético y profesional, no solo se fortalecen las enfermeras: se fortalece el sistema sanitario y se dignifica el cuidado como pilar esencial de la vida colectiva.

[1] Filósofa, historiadora, politóloga, socióloga, profesora de universidad, escritora y teórica política alemana (1906-1975)

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MADRID NO ES UNA EXCEPCIÓN: LA SOMBRA DE RIBERA SALUD

La grabación en la que el CEO del Hospital de Torrejón verbaliza con absoluta naturalidad la estrategia de Ribera Salud para maximizar beneficios económicos a costa de la atención sanitaria ha provocado un notable revuelo político y social en Madrid. Sin embargo, más allá del ruido mediático y del fuego cruzado entre PP y PSOE, lo verdaderamente relevante no es la anécdota, sino lo que esta revela, las consecuencias de un modelo de privatización encubierta del sistema público sanitario mediante concesiones administrativas que permiten convertir la salud de la ciudadanía en un negocio.

Cuando la presidenta Ayuso afirma que “Madrid es de todos” y que “Madrid es España dentro de España”, sin pretenderlo aporta una clave de lectura esencial, lo que ocurre en Madrid no puede interpretarse como un episodio aislado. Es, en realidad, la expresión de un modelo extendido que se ha implantado en distintas comunidades autónomas bajo fórmulas de colaboración público-privada que, lejos de mejorar la eficiencia o la calidad asistencial, han generado espacios opacos donde la lógica del mercado acaba imponiéndose sobre el interés general.

El caso de Torrejón pone negro sobre blanco una estrategia empresarial basada en restringir inversiones, ajustar plantillas, precarizar condiciones laborales y seleccionar procesos “rentables”, mientras se deriva aquello que genera mayor coste o complejidad al sistema público tradicional. No se trata de supuestas malas prácticas circunstanciales, sino de un modo de operar perfectamente coherente con la lógica empresarial: reducir gastos, aumentar ingresos y asegurar beneficios allí donde la ley y los contratos lo permiten. El problema es que hablamos de sanidad y salud, de derechos fundamentales y de un sistema cuya razón de ser es cuidar a las personas, no generar dividendos.

Pero, lo sucedido en Torrejón no es un hecho aislado ni extraordinario. Es la confirmación de un modus operandi reiterado de Ribera Salud y de otras empresas del sector privado de la salud que operan bajo concesión pública. No es ni el primer caso ni probablemente el más grave. Experiencias previas en comunidades como la Valenciana o la Gallega ya habían alertado de dinámicas similares, aunque muchas veces silenciadas o minimizadas por intereses políticos y económicos.

En la Comunitat Valenciana, de hecho, este modelo nació con el conocido caso Alzira, impulsado por el entonces presidente Zaplana y de manera muy clara por parte del actual Conseller de Sanitat, Marciano Gómez, que posteriormente favorecieron nuevas concesiones en Torrevieja y Elche. En todos estos departamentos de salud se produjeron prácticas muy parecidas a las ahora reveladas en Torrejón, a través de una gestión orientada prioritaria y sistemáticamente a la obtención de beneficios. La diferencia no estuvo nunca en el fondo del modelo, sino en el grado de visibilidad pública de sus consecuencias.

Estas concesiones se sostienen en contratos redactados de forma que blindan el negocio de las empresas adjudicatarias, garantizando rentabilidad casi al margen de los resultados reales en términos de salud, calidad asistencial o satisfacción de la ciudadanía. Mientras tanto, se venden políticamente como “modelos de éxito”., pero, ¿éxito para quién? Desde luego no para el sistema público, que asume los casos complejos, costos elevados y los efectos colaterales de una asistencia fragmentada. Tampoco para los profesionales, sometidos a condiciones laborales más precarias. Mucho menos para las personas, cuyo derecho a una atención integral se somete a criterios de rentabilidad.

Todo esto tiene una raíz legal clara, la Ley 15/1997, que abrió la puerta a estas fórmulas de gestión indirecta. Durante casi tres décadas ha funcionado como una verdadera vía de agua en el sistema público sanitario, haciendo posible una privatización progresiva, silenciosa y normalizada con la connivencia activa o pasiva de los distintos gobiernos que han hecho uso de ella. El reciente anuncio de su reforma por parte del Ministerio de Sanidad llega tarde, impulsado más por la presión mediática que por una voluntad política firme. Han tenido que pasar 28 años y numerosos escándalos para asumir que el modelo era claramente fallido.

Tan grave es el abuso mercantilista de las empresas concesionarias como la hipocresía de quienes hoy se escandalizan habiendo mantenido intacta durante años la arquitectura legal que lo permitió. La indignación resulta poco creíble cuando se ha participado de la consolidación del sistema que sostiene precisamente aquello que ahora se critica.

Es tiempo de que se ponga orden en la sanidad —y también en la educación— mediante un consenso de Estado que proteja de forma inequívoca los servicios públicos esenciales frente al mercado, estableciendo límites jurídicos claros e infranqueables. Sin vaivenes partidistas, sin concesiones ideológicas al negocio de lo común. Porque la ciudadanía merece que se respete su dignidad y se garantice su derecho a la salud tal como consagra la Constitución, precisamente cuando acabamos de conmemorar su 47 aniversario. Lo sucedido en Torrejón no es un accidente: es una advertencia que ya no podemos seguir ignorando.

EL EMÉRITO, EL ESPEJO ROTO DE NUESTRA ÉTICA COLECTIVA

La reciente publicación del libro de memorias de Juan Carlos de Borbón —a quien de forma incomprensible se sigue tratando como Rey Emérito— ha vuelto a abrir un debate que, en realidad, nunca debería haberse cerrado: la sorprendente facilidad con la que nuestra sociedad tolera, suaviza e incluso celebra comportamientos que, en cualquier otra persona, serían objeto de condena pública inmediata. La obra no revela nada que no supiéramos; lo que destapa, en realidad, es nuestra propia resistencia a asumir la gravedad de lo conocido.

El relato de Juan Carlos I ofrece una galería de comportamientos que, lejos de resultar anecdóticos, dibujan el perfil de un poder ejercido desde el privilegio absoluto. Su machismo, lejos de ser un detalle de época, es una forma de dominación normalizada durante décadas: un machismo real, en ambos sentidos, que se ha justificado sistemáticamente con excusas tan desgastadas como peligrosas. La idea de que “eran otros tiempos” es el refugio narrativo de quienes prefieren perdonar al poderoso antes que confrontar lo que ese poder significó para las mujeres que tuvo a su alrededor y para la sociedad que observaba en silencio. No es cuestión de época, es cuestión de ética.

A esa dimensión se suma el capítulo de la corrupción, que el propio monarca intenta vestir con una pátina de humanidad mal entendida. Habla de errores y excesos como si la fortuna oculta, las comisiones irregulares o los regalos millonarios fueran simples tropiezos de un hombre que vivió demasiado deprisa. Pero no se trata de impulsos, sino de un sistema de impunidad construido a conciencia, que permitió que quien ostentaba la jefatura del Estado actuara durante años al margen de cualquier control fiscal, legal o democrático. La inmunidad no debería ser una licencia para delinquir, pero en su caso funcionó como tal. Y lo más grave no es solo que ocurriera, sino que tantos se empeñen aún hoy en justificarlo.

En una España donde hay personas que son condenadas por hurtos mínimos vinculados a la supervivencia, resulta insultante que el saqueo a gran escala cometido desde un palacio se trate como travesura aristocrática. La corrupción del poderoso se percibe como una excentricidad; la del vulnerable, como un crimen intolerable. Una desigualdad ética profundamente instalada que se acentúa cuando observamos el discurso de buena parte de la clase política. Se enarbola el rechazo a la corrupción y al machismo para alimentar combates partidistas feroces, se cruzan descalificaciones públicas sin límite contra adversarios señalados como culpables, pero se pasa de puntillas cuando esas mismas conductas tienen sello real, reducidas entonces a “aventuras personales” o “pecados veniales”. La coherencia desaparece donde empieza el privilegio.

Otro aspecto que las memorias pretenden fijar en el imaginario colectivo es la reconstrucción edulcorada de la Transición. Juan Carlos I se presenta como garante de una democracia ejemplar, ocultando la cantidad de sombras, silencios e intereses cruzados que marcaron aquel proceso. Una Transición que, lejos de romper con el franquismo, recicló buena parte de su estructura, neutralizó preguntas incómodas y certificó un reparto de legitimidades que hoy se desmorona. Y lo más llamativo es que esa defensa de su papel democrático conviva, sin pudor, con elogios explícitos al dictador que lo colocó en el trono. No es un desliz narrativo, es la evidencia de que su visión de la historia sigue siendo tributaria del régimen que lo ungió.

Pero quizá lo más preocupante de este fenómeno no sea el libro en sí, sino su recepción. El éxito de ventas, el tratamiento amable de numerosos medios y la indulgencia social generalizada apuntan a una peligrosa tendencia, la normalización de lo inaceptable. Lo que debería escandalizar se justifica; lo que debería repeler se vuelve anecdótico; lo que debería invalidar se reviste de encanto personal.

Mientras sigamos permitiendo que machismo, corrupción e impunidad se valoren según el rango de quien los ejerce, nunca avanzaremos hacia una igualdad auténtica. No es una cuestión de monarquía o república; es, ante todo, una cuestión de justicia y coherencia democrática. El respeto a una institución no puede confundirse con la absolución moral de quienes la representan. Y la democracia no puede permitirse dobles estándares sin dañar su propio fundamento.

Ser rey no exime de nada. No convierte lo incorrecto en aceptable ni lo ilegal en legítimo. La ética cívica no puede ser selectiva. Si aceptamos que una corona justifica conductas que reprocharíamos a cualquier ciudadano, estamos aceptando también que existen ciudadanos de primera y de segunda.

El mayor riesgo de estas memorias no es su contenido, sino su efecto. Refuerzan una narrativa de indulgencia que blanquea viejos privilegios y alimenta nuevos populismos, aquellos que dicen defender la democracia mientras contribuyen a vaciarla desde dentro.

El problema no es que el emérito escriba su versión de la historia. El verdadero problema es confundir esas memorias con un ejercicio de reconciliación. La reconciliación democrática no se construye sobre relatos de dudosa credibilidad detrás de los cuales se acumulan demasiadas evidencias y aún más sospechas de comportamientos incompatibles con la responsabilidad institucional que cabe exigir a quien ha ostentado la jefatura del Estado, con independencia de su condición monárquica o republicana. Leer estas páginas como un gesto reparador equivale, en realidad, a seguir aceptando que el privilegio sustituya a la ética y que el poder aspire a absolverse a sí mismo sin rendir cuentas a la sociedad a la que debía servir.

OCURRENCIAS Y SANIDAD PÚBLICA

Durante años, el Sistema Nacional de Salud ha sido considerado uno de los grandes logros colectivos de España. Un modelo de referencia internacional, cohesionado, equitativo y universal. Hoy, sin embargo, la realidad muestra una erosión progresiva, visible en casi todas las comunidades autónomas. Problemas estructurales, déficits organizativos, infrafinanciación y decisiones políticas improvisadas han ido debilitando un sistema que se encuentra sometido a una presión creciente. En la Comunitat Valenciana, este deterioro se ha hecho especialmente evidente por la incapacidad —o la falta de voluntad— de abordarlo con rigor, participación y visión estratégica.

La Atención Primaria, que debería ser el eje vertebrador del sistema, es el ejemplo más claro de este desgaste. Sus equipos trabajan desde hace años en condiciones de sobrecarga, con plantillas mal planificadas, agendas imposibles y una estructura organizativa que no acompaña ni la complejidad de las necesidades de la población ni la evolución del propio modelo de cuidados. No es casual que la ciudadanía perciba una pérdida de calidad ni que los profesionales muestren una desmotivación creciente. Tampoco es casual que el caos organizativo y la permanente improvisación hayan abierto un espacio cada vez más apetecible para el negocio privado, siempre dispuesto a aprovechar grietas que interesadamente se agrandan.

Esta deriva tiene un nombre y una historia concreta. Las políticas de privatización disfrazadas de concesiones administrativas encontraron en la Comunitat Valenciana su laboratorio inicial con el denominado “modelo Alzira”, impulsado durante la presidencia de Zaplana como la gran ocurrencia modernizadora. Aquella empresa, que acabaría denominándose Ribera Salud por su origen en Alzira, tuvo continuidad en concesiones como Torrevieja (revertida por el anterior gobierno del Botanic) o Elche (prorrogado por el actual gobierno de Mazón), extendiéndose posteriormente a otras comunidades autónomas como Madrid. El escándalo destapado en el hospital de Torrejón ha dejado al descubierto el modus operandi sostenido de estas empresas, que convierten la salud de la ciudadanía en negocio bajo el amparo político de quienes, lejos de defender el sistema público, lo vacían por dentro para justificar su externalización. Cuando esas prácticas afloran, se presentan como anécdotas o hechos puntuales en un intento por mantener intacto un modelo que continúa socavando, de forma sistemática, la sanidad pública.

Relatar en detalle el conjunto de carencias de la actual Conselleria de Sanitat de la Generalitat Valenciana supera el espacio de este artículo. Pero como referencia vale comentar la última ocurrencia anunciada a bombo y platillo, la implantación de la “enfermera de triaje” en todos los centros de salud de la Comunitat Valenciana. Ocurrencia, sí, porque, aunque existen experiencias internacionales en este sentido, el anuncio ni ha sido analizado en profundidad, ni compartido con los equipos, ni contrastado con las sociedades científicas con el fin de valorar su pertinencia en nuestro contexto. Un anuncio que no responde a una estrategia, sino a una urgencia política.

El objetivo parece interesante, paliar, aunque sea de forma desesperada, las listas de espera y el colapso de las consultas médicas. Pero se hace sin planificación, sin evidencias, sin medir consecuencias y sin evaluar cómo afectará a la dinámica interna de los equipos, utilizando a las enfermeras —como en tantas otras ocasiones— como remedio improvisado de los males de otros profesionales o de la propia organización, desde una gestión de maquillaje que enmascare provisionalmente las carencias. Convertir a las enfermeras en un filtro sin diseño serio, sin protocolos adecuados, sin valorar el impacto en su labor comunitaria y sin analizar la carga real de trabajo no solo es irresponsable, sino potencialmente generador de conflictos, expectativas irreales y pérdida de calidad asistencial. Y, lo que es más grave, supone un nuevo ataque al desarrollo del Marco Estratégico de Atención Primaria y Comunitaria, que no necesita parches efectistas, sino un impulso decidido hacia modelos de salud comunitaria, cuidados avanzados, autocuidado y autonomía de la ciudadanía.

No es la primera vez que se anuncia algo así sin pensar en su implementación real. Ahí está también el ejemplo reciente de la “enfermera escolar”, proclamada como un hito y evaporada con la misma rapidez con la que fue exhibida mediáticamente. Un patrón que se repite, anuncios sin planificación, promesas sin estructura, medidas sin participación. Y, mientras tanto, los verdaderos problemas sin abordarse.

La gestión de las campañas de vacunación es otro ejemplo. Se han convertido en una suerte de expendeduría improvisada que paraliza las actividades comunitarias de los centros de salud, sobrecarga a los equipos y continúa alimentando una visión reduccionista y puramente asistencialista de la Atención Primaria. A ello se suman los programas verticales que consumen recursos sin lograr resultados significativos y que rápidamente se convierten en obligaciones añadidas, sin revisión, sin evaluación y sin evidencia de impacto real. Todo ello perpetúa un modelo centrado en la enfermedad, en la medicalización y en la dependencia, en lugar de avanzar hacia una Atención Primaria y Comunitaria moderna, capaz de empoderar a la ciudadanía, trabajar desde la promoción de la salud y articular intervenciones comunitarias con verdadero valor añadido de manera coordinada con Salud Pública.

Resulta aún más llamativo que estas decisiones se tomen mientras no tan solo no se trabaja por alcanzar consensos  con el conjunto de sistemas de salud autonómicos y con el Ministerio de Sanidad sino que se establece una permanente y absurda disputa entre administraciones que paraliza. Y cuando la salud se utiliza como munición política, el resultado siempre es negativo y nocivo.

La Conselleria insiste en anunciar soluciones que nunca llegan mientras se sigue debilitando la sanidad pública en favor de las empresas privadas del sector que siguen creciendo de manera constante. Pero la ciudadanía necesita menos anuncios y más hechos. Menos ocurrencias y más evidencias. Menos parches y más planificación. La salud no puede ser un atajo propagandístico ni un instrumento para dirimir batallas partidistas, ni un campo de pruebas de su política privatizadora. Es un derecho. Y un derecho exige responsabilidad, escucha y rigor, además de ética. Todo lo demás es solo ruido.

LA PRÁCTICA COLABORATIVA EN IBEROAMÉRICA: REALIDADES Y RETOS PARA ENFERMERÍA

Comparto la conferencia que di en el marco de la XVIII Conferencia Iberoamericana de Educación en Enfermería de la Asociación Internacional de Escuelas y Facultades de Enfermería (ALADEFE), el día 12 de noviembre de 2025.

 

Participar en una mesa como esta, con representantes de Brasil, México y Colombia, es una oportunidad para pensar juntos, para construir en diálogo, y sobre todo, para reconocernos como parte de un mismo horizonte. Porque hablar de práctica colaborativa en Iberoamérica no es solo hablar de cooperación técnica o académica, es, ante todo, hablar de una manera de entender el mundo, la salud y el cuidado desde un territorio común de lengua, cultura y compromiso social.

Iberoamérica no es una etiqueta geográfica ni un simple marco de afinidades históricas. Es, o puede ser, una categoría política y epistemológica, una forma de mirar la salud y los cuidados desde el sur, con una voz propia, crítica y creativa. Una voz que dialogue con los modelos globales, pero que no se subordine a ellos.

En este sentido, propongo que avancemos hacia la construcción de un marco estratégico iberoamericano de Enfermería. Una plataforma que articule pensamiento, práctica e investigación en torno a una misma visión de salud, sustentada en la equidad, la solidaridad y la justicia social. Un marco que nos permita afrontar los desafíos comunes —crisis de los sistemas sanitarios, inequidades sociales, transición demográfica, migraciones, cambio climático, violencia estructural— con un enfoque integral, integrado e integrador, basado en la potencia transformadora de los cuidados[1],[2].

Una lengua común, una mirada compartida

Iberoamérica cuenta con un patrimonio intangible de enorme valor: la lengua. El español y el portugués son más que herramientas de comunicación; son vehículos de pensamiento, identidad y acción. En ellos se nombra la realidad, se construye el conocimiento y se expresa la sensibilidad del cuidado. Apostar por un marco iberoamericano de enfermería es, también, apostar por un conocimiento en nuestras lenguas, que no dependa del filtro de paradigmas ajenos, y que ponga en valor la producción científica, académica y profesional del mismo[3].

La globalización científica, tal como se ha configurado, ha tendido a anglosajonizar el saber. Los criterios de publicación, las bases de datos, los indicadores de impacto y las metodologías dominantes responden a una lógica que muchas veces no refleja las realidades ni las prioridades iberoamericanas. De ahí la importancia de generar o potenciar redes y revistas propias, de crear o potenciar repositorios en español y portugués, y de fomentar la movilidad de profesionales e investigadores dentro del marco iberoamericano, para construir una comunidad epistémica del cuidado con visibilidad internacional, pero arraigo local[4].

Una práctica colaborativa desde el paradigma enfermero

Nuestra propuesta debe enmarcarse en un paradigma enfermero propio, que sitúe en el centro a las personas, a las familias y a la comunidad, y que promueva una atención integral, integrada e integradora. Un paradigma que sitúe la salud y el cuidado —no la enfermedad— como núcleo de nuestra actuación, y que vincule la práctica con los valores de dignidad, participación y corresponsabilidad social[5]. Esto significa pasar de la enfermedad al bienestar; de la fragmentación a la continuidad; de lo curativo a la promoción y lo preventivo y de lo individual a lo colectivo. En Iberoamérica, donde la diversidad social, cultural y territorial es amplia, las enfermeras tenemos una responsabilidad clave para articular cuidados que respondan a determinantes sociales y morales de la salud, a inequidades históricas, a grupos vulnerados, y a entornos donde la accesibilidad, la longitudinalidad y la participación comunitaria deben ser principios esenciales.

Ello implica transformar las lógicas de poder y de saber que históricamente han subordinado la enfermería a la medicina o a la gestión tecnocrática. Significa reivindicar la autonomía profesional y científica, pero no desde la confrontación, sino desde la complementariedad y la colaboración interprofesional. La práctica colaborativa, bien entendida, no diluye identidades, sino que las refuerza, porque solo quien sabe quién es puede colaborar sin miedo a desaparecer.

En este sentido, el trabajo transdisciplinar y el abordaje intersectorial son fundamentales. La enfermería iberoamericana debe consolidar su capacidad para integrar saberes provenientes de la salud pública, la educación, la sociología, la antropología o la ecología, entre otros campos, en una práctica articulada que coloque la salud y el bienestar como objetivos políticos y no solo sanitarios[6][7].

Romper la hegemonía del modelo asistencialista y hospitalcentrista

Para avanzar en esa dirección es imprescindible cuestionar la hegemonía de los modelos asistencialistas, hospitalcentristas, paternalistas y fragmentados, que siguen condicionando la estructura y la cultura de nuestros sistemas sanitarios. Modelos que, aunque han aportado indudables avances tecnológicos, han contribuido también a despersonalizar la atención, medicalizar la vida cotidiana y relegar la dimensión comunitaria y social del cuidado[8].

Estos modelos no solo resultan ineficaces para responder a los desafíos contemporáneos -envejecimiento, cronicidad, salud mental, desigualdades sociales-, sino que constituyen una barrera estructural para el desarrollo de enfoques salutogénicos basados en los activos y recursos de las comunidades[9]. No se trata, por tanto, de sustituir unos modelos por otros, sino de complementarlos en equilibrio, evitando la jerarquización y el dominio de uno sobre otro.

El paradigma salutogénico, formulado originalmente por Antonovsky, invita a centrarse en los factores que generan salud, no solo en los riesgos que la deterioran. En el contexto iberoamericano, esta mirada cobra una fuerza especial porque conecta con valores profundamente arraigados en nuestras culturas: la solidaridad, la colectividad, el respeto a la naturaleza, la espiritualidad cotidiana, la importancia de los vínculos familiares y comunitarios[10].

Si logramos integrar estos principios en nuestras políticas de cuidados, estaremos no solo mejorando la atención, sino redefiniendo el concepto mismo de salud, no como ausencia de enfermedad, sino como proceso relacional, histórico y social.

De la atención fragmentada al cuidado integrado

La fragmentación sigue siendo uno de los principales obstáculos en nuestros sistemas de salud. Fragmentación institucional, territorial y profesional que genera duplicidades, vacíos y desigualdades. Frente a ello, la práctica colaborativa iberoamericana puede aportar una respuesta potente: el trabajo en red.

Redes de profesionales, de comunidades, de instituciones, de países. Redes que compartan aprendizajes, que evalúen experiencias, que construyan indicadores comunes y que permitan transferir conocimiento sin subordinaciones. En este sentido, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha venido promoviendo la expansión del rol de las enfermeras en la Atención Primaria de Salud, precisamente para fortalecer estos vínculos de colaboración en toda la región[11]. Pero es que además existe ya una amplia, rica y diversa experiencia de Redes Internacionales que debidamente articuladas en el marco Iberoamericano, pueden ser vertebradoras del mismo.

La Atención Primaria de Salud (APS), entendida en su sentido más amplio, debe ser el eje vertebrador de este marco estratégico. La APS es el espacio donde las enfermeras despliegan de forma más plena su capacidad de acompañar, educar, cuidar y transformar. Allí se cruzan la promoción, la prevención, la participación comunitaria y la equidad. Y allí puede concretarse una práctica colaborativa real entre sectores y disciplinas, superando la compartimentación tradicional de los servicios[12][13].

Un marco con vocación política y ética

El marco iberoamericano que propongo no debe concebirse solo como un instrumento técnico o académico, sino como una propuesta política y ética. Política, porque implica disputar sentido en el campo de las políticas de salud, colocar los cuidados en el centro de la agenda pública y reivindicar su dimensión social y económica. Y ética, porque se asienta sobre valores de justicia, respeto, equidad, dignidad y defensa de los derechos humanos[14].

Hablar de práctica colaborativa es hablar también de abogacía por la salud: de promover la participación ciudadana, de acompañar procesos comunitarios, de denunciar las desigualdades estructurales y de defender políticas basadas en la evidencia y en la equidad. Las enfermeras iberoamericanas pueden y deben ocupar ese espacio, convirtiéndose en voz autorizada en los debates sobre salud, sostenibilidad y bienestar.

Un lenguaje para cuidar: inclusión y dignidad

Ningún cambio estructural será posible si no revisamos el lenguaje con que nombramos la salud, la enfermedad y el cuidado. El lenguaje no es neutro: define, clasifica y, muchas veces, hiere. Expresiones como “crónico complejo”, “paciente difícil”, “dependiente” o “no cumplidor” cargan con una fuerza simbólica que culpabiliza y estigmatiza. Frente a ello, necesitamos construir un lenguaje inclusivo, no culpabilizante, centrado en la persona, que respete la diversidad y que fomente la corresponsabilidad, no la sumisión[15].

Esta tarea tiene también una dimensión académica, implica revisar los manuales, los protocolos, las guías clínicas y las publicaciones científicas, para asegurarnos de que las palabras reflejan la dignidad de la persona y la humanidad del cuidado. En definitiva, transformar la narrativa sanitaria para humanizar la práctica enfermera.

Educación, investigación y redes: los pilares del cambio

La consolidación de un marco iberoamericano requiere invertir en educación, investigación y redes profesionales. La formación de las nuevas generaciones de enfermeras debe estar alineada con este paradigma de colaboración y equidad, fortaleciendo las competencias en liderazgo, pensamiento crítico, ética del cuidado y trabajo comunitario[16][17].

Asimismo, la investigación debe orientarse hacia la generación de evidencia útil para las políticas públicas, las estrategias de promoción de la salud y la evaluación de intervenciones comunitarias. Las universidades y sociedades científicas iberoamericanas tienen un papel decisivo para tejer esta red de conocimiento, apoyando la publicación en nuestras lenguas, la difusión de experiencias exitosas y la creación de plataformas abiertas de aprendizaje mutuo. Y de manera muy particular, ALADEFE, debe configurarse como referente indiscutible en la construcción, implementación y consolidación de dicho marco Iberoamericano.

 

Hacia un horizonte compartido: autonomía, solidaridad y buen vivir

El objetivo último de este marco estratégico no es otro que contribuir al buen vivir de nuestras comunidades. Un concepto que, heredado de las culturas andinas, resume la aspiración a vivir en equilibrio con uno mismo, con los demás y con la naturaleza. El buen vivir encarna la síntesis de lo que las enfermeras perseguimos: bienestar físico, emocional, social y espiritual; equidad intergeneracional; y sostenibilidad de los ecosistemas de salud.

Desde esa perspectiva, la autonomía profesional y la solidaridad colectiva no son metas opuestas, sino complementarias. La autonomía sin solidaridad conduce al aislamiento; la solidaridad sin autonomía puede derivar en dependencia. Las enfermeras iberoamericanas tienen la oportunidad de equilibrar ambas dimensiones para construir sistemas de salud más humanos, más justos y más sostenibles.

Un marco estratégico iberoamericano debería:

  • Definir un lenguaje inclusivo, no culpabilizante, no estigmatizante, que no centre su discurso únicamente en la enfermedad sino en la salud, en la dignidad, en la participación y en el cuidado.
  • Respetar y potenciar la diversidad cultural de nuestros pueblos, reconociendo que las especificidades nacionales no son un obstáculo sino una fuente de riqueza para la colaboración.
  • Promover la accesibilidad, la longitudinalidad del cuidado, la participación comunitaria, la equidad y la justicia social.
  • Fortalecer la educación, la investigación, la práctica y la gestión enfermera desde dicho marco, desarrollando competencias propias, liderazgos iberoamericanos y redes de colaboración que sean visibles en el escenario global.

Entonces, ¿cómo podemos operacionalizar esta propuesta durante nuestra colaboración iberoamericana? Permítanme esbozar algunas líneas:

  • Crear una plataforma iberoamericana de enfermería (web, base de datos, red de contactos) que permita el intercambio de buenas prácticas, investigación, formación en español y portugués, y que promueva trabajos conjuntos entre países.
  • Desarrollar un Marco de Competencias Iberoamericanas de Enfermería (en español y portugués) para el cuidado centrado en la comunidad, la equidad, la salud en todas las políticas, la intersectorialidad y la colaboración.
  • Promover programas de formación avanzada, intercambio académico y profesional entre países iberoamericanos, para fortalecer liderazgos en enfermería con nuestra visión, evitando la dependencia exclusiva de modelos anglosajones.
  • Fomentar alianzas con instituciones de salud, educación y gobierno en Iberoamérica para situar la enfermería como actor estratégico en políticas de salud pública, promoción del bienestar y equidad.
  • Utilizar la investigación y la generación de evidencia contextualizada para dar visibilidad a nuestra práctica colaborativa iberoamericana, publicando en idiomas propios y promoviendo la difusión en nuestra región.

 

 

Conclusión: cuidar es construir futuro

En definitiva, la práctica colaborativa iberoamericana no es una aspiración romántica ni un ejercicio de retórica. Es una necesidad histórica. Frente a la uniformización global, a la colonización epistemológica y a la mercantilización de la salud, necesitamos afirmar un proyecto común de enfermería que piense, hable y actúe desde nuestras realidades.

Construir un marco estratégico iberoamericano de Enfermería significa reconocernos como profesionales capaces de influir, innovar y transformar. Significa pasar de la queja a la propuesta, del aislamiento a la cooperación, de la dependencia a la corresponsabilidad. Significa, en definitiva, asumir que cuidar es también un acto político y cultural.

Para concluir, invito a todos los países iberoamericanos a que juntos exploremos cómo podemos empezar este camino. ¿Qué iniciativas ya tenemos en marcha que puedan articularse en este marco? ¿Qué obstáculos específicos enfrentamos en cada país y cómo podemos apoyarnos mutuamente? ¿Qué sinergias podemos generar entre universidades, asociaciones de enfermería, ministerios de salud y organismos internacionales para construir este marco estratégico iberoamericano de enfermería?

Estoy convencido de que la práctica colaborativa entre enfermeras Iberoamericanas, articulada bajo este marco estratégico que propongo, puede marcar una diferencia real. En la salud de nuestras poblaciones, en la justicia social, en la calidad de los cuidados, y en la construcción de un futuro más equitativo y humano.

Y ese futuro, si lo construimos juntas y juntos, tendrá acento iberoamericano.

Muchas gracias.

 

[1] Cassiani SHDB, et al. The situation of nursing education in Latin America and the Caribbean. Rev Lat-Am Enfermagem. 2017;25:e2842.

[2] Freire Filho JR, Fernandes MNF, Gilbert JHV. The development of interprofessional education and collaborative practice in Latin America and the Caribbean: preliminary observations. J Interprof Care. 2022;37(100442):1-4.

[3] Cassiani SHDB, Dias BM, da Silva FAM. Nursing and universal health coverage: global and regional contributions. Rev Panam Salud Pública. 2023;47:e42.

[4] Herrera CA, et al. No time to wait: resilience as a cornerstone for primary health care. Lancet Reg Health Am. 2025.

[5] Meneses-La-Riva ME, et al. Enhancing health-care efficiency: the relationship between effective communication and teamwork among nurses in Peru. Nurs Rep. 2025;15(2):59.

[6] OECD. Primary health care for resilient health systems in Latin America. Paris: OECD Publishing; 2022.

[7] OPS. Estrategia de Atención Primaria de Salud para América Latina y el Caribe: avances y desafíos. Washington DC: OPS; 2023.

[8] García-Ruiz V, et al. Hospital-centrism and health system fragmentation in Latin America: challenges for equity. Int J Equity Health. 2022;21:188.

[9] Eriksson M, Lindström B. The salutogenic model of health. Health Promot Int. 2021;36(2):438-450.

[10] Ortega RM. Cuidado, cultura y salud: una perspectiva iberoamericana. Rev Iberoam Enferm Comunitaria. 2024;10(1):45-58.

[11] Pan American Health Organization. PAHO promotes debate on expanding the role of nurses in primary health care. Washington DC; 2024 Jun 27.

[12] OECD-World Bank. Health at a Glance: Latin America and the Caribbean 2023. Paris: OECD Publishing; 2023.

[13] Garnelo L, Parente RCP, Rezende ML, et al. Barriers to access and organization of primary health care services for rural riverside populations in the Amazon. Int J Equity Health. 2020;19:54.

[14] Martínez-Riera JR. La filosofía del cuidado enfermero Fundamentos para una salud con sentido: Una mirada desde la enfermería iberoamericana. Blog Enfermeras Comunitarias. 2025 Mayo 22. http://efyc.jrmartinezriera.com/2025/05/22/la-filosofia-del-cuidado-enfermero-fundamentos-para-una-salud-con-sentido-una-mirada-desde-la-enfermeria-iberoamericana/

[15] Martínez-Riera JR. Lenguaje y poder en salud: entre la clasificación y la dignidad. Blog Enferemras Comunitarias. 2025 Oct 24, http://efyc.jrmartinezriera.com/2025/10/24/lenguaje-y-poder-en-salud-entre-la-clasificacion-y-la-dignidad/ .

[16] PAHO. Framework for Nursing Workforce Development in the Americas. Washington DC; 2022. 

[17] WHO. State of the World’s Nursing 2024: investing in education, jobs and leadership. Geneva: World Health Organization; 2024.

LA POLÍTICA COMO ESCUELA DE LA IMPUNIDAD

En cualquier instituto existen grupos bien definidos, pequeñas pandillas que se organizan alrededor de afinidades, miedos compartidos y líderes informales. En una de ellas destaca Alberto, un chico cuya autoridad no es tanto, producto de sus cualidades, como de su relación con Isabel, la compañera más temida del centro, capaz de generar adhesiones acríticas o rechazos viscerales con idéntica facilidad. Su ascendiente se sostiene más en la intimidación que en el respeto, más en la presión social que en la ejemplaridad.

Durante un recreo, Álvaro, profesor del instituto, sorprende a Alberto abriendo mochilas de compañeros. No hay margen para interpretaciones, se trata de un robo. La primera reacción del chico es quedarse paralizado. Más tarde, tras reflexionar y comentarlo con un amigo, reconoce lo ocurrido ante el profesor, promete devolver lo sustraído y pide que el asunto no vaya más allá. Álvaro escucha, pero sabe que debe comunicar los hechos por su gravedad y por el respeto que merece la convivencia del centro.

Esa misma tarde Alberto se lo cuenta a Isabel, que toma el control inmediato. Recurre a Miguel Ángel, miembro de la pandilla conocido por su habilidad para difundir rumores y tergiversar realidades. En pocas horas comienzan a circular mensajes asegurando que la acusación es falsa, que no existió ningún reconocimiento y que todo responde a una maniobra del profesor, movido por una supuesta animadversión personal hacia la pareja. La estrategia es clara, negar los hechos, desviar el foco y convertir al denunciante en acusado. Isabel completa la operación atacando públicamente a cualquiera que ponga en duda la nueva versión.

Ante la campaña de descrédito, Álvaro informa a la Dirección de la maniobra en curso y la noticia se extiendo por todo el centro. Los padres de Isabel y Miguel Ángel -Alberto y Santiago, familias influyentes, presentan quejas formales acusando al profesor de persecución y exigiendo medidas ejemplarizantes. Como consecuencia, se abre un expediente disciplinario contra Álvaro por supuesta mala praxis y propagación de bulos.

La comisión investigadora constata pronto la debilidad de las acusaciones y la inexistencia de pruebas contra el docente, así como la evidente operación de distracción para ocultar el robo. Pese a ello, la resolución final no se apoya en la verdad constatada. Álvaro es suspendido de empleo y sueldo durante dos meses y obligado a pedir disculpas públicas a Alberto e Isabel.

La reacción inicial del alumnado y de buena parte del claustro es de sorpresa e indignación. Sin embargo, el desconcierto da paso rápidamente al silencio. Nadie quiere complicarse la vida. El paso del tiempo normaliza lo ocurrido: se deja de hablar del robo y también del castigo injusto. El liderazgo de Isabel se afianza, Miguel Ángel consolida su papel como difusor de mentiras y Alberto conserva su estatus sin consecuencias. Álvaro, por su parte, es obligado a abandonar su trabajo. No siempre gana quien actúa correctamente, sino quien sabe manipular el relato y cuenta con suficientes apoyos.

Este instituto funciona así porque reproduce, casi sin quererlo, lo que sucede cada día en el escenario político. La política se ha convertido en el principal espejo social. Si desde ella se miente sin consecuencias, se descalifica sin rubor, se tergiversa la realidad sin penalización y se insulta como forma de liderazgo, la sociedad acaba asumiendo que ese es el comportamiento legítimo o cuanto menos asumible. Cuando quienes gobiernan salen indemnes de todo tipo de abusos, y algunos incluso enriquecidos tras episodios de corrupción, el mensaje es devastador: la impunidad no solo es posible, es rentable.

Si el abuso de poder se tolera, si la injusticia se normaliza, si los derechos se subordinan al interés partidista, si la popularidad política se mide en zafiedad, populismo, negacionismo o alarmismo, ¿por qué no replicar todo ello en cualquier otro ámbito social? ¿Por qué no convertir la mentira en herramienta cotidiana, la intimidación en estrategia y el descrédito del otro en manera de ascender?

El instituto retrata el resultado final de ese aprendizaje colectivo. No es un centro conflictivo por azar. Es producto de un clima moral extendido, el de una sociedad donde la ética se percibe como desventaja, la verdad como molestia y la responsabilidad como carga innecesaria.

El verdadero problema no es que existan personas como Isabel, Alberto o Miguel Ángel, sino que su modelo de conducta esté avalado por el comportamiento público de quienes deberían ofrecer referentes éticos distintos. Cuando la política deja de ser ejemplo y se convierte en coartada para la deshonestidad, el contagio es inevitable.

Como en este instituto, donde se castiga al docente que actúa éticamente y se protege a quienes amparan la mentira, la comunidad interioriza una enseñanza profundamente dañina. Es más rentable mirar hacia otro lado que hacer lo correcto. Y cuando una sociedad aprende esa lección, el deterioro democrático es un presente que se consolida cada día.

LIBERTAD INTERVENIDA: DEL ECOSISTEMA VIVO AL DISEÑO CONTROLADO

Ahora que la libertad se ha convertido en una palabra manoseada, maltratada, utilizada como escudo y como arma, reducida a consigna electoral y convertida en mercancía de temporada, conviene detenerse un momento y mirar hacia otro lugar. No hacia los parlamentos donde se grita su nombre sin comprenderlo, ni hacia las redes donde se usa como etiqueta vacía, sino hacia espacios donde quizá aún conserva su sentido más profundo. Y es curioso, pero tal vez sean las plantas y los animales —los mismos a los que tantas veces subestimamos— quienes conservan la forma más pura de lo que significa vivir en libertad.

Las plantas, con sus diferencias según el entorno, se desarrollan sin pedir permiso, sin exhibicionismos, sin necesidad de justificar su existencia. Habitan donde pueden y donde les permite el clima, la tierra, el agua. Conviven con múltiples especies en equilibrios silenciosos, casi siempre invisibles al ojo humano. No solo crecen, se adaptan. No solo resisten, se alían. Forman redes subterráneas, comparten nutrientes, advierten amenazas, entran en simbiosis para protegerse mutuamente. La libertad vegetal es modesta, nunca se impone, pero es radicalmente auténtica. No necesita proclamas para existir.

Hasta que llegamos nosotros. Con podas indiscriminadas, talas selectivas, jardines perfectamente simétricos que confunden orden con armonía. Convertimos la naturaleza en decorado; el crecimiento espontáneo, en amenaza; la diversidad, en molestia. Recortamos ramas como quien recorta derechos; guiamos el tronco como quien pretende dirigir el pensamiento ajeno; decidimos el espacio como quien reduce las posibilidades de decisión de una sociedad. Todo ello en nombre de su “protección”, como si las plantas hubieran esperado milenios para ser salvadas por nuestra tijera.

Los animales tampoco escapan a esa mirada domesticadora. En la naturaleza conviven en un equilibrio crudo, pero honesto. Depredadores y presas, cooperación y competencia, adaptación y huida. A veces hay agresiones, sí, pero no son fruto del odio ni del interés por someter, sino de la supervivencia. Y en ese orden, con sus tensiones, hay libertad: cada especie ocupando su lugar, sin más jerarquías que las impuestas por la propia vida.

Hasta que volvemos a aparecer los humanos confundiendo cuidar con manipular. Inventamos zoológicos y santuarios artificiales donde se simula un hábitat que nunca puede reemplazar el verdadero. Les damos comida, sombra, una piscina, una roca; y nos convencemos de que eso es libertad porque no vemos barrotes. Pero los barrotes no siempre son de hierro, a veces son de límites invisibles, de horarios, de espacios cerrados que se disfrazan de hogares. Es una libertad vigilada, administrada, reducida.

Y, sin darnos cuenta, en eso exactamente estamos convirtiendo nuestra sociedad. En un gran invernadero social, donde se nos quiere hacer creer que vivimos en plena libertad cuando lo que sentimos, en el fondo, es que empezamos a respirar un aire cada vez más filtrado, más controlado, más condicionado. El suelo que pisamos no es tierra fértil: es una mezcla de intereses políticos, luchas de poder, estrategias partidistas y mercados voraces que deciden qué pensamos, qué consumimos, qué tememos y hasta qué deseamos.

La libertad, ese concepto que tanto se enarbola, se ha convertido en un ecosistema limitado, un espacio delimitado, con luz artificial, con temperaturas reguladas, con corrientes de opinión que simulan espontaneidad, pero están milimétricamente diseñadas. Es una libertad de escaparate, como la de los animales de zoológico que miran hacia afuera mientras la gente cree que son felices porque tienen agua limpia y un tronco donde subirse.

El riesgo mayor no es que nos recorten libertades. El riesgo es que nos acostumbremos a esa libertad de maqueta, a esa libertad diminuta que parece suficiente porque ha sido cuidadosamente manipulada para presentarse como lo que no es. Cuando nos demos cuenta, nos habrán convertido en bonsáis, recortados, guiados, comprimidos, convencidos de que la geometría perfecta que nos imponen es una forma superior de belleza. Que la quietud es equilibrio. Que la falta de espacio es protección. Que la obediencia es virtud.

Y lo más inquietante es que ese dolor que acaba provocando esa supuesta libertad—el dolor de no poder crecer como querríamos, de no poder inclinarnos hacia la luz que necesitamos, de no poder echar raíces más profundas— lo estamos calmando con una mezcla de distracciones, algoritmos, pantallas y fármacos. Una “farmatecnología” que adormece el malestar en lugar de preguntarse por sus causas. Una forma de anestesia social que no cura, pero sí silencia.

Quizá sea el momento de recordar que la libertad no es un regalo ni un eslogan, sino un ecosistema vivo. Que necesita espacio, aire, diversidad, roce, conflicto, alianza. Que exige escuchar más a las plantas que dejamos de observar y a los animales que encerramos en recintos de mentira. Porque ellos aún saben algo que nosotros parecemos haber olvidado, que no hay libertad más plena que la que crece sin permiso y se sostiene sin vigilancia.

EL TALENTO QUE INCOMODA

 

El talento parece estar devaluado. O, mejor dicho, se devalúa, se critica, se ataca y se manipula por parte de quienes, precisamente, carecen de él y temen a quienes lo tienen. Esto no es una suposición, una apreciación o una interpretación exagerada; es un hecho real que, además, se verbaliza, se transmite y hasta se vocifera con absoluta desvergüenza e impunidad. Quienes no soportan el talento ajeno lo combaten porque su sola existencia los deja en evidencia. Y lo hacen con la naturalidad de quien siente que nada ni nadie les pedirá responsabilidad por ello.

El mecanismo es tan viejo como la soberbia humana. Cuando uno no puede alcanzar la altura del otro, intenta rebajarlo. Para ello sirve cualquier cosa. Lo vemos a diario en quienes atacan a periodistas que ejercen su profesión con dignidad, valentía y rigor: profesionales que analizan, contrastan y explican lo que ocurre para que la ciudadanía pueda comprender el mundo en el que vive. Frente a ellos se alzan voces que no buscan debatir, sino intimidar; no quieren refutar argumentos, sino destruir reputaciones.

El talento también es atacado desde quienes militan en el negacionismo. Se ridiculizan las evidencias científicas, se cuestionan datos contrastados, se niega el cambio climático, se banalizan los problemas de salud pública y se desprecia la investigación. No importa que las pruebas sean abrumadoras; basta con que contradigan sus creencias para que las descalifiquen. El talento científico, que debería ser un patrimonio común, se convierte entonces en objetivo de campañas de desprestigio, de manipulaciones deliberadas y de insultos que pretenden silenciarlo.

Sucede lo mismo con quienes, desde su honestidad intelectual, dicen la verdad, aunque moleste. En una sociedad saturada de bulos, mensajes calculados y relatos interesados, la verdad tiene un poder subversivo. No porque sea incómoda —que lo es—, sino porque destruye la arquitectura narrativa de quienes viven de la mentira, del miedo o del odio. Por eso atacan con tanta furia a quienes la sostienen, porque ponen en peligro sus estrategias de manipulación. Decir la verdad se ha convertido, paradójicamente, en un riesgo personal y profesional. Y eso dice más de quienes la atacan que de quienes la defienden.

El patrón se repite, quienes carecen de talento —pero no de ambición— perciben como enemigo a cualquiera que no se alinee con su pensamiento único. Políticos, tertulianos, pseudoperiodistas, charlatanes que se presentan como científicos, influencers de medio pelo que confunden visibilidad con solvencia, opinan de todo sin rigor y desprecian a quienes dedican su vida a comprender. A esta dinámica se suman también algunos medios de comunicación que han renunciado a su función social para convertirse en plataformas de desinformación, ruido y espectáculo. Desde sus tribunas desacreditan el talento, trivializan el rigor y premian la mediocridad, demostrando que aquello que combaten no es el exceso de excelencia, sino la propia ausencia de ella. Porque informar con profesionalidad se ha convertido en un acto de resistencia en tiempos donde la mentira tiene megáfono y la verdad apenas se oye. Para ellos, el talento es una amenaza doble, cuestiona su discurso y, al mismo tiempo, evidencia su propia mediocridad. Por eso lo combaten con tanta agresividad y, sobre todo, con tanta impunidad.

Pero el ataque al talento no solo surge del miedo; surge también del deseo de conservar privilegios. Un científico brillante, un periodista riguroso, un docente comprometido, un profesional de la salud que transforma… todos representan un modelo que desmonta la lógica de quienes sostienen su influencia en el grito, la mentira o el espectáculo. El talento, simplemente, los deja sin argumentos. Y en lugar de aprender, se dedican a destruir. Resulta más cómodo desacreditar a quien destaca que asumir la propia incapacidad.

Por eso es imprescindible cuidar y preservar el talento informativo, científico, educativo, social, de salud. Porque sin él, la sociedad queda secuestrada por discursos vacíos, por opiniones disfrazadas de hechos, por manipulaciones que se repiten hasta que parezcan verdad. Sin talento, la salud pública queda expuesta a la desinformación; la ciencia se convierte en territorio de ocurrencias; la educación se empobrece; la cultura se banaliza; la democracia se deteriora; y la política se degrada hasta convertirse en un escenario de consignas, populismo y marketing emocional donde la mediocridad deja de ser un problema para transformarse en norma.

El talento es un bien común, un motor social, una herramienta para comprender, mejorar y transformar nuestra realidad. Un país que desprecia a sus mejores profesionales, ridiculiza el conocimiento, castiga la excelencia y normaliza la ignorancia está renunciando, sin darse cuenta, a su propio futuro. Cuando el talento se criminaliza o se silencia, lo que queda es una mediocridad ruidosa, autoritaria y profundamente dañina.

Defender el talento es defender la libertad, el pensamiento crítico, el derecho a información veraz, a ciencia sólida, la educación de calidad y a una sociedad que no se conforme con lo peor de sí misma. Es, en definitiva, defender la dignidad colectiva.

Porque es desde el talento —desde su capacidad clarificadora, de cuestionar, de crear y de cuidar— desde donde se puede acabar con quienes ni lo poseen ni lo valoran. Y también desde donde se construyen sociedades más justas, más libres y más humanas. Una sociedad que protege su talento es una sociedad que se respeta. Y ahora mismo, más que nunca, necesitamos recuperar ese respeto.

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