LIBERTAD INTERVENIDA: DEL ECOSISTEMA VIVO AL DISEÑO CONTROLADO

Ahora que la libertad se ha convertido en una palabra manoseada, maltratada, utilizada como escudo y como arma, reducida a consigna electoral y convertida en mercancía de temporada, conviene detenerse un momento y mirar hacia otro lugar. No hacia los parlamentos donde se grita su nombre sin comprenderlo, ni hacia las redes donde se usa como etiqueta vacía, sino hacia espacios donde quizá aún conserva su sentido más profundo. Y es curioso, pero tal vez sean las plantas y los animales —los mismos a los que tantas veces subestimamos— quienes conservan la forma más pura de lo que significa vivir en libertad.

Las plantas, con sus diferencias según el entorno, se desarrollan sin pedir permiso, sin exhibicionismos, sin necesidad de justificar su existencia. Habitan donde pueden y donde les permite el clima, la tierra, el agua. Conviven con múltiples especies en equilibrios silenciosos, casi siempre invisibles al ojo humano. No solo crecen, se adaptan. No solo resisten, se alían. Forman redes subterráneas, comparten nutrientes, advierten amenazas, entran en simbiosis para protegerse mutuamente. La libertad vegetal es modesta, nunca se impone, pero es radicalmente auténtica. No necesita proclamas para existir.

Hasta que llegamos nosotros. Con podas indiscriminadas, talas selectivas, jardines perfectamente simétricos que confunden orden con armonía. Convertimos la naturaleza en decorado; el crecimiento espontáneo, en amenaza; la diversidad, en molestia. Recortamos ramas como quien recorta derechos; guiamos el tronco como quien pretende dirigir el pensamiento ajeno; decidimos el espacio como quien reduce las posibilidades de decisión de una sociedad. Todo ello en nombre de su “protección”, como si las plantas hubieran esperado milenios para ser salvadas por nuestra tijera.

Los animales tampoco escapan a esa mirada domesticadora. En la naturaleza conviven en un equilibrio crudo, pero honesto. Depredadores y presas, cooperación y competencia, adaptación y huida. A veces hay agresiones, sí, pero no son fruto del odio ni del interés por someter, sino de la supervivencia. Y en ese orden, con sus tensiones, hay libertad: cada especie ocupando su lugar, sin más jerarquías que las impuestas por la propia vida.

Hasta que volvemos a aparecer los humanos confundiendo cuidar con manipular. Inventamos zoológicos y santuarios artificiales donde se simula un hábitat que nunca puede reemplazar el verdadero. Les damos comida, sombra, una piscina, una roca; y nos convencemos de que eso es libertad porque no vemos barrotes. Pero los barrotes no siempre son de hierro, a veces son de límites invisibles, de horarios, de espacios cerrados que se disfrazan de hogares. Es una libertad vigilada, administrada, reducida.

Y, sin darnos cuenta, en eso exactamente estamos convirtiendo nuestra sociedad. En un gran invernadero social, donde se nos quiere hacer creer que vivimos en plena libertad cuando lo que sentimos, en el fondo, es que empezamos a respirar un aire cada vez más filtrado, más controlado, más condicionado. El suelo que pisamos no es tierra fértil: es una mezcla de intereses políticos, luchas de poder, estrategias partidistas y mercados voraces que deciden qué pensamos, qué consumimos, qué tememos y hasta qué deseamos.

La libertad, ese concepto que tanto se enarbola, se ha convertido en un ecosistema limitado, un espacio delimitado, con luz artificial, con temperaturas reguladas, con corrientes de opinión que simulan espontaneidad, pero están milimétricamente diseñadas. Es una libertad de escaparate, como la de los animales de zoológico que miran hacia afuera mientras la gente cree que son felices porque tienen agua limpia y un tronco donde subirse.

El riesgo mayor no es que nos recorten libertades. El riesgo es que nos acostumbremos a esa libertad de maqueta, a esa libertad diminuta que parece suficiente porque ha sido cuidadosamente manipulada para presentarse como lo que no es. Cuando nos demos cuenta, nos habrán convertido en bonsáis, recortados, guiados, comprimidos, convencidos de que la geometría perfecta que nos imponen es una forma superior de belleza. Que la quietud es equilibrio. Que la falta de espacio es protección. Que la obediencia es virtud.

Y lo más inquietante es que ese dolor que acaba provocando esa supuesta libertad—el dolor de no poder crecer como querríamos, de no poder inclinarnos hacia la luz que necesitamos, de no poder echar raíces más profundas— lo estamos calmando con una mezcla de distracciones, algoritmos, pantallas y fármacos. Una “farmatecnología” que adormece el malestar en lugar de preguntarse por sus causas. Una forma de anestesia social que no cura, pero sí silencia.

Quizá sea el momento de recordar que la libertad no es un regalo ni un eslogan, sino un ecosistema vivo. Que necesita espacio, aire, diversidad, roce, conflicto, alianza. Que exige escuchar más a las plantas que dejamos de observar y a los animales que encerramos en recintos de mentira. Porque ellos aún saben algo que nosotros parecemos haber olvidado, que no hay libertad más plena que la que crece sin permiso y se sostiene sin vigilancia.

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