OBRAS SON AMORES Y NO BUENAS RAZONES

Hemos asistido en apenas unos días a un curioso tránsito político. Del silencio y la negativa frontal de Mazón a pedir perdón, a la comparecencia de su sucesor, el señor Pérez Llorca, solicitando disculpas públicas. Un gesto que, lejos de interpretarse como un acto sincero de responsabilidad política, ha sonado mucho más a ejercicio de redención personal y contrición formal que a una asunción real del daño causado. Porque el problema nunca ha sido pedir perdón como quien acude al confesionario para aliviar la conciencia. El problema es entender qué significa pedir perdón. Y, sobre todo, qué consecuencias deberían acompañar a ese gesto si pretende ser creíble.

Pedir perdón, en política, no es una fórmula retórica para cerrar un capítulo incómodo. No es una declaración solemne destinada a ocupar titulares. Pedir perdón implica situarse moral y políticamente al lado de quienes han sido perjudicados por una acción u omisión grave del deber público. Implica reconocer responsabilidades directas e indirectas. Implica actuar en consecuencia. Nada de eso ha sucedido.

Las primeras decisiones del nuevo president han sido la negación práctica de sus propias palabras. Lejos de marcar una ruptura ética con la etapa anterior, ha optado por premiar tanto a su antecesor —principal responsable político de los hechos que hoy se pretenden expiar— como a quienes actuaron como sus cómplices y protectores. A uno, ofreciéndole un cargo sin contenido real con aumento salarial, en lugar de exigirle que devolviese su acta de diputado. A otros, manteniéndolos en sus puestos o promocionándolos. Es difícil imaginar una contradicción más explícita entre discurso y hechos.

Con esta forma de proceder, no puede pretender que su petición de perdón sea aceptada socialmente como una absolución colectiva, como si bastara pronunciar una palabra para borrar responsabilidades y pasar página. Estamos hablando de 230 muertes. De un dolor inmenso que afecta a cientos de familias. De un sufrimiento que, lejos de ser acompañado con empatía y dignidad, ha sido alimentado por actitudes de soberbia, evasivas, mentiras, desprecio institucional y un uso político del silencio.

Porque no se puede pedir perdón mientras se legitima con cargos y salarios a quienes representan precisamente aquello de lo que supuestamente se arrepiente. No se puede exigir comprensión a las víctimas mientras se protege a quienes nunca asumieron su culpa. No se puede hablar de reparación sin una sola medida efectiva que apunte a la restitución moral y política del daño causado.

Tampoco puede el señor Pérez Llorca pretender que creamos que permaneció ajeno a todo lo ocurrido. Era hombre de confianza de Mazón. Quien lo impulsó e impuso hasta la presidencia. Y lo hizo para garantizar su inmunidad política, su lealtad personal y asegurar el apoyo de VOX aceptando todas sus exigencias, muchas de ellas sin dejar rastro escrito, lo que, por cierto, facilita futuras maniobras de presión y chantaje político. No fue una casualidad ni una imposición externa: fue una decisión consciente que ahora marca, de manera inexorable, el margen de actuación real del nuevo gobierno. Porque, como bien expresa el dicho popular, perro no come perro.

La fotografía que ilustra este artículo condensa mejor que cualquier declaración pública la verdadera naturaleza de este relevo. No hay distancia, no hay incomodidad, no hay ruptura. Hay cercanía, complicidad y continuidad. Una imagen que explica, sin necesidad de palabras, por qué las disculpas suenan huecas y por qué las decisiones posteriores no sorprenden a nadie. Ni tan siquiera tratan de disimular.

Esa dependencia no es una conjetura ni una interpretación interesada. En poco más de un mes de mandato, el nuevo president ha mostrado con claridad meridiana cuál es su verdadero proyecto político y cuál es su escaso margen de autonomía. Como primera medida de su supuesta “renovación”, ha dejado fuera la comisión LGTBI y ha eliminado cualquier referencia al lenguaje inclusivo, asumiendo sin rubor algunas de las exigencias de VOX como moneda de cambio por su apoyo a la investidura. No se trata de gestos menores ni anecdóticos, sino de decisiones que afectan directamente a derechos, reconocimiento y convivencia democrática.

A ello se suma el anuncio de que piensa solicitar al presidente del Gobierno que “respete” la Ley de Costas valenciana, en lo que no parece sino un nuevo intento de seguir degradando un litoral ya profundamente maltrecho, bien mediante nuevas intervenciones urbanísticas, bien desbloqueando operaciones que priorizan intereses económicos frente a la protección del territorio y el bien común. Un discurso envuelto en retórica competencial que esconde, una vez más, una concepción patrimonialista del territorio y una alarmante falta de visión a largo plazo.

En apenas unas semanas, el señor Pérez Llorca ha conseguido dejar claro que su política se compone de dos elementos bien definidos: aquello que le imponen sus socios de extrema derecha y aquello que deliberadamente evita acometer para seguir defendiendo y protegiendo a su mentor, Carlos Mazón. No hay ruptura, no hay regeneración, no hay cambio de rumbo. Hay continuidad, subordinación y silencio estratégico. El resultado es un horizonte poco alentador, saturado de discursos demagógicos, falaces y engañosos, que esconden decisiones tan tristes como profundamente perjudiciales para la democracia y las libertades del pueblo valenciano, mientras Mazón continúa disfrutando de una situación tan placentera como rentable.

En política, señor president, el perdón se obtiene con hechos. Con compromisos verificables. Con cambios reales de rumbo. Con dignidad institucional. Se obtiene retirando responsabilidades a quienes no las merecen. Se obtiene reparando moralmente a las víctimas, no utilizándolas como telón de fondo de una escenificación pública.

Lo contrario no es política responsable, es teatro. En el mejor de los casos, una impostura ética. En el peor, una trampa diseñada para culpabilizar a quienes no acepten esas disculpas vacías, acusándolos de no querer perdonar, cuando lo que realmente ocurre es que no hay nada que perdonar mientras no existan hechos que avalen las palabras.

Usted ha pedido disculpas. Pero no ha demostrado el más mínimo arrepentimiento. Conviene no confundir ambos conceptos. El perdón es una petición; el arrepentimiento es una conducta. El primero se verbaliza; el segundo se acredita con decisiones incómodas, valientes y coherentes. De momento, solo hemos tenido lo primero. Y ya sabemos, como bien recuerda el refranero popular, que obras son amores y no buenas razones.

Ya lo vimos con el perdón solicitado en su día por el hoy rey emérito. No significó nada. Un gesto vacío destinado a cerrar en falso una herida que nunca fue atendida ni reparada. ¿Piensa actuar igual?

Sería deseable que sus próximas decisiones estuvieran a la altura de lo que se exige en situaciones tan extremas. Que fueran inequívocas. Que permitieran empezar a creer en una voluntad real de cambio. Pero permítame dudar de su capacidad de maniobra real ante la vigilancia constante de quienes marcan, de facto, la hoja de ruta de este gobierno.

Porque no se trata solo de pedir perdón. Se trata de arrepentirse. Y lo contrario conduce inevitablemente a asumir que, en su pecado —y en el de quienes le acompañan—, lleve incorporada su propia penitencia.

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