
Estamos a punto de que termine el año y, una vez más, repetiremos un ritual que conocemos de memoria. Doce campanadas, doce uvas y la sensación colectiva de que algo se reinicia. A las 00:00 horas del día uno del mes uno, el contador vuelve a cero. Al menos simbólicamente. Porque ese gesto debería equivaler a empezar de nuevo, a hacerlo mejor, a corregir errores y a recuperar una ilusión que, con el paso del tiempo, parece cada vez más frágil, más breve y más condicionada por la realidad que nos rodea.
Las uvas, el cava, la ropa interior roja, las serpentinas, el confeti, los besos, los abrazos, las risas, la música, el baile y los deseos duran lo que dura la celebración. La resaca posterior —acidez, dolor de cabeza, cansancio acumulado, ojeras— no es solo física. Es también moral y emocional. Es el aviso de que el nuevo año no llega con una hoja en blanco, sino cargado de los mismos problemas, las mismas tensiones y, demasiadas veces, las mismas decepciones. Las noticias vuelven a ocupar su espacio habitual y la ilusión, si llegó a asomarse tímidamente, se repliega sin resistencia. Porque ni el cambio de año ni quienes permanecen al frente de las decisiones parecen dispuestos a alterar una inercia que se repite con inquietante normalidad.
No se trata, en realidad, de cambiar de año ni de ritual. No depende de uvas, ni de lentejas, ni de romper platos, ni de hacer ofrendas al mar, ni de arrastrar maletas por el pasillo para atraer viajes, oportunidades o buena suerte. El problema no es la tradición, sino lo que dejamos fuera de ella. Lo verdaderamente urgente es recuperar la capacidad de analizar y reflexionar, de hablar sin insultar, de discrepar sin deshumanizar, de consensuar sin imponer. Recuperar la capacidad de aprender y de enseñar, de perdonar cuando sea posible, de escuchar cuando sea necesario y, sobre todo, de cuidar. Cuidar a las personas, cuidar los vínculos y cuidar la convivencia, que es el pegamento invisible de cualquier sociedad que aspire a algo más que a sobrevivir entre sobresaltos permanentes.
Para que eso ocurra no bastan los buenos propósitos que se evaporan con el primer café del dos de enero. Se requieren valores que hoy parecen incómodos o directamente molestos: integridad, humildad, compromiso, implicación, sinceridad y generosidad. Y no solo de quienes toman decisiones desde los despachos, los parlamentos o los platós, sino también de quienes, con nuestros votos, facilitamos que otros las tomen. Porque la democracia no se deteriora únicamente desde el poder; también se erosiona desde la irresponsabilidad ciudadana, desde la dejación consciente de responsabilidades y la comodidad de mirar hacia otro lado.
Utilizar el voto como castigo, como revancha, como gesto antisistema o como simple acto reflejo en lugar de reflexivo, es una forma peligrosa de banalizar la democracia. Convertir una decisión colectiva de enorme trascendencia en una pataleta individual es confundir el legítimo descontento con la destrucción del propio sistema. Y algo parecido ocurre con la abstención, que se presenta como ejercicio de libertad individual cuando, en demasiadas ocasiones, no es más que una renuncia cómoda a asumir responsabilidad. Abstenerse no es neutral: es el negacionismo de la democracia, como no vacunarse es el negacionismo de la ciencia.
Votar no es como comerse las uvas y seguir la fiesta hasta caer rendido por efecto del alcohol. Entre otras cosas porque la resaca que provocan los resultados electorales dura, como mínimo, cuatro años y afecta a toda la sociedad, no solo a quienes celebraron el resultado o a quienes se sintieron momentáneamente satisfechos. Es legítimo que lo que salga de las urnas nos guste más o menos según nuestras convicciones. Lo que no es legítimo es desentenderse después, exigir soluciones inmediatas o instalarse en la queja permanente sin asumir la parte de responsabilidad que a cada cual le corresponde como ciudadano.
Al menos deberíamos exigir que quienes resulten elegidos tengan la honradez, la capacidad y la honestidad necesarias para garantizar que toda la ciudadanía tenga la posibilidad real de vivir en las mejores condiciones posibles. No es una exigencia ideológica, es una exigencia ética. Gobernar no debería ser un ejercicio de supervivencia partidista ni una competición de relatos vacíos, sino un compromiso real y sostenido con el bien común, aunque ese concepto parezca hoy ingenuo, incómodo o pasado de moda.
Tal vez todo esto sea tan inútil como comer uvas, lentejas o romper platos esperando que el futuro se arregle solo. Puede que pensar así sea tan ingenuo como confiar en supersticiones de fin de año. Pero, puestos a elegir, prefiero esta ingenuidad consciente a la resignación cínica. Porque quizá algún día, como en la lotería, nos toque el GORDO. Y no por azar, sino porque decidimos, de una vez, tomarnos en serio la responsabilidad de convivir.