ACCIDENTE EN ADAMUZ Cuando la ética debería imponerse

La tragedia ocurrida en Adamuz, con el descarrilamiento de dos trenes y un balance devastador de decenas de personas fallecidas y más de un centenar de heridos de diversa consideración, ha sacudido de nuevo a un país que aún no se ha recuperado emocionalmente de otras catástrofes recientes. El impacto de las imágenes, el desconcierto inicial y la magnitud del dolor han vuelto a situarnos frente a una realidad incómoda: la fragilidad de la vida y la responsabilidad colectiva que emerge cuando todo se quiebra.

En medio del horror, conviene señalar con justicia algunos hechos que merecen ser reconocidos. El primero, la rápida y eficaz intervención de los dispositivos de urgencias y emergencias, que actuaron con profesionalidad, coordinación y entrega desde los primeros momentos. El segundo, la respuesta ejemplar de la población local y de municipios cercanos, que se volcó de manera espontánea y solidaria para auxiliar a las víctimas, ofrecer recursos, acompañar y sostener cuando más se necesitaba. Y el tercero, la activación inmediata de los distintos niveles de la administración, que han manifestado una coordinación ágil para movilizar recursos, atender a las personas afectadas e iniciar las investigaciones necesarias para esclarecer lo ocurrido.

Estos elementos no son menores. Hablan de un tejido social y profesional que, cuando las circunstancias lo exigen, responde con humanidad, eficacia y sentido del deber. Hablan también de que, al menos en un primer momento, se ha impuesto la prudencia política. Y esto, en el contexto actual, no es poco.

Porque si algo ha caracterizado demasiadas tragedias recientes es su utilización como arma arrojadiza en la contienda política. El dolor convertido en munición. La incertidumbre transformada en acusación. El desconcierto instrumentalizado para señalar culpables antes incluso de conocer los hechos. Por ahora, en Adamuz, esa deriva no se ha producido de forma evidente. Y ojalá no se produzca.

Sin embargo, la experiencia obliga a la cautela. Mucho me temo que no tardará en aparecer quien “mee fuera del tiesto” y empiece a hablar de culpabilidades, negligencias, incompetencias o mediocridades cuando todavía no se conocen las causas reales del accidente. Me gustaría equivocarme. Me gustaría pensar que, por una vez, la clase política estará a la altura del dolor que atraviesa a las víctimas y a sus familias. Me gustaría confiar en que prevalecerán la responsabilidad, la ecuanimidad y el respeto.

En ese marco, resultaría especialmente grave —y éticamente inaceptable— que se recurriera al recuerdo del accidente de Santiago de Compostela como argumento de revancha política, como si se tratara de un “ahora te ha tocado a ti tener también un accidente de tren”. Esa comparación no es ni lícita ni razonable. No honra a las víctimas de entonces ni respeta a las de ahora. Da la impresión de que algunos juegan a completar una colección de cromos en la que no falte ninguna perversión política, sea del color que sea: corrupción, accidentes, acoso, prevaricación. Convertir la desgracia en marcador partidista degrada la política y banaliza el dolor.

Aprovechar una tragedia de estas dimensiones para obtener rédito político no solo sería un grave error, sino una utilización miserable del sufrimiento ajeno. No aporta consuelo, no acelera las investigaciones, no mejora la atención a las víctimas ni contribuye a prevenir futuros accidentes. Al contrario: envenena el debate público, alimenta la crispación y refuerza una lógica de confrontación permanente que erosiona la confianza social y degrada la ética política.

Habrá tiempo, cuando se conozcan todos los datos y se esclarezcan las causas, para exigir responsabilidades si las hubiera. Ese es el funcionamiento legítimo de una democracia madura. Lo que no es legítimo es la especulación interesada, la sospecha lanzada como consigna o el juicio sumarísimo dictado desde la trinchera mediática. Esa actitud no responde a un compromiso con la verdad ni con la justicia, sino a la incapacidad de ofrecer propuestas, diálogo y soluciones.

Cuando faltan ideas y proyectos, se recurre al ruido. Cuando no se sabe construir, se opta por destruir. Cuando no se tiene una visión de país, se agita el miedo, la alarma y la descalificación. Y en ese terreno, las tragedias se convierten en oportunidades para quienes confunden la política con el ataque permanente y la ética con el oportunismo.

Ojalá esta tragedia no repita los escenarios vividos durante y después de la DANA. Ojalá no volvamos a asistir a la competición por el titular más hiriente o la acusación más rápida. Si esta vez se impone la normalidad política frente a la respuesta visceral, deberíamos felicitarnos como sociedad. Porque significaría que hemos aprendido algo. Que el respeto a las víctimas pesa más que la rentabilidad electoral.

Y si no es así, si una vez más el dolor es utilizado como coartada para el enfrentamiento, entonces será necesario señalar con claridad a quienes convierten la desgracia en su única estrategia. No por revancha, sino por higiene democrática. Porque una política que se alimenta del sufrimiento ajeno no merece ni comprensión ni silencio.

EL AULA COMO ESPEJO DEL RETROCESO El machismo que avanza

Desde un instituto de educación secundaria se nos solicitó desarrollar una actividad con jóvenes de entre 14 y 15 años centrada en igualdad y prevención de la violencia de género. Una trabajadora social y yo mismo -como enfermera-, miembros de una asociación feminista, acudimos al centro con la intención expresa de alejarnos de la clásica charla puntual, tan habitual como ineficaz. Tras debatir varias propuestas con el profesorado, consensuamos un programa de sesiones semanales de entre 30 y 45 minutos, concebidas desde una perspectiva amplia, participativa y lo más lúdica posible, con el objetivo de captar la atención del alumnado y generar espacios reales de reflexión.

Decidimos que la primera sesión fuese una dinámica grupal orientada a identificar, sin condicionantes previos, cuál era su posición respecto a la igualdad y la violencia de género. No introdujimos conceptos ni discursos iniciales, queríamos escuchar. La experiencia fue dura, sin paliativos. Demoledora tanto por el contenido de los mensajes como por la seguridad con la que eran expresados.

Los planteamientos que emergieron se situaban en las antípodas de la igualdad. La violencia era percibida como justificable bajo la premisa de que la mujer debe estar sometida a la autoridad del hombre. Afloraron todos los tópicos, estereotipos y estigmas que creíamos, quizá ingenuamente, superados en generaciones tan jóvenes. “La mujer está para la casa”, “la mujer se debe al hombre”, “debe vestir como él diga”, “si lo dice es porque la quiere”. Clichés que no dejaban margen a la interpretación y que configuraban un relato profundamente machista, normalizado y defendido con convicción.

Tan preocupante como el posicionamiento de muchos chicos fue la asunción absolutamente convencida de ese mismo discurso por parte de la mayoría de chicas. Lejos de cuestionarlo, lo defendían, renunciando de manera explícita a cualquier noción de igualdad. Esta interiorización acrítica del machismo, reproducida por quienes son sus principales víctimas, constituye, en sí mismo, uno de los elementos más alarmantes del escenario observado.

Entre los principales obstáculos para introducir elementos de reflexión destacamos la creencia, sustentada en dogmas religiosos, de que la mujer procede de la costilla del hombre y que, por tanto, le debe obediencia. Esta idea era defendida tanto por chicos como por chicas, rechazando de forma frontal cualquier cuestionamiento. Lejos de generar dudas, el discurso religioso opera como blindaje ideológico.

El debate derivó rápidamente en un intercambio dialéctico de posiciones enfrentadas y, en algunos momentos, en actitudes de desprecio y falta de respeto, tanto verbal como actitudinal hacia nosotros. Cualquier intento de contrapeso por nuestra parte era rebatido con argumentos sorprendentemente actuales, calcados de los discursos difundidos por agentes políticos de extrema derecha y amplificados, en demasiadas ocasiones, por la derecha supuestamente democrática de nuestro país.

La primera sesión de la intervención, por tanto, nos generó una sensación profundamente ambivalente. Por un lado, una preocupación enorme ante la proyección de estos planteamientos en adolescentes que están construyendo su identidad. Por otro, una profunda lástima. Porque esos discursos no nacen de la nada, sino que obedecen a condicionantes sociales, familiares y culturales para los que no disponen de herramientas, información ni conocimientos que les permitan cuestionar lo que interiorizan como “natural”. Lo que expresan no es pensamiento crítico, sino reproducción acrítica de un relato machista con un trasfondo claro de violencia.

A este escenario se sumó, de forma nada casual, un discurso abiertamente xenófobo. Migrantes que delinquen más, que roban puestos de trabajo, que viven de ayudas. Argumentos tomados directamente de las redes sociales a las que confieren absoluta credibilidad y repetidos con absoluta convicción. El aula se convirtió así en un espejo incómodo de una sociedad que está normalizando el odio, la exclusión y la desigualdad como si fuesen opiniones legítimas.

Somos conscientes de que este tipo de intervenciones pueden ser tildadas de adoctrinamiento. Pero lo que realmente adoctrina es el silencio. Lo visto y oído refuerza la necesidad urgente de seguir entrando en las aulas, no para imponer discursos, sino para introducir ideas, preguntas, dudas. Para que, quizá en algún momento, alguien se plantee que existe otra realidad distinta a la que les han construido y que han asumido como cierta.

Nada es casual. Y debería interpelarnos como sociedad. ¿Qué estamos haciendo? ¿Hacia dónde nos dirigimos cuando retrocedemos hacia modelos que creíamos superados? Tal vez si muchos de los responsables políticos que alimentan estos discursos acudieran a un aula y escucharan a la juventud que están intoxicando, comprenderían el daño individual y colectivo que están generando. Pero posiblemente por eso no acuden, porque su intención sea, precisamente, generar estas situaciones extremas de las que se aprovechan políticamente. Y también por eso, posiblemente, siguen poniendo trabas y acusando de adoctrinamiento a cualquier iniciativa que trate de generar igualdad en lugar de machismo, respeto en vez de violencia, tolerancia en sustitución de odio.

El aula, finalmente, no es una excepción, es un reflejo fiel de la sociedad que estamos construyendo.

No se trata de doctrina. Se trata de respeto, de derechos y de igualdad. Para mujeres y para hombres. Todo lo demás es perpetuar el machismo y la violencia.

EL IMPERIALISMO DEL SIGLO XXI: NEGOCIO, EXPOLIO Y SILENCIO

A lo largo de la historia, numerosos pueblos han ejercido como conquistadores, colonizadores o invasores de otros territorios, imponiendo —en mayor o menor medida— su autoridad, su cultura, su religión y su organización social. Desde el Imperio Romano hasta las campañas napoleónicas o la conquista española de América, estas ocupaciones no se limitaron al dominio militar, sino que incorporaron infraestructuras, sistemas de organización, modelos educativos y elementos culturales que, con todas sus contradicciones, dejaron una huella profunda y duradera en los territorios sometidos. Hoy siguen existiendo vestigios evidentes de esas presencias: obras públicas, lenguas, sistemas jurídicos, expresiones culturales y religiosas que, pese a haber sido impuestas tras una ocupación no consentida, forman parte del acervo histórico de países actualmente soberanos.

Nada de ello justifica la violencia, el sometimiento ni la vulneración de la libertad de los pueblos invadidos. Tampoco resulta aceptable establecer jerarquías morales entre invasiones “mejores” o “peores”. Sin embargo, reconocer la complejidad histórica obliga a admitir que, en algunos casos, esas ocupaciones se produjeron en contextos en los que no existían ni el derecho internacional, ni tribunales supranacionales, ni organismos multilaterales capaces de proteger la soberanía popular o los derechos humanos. Eran otros tiempos, con otras reglas —o con la ausencia de ellas—, lo que no exime de responsabilidad, pero sí ayuda a contextualizar los hechos.

La reciente invasión de Venezuela por parte de Estados Unidos se sitúa, sin embargo, muy lejos de cualquier lógica comparable. No hay aquí ni proyecto civilizador, ni transferencia de conocimiento, ni voluntad de reconstrucción institucional. El único interés visible es el económico, concretamente el control del petróleo, impuesto mediante un sistema de pago arbitrario que obliga a destinar esos recursos a la compra exclusiva de productos del país invasor. No se trata de desarrollo, sino de expolio; no de cooperación, sino de negocio puro y duro.

Esta intervención no debería sorprender. El imperialismo estadounidense ha sometido anteriormente a numerosos países al dictado de sus intereses estratégicos y económicos, sin que exista un solo ejemplo sólido en el que su injerencia haya supuesto una mejora real y sostenida de las condiciones de vida de la población afectada. Allí donde ha intervenido, ha dejado inestabilidad, dependencia, desigualdad y estructuras económicas orientadas a beneficiar a grandes corporaciones y élites locales afines, nunca a la ciudadanía.

Frente a los sistemas de riego, comunicación o ingeniería del Imperio Romano; frente a la impronta cultural y educativa francesa aún visible en países europeos; frente a la lengua, la arquitectura o los modelos educativos instaurados por España en América —todo ello sin olvidar las atrocidades cometidas—, la acción de EEUU carece incluso de ese componente estructural. Su huella no es cultural ni social, sino mercantil y depredadora. Multinacionales, fondos de inversión y grandes fortunas sustituyen a cualquier atisbo de proyecto colectivo.

Donald Trump ha decidido ejercer de conquistador en pleno siglo XXI, ignorando deliberadamente la existencia del derecho internacional, de las instituciones multilaterales y de los mecanismos de garantía que deberían impedir este tipo de actuaciones. Lo hace desde una lógica unipersonal, autoritaria y profundamente narcisista, justificando nuevas invasiones mediante acusaciones de narcoterrorismo jamás demostradas o apelando sin pudor al interés económico y a la expansión empresarial propia.

Su hoja de ruta comenzó con el apoyo incondicional a la destrucción criminal de Palestina, con el objetivo explícito de transformar un territorio devastado en un resort turístico, expulsando a los supervivientes de su propia tierra. Ese es el patrón que se repite: expulsar, arrasar y reconstruir en clave de negocio. Todo ello con un desprecio absoluto por la democracia, la justicia y la libertad, valores que invoca de forma cínica para legitimar sus acciones.

Mientras el equilibrio internacional se resquebraja, ni los tribunales internacionales, ni las instituciones de derechos humanos, ni la ONU, ni la Unión Europea son capaces de responder con la contundencia que sí mostrarían ante otros países. Esa ambigüedad, nacida del miedo o de la dependencia, transmite un mensaje devastador, impunidad para el invasor y desprotección para las víctimas.

La herencia que dejará Estados Unidos no será progreso ni estabilidad, sino una exhibición extrema del capitalismo más feroz: negocios multimillonarios, corporaciones omnipresentes y una concentración obscena de riqueza que generará más pobreza, desigualdad e inequidad. Permanecer en una diplomacia tibia y temerosa solo conduce a una nueva era de sometimiento a los caprichos del imperialismo.

Trump no es Julio César, ni Napoleón, ni Colón. No dejará caminos, ni lenguas, ni sistemas. Impone una autarquía grotesca, chulesca e histriónica que solo deja ruinas sociales. Su comportamiento responde al manual del acosador, que necesita cómplices, aplaudidores y silencios interesados. Y la pregunta ya no es si se le debe frenar, sino hasta cuándo se le va a permitir avanzar. Tal vez cuando reaccionemos sea demasiado tarde y, donde deberían existir escuelas, hospitales y centros de salud, solo queden logotipos de multinacionales.

EL NOBEL DEL TRATO O TRUCO

La reunión celebrada ayer entre María Corina Machado y Donald Trump en la Casa Blanca no fue solo un encuentro político, fue, sobre todo, una puesta en escena cuidadosamente diseñada desde el silencio, la opacidad y la humillación simbólica. Sin recibimiento oficial, sin agenda pública, sin imágenes institucionales, sin comunicado alguno. Una reunión por la puerta de atrás, como si se tratase de una cita clandestina que no debía dejar rastro. Y, sin embargo, dejó huella. Mucha.

Más de dos horas de conversación de las que no se sabe absolutamente nada. Ni objetivos, ni compromisos, ni posiciones. Nada. El vacío informativo no es casual: es parte del mensaje. Trump no quería fotografías ni relato compartido. No quería interlocución, sino subordinación. Y lo único que ha trascendido confirma esa lógica. Una imagen y un audio en los que Machado entrega a Trump la medalla del Nobel de la Paz que le fue concedido a ella. Un gesto que no puede interpretarse como cortesía ni simbolismo ingenuo, sino como un acto explícito de pleitesía política y como un trueque sin disimulo. Un símbolo internacional de legitimidad moral ofrecido a cambio del beneplácito y el respaldo personal de Trump en su aspiración a la presidencia de Venezuela. Una operación que no solo busca doblegar su resistencia, sino que vacía de contenido ético el propio reconocimiento, degradándolo a moneda de cambio y revelando una concepción del poder en la que los principios se negocian y la dignidad institucional se sacrifica sin reparos.

La escena es demoledora. Una dirigente que recibe un reconocimiento internacional lo entrega, sin pudor, a quien no fue elegido por el jurado, pero sí deseaba serlo. Trump recoge la medalla como quien acepta lo que considera suyo por derecho natural. No hay humildad ni gratitud. Hay reafirmación narcisista. El mensaje es claro, el Nobel no consagra valores, consagra jerarquías. Y él se sitúa en la cúspide.

Ante este episodio resulta inevitable plantear algunas preguntas. ¿Debe una persona que ha recibido el Nobel de la Paz poder transferirlo simbólicamente a un tercero? ¿No desvirtúa ese gesto el sentido mismo del reconocimiento? ¿No debería el Norwegian Nobel Committee reflexionar seriamente sobre los criterios, mecanismos y decisiones que conducen a premiar trayectorias que, lejos de generar consensos éticos, producen desconcierto y descrédito? El problema no es solo quién recibe el premio, sino qué se legitima cuando se concede.

Porque, más allá de la ausencia de fotografías oficiales, lo cierto es que ambos han quedado perfectamente retratados. Machado, como una dirigente dispuesta a sacrificar símbolos y principios en busca de padrinazgo del invasor. Trump, como un líder que utiliza la política exterior como escenario de reafirmación personal y dominación simbólica. Dos figuras unidas por una misma pulsión: notoriedad, autoridad y poder. No por vías democráticas, transparentes o dialogantes, sino desde el cálculo, la escenografía del sometimiento y el desprecio a las formas que sostienen la democracia.

No hicieron falta fotos. La imagen es nítida.

EL PROFETA DEL DESASTRE La política del miedo como proyecto

En política, como en la vida, hay quien cree que cuanto más se grita “viene el lobo”, más probabilidades hay de que alguien termine viendo colmillos en cualquier sombra. Alberto Núñez Feijóo ha hecho de esa estrategia su único proyecto. Anunciar el desastre, vaticinar el hundimiento de España y convertir su liderazgo en una suerte de oráculo del apocalipsis permanente. El problema es que el lobo no aparece y la realidad insiste en desmentirlo con una tozudez casi humillante.

Desde que llegó a la presidencia del Partido Popular, Feijóo no ha construido un solo relato alternativo de país. No ha presentado un proyecto reconocible, ni una propuesta económica estructurada, ni una visión de futuro que vaya más allá de la simple negación del adversario. Su estrategia se ha basado en dos pilares: el acoso personal al presidente del Gobierno y la generación constante de alarma social. Todo va mal, todo empeora, todo está a punto de estallar. Sin embargo, la realidad es obstinada y los datos, por mucho que se los quiera forzar, siguen sin acompañar ese discurso.

España encabeza el crecimiento entre las grandes economías europeas, mantiene un ritmo sostenido de creación de empleo y presenta indicadores macroeconómicos que organismos internacionales reconocen de forma reiterada. Sin embargo, Feijóo insiste en describir un país al borde del colapso, como si gobernara una nación imaginaria que solo existe en sus discursos y en los argumentarios de su partido.

Pero lo más revelador es que ni siquiera sus posicionamientos encajan con los del Partido Popular Europeo, al que formalmente pertenece. Mientras buena parte de la derecha europea respalda políticas de estabilidad, crecimiento y fortalecimiento del Estado social como garantía frente al extremismo, Feijóo opta por un discurso cada vez más alineado con el ruido populista y el catastrofismo interno. Esa disonancia no solo lo debilita en casa, sino que lo deja sin perfil propio fuera: sin aliados claros, sin liderazgo reconocible y con una proyección internacional cada vez más irrelevante.

Tampoco le acompaña la bandera de la corrupción, a la que se aferra con entusiasmo tan insistente como selectivo. Los casos reales o los que pueden afectar al Gobierno son amplificados hasta el paroxismo, mientras los del propio PP—antiguos aún por juzgar y otros nuevos que van apareciendo— son minimizados, relativizados o directamente silenciados. La doble vara de medir ya no escandaliza, simplemente confirma que no estamos ante una cruzada ética, sino ante un uso instrumental del escándalo como arma política.

A ello se suma la gestión de varias de las comunidades autónomas gobernadas por el PP, que dista mucho de sostener esa imagen de eficacia y solvencia que el partido intenta proyectar. La actuación ante la DANA en la Comunidad Valenciana, los incendios, o el deterioro persistente de la sanidad pública en territorios como Andalucía, Castilla y León o Madrid no son precisamente ejemplos de buena administración.

En el plano internacional, la situación tampoco ha sido favorable para su estrategia. Su ambigüedad —cuando no cercanía ideológica— respecto a los planteamientos de Trump lo ha colocado en más de una ocasión en una posición incómoda, obligándole a rectificar sobre la marcha o a refugiarse en discursos forzados sobre Venezuela o supuestas cruzadas por la libertad que suenan más a coartada que a política exterior coherente.

En esta escalada retórica ha anunciado una gravísima crisis económica. Como de costumbre, su anuncio llega huérfano de datos, de evidencias, de argumentos sólidos. No hay cifras, no hay informes, no hay análisis que respalden semejante cataclismo.

Uno no puede evitar preguntarse si esta obsesión con la crisis es un reflejo de la memoria histórica del propio PP, cuyos gobiernos sí estuvieron asociados a etapas de recesión, rescates financieros, recortes sociales y pérdida de credibilidad internacional. Tal vez Feijóo proyecta hacia el futuro lo que su partido representa en el pasado.

Lo paradójico es la contradicción permanente de su discurso, al centrar el mismo en que la única forma de evitar esa crisis, es cambiar las políticas que precisamente explican el buen momento económico actual. Según esta lógica, la bonanza no tendría nada que ver con la acción del Gobierno, sino con una alineación astral, una manipulación estadística o un engaño masivo a la ciudadanía. España iría bien, pero por error. Y Feijóo sería el único capaz de ver a través del espejismo.

En ese vacío de ideas, Feijóo ha decidido refugiarse a la sombra de Vox, aceptando sus marcos, sus silencios y sus líneas rojas como precio de su supervivencia política. Un refugio que dice mucho de su debilidad y muy poco de su capacidad para liderar una alternativa real.

Porque una oposición útil no es la que anuncia catástrofes, sino la que ofrece caminos. Y mientras Feijóo siga empeñado en ser profeta del desastre en lugar de constructor de propuestas, seguirá prisionero de sus propias palabras… y de su propia irrelevancia

HACER VISIBLE EL CUIDADO: CIENCIA Y ARTE

“Lo más importante suele ser lo que menos se ve.”

Hannah Arendt[1]

 

En medicina resulta relativamente sencillo identificar de qué se habla. El cuerpo se abre, se explora, se mide, se representa. Lo anatómico se despliega en láminas, lo fisiológico se esquematiza en flujos y circuitos, lo patológico se fotografía, se compara, se archiva. Incluso la complejidad extrema puede ser dibujada. Otra cosa muy distinta es comprenderla y responder a ella con acierto, algo que exige conocimiento profundo, experiencia acumulada y juicio clínico afinado. Pero el objeto está ahí, visible, delimitable, representable. La medicina ha construido históricamente buena parte de su legitimidad sobre esa visibilidad: lo que se ve, lo que se puede mostrar, lo que se puede demostrar ante los ojos propios y ajenos.

En enfermería, sin embargo, el núcleo de su acción profesional —el cuidado— no se deja atrapar con la misma facilidad. No tiene anatomía desde la descubrir lo oculto, ni fisiología descriptiva, ni un campo quirúrgico que permita aislarlo del contexto. No se deja diseccionar. No puede fotografiarse sin traicionarse. El cuidado ocurre, pero no se exhibe. No se ve, pero se observa. Se manifiesta, pero no se deja cosificar. Y esa condición, lejos de restarle valor, es precisamente la que lo sitúa en un plano de enorme complejidad científica, ética y humana. El cuidado no es una cosa, ni un gesto aislado, ni una suma de tareas; es una práctica relacional, situada, profundamente dependiente del tiempo, del vínculo y de la interpretación.

El cuidado no es invisible porque sea etéreo o difuso, sino porque trasciende lo puramente sensorial. Requiere de todos los sentidos para ser prestado con calidad, pero no se agota en ninguno de ellos. No basta con ver, tocar u oír; hay que observar, anticipar, acompañar, sostener, decidir. Hay que saber cuándo intervenir y cuándo retirarse, cuándo hablar y cuándo callar, cuándo hacer y cuándo permitir que el otro haga. Y, sobre todo, hay que hacerlo con la persona cuidada, no sobre ella. Sin participación, sin reconocimiento del otro como sujeto activo de su proceso, el cuidado se vacía de sentido y se convierte en técnica aplicada, en procedimiento descontextualizado, en acto frío que puede ser eficaz pero no es plenamente cuidador.

Podría pensarse, desde una mirada superficial, que el cuidado pertenece al ámbito de lo intangible, casi de lo místico, y que exige un acto de fe para creer en su eficacia. Nada más lejos de la realidad. El cuidado profesional enfermero no se sostiene sobre creencias, sino sobre conocimiento científico, evidencia acumulada, razonamiento crítico, tiempo, dedicación y responsabilidad. No tiene misterios irresolubles ni promesas futuras. No se invoca, se ejerce. No se cree, se practica. Y sus efectos no se esperan en un más allá, sino que se observan aquí y ahora, en la vida concreta de las personas, en su capacidad de adaptación, en su bienestar percibido, en su autonomía y en su dignidad.

Precisamente por todo ello resulta tan difícil de valorar socialmente. Vivimos en sistemas que reconocen mejor aquello que se puede medir, cuantificar, exhibir o mercantilizar. Aquello que se deja representar con claridad adquiere legitimidad cultural y política. Aquello que da resultados inmediatos. Lo que no se ve, lo que no se puede colgar en una pared ni convertir en imagen icónica, lo que requiere tiempo, corre el riesgo de ser considerado secundario. ¿Cómo valorar algo que no se puede mostrar de manera inmediata? ¿Cómo representar el cuidado sin caer en estereotipos domésticos, feminizados, edulcorados, que lo reducen a vocación o a buena voluntad? ¿Cómo narrarlo sin convertirlo en un relato sentimental que traicione su densidad científica, su complejidad ética y su profundo impacto real?

Esta dificultad no solo afecta al reconocimiento social del cuidado, sino que atraviesa de lleno la docencia enfermera. Porque precisamente por esa naturaleza no visible, no cosificable, el cuidado no se explica ni se transmite de la misma manera que otros saberes. No basta una imagen, un esquema o una fotografía para comprenderlo. O quizá sí puedan ayudar, pero no en la lógica habitual en la que todo debe parecer claro, cerrado, indiscutible y determinante. El cuidado no se aprende como se memoriza una estructura anatómica o se reproduce un procedimiento técnico. El cuidado debe descubrirse, interiorizarse, comprenderse desde la experiencia reflexionada, sentirse para poder ser entendido y, sobre todo, para poder ser prestado. Porque el cuidado, además, no puede estandarizarse. Debe adaptarse a cada realidad, contexto, situación, problema y, por supuesto, a cada persona de manera específica para que pueda ser prestado con calidad y calidez. No se trata de replicar, como sucede con la evidencia positivista, sino de identificar la necesidad concreta, la demanda delimitada, el problema sentido de una persona, una familia o un grupo reducido, que es lo que le confiere la consistencia interna que requiere el cuidado profesional y científico.

De ahí que, al contrario de lo que a menudo se afirma con ligereza, estudiar enfermería no sea fácil en absoluto. Es profundamente complejo. Porque exige integrar saberes científicos con habilidades relacionales, juicio ético, capacidad crítica y sensibilidad contextual. Y enseñar enfermería desde la esencia del cuidado —y no exclusivamente desde la técnica— requiere un esfuerzo docente que no puede limitarse a la clase magistral ni a una presentación en PowerPoint o una simulación con un muñeco por muy avanzado que este sea. Requiere metodologías que fomenten la participación, la reflexión, el análisis compartido, el cuestionamiento de certezas y el descubrimiento progresivo de la grandeza del cuidado. Requiere aceptar la incertidumbre como parte del aprendizaje y asumir que no todo puede resolverse con respuestas cerradas.

Enfermería es ciencia, sin duda, pero también es arte. Sin embargo, resulta difícil encontrar obras de arte —en cualquiera de sus disciplinas o modalidades— que se centren en el cuidado profesional en toda su complejidad.

Sin embargo, que sea difícil no significa que sea imposible. Exige otra mirada, otro lenguaje y otra estética. Pensar el cuidado desde la pintura obliga a abandonar la centralidad del objeto y a situar la atención en la atmósfera, en la relación, en el proceso. ¿Cómo podría representarse el cuidado en una acuarela? No a través de la figura central y nítida, sino mediante veladuras, transparencias superpuestas, capas que se insinúan más de lo que se imponen. Una acuarela del cuidado no tendría contornos rígidos ni jerarquías claras. Sería una escena donde el fondo importa tanto como la figura, donde los espacios en blanco hablan de respeto, de espera y de silencio. El agua, elemento esencial de la técnica, no sería un mero vehículo, sería metáfora de adaptación, de escucha, de flexibilidad. Como el cuidado, la acuarela no se domina del todo; se acompaña.

El óleo, por su parte, permitiría otra aproximación. Aquí el cuidado podría expresarse en la densidad de las capas, en el tiempo invertido en construir la obra. No en el gesto rápido ni en el impacto inmediato, sino en la acumulación paciente, en las correcciones, en los arrepentimientos que quedan ocultos bajo nuevas capas. Un óleo sobre el cuidado no sería una escena heroica, sino una composición donde la luz no cae de forma espectacular desde fuera, sino que emerge lentamente desde dentro, iluminando gestos mínimos como una mano que sostiene sin apretar, una postura que se adapta al cansancio del otro, una presencia que no invade ni se impone, pero que deben acompañar en perfecta armonía el contexto en el que se sitúa. El cuidado, como el óleo, se construye con tiempo, con atención sostenida y con una comprensión profunda del conjunto.

Si hablamos de la sanguina, con su trazo cercano al cuerpo, permitiría representar el cuidado desde la proximidad y la fragilidad compartida. No desde la perfección anatómica, sino desde la imperfección viva del trazo. Líneas que no buscan exactitud, sino expresión. El cuidado, como la sanguina, no elimina la fragilidad ni la corrige, la reconoce, la acompaña, la integra como parte constitutiva de la condición humana.

En todos los casos, el cuidado no sería el objeto representado, sino la atmósfera que envuelve la escena. No el protagonista aislado, sino la relación. No la acción puntual, sino el proceso sostenido en el tiempo.

Explicar el cuidado con palabras exige el mismo rigor. Obliga a huir tanto de la simpleza como de la grandilocuencia. El cuidado no necesita adornos retóricos ni metáforas vacías. Necesita precisión conceptual, honestidad narrativa y profundidad ética. Simplicidad que no debe confundirse con el simplismo. No es un acto espontáneo de caridad, ni un gesto forzado, es una práctica profesional compleja que integra saberes biológicos, sociales, psicológicos, culturales y espirituales. Una práctica que exige formación, reflexión crítica y responsabilidad.

Desde Florence Nightingale hasta Virginia Henderson, la enfermería ha insistido en que cuidar no es suplir indefinidamente, sino ayudar a la persona a recuperar o mantener su autonomía, incluso en contextos de máxima dependencia. Y desde Jean Watson sabemos que el cuidado no es solo una intervención eficaz, sino una relación con profundas implicaciones morales, donde están en juego la dignidad, el sentido y el reconocimiento del otro como persona. Nada de esto es sentimentalismo. Es teoría sólida, contrastada, discutida y aplicada en contextos reales[2],[3],[4].

Nombrar el cuidado con rigor, como hacen Mompart, Santotomás, Alberdi, Megías y tantas otras enfermeras referentes, es una forma de hacerlo visible. Porque aquello que no se nombra con propiedad acaba diluyéndose o siendo apropiado por otros discursos.

Y desde la música, ¿puede componerse una obra que evoque el cuidado? Si, pero no desde el estruendo ni desde la melodía fácil. El cuidado se parecería más a una estructura armónica que sostiene sin imponerse, a un tempo que se ajusta al ritmo del otro, a silencios que no son ausencia, sino espacio necesario para que el otro exista. El cuidado no sería el solo virtuoso, sino el acompañamiento que permite que la pieza se sostenga. No la nota brillante, sino la progresión que da sentido al conjunto. Como en el cuidado, la música solo cobra sentido pleno cuando hay escucha real. Una partitura armónica, acompasada, que transporte sentimientos y evoque emociones, que sea capaz de ser identificada, valorada, querida, sin necesidad de más explicaciones.

Y, sobre todo, el cuidado no es una abstracción, aunque resulte abstracto de representar. No es una creencia, aunque tenga una dimensión espiritual entendida no como religión, sino como sentido, propósito y dignidad. No es un milagro, porque produce efectos medibles y contrastables capaces de mejorar resultados en salud, reducir complicaciones, aumentar la adherencia terapéutica, mejorar la experiencia de las personas y contribuir a la sostenibilidad de los sistemas sanitarios[5],[6],[7]. Negar su valor porque no se ve es tan absurdo como negar la gravedad porque no se puede tocar.

Por todo ello, las enfermeras tenemos la responsabilidad ineludible de hacer visible el cuidado sin banalizarlo. Sin reducirlo a consignas emocionales ni a relatos complacientes. Sin pedir reconocimiento desde la queja, sino desde la afirmación serena y firme de su valor científico, social y ético. Hacer visible el cuidado no significa convertirlo en espectáculo, sino dotarlo de lenguaje, de relato y de presencia pública. Significa dialogar con el arte, con la cultura y con la filosofía sin complejos y sin pedir permiso, para que pintores, músicos, escultores y poetas puedan encontrar en el cuidado una fuente legítima de inspiración porque antes hemos sido capaces de explicarlo con rigor, coherencia y honestidad. Pero, sobre todo, significa contribuir a que la sociedad en su conjunto sea capaz de identificar, valorar y demandar ese cuidado profesional que es ciencia y arte, y que resulta imprescindible para sostener la vida, la salud y la dignidad en contextos cada vez más complejos.

Solo entonces el cuidado dejará de ser lo que “no se ve” para convertirse en lo que sostiene. Y eso, aunque no siempre pueda representarse en una imagen, es profundamente real.

[1] Filósofa, historiadora, politóloga, socióloga, profesora de universidad, escritora y teórica política alemana, posteriormente nacionalizada estadounidense (1906-1975)

[2] Nightingale F. Notes on Nursing: What It Is, and What It Is Not. London: Harrison; 1859.

[3] Henderson V. The Nature of Nursing. New York: Macmillan; 1966.

[4] Watson J. Nursing: The Philosophy and Science of Caring. Boulder: University Press of Colorado; 2008.

[5] Kitson A, Marshall A, Bassett K, Zeitz K. What are the core elements of patient-centred care? A narrative review and synthesis of the literature from health policy, medicine and nursing. J Adv Nurs. 2013;69(1):4–15.

[6] Smith MC, Parker ME. Nursing Theories and Nursing Practice. 4th ed. Philadelphia: F.A. Davis; 2015.

[7] World Health Organization. State of the World’s Nursing 2020. Geneva: WHO; 2020.

CUANDO LA INVASIÓN SE DISFRAZA DE DEMOCRACIA El relato que se construye

La invasión de Estados Unidos en Venezuela y el secuestro de su presidente constituyen una vulneración flagrante del derecho internacional que no admite justificación alguna, por mucho que se intente presentar como una operación destinada a restablecer la democracia. Aceptar ese argumento implica asumir que la legalidad internacional es prescindible cuando estorba a los intereses de las grandes potencias. Si esa fuera la premisa válida, serían muchos los países susceptibles de ser invadidos, intervenidos o sometidos bajo el pretexto de una democracia definida a conveniencia del invasor, vaciando de contenido cualquier marco jurídico común.

Donald Trump ha conseguido con esta acción varios objetivos simultáneos. En primer lugar, lanzar un mensaje inequívoco a América Latina, una región que pretende volver a situar bajo control directo tras décadas de pérdida de influencia. El aviso es claro y recuerda a épocas que muchos creían superadas, cuando el continente era tratado como un espacio subordinado, un cuarto trastero geopolítico al que se accedía sin pedir permiso. En segundo lugar, elimina cualquier posibilidad real de que María Corina Machado, reciente Premio Nobel de la Paz, alcance la presidencia venezolana, tal y como el propio Trump ha insinuado, no tanto por razones estratégicas como por una lógica de revancha personal tras no haber sido él mismo reconocido con un galardón que ambiciona abiertamente. Y, por último, asegura el control de una de las mayores reservas petrolíferas del planeta, verdadero trasfondo de una operación que difícilmente puede ocultarse bajo discursos moralizantes.

Nada de lo ocurrido es casual, tampoco el hecho de que Nicolás Maduro haya sido conducido a Nueva York. No se trata únicamente de la capital financiera y mediática del mundo, sino del escenario elegido para escenificar poder. La coincidencia con la reciente elección de Zohran Mamdani como alcalde, identificado por Trump como un enemigo político a batir, añade una dimensión interna inquietante, exhibir fuerza, humillar al adversario y advertir a quienes cuestionan su liderazgo dentro y fuera de Estados Unidos. La geopolítica se convierte así en un ejercicio de escarmiento donde se diluyen las fronteras entre política exterior, propaganda y ajuste de cuentas doméstico.

Pero más allá de los análisis internacionales, resulta profundamente preocupante la utilización que de esta invasión está haciendo la derecha política y mediática española, presentándola como una supuesta victoria de la libertad y de la democracia. Una lectura que debería alarmar seriamente a quienes contemplan apoyar a formaciones que aplauden sin reservas una acción que vulnera la soberanía de un Estado. No se trata de simpatías ideológicas ni de afinidades estratégicas, sino de principios básicos. Justificar una invasión ilegal hoy es normalizarla para mañana.

La posición de VOX no sorprende. Su defensa explícita del autoritarismo y de la ley del más fuerte encaja perfectamente con este tipo de actuaciones. Mucho más inquietante resulta la del Partido Popular, que intenta, cada vez con menor convicción, marcar distancias respecto a VOX mientras asume como razonables e incluso necesarias acciones que constituyen delitos internacionales. Feijóo, en pleno cuestionamiento nacional por sus mensajes con Carlos Mazón, se apresuró a felicitarse por la invasión y a proponer a Edmundo González como figura de una supuesta transición democrática en Venezuela, obviando que Trump ya había decidido asumir el control del país hasta que considere oportuno entregarlo a quien mejor sirva a los intereses estadounidenses, no a los venezolanos.

Hablar de manera tan vehemente como irresponsable de una situación de extrema gravedad implica asumir como tolerable el uso de la fuerza por parte de las grandes potencias. Supone además sentar un precedente inquietante ante futuras acciones: ¿cuál será la respuesta internacional si finalmente se consuma la anunciada invasión de Groenlandia? ¿Qué ocurrirá si esta misma estrategia se reproduce en Colombia u otros países que no se plieguen a los dictados de Washington? El silencio cómplice o el aplauso entusiasta de hoy se convierten en la coartada de las agresiones de mañana.

Hubiera sido previsible una posición ambigua o incluso de silencio por parte del Partido Popular. Callar no es lo mismo que aplaudir. Si una invasión similar hubiera sido protagonizada por cualquier otro país, la condena habría sido inmediata. La doble vara de medir es tan evidente como peligrosa.

Como país democrático que somos, pese a quienes lo cuestionan o pretenden revertirlo, la posición debe ser firme y ajustada al derecho internacional. Construir ahora un relato que legitime esta agresión y que sirva además como nuevo instrumento de desgaste del poder legalmente establecido en España no es solo una torpeza política, es una irresponsabilidad cuyas consecuencias pueden resultar mucho más profundas y duraderas de lo que algunos parecen dispuestos a admitir.

Aceptar esta lógica supone renunciar a cualquier principio democrático propio y asumir que el orden internacional se rige por la fuerza y no por el derecho. Quienes hoy celebran esta invasión deberían preguntarse qué dirán mañana cuando esa misma doctrina se utilice contra otros pueblos, otros gobiernos o incluso contra la propia Europa.

EL FUEGO, EL MAR Y LA MEMORIA Muertes visibles y muertes asumidas

Hay tragedias que conmocionan y otras que apenas logran interrumpir unos segundos la rutina informativa. No porque unas sean más terribles que otras, sino porque el lugar, el contexto y, sobre todo, las vidas implicadas parecen importar de manera muy distinta. El incendio en un bar de Crans-Montana, en Suiza, en el que murieron cuarenta personas —la mayoría menores de edad— ha sacudido a la opinión pública internacional. El dolor es comprensible. La conmoción, legítima. Las investigaciones anunciadas para esclarecer las causas y depurar responsabilidades, necesarias.

Nadie cuestiona que así sea. Pero, detenerse a reflexionar no implica restar gravedad a lo ocurrido, sino ampliar la mirada. Porque mientras los focos mediáticos se concentran —como es lógico— en esa tragedia, otras muertes, igualmente evitables, igualmente injustas, continúan produciéndose casi en silencio. Muertes de jóvenes que no arden en una pista de baile, sino que se ahogan en el mar.

Los llamamos “menores no acompañados”, cuando no directamente “MENAS”, una etiqueta deshumanizada y estigmatizada que ha acabado por convertirse en categoría política y arma arrojadiza. Jóvenes que suben a una patera tras entregar todo lo que tenían a mafias que comercian con la desesperación. Jóvenes que huyen de guerras, de persecuciones, de la miseria estructural o de países incapaces —o impedidos— de ofrecerles un futuro. Jóvenes que mueren en travesías que sabemos mortales, pero que seguimos tolerando como si fueran un accidente inevitable del orden del mundo.

En ambos casos hablamos de menores no acompañados. En Suiza, porque sus familias confiaban en que estaban en un entorno seguro, ejerciendo algo tan elemental como el derecho a divertirse. En el mar, porque sus padres y madres, aun a sabiendas del riesgo, no tuvieron otra opción que dejarles partir. No por negligencia, sino por ausencia de alternativas. Porque a veces acompañar es dejar marchar, incluso cuando el precio puede ser insoportable.

La diferencia no está en la edad ni en la inocencia. Tampoco en el dolor. Está en el reconocimiento. Quienes murieron en el incendio tendrán nombres, apellidos, funerales multitudinarios, memoria colectiva y duelo compartido. Sus familias serán escuchadas. Las responsabilidades, investigadas. Las normativas, revisadas para que algo así no vuelva a suceder. Así debe ser.

Quienes mueren en un naufragio, en cambio, si llegan a ser rescatados, suelen hacerlo sin identidad. Sus cuerpos no siempre aparecen. Sus nombres no se pronuncian. Sus familias rara vez saben qué ocurrió, dónde, cuándo o cómo. No hay funerales públicos ni minutos de silencio. No hay comisiones de investigación que analicen por qué seguimos permitiendo rutas migratorias mortales ni por qué se criminaliza a quienes intentan salvar vidas en el mar.

Más allá de las ONG —cada vez más cuestionadas, perseguidas o directamente prohibidas—, nadie parece querer saber demasiado. Como si esos viajes fueran decisiones caprichosas, casi lúdicas. Como si no existieran responsabilidades políticas, económicas y morales compartidas. Como si los países en cuyas aguas se producen los naufragios no tuvieran nada que ver. Como si las causas que empujan a esas personas a embarcarse no merecieran ser abordadas.

Y es aquí donde resulta imprescindible exigir responsabilidad a quienes tienen la obligación de gestionar la migración. No para buscar culpables fáciles, sino para señalar con claridad dónde reside la verdadera responsabilidad. No en quienes migran, sino en quienes consienten que lo hagan en condiciones de riesgo extremo; en quienes externalizan fronteras, miran hacia otro lado o aceptan la muerte como precio disuasorio. Porque permitir travesías mortales no solo mata, sino que además impone después condiciones de precariedad, inequidad, vulnerabilidad y rechazo a quienes logran sobrevivir.

Lo que sí parece importar es proteger fronteras, alimentar el miedo y vincular migración con amenaza, escasez, delincuencia o pérdida de identidad nacional. Un relato falso, pero eficaz. Todos los indicadores demuestran que la migración no solo no destruye las economías de los países de destino, sino que resulta imprescindible para sostenerlas. Aun así, el discurso del rechazo se impone, amplificado por fuerzas políticas que encuentran en el miedo al otro una herramienta rentable, incluso cuando genera violencia social e institucional.

No se trata de comparar tragedias. Se trata de preguntarnos por qué algunas vidas merecen toda la atención y otras apenas un titular fugaz. Por qué unas muertes activan todos los resortes del Estado y otras se asumen como daño colateral. Por qué aceptamos que el lugar donde se muere —un bar o una patera— determine el valor simbólico de esa vida.

Porque, al final, quienes mueren son jóvenes. Más allá de su pasaporte, color de piel, cultura o religión. Personas con derecho a una vida digna y a una muerte evitable. Y Mientras no seamos capaces de sostener esa verdad sin matices ni excepciones, seguiremos viviendo en un mundo que llora unas muertes y normaliza otras. Un mundo profundamente injusto, aunque a veces prefiramos no mirarlo de frente.

 

MENTIR PARA SOBREVIVIR: ANATOMÍA DE UNA GESTIÓN INDECENTE

Carlos Mazón no será recordado únicamente por la nefasta gestión política de la DANA de 2024 en la provincia de València, sino por haber convertido una tragedia colectiva en un ejercicio obsceno de autoprotección, manipulación del relato y desprecio hacia las víctimas. No fue solo lo que hizo —o dejó de hacer— antes, durante y después del desastre, sino la forma en que arrastró consigo a instituciones, cargos y siglas, como si él mismo fuera una prolongación política de la devastación que causó la riada.

Desde el inicio, la gestión de Mazón se sostuvo sobre pilares frágiles. La mentira reiterada, el cambio constante de versiones y una estrategia comunicativa diseñada para confundir. Con cada nuevo argumento desmentido por los hechos, se erosionaba no solo su credibilidad personal, sino la de la institución que presidía. La honorabilidad implícita en el tratamiento de Molt Honorable quedó reducida a una fórmula vacía, carente de contenido ético. La empatía, imprescindible en cualquier cargo público y aún más en contextos de dolor y pérdida, la evitó. Y la decencia política —la que lleva implícita la asunción de responsabilidades— fue sistemáticamente ignorada.

Pero Mazón no actuó solo. Su conducta fue avalada, defendida y, en demasiadas ocasiones, ocultada por dirigentes de su partido y por una parte de su electorado, presos de una idea de lealtad mal entendida. Una lealtad que no se dirige a la ciudadanía ni a la verdad, sino a la preservación del poder y a la protección mutua frente a cualquier rendición de cuentas. Lealtad tramposa que nace del miedo, del temor a que cuestionar a Mazón suponga poner en evidencia actitudes propias, silencios cómplices o responsabilidades compartidas.

La petición de la jueza instructora de Catarroja, a la que tanto temen, ha solicitado que se faciliten los mensajes de WhatsApp intercambiados entre Mazón y Alberto Núñez Feijóo, ampliando el foco de la responsabilidad política y moral. Feijóo se incorpora así, por mérito propio, a una lista que ejemplifica una de las formas más indignas de ejercer la política. Aquella que antepone el beneficio personal y partidista a la verdad, aunque ello implique mentir, encubrir y ser cómplice de una gestión miserable que dejó centenares de muertos y miles de personas cuya vida tardará años en recomponerse.

La citación de Feijóo como testigo el próximo día 9, a la que ha solicitado no comparecer presencialmente, constituye una nueva muestra de desprecio hacia las víctimas y de cobardía política. No es la incomodidad lo que está en juego, sino el temor a que la verdad comprometa su posición. Por otra parte, la presentación de un acta notarial para avalar los mensajes recibidos de Mazón no refuerza su veracidad; al contrario, evidencia una debilidad profunda, la necesidad de aparentar formalmente un relato inconsistente. Más grave aún es la omisión de sus propios mensajes de respuesta, amparada en el argumento infantil y tramposo de que no le fueron solicitadas, lo que retrata con claridad su catadura moral.

El contenido que va conociéndose de los mensajes confirma, además, que el comportamiento de Mazón no solo fue compartido, sino apoyado y aplaudido por su “presi” y por una corte política que sigue intentando maquillar lo evidente. Incluido el actual presidente de la Generalitat, Juan Fran Pérez Lorca, por mucho que aparente desmarcarse.

Y en todo este relato, resulta especial y tristemente paradójico que Feijóo, en sede parlamentaria, intentara verbalizar un nuevo ataque a la gestión del presidente Sánchez y a los casos de corrupción de su entorno recurriendo a una referencia cultural -Anatomía de un instante-, no siendo capaz de articularlo con claridad. Evidenciando la distancia entre el guion que le escriben y el discurso que logra sostener. La ironía es difícil de obviar. Mientras la referencia fallida diseccionaba un momento excepcional de dignidad política, lo que aquí se revela —más allá del disparate de su intervención— es la anatomía de una gestión indecente.

Mazón no ha sido una anomalía ni una mancha aislada en la gestión del Partido Popular en la Generalitat Valenciana. Ha sido, y sigue siendo, un ejemplo nítido de lo que ocurre cuando la política se ejerce como dominio y no como servicio. Un ejemplo de lo que no es la dignidad, la responsabilidad ni la honorabilidad que exige representar a todo un pueblo. Ha utilizado la lealtad como escudo interesado, convirtiéndola en un instrumento de autodefensa frente a la ignominia, arrastrando consigo a quienes creyeron —como él— que esa lealtad también los protegería.

Es necesario recordarlo para que la riada de acontecimientos no arrastre la inmundicia de sus acciones, sus mentiras y su falta de dignidad y acaben perdiéndose en la inmensidad del océano mediático, político y social. La DANA devastó pueblos y vidas. La gestión política ha devastado algo igualmente esencial, la confianza democrática que, una vez quebrada, no se reconstruye con subvenciones, comunicados ni gestos calculados. Se restituye con verdad, asumiendo responsabilidades y con respeto real hacia quienes lo perdieron todo, empezando por la vida de sus seres queridos. Todo lo demás, no es gestión, es indecencia.

BRINDEMOS POR LO ESENCIAL: IDENTIDAD Y CUIDADO ENFERMERO Más allá de los rituales

“Cambiar la vida es posible; siempre ha sido posible.”

Simone de Beauvoir[1]

 

Superamos un año más. El calendario avanza con la precisión de un metrónomo que no se detiene, mientras nosotras —como personas y como sociedad— seguimos tropezando en demasiadas ocasiones con las mismas piedras. Resulta difícil comprender cómo, a pesar del tiempo transcurrido, persistimos en errores tan clamorosos como desastrosos en nuestra convivencia. Tanto en el ámbito más íntimo de la familia, como en el vecinal, en el profesional y, por supuesto, en el global. Cada cambio de año trae consigo un ritual repetido como conocido. el de los propósitos. Los formulamos con solemnidad, los brindamos con entusiasmo y los abandonamos con rapidez. Pierden fuerza como las burbujas del cava, efímeras y brillantes, hasta quedar en nada… al menos hasta el siguiente brindis, cuando repetimos el mismo gesto en una suerte de día de la marmota permanente.

No es mi intención detenerme en los múltiples conflictos internacionales, sociales o políticos que ilustran esta incapacidad colectiva para aprender de nuestros errores. Aunque es evidente que cada vez afectan más —y de manera más directa— a nuestras relaciones, a nuestros vínculos, a nuestras normas y a nuestros valores, poniendo en riesgo equilibrios tan básicos como el respeto, la libertad o la convivencia. Hoy quiero centrarme en otra inquietud, quizá menos visible en los titulares, pero no menos decisiva. Los propósitos que, como enfermeras, nos planteamos. No tanto a nivel individual —reflexión que cada cual deberá hacer con honestidad— sino a nivel colectivo, como ciencia, como disciplina o como profesión.

Son muchos los frentes a los que debemos responder. Algunos tienen que ver con el corporativismo, como las condiciones laborales, reconocimiento retributivo, relaciones interprofesionales, espacios de decisión. Son importantes, nadie lo duda, y acaban impactando de una u otra forma en nuestra acción cotidiana. Pero no es ahí donde quiero poner el foco. Porque cuando el debate se queda exclusivamente en lo corporativo, en mirarnos permanentemente el ombligo, corremos el riesgo de perder de vista lo esencial. Y lo esencial, para las enfermeras no es, ni más, ni menos, que el cuidado. Nuestra identidad profesional. Nuestro orgullo de pertenencia. Nuestra visibilidad, nuestro valor y nuestro liderazgo.

Existe una idea profundamente arraigada —y profundamente errónea— según la cual primero deben resolverse las reivindicaciones corporativas para después, casi por añadidura, fortalecer la identidad profesional. La realidad nos demuestra justo lo contrario. Es el compromiso con nuestra esencia, con aquello que nos define como enfermeras, lo que acaba influyendo de manera decisiva en el logro de mejoras laborales, en el reconocimiento social y en la capacidad de interlocución. No a la inversa. Cuando una profesión tiene claro quién es, qué aporta y para qué existe, su voz pesa más. Cuando duda de sí misma, se fragmenta o se diluye, otros hablan por ella. Sin caer, claro está, en el hedonismo y el egocentrismo que algunos practican llegando a considerarse divinidades infalibles y superiores.

Por eso, quizá el propósito más importante en este nuevo año debería ser avanzar de manera decidida en el camino de nuestra identidad. Desde la forma en que nos conocemos y nos reconocemos como enfermeras, hasta la manera en que respondemos —colectivamente— a las necesidades reales de la ciudadanía. Necesidades que no siempre se presentan en forma de enfermedad, sino de desigualdad, vulnerabilidad, inequidad, violencia, soledad, exclusión o vulneración de derechos. Es ahí donde el cuidado adquiere todo su sentido. Y es ahí donde debemos preguntarnos, sin circunloquios engañosos, en qué medida estamos dispuestas a transformar una realidad en la que con demasiada frecuencia nos diluimos, nos desdibujamos y desaparecemos.

Responder a los problemas de salud más allá de una perspectiva estrictamente sanitarista no es un eslogan; es una exigencia ética y profesional. Implica reconocer que la salud no se construye únicamente en entornos sanitarios, sino en contextos de vida concretos, atravesados por determinantes sociales y morales, culturales, económicos y relacionales. Implica asumir que nuestro conocimiento —científico y profesional— tiene valor precisamente porque se traduce en cercanía, en acompañamiento, en escucha, en capacidad de comprender a las personas en su complejidad. Y también implica liderazgo.

Hablar de liderazgo enfermero sigue generando incomodidad en algunos espacios. Tal vez porque liderar no es un título, ni un cargo, ni una fotografía institucional. Liderar es asumir riesgos. Es tomar decisiones que no siempre agradan. Es salir del lugar cómodo de la ejecución para ocupar el, a veces incómodo pero imprescindible, espacio de la responsabilidad. ¿Qué liderazgo estamos dispuestas a asumir? ¿Qué precio estamos dispuestas a pagar por él? Porque liderar desde el cuidado no significa imponer, sino consensuar; no significa competir, sino construir; no significa ocupar, sino transformar.

Este liderazgo no surge de la nada. Requiere una formación sólida, coherente y alineada con el paradigma enfermero. Y aquí conviene hacerse otra pregunta tan incómoda como necesaria, ¿qué formación estamos exigiendo para nosotras mismas y para quienes vienen detrás? ¿Una formación que nos prepare para pensar, analizar, investigar, decidir y liderar desde el cuidado? ¿O una formación que nos convierta en meras correas de transmisión de órdenes ajenas, por muy sofisticadas que estas sean? No se trata de negar la importancia de la técnica o del trabajo en equipo transdisciplinar, sino de evitar que nuestra aportación quede reducida a una función instrumental, desprovista de pensamiento crítico y de autonomía profesional.

El valor de nuestros cuidados tampoco es un asunto menor. No basta con saber que son importantes; es necesario creerlo, defenderlo y saber explicarlo. A la comunidad a la que atendemos, a otras profesiones y, también, a nosotras mismas. Porque cuando no somos capaces de nombrar y poner en valor lo que hacemos, otros lo hacen por nosotras… y no siempre desde una comprensión fiel de nuestra aportación. Trasladar el valor del cuidado implica hacerlo visible, medible cuando sea necesario, narrable y comprensible. Implica salir del silencio cómodo y del “siempre se ha hecho así”.

En este camino, la memoria profesional juega un papel fundamental. Nuestras referentes —las que abrieron camino en contextos mucho más adversos— no son un icono del pasado ni una excusa para la nostalgia. Son parte de nuestra memoria colectiva. Respetarlas no significa inmovilizarnos, sino reconocer que lo que hoy somos es fruto de una construcción histórica. Incorporar su legado con sentido crítico, sin dogmatismos, pero sin olvidos, nos permite avanzar con raíces. Porque una profesión sin memoria es una profesión frágil, fácilmente moldeable por intereses ajenos.

Otro de los interrogantes que conviene abordar tiene que ver con nuestras organizaciones de representación. ¿Qué papel deben jugar? ¿Qué esperamos de ellas? Y, quizá lo más importante, ¿qué estamos dispuestas a aportar nosotras para que sean realmente operativas, útiles, participativas y resolutivas? La implicación no puede hacerse desde la complacencia, pero tampoco desde la mera distancia contemplativa ni desde una crítica estéril que no aporta alternativas. Exigir, criticar y fiscalizar es necesario; hacerlo desde la transparencia, la responsabilidad y la acción transformadora, imprescindible. Porque se trata de nuestras instituciones, de nuestros representantes, y no podemos pretender que se transformen desde la pasividad, el desprecio o la desafección. La fortaleza de una organización profesional depende, en gran medida, de la implicación consciente y corresponsable de quienes la conforman. La corresponsabilidad no es un concepto abstracto; es una práctica cotidiana que requiere tiempo, compromiso y, una vez más, asumir riesgos.

En este contexto, merecen una atención especial las sociedades científicas enfermeras, expresión inequívoca de la madurez de una profesión y de su desarrollo científico. Permanecer instaladas en su periferia, sin incorporarse a ellas como agentes activos de cambio, innovación y evolución, no es una opción neutra: es contribuir a que la profesión languidezca y se deslice hacia la intrascendencia profesional y científica. Las sociedades científicas no son espacios ajenos ni elitistas; son —o deberían ser— lugares de construcción colectiva del conocimiento enfermero y de proyección científica.

Y junto a ellas, la Universidad debe ser reconocida no solo como un ámbito laboral más, sino como el verdadero crisol de nuestro conocimiento propio y específico. Un espacio que ha de favorecer su transmisión, su cuestionamiento y su evolución a través de una docencia y una investigación en equilibrio real, con el firme propósito de que la ciencia enfermera forme parte de la academia sin complejos ni vergüenza alguna. Esto exige docentes e investigadoras enfermeras de máximo nivel, comprometidas con su disciplina y capaces de articular su acción con las enfermeras que prestan cuidados en la comunidad, de la que la propia Universidad forma parte. Sin esa conexión viva entre academia y práctica, el conocimiento se empobrece y la profesión pierde una de sus palancas fundamentales de legitimación y desarrollo.

Todas estas preguntas convergen en un único propósito, ser y sentirse enfermera. A nivel individual, colectivo y compartido. No como una identidad impuesta desde fuera, sino como una construcción consciente, asumida y defendida. Y aquí conviene marcar una diferencia clara con los propósitos habituales de inicio de año. No estamos hablando de ir al gimnasio, hacer dieta o dejar de fumar —propósitos legítimos, pero a menudo tan reiterados como incumplidos—. Estamos hablando de algo mucho más profundo, como es asumir con decisión, ilusión, valentía y acción nuestra identidad profesional.

Asumirla implica reconocer nuestra capacidad de cambio, nuestra empatía, nuestra compasión, nuestra cercanía, pero también nuestro conocimiento, nuestra capacidad de investigación, de análisis y de innovación. Implica reivindicar la escucha como herramienta terapéutica, el acompañamiento como intervención profesional y el cuidado como respuesta a la necesidad de dignidad humana. Porque, en última instancia, es a las personas, a las familias y a las comunidades a quienes nos debemos. Son ellas nuestra razón de ser.

Por eso es importante decir con claridad que no somos enfermeras porque lo necesite el sistema sanitario, ni la técnica, ni otras profesiones. No se trata de proclamarnos imprescindibles —nadie lo es de manera única—, sino de reconocer nuestra especificidad. Nuestro valor singular reside en nuestros cuidados y en el conocimiento científico que los sustenta. Un conocimiento que no compite, sino que se interrelaciona con el de otras disciplinas y con el saber de la propia comunidad. Esa es la riqueza del trabajo en salud cuando se hace desde el respeto y la complementariedad.

Quizá este debería ser el verdadero propósito por el que brindar. No un deseo vacío, sino un compromiso renovado. Un compromiso que no se agota en el primer trimestre del año, ni se abandona ante la primera dificultad. Un compromiso progresivo, consciente de que el cambio no es inmediato, pero también de que sin constancia no hay transformación posible. Renovarlo año tras año no como un ritual, sino como una reafirmación de sentido.

Si algo nos ha enseñado la experiencia es que la enfermería no avanza cuando espera a que otros decidan por ella. Avanza cuando se reconoce, se organiza, se forma y actúa desde su esencia. Ese es, quizá, el brindis que merece la pena, el de seguir ofreciendo nuestra mejor versión como enfermeras, con los pies en la realidad, la mirada en la comunidad y el cuidado como brújula. Porque ahí, y solo ahí, el tiempo que pasa deja de ser un enemigo para convertirse en aliado.

[1] Filósofa, profesora, escritora y activista feminista francesa (1908-1986)

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