EL FRACASO COLECTIVO DE LA POLÍTICA La democracia que dejamos escapar

La política institucional lleva tiempo deslizándose por una pendiente peligrosa que ya no puede explicarse únicamente por la polarización ideológica ni por el desgaste propio de los ciclos democráticos. Lo que estamos presenciando es algo más profundo y más corrosivo, la sustitución progresiva de la política por el ruido, del debate por el espectáculo y del interés general por la supervivencia partidista. Los partidos se acusan entre sí de corrupción, machismo o xenofobia en un intercambio constante de reproches que no busca esclarecer responsabilidades ni mejorar la vida de la ciudadanía, sino defenderse desgastando al adversario y ocupar espacio mediático. La confrontación se ha convertido en un fin en sí mismo.

En ese escenario, la ciudadanía asume un papel pasivo. Asiste como espectadora a broncas televisivas, tertulias radiofónicas, debates incendiarios en redes sociales y discusiones de café y carajillo donde la indignación sustituye al análisis. Se consume política como confrontación y entretenimiento, no como herramienta de transformación y entendimiento. Mientras tanto, los problemas reales siguen sin abordaje serio ni soluciones estructurales, quedando sistemáticamente relegados por no encajar en el formato del conflicto inmediato, del titular fácil o del eslogan eficaz.

Unos han optado por utilizar el miedo al avance de la ultraderecha como estrategia defensiva. Se alerta de su peligro, pero se ofrece poco más que gestión del mal menor, apelaciones al voto útil o llamamientos genéricos a frenar lo peor. Otros, en cambio, han decidido normalizarla, pactando o utilizándola como palanca de poder, considerándola una opción legítima del juego democrático.

La ultraderecha no surge por generación espontánea ni avanza gracias a sus líderes. Ocupa un espacio que otros han abandonado. Construye un relato simple para problemas complejos, niega evidencias científicas y sociales, desprecia el conocimiento científico y sustituye el pensamiento crítico por consignas emocionales. Ofrece certezas falsas en un contexto de incertidumbre. No propone proyectos viables, pero sí identifica culpables claros. Y eso, para quienes viven en la precariedad, la frustración o la sensación de abandono, resulta profundamente atractivo como discurso antisistema.

Especialmente preocupante es su capacidad para captar a una juventud a la que nadie escucha con seriedad. Jóvenes precarizados, sin expectativas claras, con dificultades para emanciparse y con la percepción de que el sistema no les ofrece futuro. Frente a la complejidad y las explicaciones extensas, la ultraderecha ofrece mensajes simples, identidades fuertes y un sentimiento de pertenencia inmediato. No importa lo que se dice, sino cómo se dice. El tono desafiante, la estética de la rebeldía y la promesa de romper con todo lo establecido funcionan como un potente imán.

Se va normalizando el odio al diferente, el repliegue identitario, la exaltación de una patria vacía de contenido, pero saturada de símbolos, el rechazo a la igualdad entendida como amenaza, el machismo reivindicado como autenticidad y la violencia verbal como alternativa al diálogo y antesala de otro tipo de violencia. Se conforma una masa acrítica, emocionalmente movilizada, más leal a un líder que a unos valores democráticos compartidos. El liderazgo fuerte sustituye al pensamiento colectivo y nace el culto mesiánico, la promesa de redención y la ilusión de una tierra prometida donde desaparecerán todas sus frustraciones y se expulsará a “los pecadores” y enemigos de la patria, ocupando el lugar de la política deliberativa.

Pero sería un error focalizar la responsabilidad exclusivamente en la ultraderecha. La responsabilidad es más amplia e incómoda. Es de quienes han vaciado la política de contenido, de quienes han renunciado a explicar la complejidad por miedo a perder votos, de quienes han confundido gobernar con comunicar y de quienes han dejado de escuchar a amplias capas de la sociedad. De unos medios de comunicación que amplifican el conflicto porque genera audiencia, y de una cultura democrática debilitada por la prisa, la inmediatez, el individualismo, el hedonismo, la simplificación y el desencanto.

Después vendrán los “ya lo advertimos”, “no había alternativa”, “la gente no entendió”. Pero entonces será tarde. Porque cuando el autoritarismo se normaliza, ya no se discute, se impone. Sus exigencias, sus vetos, sus reduccionismos y sus negacionismos contaminan la acción política cotidiana y erosionan la convivencia, la tolerancia, la igualdad, la libertad y la propia democracia.

Llegados a ese punto, las etiquetas ideológicas dejan de proteger. Ni izquierdas ni derechas, ni nacionalismos ni liberalismos. Cuando la democracia se vacía de contenido, solo queda resistir, defender espacios de dignidad y sostener principios básicos frente al deterioro institucional. La pregunta ya no es solo si aún estamos a tiempo, sino cuánto más estamos dispuestos a perder antes de reaccionar.

Hemos perdido demasiado tiempo, energía, confianza, ilusión y esperanza en la posibilidad de construir una sociedad más justa, más equitativa y más decente. Depende de lo que seamos capaces de cambiar colectivamente, con responsabilidad, compromiso democrático y voluntad de construir. No de lo que permitamos destruir por miedo, comodidad o cálculo político.

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