BRINDEMOS POR LO ESENCIAL: IDENTIDAD Y CUIDADO ENFERMERO Más allá de los rituales

“Cambiar la vida es posible; siempre ha sido posible.”

Simone de Beauvoir[1]

 

Superamos un año más. El calendario avanza con la precisión de un metrónomo que no se detiene, mientras nosotras —como personas y como sociedad— seguimos tropezando en demasiadas ocasiones con las mismas piedras. Resulta difícil comprender cómo, a pesar del tiempo transcurrido, persistimos en errores tan clamorosos como desastrosos en nuestra convivencia. Tanto en el ámbito más íntimo de la familia, como en el vecinal, en el profesional y, por supuesto, en el global. Cada cambio de año trae consigo un ritual repetido como conocido. el de los propósitos. Los formulamos con solemnidad, los brindamos con entusiasmo y los abandonamos con rapidez. Pierden fuerza como las burbujas del cava, efímeras y brillantes, hasta quedar en nada… al menos hasta el siguiente brindis, cuando repetimos el mismo gesto en una suerte de día de la marmota permanente.

No es mi intención detenerme en los múltiples conflictos internacionales, sociales o políticos que ilustran esta incapacidad colectiva para aprender de nuestros errores. Aunque es evidente que cada vez afectan más —y de manera más directa— a nuestras relaciones, a nuestros vínculos, a nuestras normas y a nuestros valores, poniendo en riesgo equilibrios tan básicos como el respeto, la libertad o la convivencia. Hoy quiero centrarme en otra inquietud, quizá menos visible en los titulares, pero no menos decisiva. Los propósitos que, como enfermeras, nos planteamos. No tanto a nivel individual —reflexión que cada cual deberá hacer con honestidad— sino a nivel colectivo, como ciencia, como disciplina o como profesión.

Son muchos los frentes a los que debemos responder. Algunos tienen que ver con el corporativismo, como las condiciones laborales, reconocimiento retributivo, relaciones interprofesionales, espacios de decisión. Son importantes, nadie lo duda, y acaban impactando de una u otra forma en nuestra acción cotidiana. Pero no es ahí donde quiero poner el foco. Porque cuando el debate se queda exclusivamente en lo corporativo, en mirarnos permanentemente el ombligo, corremos el riesgo de perder de vista lo esencial. Y lo esencial, para las enfermeras no es, ni más, ni menos, que el cuidado. Nuestra identidad profesional. Nuestro orgullo de pertenencia. Nuestra visibilidad, nuestro valor y nuestro liderazgo.

Existe una idea profundamente arraigada —y profundamente errónea— según la cual primero deben resolverse las reivindicaciones corporativas para después, casi por añadidura, fortalecer la identidad profesional. La realidad nos demuestra justo lo contrario. Es el compromiso con nuestra esencia, con aquello que nos define como enfermeras, lo que acaba influyendo de manera decisiva en el logro de mejoras laborales, en el reconocimiento social y en la capacidad de interlocución. No a la inversa. Cuando una profesión tiene claro quién es, qué aporta y para qué existe, su voz pesa más. Cuando duda de sí misma, se fragmenta o se diluye, otros hablan por ella. Sin caer, claro está, en el hedonismo y el egocentrismo que algunos practican llegando a considerarse divinidades infalibles y superiores.

Por eso, quizá el propósito más importante en este nuevo año debería ser avanzar de manera decidida en el camino de nuestra identidad. Desde la forma en que nos conocemos y nos reconocemos como enfermeras, hasta la manera en que respondemos —colectivamente— a las necesidades reales de la ciudadanía. Necesidades que no siempre se presentan en forma de enfermedad, sino de desigualdad, vulnerabilidad, inequidad, violencia, soledad, exclusión o vulneración de derechos. Es ahí donde el cuidado adquiere todo su sentido. Y es ahí donde debemos preguntarnos, sin circunloquios engañosos, en qué medida estamos dispuestas a transformar una realidad en la que con demasiada frecuencia nos diluimos, nos desdibujamos y desaparecemos.

Responder a los problemas de salud más allá de una perspectiva estrictamente sanitarista no es un eslogan; es una exigencia ética y profesional. Implica reconocer que la salud no se construye únicamente en entornos sanitarios, sino en contextos de vida concretos, atravesados por determinantes sociales y morales, culturales, económicos y relacionales. Implica asumir que nuestro conocimiento —científico y profesional— tiene valor precisamente porque se traduce en cercanía, en acompañamiento, en escucha, en capacidad de comprender a las personas en su complejidad. Y también implica liderazgo.

Hablar de liderazgo enfermero sigue generando incomodidad en algunos espacios. Tal vez porque liderar no es un título, ni un cargo, ni una fotografía institucional. Liderar es asumir riesgos. Es tomar decisiones que no siempre agradan. Es salir del lugar cómodo de la ejecución para ocupar el, a veces incómodo pero imprescindible, espacio de la responsabilidad. ¿Qué liderazgo estamos dispuestas a asumir? ¿Qué precio estamos dispuestas a pagar por él? Porque liderar desde el cuidado no significa imponer, sino consensuar; no significa competir, sino construir; no significa ocupar, sino transformar.

Este liderazgo no surge de la nada. Requiere una formación sólida, coherente y alineada con el paradigma enfermero. Y aquí conviene hacerse otra pregunta tan incómoda como necesaria, ¿qué formación estamos exigiendo para nosotras mismas y para quienes vienen detrás? ¿Una formación que nos prepare para pensar, analizar, investigar, decidir y liderar desde el cuidado? ¿O una formación que nos convierta en meras correas de transmisión de órdenes ajenas, por muy sofisticadas que estas sean? No se trata de negar la importancia de la técnica o del trabajo en equipo transdisciplinar, sino de evitar que nuestra aportación quede reducida a una función instrumental, desprovista de pensamiento crítico y de autonomía profesional.

El valor de nuestros cuidados tampoco es un asunto menor. No basta con saber que son importantes; es necesario creerlo, defenderlo y saber explicarlo. A la comunidad a la que atendemos, a otras profesiones y, también, a nosotras mismas. Porque cuando no somos capaces de nombrar y poner en valor lo que hacemos, otros lo hacen por nosotras… y no siempre desde una comprensión fiel de nuestra aportación. Trasladar el valor del cuidado implica hacerlo visible, medible cuando sea necesario, narrable y comprensible. Implica salir del silencio cómodo y del “siempre se ha hecho así”.

En este camino, la memoria profesional juega un papel fundamental. Nuestras referentes —las que abrieron camino en contextos mucho más adversos— no son un icono del pasado ni una excusa para la nostalgia. Son parte de nuestra memoria colectiva. Respetarlas no significa inmovilizarnos, sino reconocer que lo que hoy somos es fruto de una construcción histórica. Incorporar su legado con sentido crítico, sin dogmatismos, pero sin olvidos, nos permite avanzar con raíces. Porque una profesión sin memoria es una profesión frágil, fácilmente moldeable por intereses ajenos.

Otro de los interrogantes que conviene abordar tiene que ver con nuestras organizaciones de representación. ¿Qué papel deben jugar? ¿Qué esperamos de ellas? Y, quizá lo más importante, ¿qué estamos dispuestas a aportar nosotras para que sean realmente operativas, útiles, participativas y resolutivas? La implicación no puede hacerse desde la complacencia, pero tampoco desde la mera distancia contemplativa ni desde una crítica estéril que no aporta alternativas. Exigir, criticar y fiscalizar es necesario; hacerlo desde la transparencia, la responsabilidad y la acción transformadora, imprescindible. Porque se trata de nuestras instituciones, de nuestros representantes, y no podemos pretender que se transformen desde la pasividad, el desprecio o la desafección. La fortaleza de una organización profesional depende, en gran medida, de la implicación consciente y corresponsable de quienes la conforman. La corresponsabilidad no es un concepto abstracto; es una práctica cotidiana que requiere tiempo, compromiso y, una vez más, asumir riesgos.

En este contexto, merecen una atención especial las sociedades científicas enfermeras, expresión inequívoca de la madurez de una profesión y de su desarrollo científico. Permanecer instaladas en su periferia, sin incorporarse a ellas como agentes activos de cambio, innovación y evolución, no es una opción neutra: es contribuir a que la profesión languidezca y se deslice hacia la intrascendencia profesional y científica. Las sociedades científicas no son espacios ajenos ni elitistas; son —o deberían ser— lugares de construcción colectiva del conocimiento enfermero y de proyección científica.

Y junto a ellas, la Universidad debe ser reconocida no solo como un ámbito laboral más, sino como el verdadero crisol de nuestro conocimiento propio y específico. Un espacio que ha de favorecer su transmisión, su cuestionamiento y su evolución a través de una docencia y una investigación en equilibrio real, con el firme propósito de que la ciencia enfermera forme parte de la academia sin complejos ni vergüenza alguna. Esto exige docentes e investigadoras enfermeras de máximo nivel, comprometidas con su disciplina y capaces de articular su acción con las enfermeras que prestan cuidados en la comunidad, de la que la propia Universidad forma parte. Sin esa conexión viva entre academia y práctica, el conocimiento se empobrece y la profesión pierde una de sus palancas fundamentales de legitimación y desarrollo.

Todas estas preguntas convergen en un único propósito, ser y sentirse enfermera. A nivel individual, colectivo y compartido. No como una identidad impuesta desde fuera, sino como una construcción consciente, asumida y defendida. Y aquí conviene marcar una diferencia clara con los propósitos habituales de inicio de año. No estamos hablando de ir al gimnasio, hacer dieta o dejar de fumar —propósitos legítimos, pero a menudo tan reiterados como incumplidos—. Estamos hablando de algo mucho más profundo, como es asumir con decisión, ilusión, valentía y acción nuestra identidad profesional.

Asumirla implica reconocer nuestra capacidad de cambio, nuestra empatía, nuestra compasión, nuestra cercanía, pero también nuestro conocimiento, nuestra capacidad de investigación, de análisis y de innovación. Implica reivindicar la escucha como herramienta terapéutica, el acompañamiento como intervención profesional y el cuidado como respuesta a la necesidad de dignidad humana. Porque, en última instancia, es a las personas, a las familias y a las comunidades a quienes nos debemos. Son ellas nuestra razón de ser.

Por eso es importante decir con claridad que no somos enfermeras porque lo necesite el sistema sanitario, ni la técnica, ni otras profesiones. No se trata de proclamarnos imprescindibles —nadie lo es de manera única—, sino de reconocer nuestra especificidad. Nuestro valor singular reside en nuestros cuidados y en el conocimiento científico que los sustenta. Un conocimiento que no compite, sino que se interrelaciona con el de otras disciplinas y con el saber de la propia comunidad. Esa es la riqueza del trabajo en salud cuando se hace desde el respeto y la complementariedad.

Quizá este debería ser el verdadero propósito por el que brindar. No un deseo vacío, sino un compromiso renovado. Un compromiso que no se agota en el primer trimestre del año, ni se abandona ante la primera dificultad. Un compromiso progresivo, consciente de que el cambio no es inmediato, pero también de que sin constancia no hay transformación posible. Renovarlo año tras año no como un ritual, sino como una reafirmación de sentido.

Si algo nos ha enseñado la experiencia es que la enfermería no avanza cuando espera a que otros decidan por ella. Avanza cuando se reconoce, se organiza, se forma y actúa desde su esencia. Ese es, quizá, el brindis que merece la pena, el de seguir ofreciendo nuestra mejor versión como enfermeras, con los pies en la realidad, la mirada en la comunidad y el cuidado como brújula. Porque ahí, y solo ahí, el tiempo que pasa deja de ser un enemigo para convertirse en aliado.

[1] Filósofa, profesora, escritora y activista feminista francesa (1908-1986)

MENTIR PARA SOBREVIVIR: ANATOMÍA DE UNA GESTIÓN INDECENTE

De Carlos Mazón no sorprende ya casi nada. Quizá ahí resida una de las peores derrotas colectivas, la normalización del despropósito. Que active con una rapidez casi obscena su Oficina del Expresident, apenas horas después de oficializarse su cese, no es un simple trámite administrativo. Es un gesto político. Un mensaje. Una exhibición de impunidad maquillada de legalidad. Despacho en un céntrico edificio de Alicante, dos asesores, coche oficial, chófer y seguridad pagados con dinero público. Todo conforme a la norma. Todo, igualmente, indecente.

La ley le ampara, nadie lo discute. El problema es que hay comportamientos que, aun siendo legales, resultan moralmente intolerables. Mazón dimitió por una gestión nefasta de la DANA y por una actitud indigna ante una tragedia que costó la vida a 230 personas, que no merecieron ni un día de contención, ni una mínima renuncia simbólica, ni una señal de respeto hacia sus familias. En contraposición ahora hay prisa, diligencia y entusiasmo para asegurarse privilegios vitalicios. La urgencia aparece cuando conviene.

Ahora, el expresidente da otro paso que retrata aún mejor su falta de ética. Contrata a su primer asesor, José Manuel Cuenca, jefe de Gabinete durante su etapa en el Palau. Elegido, no por currículum, sino por lealtad. No es una decisión neutra, ni técnica, ni inocente. Es una reafirmación de método. Porque hablamos de alguien que estuvo ahí, en el núcleo duro, en el perímetro donde se cocina lo que se dice, lo que se calla, lo que se maquilla y lo que se niega. Su nombramiento no es transparencia, sino blindaje. No anticipa rendición de cuentas, sino construcción de relato. Y supone una nueva afrenta a toda la ciudadanía.

La comparación es tan inevitable como lacerante. La velocidad con la que Mazón ha asegurado su estatus y comodidades contrasta con la negligencia con la que actuó cuando ejercía de president. Cuando la urgencia era salvar vidas, coordinar recursos, informar con claridad y liderar con dignidad, reinó la desidia. Ahora, para garantizarse un futuro confortable, la eficiencia es inmediata. Es una forma de entender lo público como botín.

Ante este escenario, conviene formular una pregunta, ¿qué mensaje se lanza a la sociedad valenciana cuando quien ha fracasado en su deber esencial —proteger a la ciudadanía— es premiado con prerrogativas que miles de personas honestas jamás conocerán? Porque mientras unos se aseguran despacho, asesores y chófer, otros luchan por vivir con dignidad, por reconstruir lo perdido, por acceder a ayudas que se eternizan, por sostener la vida cotidiana entre burocracias, precariedad y cansancio. La desigualdad no solo se padece, también se aprende cuando el poder se reserva privilegios sin pudor.

Y hay un elemento añadido que multiplica la indignación. Son recursos pagados con los impuestos del pueblo valenciano al que se falló. Con su trabajo. Con su paciencia. Con su confianza, tantas veces traicionada. Más aún cuando siguen sin despejarse, entre otras, las sombras sobre el destino del dinero donado para las personas damnificadas, proveniente de la decencia colectiva. Al contrario, se percibe opacidad, silencios estratégicos y una sensación insoportable, la de que, mientras unos sufren, otros se reorganizan para seguir viviendo bien.

Cabe preguntarse, sin rodeos ni eufemismos, qué pretenden aportar desde unos puestos tan injusta como indignamente ocupados. ¿A quién creen que pueden engañar de nuevo después de una estela sostenida de mentiras, medias verdades y relatos construidos para ocultar responsabilidades? ¿Quién necesita las aportaciones de quienes no solo no estuvieron cuando debían estar, sino que dedicaron sus esfuerzos a protegerse, a victimizarse y a envolver su fracaso de demagogia? La respuesta es evidente, no aportan nada que no sea autoprotección, relato interesado y perpetuación del privilegio. Ocupar esos cargos no solo resulta moralmente reprobable, sino que debería evitarse si existiera un mínimo compromiso ético con una ciudadanía que merece algo más que la repetición obscena del engaño.

Podrán ocupar sus puestos “por ley”. Pero no podrán recuperar la legitimidad moral, ni volver a caminar por cualquier calle de la Comunitat Valenciana sin ser señalados por quienes no han olvidado. No por venganza, sino por memoria. No por odio, sino por justicia. No por partidismo, sino por dignidad. La dignidad de las víctimas, la de quienes sí estuvieron, la de una ciudadanía que se niega a aceptar que el poder sea sinónimo de privilegio y la política una coartada para evadir responsabilidades y acceder a privilegios.

Actuaciones como esta, erosionan la credibilidad de las instituciones. Y ahí radica el peligro. Porque una cosa es criticar a quienes las ocupan y otra muy distinta debilitar lo que representan las instituciones. Cuando la legalidad se utiliza como refugio para la indecencia, la democracia se resiente. Cuando la ciudadanía relaciona impunidad con premio, concluye, que cumplir no compensa y que mandar es rentable. La historia ya ha mostrado demasiadas veces qué ocurre con esa certeza.

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