
Carlos Mazón no será recordado únicamente por la nefasta gestión política de la DANA de 2024 en la provincia de València, sino por haber convertido una tragedia colectiva en un ejercicio obsceno de autoprotección, manipulación del relato y desprecio hacia las víctimas. No fue solo lo que hizo —o dejó de hacer— antes, durante y después del desastre, sino la forma en que arrastró consigo a instituciones, cargos y siglas, como si él mismo fuera una prolongación política de la devastación que causó la riada.
Desde el inicio, la gestión de Mazón se sostuvo sobre pilares frágiles. La mentira reiterada, el cambio constante de versiones y una estrategia comunicativa diseñada para confundir. Con cada nuevo argumento desmentido por los hechos, se erosionaba no solo su credibilidad personal, sino la de la institución que presidía. La honorabilidad implícita en el tratamiento de Molt Honorable quedó reducida a una fórmula vacía, carente de contenido ético. La empatía, imprescindible en cualquier cargo público y aún más en contextos de dolor y pérdida, la evitó. Y la decencia política —la que lleva implícita la asunción de responsabilidades— fue sistemáticamente ignorada.
Pero Mazón no actuó solo. Su conducta fue avalada, defendida y, en demasiadas ocasiones, ocultada por dirigentes de su partido y por una parte de su electorado, presos de una idea de lealtad mal entendida. Una lealtad que no se dirige a la ciudadanía ni a la verdad, sino a la preservación del poder y a la protección mutua frente a cualquier rendición de cuentas. Lealtad tramposa que nace del miedo, del temor a que cuestionar a Mazón suponga poner en evidencia actitudes propias, silencios cómplices o responsabilidades compartidas.
La petición de la jueza instructora de Catarroja, a la que tanto temen, ha solicitado que se faciliten los mensajes de WhatsApp intercambiados entre Mazón y Alberto Núñez Feijóo, ampliando el foco de la responsabilidad política y moral. Feijóo se incorpora así, por mérito propio, a una lista que ejemplifica una de las formas más indignas de ejercer la política. Aquella que antepone el beneficio personal y partidista a la verdad, aunque ello implique mentir, encubrir y ser cómplice de una gestión miserable que dejó centenares de muertos y miles de personas cuya vida tardará años en recomponerse.
La citación de Feijóo como testigo el próximo día 9, a la que ha solicitado no comparecer presencialmente, constituye una nueva muestra de desprecio hacia las víctimas y de cobardía política. No es la incomodidad lo que está en juego, sino el temor a que la verdad comprometa su posición. Por otra parte, la presentación de un acta notarial para avalar los mensajes recibidos de Mazón no refuerza su veracidad; al contrario, evidencia una debilidad profunda, la necesidad de aparentar formalmente un relato inconsistente. Más grave aún es la omisión de sus propios mensajes de respuesta, amparada en el argumento infantil y tramposo de que no le fueron solicitadas, lo que retrata con claridad su catadura moral.
El contenido que va conociéndose de los mensajes confirma, además, que el comportamiento de Mazón no solo fue compartido, sino apoyado y aplaudido por su “presi” y por una corte política que sigue intentando maquillar lo evidente. Incluido el actual presidente de la Generalitat, Juan Fran Pérez Lorca, por mucho que aparente desmarcarse.
Y en todo este relato, resulta especial y tristemente paradójico que Feijóo, en sede parlamentaria, intentara verbalizar un nuevo ataque a la gestión del presidente Sánchez y a los casos de corrupción de su entorno recurriendo a una referencia cultural -Anatomía de un instante-, no siendo capaz de articularlo con claridad. Evidenciando la distancia entre el guion que le escriben y el discurso que logra sostener. La ironía es difícil de obviar. Mientras la referencia fallida diseccionaba un momento excepcional de dignidad política, lo que aquí se revela —más allá del disparate de su intervención— es la anatomía de una gestión indecente.
Mazón no ha sido una anomalía ni una mancha aislada en la gestión del Partido Popular en la Generalitat Valenciana. Ha sido, y sigue siendo, un ejemplo nítido de lo que ocurre cuando la política se ejerce como dominio y no como servicio. Un ejemplo de lo que no es la dignidad, la responsabilidad ni la honorabilidad que exige representar a todo un pueblo. Ha utilizado la lealtad como escudo interesado, convirtiéndola en un instrumento de autodefensa frente a la ignominia, arrastrando consigo a quienes creyeron —como él— que esa lealtad también los protegería.
Es necesario recordarlo para que la riada de acontecimientos no arrastre la inmundicia de sus acciones, sus mentiras y su falta de dignidad y acaben perdiéndose en la inmensidad del océano mediático, político y social. La DANA devastó pueblos y vidas. La gestión política ha devastado algo igualmente esencial, la confianza democrática que, una vez quebrada, no se reconstruye con subvenciones, comunicados ni gestos calculados. Se restituye con verdad, asumiendo responsabilidades y con respeto real hacia quienes lo perdieron todo, empezando por la vida de sus seres queridos. Todo lo demás, no es gestión, es indecencia.