
Mucho se está hablando en los últimos tiempos de los riesgos potenciales asociados al uso de la inteligencia artificial en numerosos ámbitos de nuestra vida. Se advierte de su capacidad para sustituir profesionales, de su impacto en el empleo, de los dilemas éticos que plantea delegar decisiones complejas en sistemas automatizados y de la pérdida progresiva de control humano sobre procesos que afectan directamente a las personas. Sin embargo, buena parte de ese debate se formula como si estuviéramos ante un escenario futuro, aún por llegar, cuando en realidad algunos de esos efectos ya están plenamente instalados en nuestro día a día, de forma silenciosa, normalizada y apenas cuestionada.
El ámbito sanitario es un ejemplo claro de ello. Hoy resulta casi imposible obtener una cita con un profesional de la salud mediante una interlocución humana directa. La asignación de citas se realiza a través de sistemas informatizados que gestionan las agendas de forma automática. Ni la persona que solicita atención ni, en muchos casos, el propio profesional que la atiende pueden modificar el día y la hora de la consulta. Todo queda en manos de un programa que responde a criterios de eficiencia técnica.
Este modelo puede parecer un avance. Se presenta como una forma moderna de organizar el trabajo, de optimizar recursos y de evitar ineficiencias. Sin embargo, esa supuesta mejora no contempla el contexto humano de la atención. La máquina gestiona agendas, pero no empatiza con las personas. No identifica ni valora circunstancias esenciales que condicionan el acceso a un profesional.
La máquina no sabe si la persona que solicita la cita tiene noventa años, si, aunque sea autónoma presenta dificultades de movilidad, si vive a una distancia considerable del centro sanitario, si carece de transporte público, si depende de un familiar para desplazarse o si las condiciones climatológicas hacen inviable acudir a la cita. Tampoco valora situaciones de soledad, fragilidad social, pobreza o dependencia. Simplemente ejecuta algoritmos y asigna una hora, incluso cuando esa hora hace prácticamente imposible que la persona acuda.
Lo más preocupante es que esta despersonalización no se corrige cuando interviene un profesional. Aunque exista sensibilidad, voluntad y criterio para adaptar la cita a las características de la persona atendida, el sistema no lo permite. El profesional tampoco puede modificar lo que el programa ha decidido. La tecnología no actúa como una herramienta al servicio del cuidado, sino como un marco rígido que condiciona y limita la práctica profesional. El profesional queda reducido a un intermediario sin capacidad real de decisión.
Cuando la persona no puede acudir a la cita asignada, la alternativa suele ser dirigirse al Servicio de Atención e Información al Paciente (SAIP). Allí se le informa, con frecuencia, de la posibilidad de presentar una queja formal que, si no es respondida en el plazo de un mes, debe entenderse como no admitida. Este procedimiento no solo resulta disuasorio, sino que evidencia hasta qué punto la organización ha interiorizado una lógica mecanizada en la que la persona se adapta al sistema y no al revés. Además, se trata de un servicio que forma parte del propio engranaje institucional, lo que limita seriamente su capacidad para actuar con independencia y eficacia. El sistema se protege a sí mismo.
La inteligencia artificial ofrece, sin duda, enormes posibilidades en muchos ámbitos. Nadie discute su potencial para mejorar procesos, analizar grandes volúmenes de datos o apoyar determinadas decisiones. Pero convertirla en un beneficio global sin analizar el tipo de servicio que sustituye ni las consecuencias de estandarizar respuestas es profundamente irresponsable. En sanidad, las decisiones no pueden desligarse de la biografía, la vulnerabilidad y los condicionantes sociales de las personas. Cuando se eliminan esas variables, se incrementa la inequidad y se deteriora la calidad de la atención.
Si ya se acepta sin apenas debate que una máquina decida cuándo y cómo una persona accede a una consulta, resulta legítimo preguntarse qué ocurrirá cuando estas tecnologías empiecen a intervenir de forma directa en la valoración de síntomas, en la interpretación del malestar o en la orientación diagnóstica. Porque no cabe ninguna duda de que ese escenario llegará. Y, cuando llegue, no habrá vuelta atrás.
Resulta especialmente contradictorio oír hablar sobre la necesidad de humanizar la sanidad mientras se tolera, e incluso se impulsa, una tecnología que deshumaniza, despersonaliza y desvaloriza la relación de la atención. Los profesionales protestan por la presión asistencial, los salarios injustos, las guardias insoportables o la especificidad normativa, pero no se alza la voz ante el impacto de una tecnología que está transformando el cuidado en un proceso frío, estandarizado y ajeno a la realidad de las personas.
Lo verdaderamente inquietante es que todo esto apenas ha comenzado. Si no actuamos, la deshumanización llegará disfrazada de eficiencia, modernidad e innovación, cuando en realidad estará vaciando de sentido uno de los pilares fundamentales del sistema sanitario, el cuidado.