
Tras algo más de dos meses en la presidencia de la Generalitat, Pérez Llorca ha intentado proyectar una imagen de renovación que, en realidad, se asemeja más a un ejercicio de maquillaje político que a una transformación real. No partía de una posición cómoda. El relevo se produjo en un contexto de deterioro institucional, descrédito público y fuerte crispación social. Creyó que bastaba con rebajar el tono, cuidar las formas y ofrecer algunas escenificaciones de normalidad democrática. Pero, como ocurre con el maquillaje, el efecto inicial puede resultar convincente, pero es artificial y transitorio. Con el paso del tiempo, las imperfecciones reaparecen, y la realidad se impone.
Desde el inicio, el nuevo president optó por una estrategia basada en la escenificación. Discursos medidos, gestos de supuesta apertura y una puesta en escena orientada a transmitir serenidad y diálogo. La fotografía con los grupos de la oposición se presentó como una nueva etapa de comunicación constructiva. Un buen golpe de efecto. Pero también una imagen vacía de contenido político real. Porque normalizar una situación institucional gravemente dañada no consiste en posar, sino en adoptar decisiones que rompan con las inercias del pasado. Y esas decisiones no tan solo no han llegado, sino que ni tan siquiera se tiene la predisposición de acometerlas.
Ese maquillaje, además, ni siquiera logra disimular un elemento central de la actual legislatura, como es el secuestro político al que VOX sigue sometiendo al Consell. La dependencia parlamentaria se traduce en una agenda marcada por retrocesos o bloqueos en ámbitos tan sensibles como la igualdad, la política ambiental, el acceso a la vivienda, la gestión migratoria o la protección y promoción de la lengua propia. Más que estabilidad, esta subordinación funciona como una espada de Damocles permanente sobre el nuevo president, generando parálisis institucional y debilitando la capacidad del gobierno para adoptar decisiones valientes y estructurales. Y ya vemos a dónde conduce esta sumisión política, tras los resultados electorales de Extremadura y Aragón. A ello se añade la necesidad de acomodar el discurso y la acción política a las directrices marcadas desde Madrid por Feijóo, orientadas a preservar equilibrios orgánicos del partido, aunque ello implique relegar las prioridades de la Comunitat Valenciana, así como la escenificación de sintonías con Díaz Ayuso que no solo resultan estériles, sino que en nada benefician al pueblo valenciano.
La constitución de la comisión mixta Generalitat–Gobierno central para abordar las consecuencias de la DANA es un ejemplo revelador de esta política de la apariencia. Más allá de la fotografía institucional, su funcionamiento ha servido para volver a escenificar acusaciones cruzadas, ausencia de autocrítica y una incapacidad manifiesta para avanzar. Pero el problema no es solo de método, sino de enfoque. Hablar de “reconstrucción” como retorno al punto previo a la catástrofe es una trampa conceptual. Volver a antes no es una solución, sino la antesala de nuevas tragedias. Lo que hace falta no es reconstruir, sino construir de nuevo, con medidas eficaces que garanticen la seguridad de la población y una verdadera política de prevención.
La dimisión de Carlos Mazón fue una decisión necesaria. Pero fue claramente insuficiente. De haber existido voluntad real de renovación, hubiese tenido que ir acompañada de un distanciamiento político nítido y sin ambigüedades. Ha ocurrido exactamente lo contrario. El nuevo president no solo no ha marcado distancias, sino que ha recompensado a su antecesor mediante incremento de ingresos, asignaciones opacas y el inmediato acceso del Sr. Mazón a la Oficina de Apoyo y el nombramiento como asesor de su colaborador más estrecho, confidente y encubridor político. Un gesto que más allá del cumplimiento administrativo, supone un acto de desprecio institucional.
Desprecio que resulta aún más evidente si se contrasta con el trato dispensado a las víctimas. Siguen sin ser citadas a la Comisión de la DANA en Les Corts y sin que se haya avanzado en la restitución del daño causado. La asimetría es clamorosa, privilegios y blindajes para el poder; silencio y espera para las víctimas. Ni el paso del tiempo ni la acumulación de prerrogativas deberían ser refugio permanente para quien elude la verdad, la rendición de cuentas y las exigencias de justicia democrática.
Con el paso de las semanas, los discursos iniciales que pretendían aparentar moderación y diálogo se han ido diluyendo. En su lugar ha reaparecido el relato ya conocido de confrontación permanente con el Gobierno central, instrumentalización de las víctimas y ausencia de propuestas estructurales. Exactamente el mismo escenario que existía antes de la dimisión de Mazón. Por eso, más allá del cambio de rostro, nada ha cambiado en lo esencial.
La sabiduría popular lo expresa con crudeza, “muda el lobo los dientes, pero no las mientes”. O, si se prefiere, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. El problema no es el envoltorio, sino el contenido político que permanece intacto. Visto lo visto, para este viaje, sinceramente, no hacían falta estas alforjas. Y no podemos caer en la trampa de que “el tiempo todo lo cura”, porque no tan solo no es verdad, sino que es una crueldad.