PALABRAS, PODER Y CUIDADOS: LO QUE ESTÁ EN JUEGO EN LA SANIDAD PÚBLICA

 

«El cuidado es una ética de responsabilidad hacia los otros, no una debilidad moral.»

Carol Gilligan[1]

 

 

Mercantilización de la sanidad y erosión del cuidado: cuando la salud deja de ser el centro

Los sistemas públicos de salud atraviesan un momento de tensión estructural que va mucho más allá de los debates coyunturales sobre financiación, listas de espera o modelos organizativos. En el fondo, lo que está en juego es el sentido mismo de la sanidad pública, es decir, si debe orientarse a la promoción y protección de la salud desde una perspectiva integral o si, por el contrario, debe perpetuarse como un modelo asistencialista, productivista y crecientemente mercantilizado, donde la enfermedad se convierte en oportunidad de negocio y el cuidado en un coste prescindible. Este desplazamiento no es accidental ni neutro. Responde a una lógica ideológica que ha ido impregnando de forma progresiva en las políticas sanitarias de numerosos países, con especial incidencia en el contexto iberoamericano, pero también en España, donde la retórica de la eficiencia ha servido con frecuencia para justificar recortes, externalizaciones y una redefinición restrictiva de lo público[2].

Desde esta lógica, la sanidad deja de concebirse como un derecho social y pasa a entenderse como un servicio susceptible de generar rentabilidad²[3]. La consecuencia inmediata es una reorientación del sistema hacia aquello que resulta medible, facturable y rentable a corto plazo, en detrimento de intervenciones complejas, longitudinales y comunitarias que sostienen la salud a medio y largo plazo[4]. La promoción de la salud, la prevención, el abordaje de los determinantes sociales y morales o el acompañamiento de la cronicidad pierden centralidad frente a una atención focalizada en episodios agudos, procedimientos técnicos y actos clínicos de alto impacto económico. En este contexto, la salud queda subordinada a la enfermedad y la curación desplaza al cuidado como eje vertebrador del sistema[5].

Este giro tiene implicaciones profundas en términos de equidad. La evidencia muestra de forma consistente que los sistemas más orientados al mercado generan mayores desigualdades en el acceso, peores resultados en poblaciones vulneradas y una segmentación progresiva de la atención[6]. Se consolida así un modelo dual. Una sanidad privada de alta intensidad tecnológica y bajo compromiso comunitario para quienes pueden pagarla, y una sanidad pública tensionada, infrafinanciada y sobrecargada para el resto[7]. Este escenario no solo incrementa la morbi-mortalidad evitables, sino que erosiona la cohesión social y debilita la legitimidad de lo público como bien común[8].

En paralelo, la mercantilización refuerza modelos jerárquicos y disciplinarmente asimétricos. Al priorizar la producción de actos clínicos y la lógica del rendimiento individual, se revaloriza el modelo médico-centrista y se invisibilizan aportaciones fundamentales de otras disciplinas, especialmente aquellas vinculadas al cuidado, la continuidad de la atención y los cuidados y el trabajo comunitario[9]. Las enfermeras, pese a la robusta evidencia que demuestra su impacto positivo en resultados de salud, seguridad de las personas y eficiencia del sistema, continúan siendo situadas en posiciones subordinadas cuando el cuidado deja de ser considerado una inversión estratégica[10].

Nada de esto ocurre sin que genere consecuencias. La mercantilización no solo transforma la organización de los servicios, sino también los marcos culturales desde los que se interpreta qué es la salud, quién tiene autoridad para definirla y qué prácticas merecen reconocimiento social. Cuando el sistema se orienta casi exclusivamente a curar, diagnosticar y prescribir, el cuidado se diluye, se banaliza o se delega fuera del espacio sanitario, perdiendo su potencia transformadora. Recuperar una sanidad pública fuerte, equitativa y centrada en las personas exige, por tanto, cuestionar de raíz estos desplazamientos y volver a situar el cuidado —profesional, comunitario y éticamente comprometido— en el centro del proyecto sanitario[11].

 

Profesionalismo, jerarquía y conflicto: cuando la exclusividad se impone a la colaboración

La deriva mercantilizadora de los sistemas sanitarios no solo impacta en su orientación y en sus resultados en salud; también reconfigura las relaciones interprofesionales y tensiona los equilibrios históricos entre disciplinas. En este contexto, emergen con fuerza discursos que reivindican la exclusividad, la diferencia normativa y la jerarquización profesional como supuestos mecanismos de protección frente a la precarización. Sin embargo, lejos de fortalecer el sistema, estas estrategias tienden a fragmentarlo, deteriorando la convivencia interprofesional y debilitando la calidad de la atención[12].

La reciente controversia en torno a la reforma en España del Estatuto Marco de los profesionales de la salud ilustra con claridad este fenómeno. Más allá de reivindicaciones laborales legítimas —condiciones de trabajo, retribuciones, estabilidad o reconocimiento—, el colectivo médico ha planteado la necesidad de un marco estatutario propio y diferenciado, sustentado en una supuesta singularidad profesional que justificaría un tratamiento normativo exclusivo. Este planteamiento no se apoya en evidencias comparadas sólidas ni en modelos internacionales de éxito, sino en una concepción corporativa del poder profesional, difícilmente compatible con sistemas de salud modernos, complejos e interdependientes[13].

La literatura científica es clara al respecto. Los sistemas sanitarios con mejores resultados en salud, equidad y eficiencia son aquellos que fomentan la colaboración interprofesional, reconocen la complementariedad de saberes y distribuyen la autoridad en función de competencias, no de jerarquías históricas[14]. Cuando se institucionaliza la diferencia como privilegio y no como aportación específica, se generan dinámicas de exclusión que afectan tanto al clima laboral como a la experiencia de las personas atendidas. La fragmentación profesional no es un problema interno de los equipos, tiene consecuencias directas sobre la seguridad, la continuidad de la atención y los cuidados y la capacidad de respuesta a problemas complejos[15].

En este escenario, las enfermeras ocupan una posición especialmente sensible. Pese a su desarrollo académico, científico e investigador y competencial, y a la evidencia acumulada sobre su impacto en resultados de salud, comunitarios y organizativos, siguen siendo objeto de discursos que cuestionan su autonomía y su autoridad profesional. No se trata únicamente de un conflicto identitario, sino de una disputa por el modelo de sistema sanitario, uno centrado en la intervención puntual y la medicalización, frente a otro orientado al cuidado, la continuidad y la atención integral, integrada e integradora[16].

El deterioro de la convivencia interprofesional tiene además un efecto perverso, ya que alimenta la desafección profesional y favorece la migración —real o simbólica— hacia el sector privado, presentado como un espacio de mayor reconocimiento y control. Sin embargo, buena parte de la oferta sanitaria privada reproduce e incluso intensifica los mismos esquemas jerárquicos y productivistas, al tiempo que se beneficia de un sistema público debilitado que actúa como red de seguridad para los casos complejos y menos rentables[17]. Esta dinámica no solo es injusta, sino insostenible desde una perspectiva de salud pública.

Frente a ello, resulta imprescindible recuperar una noción de profesionalismo basada en la responsabilidad compartida, el respeto mutuo y la centralidad de las personas. La defensa de lo público no puede construirse desde trincheras corporativas ni desde la exclusión normativa, sino desde marcos comunes que reconozcan la diversidad disciplinar como fortaleza. Avanzar hacia sistemas de salud verdaderamente integrales exige abandonar las lógicas de poder heredadas y apostar decididamente por modelos interprofesionales que sitúen el cuidado —y no la jerarquía— como principio organizador[18],[19].

Medios de comunicación, imaginario sanitario y la hegemonía de lo médico-técnico

Si la mercantilización y las tensiones interprofesionales configuran la arquitectura interna de los sistemas sanitarios, los medios de comunicación desempeñan un papel decisivo en la construcción del imaginario social que los legitima. No se trata solo de qué se informa, sino de cómo se informa, desde qué marcos simbólicos y a quién se otorga autoridad para definir qué es la salud, quién la produce y cómo debe protegerse. En este terreno, el predominio de una mirada médico-técnica no es casual: responde a una larga tradición cultural que asocia la salud casi exclusivamente con el diagnóstico, la intervención y la curación, relegando el cuidado a un segundo plano, cuando no a la invisibilidad[20].

La cobertura mediática de los asuntos sanitarios suele privilegiar la espectacularidad tecnológica, los avances farmacológicos o las figuras profesionales asociadas al acto curativo, mientras que los procesos de acompañamiento, promoción de la salud, prevención, o atención comunitaria apenas encuentran espacio narrativo. Esta asimetría no solo distorsiona la percepción social de cómo se construye realmente la salud, sino que refuerza una visión reduccionista que identifica la eficacia sanitaria con la intervención puntual y altamente especializada[21]. El resultado es un relato incompleto que empobrece el debate público y limita la comprensión de los verdaderos retos sanitarios contemporáneos.

Esta lógica mediática tiene efectos acumulativos. Al reiterar una y otra vez los mismos protagonistas, lenguajes y enfoques -incluso de plataformas consideradas progresistas-, se consolida una jerarquía simbólica que naturaliza la subordinación de los cuidados y de quienes los prestan. Las enfermeras, pese a su presencia mayoritaria en el sistema y a su contacto continuado con las personas, sigue siendo representada de forma marginal, estereotipada o directamente ausente en los discursos mediáticos dominantes, sin que además rectifiquen cuando se les informa aportando evidencias de su reiterado sesgo[22]. Además, cuando puntualmente aparecen, suelen hacerlo asociándolas a valores vocacionales, emocionales o auxiliares, raramente como profesionales y científicas con capacidad de liderazgo, análisis y toma de decisiones.

Este desequilibrio narrativo no es inocuo. La literatura muestra que la forma en que los medios representan a las profesiones de la salud influye tanto en la percepción social de su valor como en las decisiones políticas y presupuestarias que les afectan[23]. Lo que no se nombra, no se mide; lo que no se visibiliza, no se prioriza. Así, la escasa presencia del cuidado en el espacio mediático contribuye a su infrafinanciación, a su menor reconocimiento institucional y a la dificultad para avanzar hacia modelos de atención más integrales y comunitarios.

Además, la fascinación por la técnica y medicalización encaja perfectamente con los intereses de un mercado sanitario en expansión. La sanidad privada encuentra en este relato un terreno fértil para promocionar servicios de alta tecnología, diagnósticos rápidos y soluciones individualizadas, presentadas como sinónimo de calidad y modernidad[24]. Frente a ello, los cuidados —menos visibles, menos espectaculares y excluidos del mercantilismo, aunque incluyan como parte del marketing empresarial— son percibidos como un gasto o una carga, cuando en realidad constituyen uno de los principales determinantes de resultados en salud, especialmente en contextos de cronicidad, envejecimiento y vulnerabilidad social[25].

Romper esta hegemonía simbólica exige una revisión profunda de los marcos desde los que se comunica la salud. No se trata de sustituir un protagonismo por otro, sino de ampliar el relato, incorporando miradas que reconozcan la complejidad de los procesos de salud-enfermedad-cuidado y la contribución imprescindible de todas las disciplinas. Recuperar el valor del cuidado en el espacio público implica también disputar el sentido común dominante y reivindicar una narrativa que sitúe a las personas, sus contextos y sus vínculos en el centro de la atención sanitaria[26].

 

Lenguaje, poder y cuidado: cuando las palabras también organizan la sanidad

El lenguaje no es un elemento neutro en salud. Nombrar es ordenar, jerarquizar y otorgar sentido. Los términos que utilizamos para describir la práctica sanitaria, las profesiones y sus aportaciones no solo reflejan una realidad preexistente, sino que contribuyen activamente a construirla. Por ello, las disputas contemporáneas en torno a los modelos de atención, la autoridad profesional y el papel de los cuidados no pueden entenderse sin atender al poder simbólico del lenguaje y a su capacidad para legitimar o invisibilizar determinadas prácticas[27].

En un contexto globalizado, dominado por la producción académica y discursiva anglosajona, es frecuente que conceptos, lemas y marcos interpretativos se trasladen de manera casi literal a otros espacios culturales. Sin embargo, esta traslación no siempre es inocua e inocente. Cuando los términos se descontextualizan y se aplican sin una mediación cultural adecuada, corren el riesgo de perder su sentido original, generar confusión o incluso alimentar tensiones no deseadas. Esto es especialmente relevante en el ámbito iberoamericano, donde las tradiciones en torno a la salud y los cuidados, los modelos profesionales y las relaciones interdisciplinares presentan especificidades históricas y culturales propias[28].

Por ejemplo, el lema elegido por el Consejo Internacional de Enfermeras (CIE) para el próximo Día Internacional de la Enfermera—“Las enfermeras empoderadas salvan vidas”— ofrece un buen ejemplo de esta complejidad. Más allá de la segura intención positiva que lo inspira, su traducción literal introduce términos que, en determinados contextos, pueden resultar problemáticos. El concepto de empoderamiento, ampliamente utilizado en el ámbito anglosajón, no siempre encuentra un encaje claro en el discurso sanitario iberoamericano, donde con frecuencia se asocia a la adquisición de poder en clave competitiva o confrontativa, más que a procesos colectivos de fortalecimiento profesional y social[29].

Algo similar ocurre con la expresión salvar vidas. Aunque en un sentido amplio puede entenderse como una metáfora del impacto positivo de los cuidados en la salud y el bienestar, su uso acrítico tiende a reforzar una narrativa heroica y excepcional que históricamente ha sido apropiada por el modelo curativo y médico-centrista. En lugar de visibilizar el valor del cuidado cotidiano, sostenido y relacional, corre el riesgo de ser interpretada como una disputa simbólica por un territorio que muchos consideran exclusivo de la intervención médica, desplazando el debate hacia lógicas de poder que poco aportan a la mejora de la atención[30].

Este tipo de desajustes lingüísticos adquiere mayor relevancia cuando se producen en el seno de organizaciones internacionales con amplia capacidad de influencia global. El hecho de que la presidencia actual del CIE recaiga en un profesional procedente del ámbito hispanohablante debería interpretarse como una oportunidad para cuidar especialmente estas mediaciones culturales, no solo en términos de traducción, sino de adecuación conceptual y estratégica. En un escenario de creciente tensión interprofesional, el lenguaje no puede ser un elemento accesorio, al tratarse de una herramienta política con efectos reales sobre la percepción social, la cohesión profesional y la acción colectiva[31].

Lejos de rechazar el lema o de reducir el debate a una cuestión terminológica, resulta más productivo releerlo desde el paradigma del cuidado y de la salud comunitaria. Las enfermeras no “salvan vidas” en el sentido excepcional del acto heroico, sino que sostienen vidas, las acompañan, las protegen y las hacen más vivibles, además de acompañar también en el vinal de la vida y en el duelo que generas, especialmente en contextos de vulnerabilidad, cronicidad y desigualdad. Su aportación no reside en la conquista de poder frente a otros, sino en el fortalecimiento de capacidades individuales y colectivas para vivir con mayor salud, dignidad y autonomía[32].

Cuidar el lenguaje es, en definitiva, cuidar el modelo de salud que se quiere promover. Si se aspira a sistemas sanitarios más humanos, integrales y equitativos, resulta imprescindible abandonar traducciones automáticas y marcos simbólicos heredados que refuerzan jerarquías obsoletas. Solo desde un uso consciente, situado y éticamente comprometido del lenguaje será posible avanzar hacia una cultura sanitaria donde el cuidado deje de ser explicado a la defensiva y pase a ocupar, sin ambigüedades, el lugar central que le corresponde[33].

 

Salud comunitaria, cuidados y futuro: lo que está en juego no es una profesión, sino un modelo de sociedad

Todo lo analizado hasta aquí —la mercantilización de la sanidad, la fragmentación interprofesional, la hegemonía de lo médico-técnico en el imaginario social y la disputa simbólica en torno al lenguaje— converge en un punto central, el cuestionamiento del modelo de salud que queremos como sociedad[34].

La salud comunitaria representa, en este sentido, un espacio especialmente vulnerable, pero también estratégico. Vulnerable porque sus resultados no siempre son inmediatos, visibles o fácilmente cuantificables; estratégico porque es precisamente ahí donde se abordan los determinantes sociales, morales, relacionales y contextuales que explican la mayor parte de los problemas de salud contemporáneos[35]. Cuando los sistemas sanitarios se debilitan, cuando lo público se repliega y cuando el cuidado pierde centralidad, es la salud comunitaria la primera en ser sacrificada.

La evidencia internacional es clara en este sentido. Los países con sistemas de atención primaria fuertes, con una orientación comunitaria real y con enfermeras autónomas, competentes y reconocimiento, obtienen mejores resultados en salud, y una utilización más racional de los recursos[36],[37]. No es una cuestión ideológica, sino empírica. Sin embargo, estos modelos requieren una apuesta política sostenida y una ruptura consciente con las lógicas corporativistas que fragmentan la atención y concentran el poder y por ende el empoderamiento en unos pocos actores.

En este escenario, el liderazgo de los cuidados por parte de las enfermeras emerge no como una amenaza, sino como una necesidad sistémica. Liderar cuidados no significa desplazar a otras profesiones ni apropiarse de competencias que no les corresponden -como reiteradamente y de manera maliciosa se quiera hacer creer-, sino asumir con responsabilidad y legitimidad aquello para lo que están mejor preparadas: coordinar la atención, garantizar la continuidad, acompañar procesos complejos y articular respuestas integrales centradas en las personas, las familias y las comunidades[38]. Negar este liderazgo no debilita solo a la enfermería; debilita al sistema en su conjunto.

Persistir en modelos jerárquicos, en normativas excluyentes o en discursos que refuerzan la excepcionalidad de unos frente a la complementariedad de otros conduce inevitablemente a sistemas menos humanos, menos eficaces y más injustos. La historia reciente demuestra que la competencia entre profesiones no mejora la atención, mientras que la cooperación basada en el reconocimiento mutuo sí lo hace[39]. La interprofesionalidad no puede ser tan solo una etiqueta de conveniencia, debe traducirse en marcos normativos, reguladores, organizativos y culturales que la hagan posible.

Defender sistemas nacionales de salud públicos, potentes y orientados a la comunidad implica, por tanto, defender una ética del cuidado frente a la lógica del beneficio, una gobernanza compartida frente a la jerarquía cerrada y una concepción de la salud como bien común frente a su mercantilización progresiva[40].

Si algo ha puesto de manifiesto este momento de tensión es que sin cuidados no hay salud, y sin sistemas públicos que los protejan y los sitúen en el centro, no hay cohesión social ni democracia sanitaria, ni empoderamiento real. Reconocerlo no debería ser motivo de conflicto, sino el punto de partida para reconstruir, desde la responsabilidad compartida, un modelo de atención que vuelva a poner la vida —toda la vida— en el centro[41].

[1] Feminista, filósofa y psicóloga estadounidense. (1936).

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