
“Todo sistema está perfectamente diseñado para obtener los resultados que obtiene.
Edwards Deming[1]
La paradoja del progreso y la crisis de legitimidad
Existe un consenso amplio —académico, profesional y social— en que los sistemas sanitarios atraviesan una crisis profunda. No porque hayan dejado de producir avances espectaculares en términos diagnósticos, terapéuticos o tecnológicos, sino porque, paradójicamente, cuanto más sofisticados se vuelven, más se resquebraja su legitimidad social. El problema no es lo que fueron, ni siquiera lo que son capaces de hacer, sino aquello en lo que se han ido convirtiendo.
Durante décadas, especialmente en Europa, los sistemas sanitarios públicos fueron referencia de equidad, cohesión social y progreso democrático. La Organización Mundial de la Salud ya advirtió en su histórico informe sobre Atención Primaria que debían orientarse hacia las personas y no hacia las estructuras ni los intereses sectoriales[2]. Sin embargo, el desarrollo posterior no siempre siguió ese rumbo.
Hoy la paradoja es inquietante. Nunca habíamos contado con tanta evidencia científica, especialización profesional, innovación biosanitaria y capacidad tecnológica. Y, sin embargo, la percepción social de deterioro crece. Las listas de espera se cronifican, la fragmentación de la atención aumenta, la deshumanización es evidente y la ciudadanía comienza a cuestionar aquello que durante décadas consideró incuestionable.
El informe de la Comisión Lancet sobre Sistemas Sanitarios de Alta Calidad fue contundente al decir que no basta con ampliar cobertura o incorporar tecnología; la calidad real implica seguridad, eficacia, experiencia de las personas y confianza pública[3]. Y es precisamente en esos ámbitos donde emergen las grietas.
No estamos ante una contradicción insalvable. El problema no es que la tecnología haya avanzado, sino que lo haya hecho de forma desequilibrada respecto a la humanización, el cuidado, la equidad o la participación. El progreso científico no ha caminado al mismo ritmo que el progreso organizativo y cultural. La excelencia técnica ha eclipsado la excelencia relacional.
Por su parte, la literatura sobre “missed nursing care” muestra cómo la sobrecarga, la fragmentación y la presión productivista provocan omisiones involuntarias en los cuidados fundamentales[4]. No hablamos de negligencia, sino de sistemas diseñados bajo lógicas que priorizan el procedimiento sobre la presencia, el indicador sobre la interacción y el rendimiento sobre la relación.
Así pues, el modelo biomédico, extraordinariamente eficaz para abordar procesos agudos y complejos, se ha convertido en paradigma dominante incluso para problemas crónicos, sociales o estructurales. El resultado es una hipertrofia hospitalaria acompañada de una infradotación sistemática de la Atención Primaria y Comunitaria, fenómeno reiteradamente señalado por la OCDE[5], que provocan gran parte de los problemas actuales de los Sistemas Sanitarios a nivel internacional.
Hasta aquí, el análisis podría parecer redundante y poco novedoso, a pesar de lo cual nada cambia. Pero existe una dimensión menos abordada —y quizá más incómoda— como es el progresivo desplazamiento del centro del debate.
Cuando el sistema deja de ser el eje y lo ocupan los intereses corporativos
Y es que el debate público ya no gira prioritariamente en torno a qué sistema necesitamos, sino en torno a qué papel asumen los profesionales en el sistema actual: si actúan como agentes de transformación o como piezas funcionales de una estructura que apenas se cuestiona. Y aunque ambas cuestiones están relacionadas, no son equivalentes. Porque no es lo mismo reivindicar mejores condiciones dentro del modelo que interrogar críticamente el modelo mismo.
Las reivindicaciones laborales, salariales o formativas son legítimas. Nadie puede cuestionar la necesidad de condiciones dignas, estabilidad profesional o reconocimiento académico. De hecho, múltiples estudios muestran que las condiciones laborales influyen directamente en resultados de salud y seguridad de las personas[6]. Pero cuando el eje del debate se desplaza exclusivamente hacia el interés corporativo, el riesgo es evidente, ya que se diluye la perspectiva estructural.
La pregunta deja de ser “¿qué necesita la población?” para convertirse en “¿qué necesitan los profesionales?”. Y aunque ambas dimensiones deberían confluir, no siempre lo hacen.
En muchos contextos, la discusión se reduce a un planteamiento lineal, centrado en el manido pero efectista relato sobre la falta de más médicos, más enfermeras, más fisioterapeutas. Sin embargo, el propio análisis de la Comisión Lancet señalaba que el problema no es solo de número, sino de distribución, organización y adecuación a necesidades reales2. Incrementar plantillas sin rediseñar estructuras puede perpetuar ineficiencias.
En este mismo sentido, la investigación en sistemas sanitarios insiste en que el reto es sistémico. Berwick lo sintetizó con la Triple Aim: mejorar experiencia de la persona, mejorar salud poblacional y equilibrar costes[7]. Ninguno de estos objetivos se alcanza únicamente ampliando el número de profesionales sin planificación estratégica.
En este contexto emerge otro fenómeno igualmente preocupante, como es la creciente corporativización del debate sanitario. Determinadas organizaciones profesionales adoptan discursos simplistas, victimistas, demagógicos o de confrontación que, aun generando cohesión interna y un apoyo popular tramposo y cautivo, no necesaria ni habitualmente consiguen transformación estructural. Se centran en estar permanentemente mirándose el ombligo y en preguntar exclusivamente y ¿“de lo mío qué? El impacto mediático sustituye al análisis riguroso y el conflicto interprofesional desplaza a la cooperación.
El resultado es un ecosistema tensionado, donde las luchas competenciales ocupan el espacio que debería dedicarse a la planificación basada en necesidades poblacionales, vulnerabilidad social o determinantes de la salud.
Michael Marmot demostró que la salud depende en gran medida de factores sociales estructurales[8]. Sin embargo, la arquitectura de nuestros sistemas continúa organizada en torno a especialidades y jerarquías profesionales más que en torno a determinantes sociales y morales o necesidades comunitarias. Todo lo cual se traduce en una exacerbación de egos cargada de tópicos, falacias y demagogias populistas tendentes a conseguir el apoyo popular y el rechazo hacia el sistema al que hace culpable de todo.
Cuando el sistema no evoluciona estructuralmente, pero sí lo hacen las reivindicaciones corporativas, se genera una tensión permanente que deriva en parálisis. Se negocian cupos, retribuciones, competencias y estatus, mientras los problemas organizativos de fondo —fragmentación, hospitalcentrismo, inequidad territorial, débil participación ciudadana— permanecen intactos. Esta dinámica no solo bloquea una profunda y necesaria reforma, sino que alimenta indirectamente procesos de privatización encubierta.
La ética del cuidado, como plantea Joan Tronto, implica responsabilidad colectiva y compromiso político[9]. Sin embargo, el discurso dominante en muchos foros profesionales ha desplazado esa ética hacia una lógica de posicionamiento laboral.
No se trata de enfrentar profesionales con sistema. Se trata de recuperar el orden de prioridades. Primero, el sistema como estructura pública responsable de la salud colectiva; después, la organización de los recursos —profesionales incluidos— en función de ese propósito. Porque, cuando la planificación se invierte, el sistema se convierte en escenario de disputas y deja de ser instrumento de salud pública. Entonces la crisis deja de ser meramente tecnológica o financiera para revelarse como lo que realmente es: una crisis de orientación y de coherencia entre lo que decimos que es la salud y la forma en que organizamos el sistema para generarla, promoverla y mantenerla.
Gestión, politización y parálisis estructural
La Organización Mundial de la Salud ya advertía que la gestión sanitaria exige liderazgo orientado a valores, coherencia estratégica y participación social[10]. Sin embargo, la politización partidista y la instrumentalización del debate sanitario como arma electoral dificultan cualquier reforma estructural profunda.
La salud se ha convertido con demasiada frecuencia en símbolo identitario o en argumento de confrontación parlamentaria. Las decisiones estructurales se posponen para evitar costes políticos inmediatos; las concesiones responden más a presiones coyunturales, de lobbies de presión o sectoriales que a planificación basada en evidencia. Se anuncian refuerzos puntuales, pero se evita revisar la arquitectura organizativa que sostiene los problemas.
Pero, si aceptamos que la crisis es estructural, entonces la pregunta no debe plantearse sobre la base de cuántos profesionales faltan —aunque en determinados contextos falten—, sino qué modelo de sistema queremos construir y cómo redistribuimos capacidades en función de necesidades reales, vulnerabilidad o equidad. Sin rediseño organizativo, cualquier incremento cuantitativo es un parche sobre un modelo agotado.
Porque la planificación sanitaria implica anticipación demográfica, análisis territorial, evaluación de necesidades y redistribución estratégica. Pero cuando el debate se reduce a negociación salarial o ampliación lineal de plazas, el corto plazo sustituye a la visión sistémica.
Universidad, reproducción del modelo y mercantilización del conocimiento
En este escenario, además, existe otro agente fundamental que no siempre se tiene en cuenta. La universidad, que desempeña un papel decisivo, sin embargo, queda atrapada en la lógica de adaptación al sistema vigente más que en la misión de transformarlo que debiera ser su principal objetivo.
Las facultades de ciencias de la salud han ido alineando progresivamente sus planes formativos con los requerimientos inmediatos del mercado laboral sanitario. La competencia técnica específica ha ganado peso, mientras la reflexión crítica sobre modelos organizativos, determinantes sociales y morales y dimensión ética del cuidado pierde centralidad. Ya lo advertía el informe de Frenk y colaboradores sobre la transformación de la educación para la salud, cuando insistía en que formar profesionales para un nuevo siglo exige fortalecer la comprensión sistémica y no solo la pericia técnica[11].
El resultado es una paradoja que no debiera ignorarse: profesionales altamente cualificados en el plano técnico, pero formados en marcos que reproducen exactamente los mismos errores que perpetúan el modelo actual. Se aprende a desempeñarse en el sistema tal como es, no a cuestionarlo ni a rediseñarlo[12].
A esta dinámica se suma la mercantilización del conocimiento. La investigación tiende a orientarse hacia líneas tecnológicamente atractivas y financiables, mientras los estudios sobre organización, cuidados fundamentales o modelos comunitarios reciben menor visibilidad y apoyo[13]. Se genera así un circuito de retroalimentación en el que el sistema demanda perfiles adaptados a su estructura actual; la universidad los forma; las organizaciones profesionales defienden su espacio dentro de esa misma estructura. El modelo permanece intacto. Y la sociedad sufre las consecuencias.
Ciudadanía, confianza y resultados poblacionales
Pero, a pesar de lo que pueda parecer, la ciudadanía sufre y reconoce sus consecuencias, y eso erosiona progresivamente la confianza. La percepción social de deterioro no surge del desconocimiento, sino de la experiencia cotidiana, entre otras, de consultas breves, itinerarios fragmentados, sensación de anonimato, dificultades de acceso y desigualdades territoriales. La confianza —ese intangible imprescindible— se erosiona cuando la técnica gana precisión, pero el trato pierde calidez.
La OCDE ha insistido en que la sostenibilidad de los sistemas no depende exclusivamente de financiación, sino de eficiencia organizativa y orientación hacia resultados en salud poblacional[14]. Y los resultados poblacionales no se alcanzan únicamente mediante procedimientos técnicos complejos, sino a través de continuidad de la atención y los cuidados, promoción de la salud, prevención, coordinación efectiva y abordaje de determinantes sociales y morales.
La evidencia internacional también es clara en este sentido, identificando que los sistemas con una Atención Primaria fuerte y una adecuada proporción de profesionales comunitarios obtienen mejores resultados en equidad y menor mortalidad evitable[15]. Sin embargo, la reivindicación cuantitativa lineal y persistente—“más profesionales”— rara vez se acompaña de análisis territorial riguroso que identifique dónde, para qué y bajo qué modelo organizativo son necesarios.
Desgaste profesional y disonancia ética
A esta ecuación se suma el desgaste emocional. El burnout, ampliamente documentado, refleja la tensión entre expectativas vocacionales y estructuras organizativas rígidas[16]. No se trata únicamente de carga de trabajo, sino de disonancia entre el ideal de atención y de cuidado y la práctica condicionada por tiempos, protocolos y presión productivista.
Muchos profesionales no cuestionan su disposición; cuestionan que el sistema les impida ejercerla conforme a sus convicciones éticas. Sin embargo, esa frustración no siempre se traduce en una demanda de transformación estructural, sino en reivindicaciones sectoriales que alivian síntomas sin modificar causas. Además, el propio sistema rara vez reconoce o incentiva la iniciativa orientada a la mejora, sino que tiende a aplicar lógicas uniformizadoras que igualan sin diferenciar compromiso, innovación o responsabilidad, desincentivando a quienes asumen liderazgo transformador y consolidando, en cambio, dinámicas de mera adaptación.
El conflicto interprofesional, por su parte, añade complejidad. Las disputas por competencias, estatus o liderazgo disciplinar generan ruido y desvían la atención de la finalidad común. La evidencia demuestra que la colaboración interprofesional mejora resultados y reduce eventos adversos[17]. Sin embargo, la cultura jerárquica y la defensa identitaria dificultan su implementación real. El “trabajo en equipo” se invoca con insistentemente como un mantra, pero sin articularlo en estructuras que lo hagan posible. No basta con desearlo ni con reiterarlo como consigna; requiere promoción activa, apoyo organizativo, condiciones que lo faciliten y una exigencia institucional clara que lo sitúe como acción estratégica de mejora tanto para los profesionales como para la población a la que se atiende.
Recuperar la orientación: del corporativismo al bien público
En base a todo ello, la pregunta de fondo sigue siendo incómoda:
¿Estamos dispuestos —políticos, gestores, universidades y profesionales— a replantear el sistema desde la ciudadanía y no desde nuestras posiciones de poder?
La transformación no pasa únicamente, aun siendo importante, por aumentar presupuestos o plantillas. Pasa por rediseñar procesos, redistribuir responsabilidades, fortalecer la Atención Primaria y Comunitaria, integrar determinantes sociales y morales, promover participación ciudadana y consolidar liderazgos colaborativos.
Un sistema sanitario no es la suma de sus profesionales. Es la arquitectura que los organiza en torno al propósito común de proteger y mejorar la salud colectiva. Cuando esa arquitectura se subordina a intereses corporativos o electorales, pierde coherencia y orientación.
No estamos, por tanto, ante una crisis de talento ni de conocimiento científico. Estamos ante una crisis de prioridades.
La excelencia tecnológica sin humanización genera distancia.
La especialización sin integración genera fragmentación.
La reivindicación sin planificación genera parálisis.Necesitamos un pacto político, social, profesional, educativo y científico que sitúe la planificación basada en evidencia, equidad y participación como prioridad estructural. Que exija a los responsables políticos visión de Estado. Que demande a las universidades pensamiento crítico y no mera adaptación productiva. Que invite a los profesionales a trascender el corporativismo y asumir un liderazgo sistémico auténtico y que conciencie a la ciudadanía de su corresponsabilidad con su salud y con el sistema.
La crisis no es inevitable. Es consecuencia de decisiones —o de la ausencia de ellas—. Y, como tal, puede revertirse.
Un sistema sanitario no se mide por el brillo de su tecnología ni por la fuerza de sus corporaciones, sino por la confianza que genera, la equidad que garantiza y el cuidado que ofrece.
La pregunta ya no es si estamos en crisis.
La pregunta es si tenemos el coraje colectivo de reordenar nuestras prioridades.
Porque un sistema centrado en sí mismo enferma.
Un sistema centrado en las personas sana.
[1] Teórico empresarial, compositor, economista, ingeniero industrial, consultor de gestión, estadístico y escritor estadounidense (1900-1993).
[2] World Health Organization. The World Health Report 2008: Primary Health Care – Now More Than Ever. Geneva: WHO; 2008.
[3] Kruk ME, Gage AD, Arsenault C, et al. High-quality health systems in the Sustainable Development Goals era: time for a revolution. Lancet. 2018;392(10160):2203-2212.
[4] Kalisch BJ, Landstrom GL, Hinshaw AS. Missed nursing care: a concept analysis. J Adv Nurs. 2009;65(7):1509-1517.
[5] OECD. Health at a Glance 2023: OECD Indicators. Paris: OECD Publishing; 2023.
[6] Aiken LH, Sloane DM, Bruyneel L, et al. Nurse staffing and education and hospital mortality in nine European countries. Lancet. 2014;383(9931):1824-1830.
[7] Berwick DM, Nolan TW, Whittington J. The Triple Aim: care, health, and cost. Health Aff (Millwood). 2008;27(3):759-769.
[8] Marmot M. Fair Society, Healthy Lives (The Marmot Review). London: UCL Institute of Health Equity; 2010.
[9] Tronto JC. Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care. New York: Routledge; 1993.
[10] World Health Organization. Everybody’s Business: Strengthening Health Systems to Improve Health Outcomes. Geneva: WHO; 2007.
[11] Frenk J, Chen L, Bhutta ZA, et al. Health professionals for a new century: transforming education to strengthen health systems. Lancet. 2010;376(9756):1923-1958.
[12] Saltman RB, Ferroussier-Davis O. The concept of stewardship in health policy. Bull World Health Organ. 2000;78(6):732-739.
[13] Horton R. Offline: The case against medical journals. Lancet. 2015;385(9973):2296.
[14] OECD. Health at a Glance: Europe 2022. Paris: OECD Publishing; 2022.
[15] Starfield B, Shi L, Macinko J. Contribution of primary care to health systems and health. Milbank Q. 2005;83(3):457-502.
[16] West CP, Dyrbye LN, Shanafelt TD. Physician burnout: contributors, consequences and solutions. J Intern Med. 2018;283(6):516-529.
[17] Reeves S, Pelone F, Harrison R, Goldman J, Zwarenstein M. Interprofessional collaboration to improve professional practice and healthcare outcomes. Cochrane Database Syst Rev. 2017;6:CD000072.
Totalmente de acuerdo con el autor. Soy médico de AP en Madrid y me pregunto dónde estaban quienes apoyan las protestas actuales contra el estatuto marco cuando, por ejemplo, se produjo el reajuste de las urgencias extrahospitalarias tras la pandemia, cargándose los SAR, que habían funcionado a la perfección hasta el momento de dicho reajuste, manteniéndose firmes en lo peor de dicha pandemia, para, supuestamente, salvar a los SUAP del SUMMA112, que ya estaban moribundos a finales de 2019, gracias al inefable gerente, Dr. Busca. El resultado, como muchos saben en Madrid (los profesionales de los antiguos SAR, que fueron desplazados de sus puestos, y los usuarios de las urgencias extrahospitalarias, que son muchos, pero electoralmente son minoritarios) es que, actualmente es una aventura necesitar que te vea un médico en horario nocturno o de fin de semana, puesto que no sabes si estará dotado de dicho profesional el centro al que acudas, siendo la mayor parte de las veces que no, con lo cual, al final, lo que muchos usuarios deciden es ir directamente al hospital, lo que resulta en ineficiencia y, muchas veces en pérdida de tiempo, en ocasiones fatal para la salud de los usuarios.
Efectivamente, estas luchas corporativas no benefician a nadie, ni siquiera a quienes las apoyan, pues su interés no está en la mejora del sistema, sino en la perpetuación de sus vicios, que el autor señala.
Estimado Miguel, muchas gracias por su comentario y análisis de la situación.
Mo sabe lo mucho que agradezco que la comparta conmigo tras haber recibido innumerables insultos, descalificaciones e incluso amenazas por expresarme según lo que pienso y argumento.
Creo que la construcción de la salud y la sanidad es un compromiso colectivo de todas/os las/os profesionales con la ciudadanía.
De verdad, muchas gracias Miguel.