
VOX presentó una proposición de ley para prohibir el uso del burka y el niqab en espacios públicos. El Partido Popular decidió prestar su apoyo, en un movimiento que difícilmente puede desvincularse de las complejas negociaciones para conformar gobierno en comunidades como Extremadura y Aragón. Pero más allá de la aritmética parlamentaria y de las estrategias de aproximación entre ambas formaciones, lo verdaderamente relevante es el fondo ideológico que sostiene la iniciativa.
La propuesta se presentó con la envoltura aparentemente impecable de la defensa de la libertad y los derechos de las mujeres. Sin embargo, el planteamiento no nace de una preocupación genuina por la emancipación femenina, sino de una pulsión identitaria que señala al diferente como problema. La retórica de la “liberación” se convierte así en coartada para una política de exclusión.
Es evidente que el uso del burka o del niqab genera controversia en sociedades como la nuestra, donde la igualdad de género forma parte, aún al menos, del marco normativo y cultural. Resulta comprensible que muchas personas tengan dificultades para entender, compartir o incluso respetar prácticas asociadas a contextos religiosos y culturales distintos. El debate es legítimo. Pero no lo es, utilizarlo como ariete contra una comunidad concreta.
Porque conviene no engañarse, la prohibición no eliminaría el problema que dice querer resolver. Estas prendas no son simples accesorios; forman parte de un entramado cultural, religioso y simbólico complejo que, en muchos casos, ha sido interiorizado, normalizado e incluso es defendido por las propias mujeres que las portan. Pensar que una ley punitiva va a revertir esa realidad es, como mínimo, ingenuo. O deliberadamente cínico.
Cuando se legisla desde la imposición, lo que suele obtenerse es el efecto contrario al proclamado. La prohibición no emancipa; desplaza. No integra; expulsa. Y eso es precisamente lo que subyace en la iniciativa: quien no se adapte, que se marche. Es decir, la libertad que se invoca como argumento se transforma en coacción.
No hace tanto tiempo, bajo la dictadura franquista que algunos se resisten aún en reconocer y condenar con claridad, las mujeres estaban obligadas a cubrirse la cabeza en determinados contextos. Y hoy, sin ir más lejos, miles de mujeres que pertenecen a órdenes religiosas católicas —las monjas— cubren su cabello con una toca como parte de su identidad y compromiso espiritual, sin que ello genere el más mínimo reproche por parte de quienes ahora se erigen en guardianes de la libertad femenina. ¿Por qué en unas es una aberración y en otras una veneración? La respuesta no está en la defensa de los derechos de las mujeres, sino en quién encarna el símbolo y a qué cultura se le atribuye.
Nada de esto implica ignorar que existen prácticas culturales que vulneran derechos fundamentales y que deben ser abordadas. La ablación del clítoris es un ejemplo paradigmático. Pero su erradicación no se ha afrontado —ni con éxito ni con legitimidad— desde la simple prohibición penal aislada, sino mediante programas de intervención comunitaria, educación, mediación intercultural y trabajo sostenido con las propias comunidades afectadas. Se trata de transformar desde dentro, no de imponer desde fuera.
La diferencia entre ambos enfoques es sustancial. Uno parte del diálogo, el respeto y la convicción de que la igualdad se construye con las personas, no contra ellas. El otro se apoya en la confrontación, en la simplificación y en la búsqueda de rédito político a partir del miedo. Porque no nos engañemos, la iniciativa no surge en el vacío. Se inscribe en una estrategia más amplia de visibilización del migrante como amenaza, del islam como bloque homogéneo incompatible con “lo nuestro”.
Resulta especialmente paradójico que quienes denuncian el supuesto adoctrinamiento en las aulas cuando se educa en valores sobre igualdad, convivencia y respeto, recurran ahora a la legislación para imponer su propia doctrina cultural. Se invoca la democracia para limitar libertades individuales; se apela a la igualdad para estigmatizar; se habla de derechos de las mujeres sin escuchar a las mujeres concretas a las que se dice defender.
El debate sobre el burka y el niqab no puede reducirse a una proclama, ni a un gesto legislativo efectista. Exige rigor, sensibilidad y, sobre todo, honestidad intelectual. Si de verdad preocupa la situación de las mujeres musulmanas, la apuesta pasa por reforzar políticas de integración, garantizar acceso a educación, empleo y servicios públicos, y promover espacios de participación donde expresar su voz sin tutelas ni instrumentalizaciones.
Prohibir es siempre la vía más sencilla cuando lo que se busca no es resolver un problema, sino exhibir autoridad. Convertir una cuestión compleja en un símbolo de confrontación puede dar réditos y apoyos a corto plazo. A largo plazo, erosiona el tejido común y genera enfrentamiento. Y una democracia que sacrifica la libertad en nombre de una supuesta protección termina pareciéndose demasiado a aquello que dice combatir.
Comparto tu visión. Yo añadiría que el uso de estas prendas en nuestro país no es un problema. No hay más que mirar en nuestras calles y ver que ni siquiera es un hecho anecdótico. Lo que tenemos que preguntarnos es por qué algunos se inventan problemas inexistentes y por qué tantos otros les siguen la corriente.
Totalmente de acuerdo con todos sus planteamientos alrededor de este tema, esta ley es más una postura política discriminativa frente a estas poblaciones y en especial contra las mujeres.