
Recientemente conocíamos el cierre de la papelería Eutimio, un establecimiento emblemático de Alicante que, tras casi un siglo de servicio, baja definitivamente la persiana. Podría parecer un hecho más en la dinámica natural del mercado. Los negocios nacen, crecen y desaparecen. Nada es eterno. Sin embargo, hay cierres que no responden únicamente al ciclo vital de una empresa, sino a un contexto político y económico que empuja, arrincona y expulsa. El de Eutimio no es solo un cierre comercial: es un síntoma.
No se trata de demonizar el turismo. Sería absurdo negar que constituye una fuente de riqueza y actividad económica. El turismo, bien gestionado, puede convivir con la vida cotidiana de una ciudad y reforzar su identidad. El problema, por tanto, no está en el turismo en sí, sino en el uso y abuso que se hace de él. Cuando ese uso se apoya en la especulación, el crecimiento desmedido, la falta de respeto a los entornos, el desprecio a las tradiciones propias y la destrucción paulatina de la convivencia, las ciudades que sucumben a esa lógica se transforman en lugares cada vez menos habitables, menos reconocibles, menos saludables, menos humanos.
Alicante lleva años transitando ese camino. Bajo el mandato del actual alcalde, Luis Barcala, la ciudad ha experimentado transformaciones visibles que proyectan una imagen luminosa y atractiva hacia el exterior. Pero, ¿a quién va dirigida esa ciudad renovada? Cada vez más, al visitante. Cada vez menos, al vecino.
La lógica es sencilla y profundamente preocupante: si algo no es rentable para el turista, pierde prioridad. El comercio tradicional cede espacio a franquicias impersonales; los alquileres se disparan por la presión de los pisos turísticos; la vivienda deja de ser un derecho para convertirse en activo financiero; los barrios se vacían de residentes para llenarse de estancias temporales. La ciudad se convierte en escaparate.
El cierre de Eutimio simboliza esa fagocitosis. No es un caso aislado. Otros establecimientos emblemáticos han desaparecido en silencio, absorbidos por una dinámica que privilegia la rotación rápida, el consumo acelerado y la homogeneización estética. Se pierde tejido social. Se pierde memoria. Se pierde identidad. Porque una ciudad no es solo playa, ni una agenda de festivales atractiva. Una ciudad es la red de relaciones, historias y comercios que dan sentido a sus calles.
El turismo desregulado actúa como un tumor que todo lo invade. Su crecimiento sin límites altera la fisonomía urbana, encarece los espacios, expulsa a los jóvenes y precariza el empleo. Bajo la promesa de prosperidad, se normaliza la especulación inmobiliaria, se tolera la saturación de espacios públicos y se trivializan las tradiciones convertidas en reclamo. Mientras tanto, se nos vende como la gallina de los huevos de oro. Huevos que no se reparten equitativamente. Se concentran en manos de unos pocos operadores y propietarios, con la complacencia —cuando no la complicidad— de quienes deberían velar por el interés general.
Regular no es prohibir, es proteger. Sin embargo, parece existir una aversión sistemática a cualquier regulación. Se rechaza la regulación de las personas migrantes, la del turismo, la de la vivienda y se prioriza el crecimiento cuantitativo sobre la sostenibilidad cualitativa. El resultado es una ciudad cada vez menos habitable para quienes la sostienen día a día. El empleo es cada vez más precario. Los salarios no siguen el ritmo de los alquileres. Los servicios públicos no crecen al compás de las necesidades. La convivencia se resiente.
Se dirá que siempre ha habido cambios, que la modernización exige sacrificios, que el mercado es soberano. Pero cuando el mercado se convierte en dogma y la política abdica de su función reguladora, la balanza se inclina peligrosamente. La ciudad deja de pertenecer a sus ciudadanos y pasa a estar al servicio de intereses externos. El mar y el sol, patrimonio común, parecen privatizarse simbólicamente en nombre de una deidad mercantilista que exige crecimiento constante.
¿Cuántos Eutimio más tendrán que cerrar para que asumamos que algo no funciona? ¿Cuántos vecinos deberán marcharse porque ya no pueden pagar el alquiler? ¿Cuántos barrios perderán su alma para convertirse en decorados intercambiables con cualquier otro destino turístico del Mediterráneo?
Alicante no puede reducirse a una marca. No puede ser únicamente un producto. Si el modelo actual continúa sin correcciones, corremos el riesgo de convertirla en una sombra de lo que fue y de lo que podría ser. Una ciudad viva, diversa, habitable y orgullosa de su identidad. El progreso no consiste en multiplicar visitantes a cualquier precio, sino en mejorar la vida de quienes habitan el lugar.
El cierre de Eutimio debería invitarnos a una reflexión colectiva. No se trata de nostalgia ni de resistencia irracional al cambio. Se trata de decidir qué ciudad queremos. Una ciudad para ser vivida o una ciudad para ser consumida. Porque cuando una ciudad deja de pertenecerse, comienza a desaparecer.