SAN JUAN DE DIOS, ENTRE EL HÁBITO Y LA IGUALDAD.

Vivimos en un país que, aun definiéndose en su Constitución como aconfesional —que no laico—, mantiene una arraigada tradición de asignar patronos y patronas a prácticamente cualquier oficio, profesión o actividad. No parece haber día, dedicación o colectivo que no tenga asociado un santo o una santa bajo cuya advocación se sitúe su celebración.

            En esa tradición santoral la enfermería española no es una excepción. Su patrón es San Juan de Dios, una figura histórica de indudable relevancia en la atención a las personas enfermas y en la organización del cuidado en una época en la que este se ejercía desde la caridad, la compasión y la entrega personal.

            Sin minusvalorar en ningún caso la labor de tan ilustre benefactor, no deja de resultar curioso que sea precisamente un santo y no una santa quien haya sido designado como referente de una profesión que históricamente ha estado compuesta mayoritariamente por mujeres. Una curiosidad que adquiere mayor dimensión cuando observamos la larga tradición cultural de nuestro país —y de muchos otros— de situar al frente de representaciones simbólicas y liderazgos institucionales a figuras masculinas, incluso en ámbitos profundamente feminizados.

            Pero la coincidencia del calendario añade un elemento aún más interesante a esta reflexión. El 8 de marzo se celebra también el Día Internacional de la Mujer, una jornada de reivindicación global por la igualdad, los derechos y la dignidad de las mujeres. Que ambas celebraciones coincidan genera una cierta paradoja simbólica: una profesión eminentemente femenina celebra su día bajo la advocación de un hombre justo cuando el mundo reivindica el protagonismo y los derechos de las mujeres.

            Para algunas personas esta coincidencia podría interpretarse como una expresión más de un patriarcado simbólico que invisibiliza a las mujeres en los espacios de reconocimiento. A ello se suma el hecho de que la referencia patronal provenga del ámbito religioso, en una sociedad cada vez más plural y secularizada, lo que puede provocar cierto distanciamiento en parte de la profesión.

            Sin embargo, quizá merezca la pena mirar esta coincidencia desde otra perspectiva. Tal vez no estemos ante una contradicción, sino ante una oportunidad de doble celebración.

            Por un lado, el Día Internacional de la Mujer nos recuerda que la enfermería es una profesión profundamente marcada por la historia, la experiencia y el liderazgo de las mujeres. Durante siglos, el cuidado fue considerado una tarea femenina asociada al ámbito doméstico y a valores como la docilidad o la entrega, más que al conocimiento o a la ciencia. Esa asociación histórica contribuyó a construir la identidad enfermera, pero también a su infravaloración social.

            Reconocer el papel de las mujeres en la enfermería no es solo un acto de justicia histórica; es también una forma de reivindicar el valor científico, social y humano de los cuidados profesionales. Sin las mujeres, la enfermería no sería lo que es. Y sin su liderazgo difícilmente podrá seguir evolucionando.

            Pero al mismo tiempo, la figura de San Juan de Dios puede interpretarse desde otra perspectiva. No como un símbolo de sustitución o invisibilización femenina, sino como un recordatorio de que los cuidados no son patrimonio exclusivo de las mujeres por asignación social.

            Si algo necesitamos en nuestras sociedades es romper con esa asociación histórica que ha situado el cuidado como una tarea femenina por naturaleza. Los cuidados no son una condición biológica ni un destino cultural impuesto a las mujeres. Son una responsabilidad humana y social compartida, además de un ámbito profesional sustentado en conocimiento científico.

            Y en ese punto aparece con claridad el vínculo entre ambas celebraciones. La igualdad también pasa por compartir los cuidados. No solo por reconocer los derechos de las mujeres, sino por transformar la manera en que hombres y mujeres se relacionan con responsabilidades históricamente distribuidas de forma desigual.

            Durante demasiado tiempo cuidar fue considerado una obligación femenina y, precisamente por ello, una actividad poco reconocida socialmente. La igualdad exige corregir esa injusticia en dos direcciones, reconociendo el valor del cuidado y favoreciendo que los hombres asuman también esa responsabilidad sin prejuicios ni estereotipos.

            En ese sentido, la figura de João Cidade Duarte —nombre civil de San Juan de Dios— puede leerse como la representación temprana de un hombre que hizo del cuidado su proyecto vital. Decidió dedicar su vida a atender a quienes sufrían y a organizar la atención a las personas más vulneradas, dignificando una actividad que durante mucho tiempo fue considerada marginal.

            Resulta significativo que en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios cualquier persona que desee ingresar como religioso deba asumir el compromiso de formarse como enfermero. Es decir, hacerse profesional del cuidado. En este caso podría decirse que el hábito hace al enfermero.

            Este detalle, poco conocido para muchas enfermeras, revela que el legado de San Juan de Dios no se limita a una tradición religiosa. Tiene también una dimensión profundamente profesional y humana: la convicción de que cuidar exige conocimiento, formación y compromiso.

            De hecho, su trayectoria permite una lectura especialmente reveladora. San Juan de Dios no cuidó para alcanzar santidad ni movido únicamente por la fe; fue su manera de cuidar —radicalmente humana y comprometida con el sufrimiento ajeno— la que terminó otorgándole reconocimiento moral y religioso. Dicho de otro modo, no fue la santidad la que generó el cuidado, sino el cuidado el que acabó siendo reconocido como santidad. Un matiz que puede parecer menor, pero que pone de manifiesto la extraordinaria fuerza del cuidado como acción humana y como fundamento de desarrollo profesional.

            La historia de la enfermería está llena de mujeres y algunos hombres que han contribuido decisivamente a su desarrollo científico, social y profesional. Sin embargo, con demasiada frecuencia su legado permanece insuficientemente reconocido o difundido.

            Una profesión que no es capaz de identificar y valorar a sus referentes es una profesión debilitada. Sin referentes no hay identidad sólida; sin identidad no hay liderazgo; y sin liderazgo resulta difícil defender el espacio profesional frente a quienes están dispuestos a redefinirlo desde fuera.

            Ser críticos y rigurosos es necesario. Pero también lo es ser generosos y ecuánimes al reconocer el valor de quienes contribuyen a fortalecer la profesión. Reconocer no significa idolatrar, sino asumir que el progreso colectivo se construye también sobre el trabajo y el compromiso de personas concretas.

            Quizá por eso esta coincidencia entre el Día Internacional de la Mujer y la celebración de San Juan de Dios pueda entenderse como una invitación a reflexionar sobre la identidad profesional y sobre la igualdad.

            Por un lado, reconocer la aportación histórica y presente de las mujeres, auténtico motor de la enfermería. Por otro, reivindicar que el cuidado es una responsabilidad humana compartida, más allá de la elección individual de quienes desarrollan su proyecto vital en los cuidados profesionales.

            La igualdad también pasa por dejar de considerar el cuidado como una tarea femenina para reconocerlo como una dimensión esencial de la vida social. Una sociedad más igualitaria no es solo aquella en la que las mujeres acceden a espacios históricamente ocupados por hombres, sino también aquella en la que los hombres asumen con naturalidad responsabilidades que durante siglos se atribuyeron exclusivamente a las mujeres.

            Tal vez esa sea la lectura más fecunda de esta coincidencia en el calendario: celebrar a las mujeres que han construido la enfermería y recordar, al mismo tiempo, que el cuidado necesita también la implicación plena de los hombres.

            Rindamos, pues, tributo a nuestro patrón como símbolo del valor del cuidado, independientemente de que cada cual lo haga desde una convicción religiosa o desde una lectura más laica de su legado.

            Porque la enfermería es, ante todo, una comunidad de conocimiento, compromiso y cuidado.

            Feliz día de la enfermería española. Y feliz día de las mujeres.

EL 8 DE MARZO NO ADMITE DISTRACCIONES

Las circunstancias han propiciado que la próxima celebración del Día Internacional de la Mujer coincida con la guerra desatada por Estados Unidos e Israel en Oriente Medio. Una coincidencia que, sin embargo, no debería servir para desviar la atención hacia uno u otro de los acontecimientos. Porque si grave, preocupante y rechazable es la guerra, la desigualdad y la dignidad de las mujeres merecen no solo toda la atención, sino también todo el apoyo.

            La guerra concentra inevitablemente miradas, análisis y preocupaciones. Es lógico. La violencia, la destrucción y el sufrimiento nos posicionan. Pero esa misma gravedad no puede convertirse en una coartada para relegar otras injusticias estructurales que forman parte de la vida cotidiana de millones de mujeres en todo el mundo.

            La coincidencia resulta aún más amarga si se tiene en cuenta que muchos de los países donde hoy se desarrolla el conflicto son lugares en los que los derechos de mujeres y niñas son sistemáticamente anulados, restringidos o atacados. Una triste realidad que debería convertir este 8 de marzo en una manifestación unánime contra la desigualdad, la discriminación y el acoso que sufren las mujeres, independientemente del país en el que vivan.

            Porque las mujeres lo son con independencia de su nacionalidad, sus creencias, su cultura o su nivel educativo. Ser mujer no puede convertirse en excusa ni en justificación para aceptar condiciones de vida que impliquen una consideración, una dignidad o un respeto diferentes a los de cualquier hombre. Permitirlo constituye, en sí mismo, una demostración de la pobreza ética de cualquier sociedad que lo defienda, tolere o considere inevitable.

            Pero, si esa realidad resulta preocupante, todavía lo es más comprobar cómo en determinadas ocasiones la causa de las mujeres se convierte en instrumento de confrontación e instrumentalización política. En los días previos al 8 de marzo se multiplican declaraciones, gestos y discursos que aparentemente pretenden defender los derechos de las mujeres, pero que en realidad buscan erosionar o desacreditar al movimiento feminista que ha hecho posible los avances logrados en las últimas décadas.

            Resulta lamentable comprobar cómo quienes desconfían del feminismo, lo desprecian o lo presentan como una amenaza para la sociedad, recurren hipócritamente al discurso en defensa de las mujeres cuando creen que puede resultarles políticamente útil. Es un feminismo de ocasión, de etiqueta, de marketing político, que invoca los derechos de las mujeres mientras intenta vaciar de contenido al movimiento que los ha impulsado.

            Se trata de una utilización profundamente contradictoria. Porque no se puede defender la igualdad mientras se desacredita a quienes llevan décadas luchando por ella. No se puede reivindicar la dignidad de las mujeres mientras se caricaturiza o se combate el feminismo como si fuera un problema y no una herramienta de transformación social.

            El feminismo no es un movimiento contra nadie. Es un movimiento a favor de algo tan sencillo y profundo como la igualdad real entre mujeres y hombres. Una igualdad que todavía hoy está lejos de alcanzarse en muchos ámbitos de la vida social, económica y política.

            Por eso ni la guerra ni la mala política deberían distraernos de lo verdaderamente importante. La igualdad no es una cuestión secundaria ni un tema sectorial. Es una condición indispensable para cualquier sociedad que aspire a considerarse justa.

            Y esa igualdad debe construirse desde la implicación de toda la sociedad. El feminismo no es exclusivamente de mujeres, aunque se identifique como la principal defensa frente a situaciones de desigualdad que siguen afectándolas de manera desproporcionada. El feminismo es, en realidad, una causa colectiva. Del mismo modo que lo son la defensa de la paz, la lucha contra la pobreza o la exigencia de justicia social.

            Considerar el feminismo como algo exclusivamente de mujeres constituye, paradójicamente, una de las primeras formas de desigualdad. Porque implica situar la defensa de la igualdad en un espacio ajeno para muchos hombres, como si se tratara de una reivindicación particular que merece, en el mejor de los casos, respeto, pero no necesariamente implicación.

            Y la igualdad no puede construirse desde la distancia ni desde la condescendencia. Solo puede construirse desde la convicción compartida de que la dignidad de las mujeres forma parte inseparable de la dignidad de la humanidad en su conjunto.

            Por eso, en este Día Internacional de la Mujer, sería deseable que la movilización social no se limitara a un gesto simbólico ni a una fecha en el calendario. Sería deseable que saliéramos masivamente a la calle, mujeres y hombres, para recordar que los derechos de las mujeres, como el no a la guerra, no son una reivindicación sectorial, sino un compromiso colectivo.

            Defender los derechos de las mujeres es defender los derechos de la humanidad. Y hacerlo no debería depender de la coyuntura política ni de las circunstancias internacionales, sino de una convicción mucho más profunda: que la igualdad no admite distracciones.

× ¿Cómo puedo ayudarte?