
Las circunstancias han propiciado que la próxima celebración del Día Internacional de la Mujer coincida con la guerra desatada por Estados Unidos e Israel en Oriente Medio. Una coincidencia que, sin embargo, no debería servir para desviar la atención hacia uno u otro de los acontecimientos. Porque si grave, preocupante y rechazable es la guerra, la desigualdad y la dignidad de las mujeres merecen no solo toda la atención, sino también todo el apoyo.
La guerra concentra inevitablemente miradas, análisis y preocupaciones. Es lógico. La violencia, la destrucción y el sufrimiento nos posicionan. Pero esa misma gravedad no puede convertirse en una coartada para relegar otras injusticias estructurales que forman parte de la vida cotidiana de millones de mujeres en todo el mundo.
La coincidencia resulta aún más amarga si se tiene en cuenta que muchos de los países donde hoy se desarrolla el conflicto son lugares en los que los derechos de mujeres y niñas son sistemáticamente anulados, restringidos o atacados. Una triste realidad que debería convertir este 8 de marzo en una manifestación unánime contra la desigualdad, la discriminación y el acoso que sufren las mujeres, independientemente del país en el que vivan.
Porque las mujeres lo son con independencia de su nacionalidad, sus creencias, su cultura o su nivel educativo. Ser mujer no puede convertirse en excusa ni en justificación para aceptar condiciones de vida que impliquen una consideración, una dignidad o un respeto diferentes a los de cualquier hombre. Permitirlo constituye, en sí mismo, una demostración de la pobreza ética de cualquier sociedad que lo defienda, tolere o considere inevitable.
Pero, si esa realidad resulta preocupante, todavía lo es más comprobar cómo en determinadas ocasiones la causa de las mujeres se convierte en instrumento de confrontación e instrumentalización política. En los días previos al 8 de marzo se multiplican declaraciones, gestos y discursos que aparentemente pretenden defender los derechos de las mujeres, pero que en realidad buscan erosionar o desacreditar al movimiento feminista que ha hecho posible los avances logrados en las últimas décadas.
Resulta lamentable comprobar cómo quienes desconfían del feminismo, lo desprecian o lo presentan como una amenaza para la sociedad, recurren hipócritamente al discurso en defensa de las mujeres cuando creen que puede resultarles políticamente útil. Es un feminismo de ocasión, de etiqueta, de marketing político, que invoca los derechos de las mujeres mientras intenta vaciar de contenido al movimiento que los ha impulsado.
Se trata de una utilización profundamente contradictoria. Porque no se puede defender la igualdad mientras se desacredita a quienes llevan décadas luchando por ella. No se puede reivindicar la dignidad de las mujeres mientras se caricaturiza o se combate el feminismo como si fuera un problema y no una herramienta de transformación social.
El feminismo no es un movimiento contra nadie. Es un movimiento a favor de algo tan sencillo y profundo como la igualdad real entre mujeres y hombres. Una igualdad que todavía hoy está lejos de alcanzarse en muchos ámbitos de la vida social, económica y política.
Por eso ni la guerra ni la mala política deberían distraernos de lo verdaderamente importante. La igualdad no es una cuestión secundaria ni un tema sectorial. Es una condición indispensable para cualquier sociedad que aspire a considerarse justa.
Y esa igualdad debe construirse desde la implicación de toda la sociedad. El feminismo no es exclusivamente de mujeres, aunque se identifique como la principal defensa frente a situaciones de desigualdad que siguen afectándolas de manera desproporcionada. El feminismo es, en realidad, una causa colectiva. Del mismo modo que lo son la defensa de la paz, la lucha contra la pobreza o la exigencia de justicia social.
Considerar el feminismo como algo exclusivamente de mujeres constituye, paradójicamente, una de las primeras formas de desigualdad. Porque implica situar la defensa de la igualdad en un espacio ajeno para muchos hombres, como si se tratara de una reivindicación particular que merece, en el mejor de los casos, respeto, pero no necesariamente implicación.
Y la igualdad no puede construirse desde la distancia ni desde la condescendencia. Solo puede construirse desde la convicción compartida de que la dignidad de las mujeres forma parte inseparable de la dignidad de la humanidad en su conjunto.
Por eso, en este Día Internacional de la Mujer, sería deseable que la movilización social no se limitara a un gesto simbólico ni a una fecha en el calendario. Sería deseable que saliéramos masivamente a la calle, mujeres y hombres, para recordar que los derechos de las mujeres, como el no a la guerra, no son una reivindicación sectorial, sino un compromiso colectivo.
Defender los derechos de las mujeres es defender los derechos de la humanidad. Y hacerlo no debería depender de la coyuntura política ni de las circunstancias internacionales, sino de una convicción mucho más profunda: que la igualdad no admite distracciones.
Un articulo directo y con muy buenas reflexiones, completamente de acuerdo!!!