
La última gala de los Premios Goya fue algo más que una celebración del cine español; fue el reflejo de un momento histórico complejo, un clamor colectivo sobre la dignidad, la justicia y la responsabilidad moral de la cultura y de la sociedad. Fue un espejo que devolvió la imagen de un mundo en tensión.
Las películas nominadas y premiadas este año parecían dialogar entre sí como piezas de un mismo mosaico. Algunas exploraban la fragilidad de la infancia en entornos hostiles; otras, la resistencia de mujeres que se niegan a aceptar el papel que la violencia o la tradición les asigna; otras más, la identidad de quienes han sido sistemáticamente invisibilizados.
En los discursos, esa pregunta se hizo explícita. Quienes subieron al escenario no se limitaron a agradecer a sus equipos. Hablaron de pueblos bombardeados mientras se negocian equilibrios geopolíticos en despachos lejanos. Hablaron de mujeres asesinadas por el simple hecho de serlo, de personas migrantes convertidas en amenaza estadística, de la diversidad tratada como provocación. Y, sobre todo, hablaron de la responsabilidad de no callar.
En ese contexto, las palabras de Susan Sarandon resonaron con especial fuerza. Reconocieron que la lucidez moral, algo esencial, no es patrimonio de nadie, pero sí es una elección. Agradecer públicamente a quienes, desde la política o desde el arte, se posicionan en defensa de los derechos humanos es también recordar que ese posicionamiento tiene un coste. Quienes se alinean con la justicia suelen ser atacados por quienes confunden poder con razón y fuerza con legitimidad.
Vivimos un momento en el que se pretende normalizar lo inaceptable. Se habla de “restaurar la libertad” mientras se bombardean países; se invoca la seguridad mientras se recortan derechos; se proclama la defensa de la civilización mientras se deshumaniza al adversario. Las reservas de petróleo, las rutas estratégicas, los intereses económicos se disfrazan de cruzadas morales. Y en medio de ese relato, el cine —que algunos quisieran reducido a mero entretenimiento— se atreve a señalar la injusticia, a mostrar el rostro concreto de quienes pagan el precio de esas decisiones.
Por eso esta gala trascendió el espectáculo. Porque en cada historia premiada hay una denuncia contra la indiferencia. Porque las películas no ofrecen soluciones mágicas, pero sí algo más urgente, conciencia.
Y aquí es donde el nombre de Goya adquiere un sentido que va mucho más allá de la tradición. Francisco de Goya no pintó para tranquilizar conciencias. En Los desastres de la guerra no hay épica; hay cuerpos mutilados, miradas vacías, violencia desnuda. En las Pinturas negras no hay consuelo; hay sombras, monstruos, la evidencia de que el horror también habita en quienes se creen civilizados. Goya retrató el abuso del poder, la superstición, la brutalidad y la hipocresía con una lucidez que incomodaba a su tiempo y sigue incomodando al nuestro.
Hoy, más que nunca, ese legado justifica que los premios del cine español lleven su nombre. Porque no se trata solo de celebrar talento, sino de honrar una tradición artística que no se somete dócilmente al poder. Una tradición que satiriza, denuncia y cuestiona. Que entiende que el arte puede ser belleza, sí, pero también conciencia crítica. Que asume que mostrar el horror no es recrearse en él, sino impedir que se normalice.
Porque, como en los grabados de Goya, el verdadero horror no es que existan monstruos, sino que aprendamos a convivir con ellos sin rebelarnos. Y el cine, cuando es honesto, no nos deja dormir tranquilos ante esa posibilidad.
La gala nos recordó que no basta con aplaudir. No podemos limitarnos a consumir relatos de injusticia como si fueran ficciones lejanas. Cuando las películas nos hablan de genocidios, de autoritarismos, de violencia estructural, no nos están invitando solo a emocionarnos; nos están interpelando. Nos preguntan qué hacemos, cada uno desde su lugar, para que esas historias no sigan repitiéndose fuera de la pantalla.
No es una cuestión de ideología partidista. Es una cuestión de humanidad básica. De entender que la libertad de expresión no puede defenderse a medias; que los derechos humanos no son selectivos; que la diversidad no es una concesión, sino una riqueza; que el poder, cuando se ejerce sin límites éticos, degenera en opresión.
Porque en La cena de este mundo, donde hasta Los domingos saben a víspera y no a descanso, avanzamos por nuestro propio Sirât, frágil como un hilo sobre el abismo, mientras fingimos estar Sorda ante el estruendo; pero la realidad insiste en irrumpir como La furia, como Un fantasma en la batalla, como Enemigos que crecen en una Ciudad sin sueño, donde ya no hay Tregua posible y toda Romería es también peregrinación hacia la conciencia. Porque el mundo parece un Ángulo muerto, un lugar donde La conversación que nunca tuvimos se convierte en herida colectiva y donde Todos somos Gaza deja de ser consigna para volverse espejo.