
“La experiencia no es lo que te sucede, sino lo que haces con lo que te sucede.”
Aldous Huxley[1]
No sabría situar ese momento en una fecha concreta ni vincularlo a una escena que pudiera narrarse con precisión. No hubo un antes y un después claramente delimitado, ni una experiencia extraordinaria que justificara por sí sola un cambio de mirada. Más bien fue un proceso lento, casi imperceptible al principio, que se fue gestando a lo largo de los años, entre contratos breves, incorporaciones urgentes y despedidas que apenas dejaban huella. Una forma de estar en la profesión marcada por la provisionalidad constante, que no solo organizaba los tiempos, sino que también condicionaba la manera de comprender lo que significaba ser enfermera.
Durante mucho tiempo, mi ejercicio profesional fue tan solo una sucesión de escenarios en los que había que adaptarse con rapidez, aprender lo imprescindible en el menor tiempo posible y responder a lo que se esperaba sin cuestionar demasiado el sentido de lo que se hacía. Hospitales, centros de salud, unidades distintas, equipos diferentes, normas no siempre explícitas que había que descifrar casi sobre la marcha. En cada lugar, una manera de trabajar; en todos ellos, una misma exigencia, cumplir con lo establecido, lo protocolizado, lo estandarizado.
Y en ese cumplir, casi sin darme cuenta, fui asumiendo que cuidar consistía fundamentalmente en hacer bien las cosas, sin más. En aplicar correctamente lo aprendido. En ejecutar técnicas con seguridad, en registrar adecuadamente, en no cometer errores. Había en ello una cierta tranquilidad, incluso una forma de reconocimiento. Saber moverse con soltura en medio de la complejidad aparente de los servicios, resolver con eficacia, ser considerada una profesional “válida” porque no generaba problemas y respondía a las demandas.
Sin embargo, con el paso del tiempo, empezó a instalarse una incomodidad difícil de nombrar. No era una crítica explícita ni una insatisfacción evidente, sino algo más sutil, más difícil de identificar. Una sensación persistente de que, a pesar de hacer bien lo que se suponía que debía hacer, algo quedaba fuera. Como si la intervención nunca terminara de alcanzar aquello que, intuitivamente, se percibía como importante.
Había días en los que el trabajo se acumulaba y la actividad era intensa, casi absorbente. Se resolvían situaciones, se atendían demandas, se cumplían objetivos. Y, sin embargo, al finalizar el día, quedaba una sensación extraña, difícil de explicar. No era cansancio. Tampoco frustración en el sentido clásico. Era más bien la percepción de haber estado en la superficie de todo lo que ocurría, sin haber llegado realmente a tocar el fondo de nada.
Con el tiempo, esa sensación dejó de ser algo puntual para convertirse en una constante. Y empecé a preguntarme —aunque no siempre de manera consciente— si aquello que hacía, aun estando bien hecho, era realmente cuidar. O si cuidar era algo más que eso que me habían enseñado y que yo reproducía con disciplina y cierta eficacia.
La dificultad estaba, quizá, en que no había referencias claras para responder a esa pregunta. La formación recibida ofrecía herramientas, conocimientos, procedimientos. Pero apenas dejaba espacio para la duda, para la incertidumbre, para esa parte del ejercicio profesional que no se resuelve con protocolos ni con algoritmos. Y el contexto laboral, marcado por la inestabilidad, tampoco favorecía ese tipo de reflexión. Cuando todo es provisional, cuando cada día puede ser el último en un lugar, pensar en el sentido de lo que se hace parece casi un lujo.
Así fui transitando durante años, encadenando experiencias que, lejos de construir una identidad profesional sólida, contribuían a fragmentarla. Porque no es lo mismo trabajar en muchos sitios que construirse como profesional. Y esa diferencia, que durante un tiempo pasa desapercibida, acaba haciéndose evidente cuando una intenta responder a una pregunta aparentemente sencilla, ¿qué significa, realmente, cuidar?
No tenía una respuesta clara. Y, probablemente, tampoco la estaba buscando con suficiente profundidad. Hasta que, poco a poco, la propia realidad empezó a ponerla delante de mí, de una forma que ya no permitía seguir mirando hacia otro lado.
No fue un cambio brusco ni una ruptura radical con lo anterior. Más bien una especie de desplazamiento, casi imperceptible al inicio, que me fue obligando a mirar de otra manera lo que tenía delante. Cambiaban los escenarios, como tantas otras veces, pero esta vez no era solo una cuestión de lugar o de funciones. Había algo distinto en la forma en que las situaciones se presentaban, en lo que se esperaba de mí y, sobre todo, en lo que ya no bastaba con hacer.
Hasta entonces, había aprendido a moverme con relativa seguridad en entornos donde el margen de decisión estaba bastante delimitado. Había procedimientos claros, tiempos definidos, objetivos concretos. Incluso cuando la carga de trabajo era elevada o la presión asistencial intensa, existía una cierta estructura que ordenaba la intervención. Se sabía, con mayor o menor precisión, qué había que hacer y en qué momento.
Sin embargo, comenzaron a aparecer situaciones en las que esa estructura dejaba de ser suficiente. No porque desapareciera, sino porque ya no resolvía lo esencial. Lo técnico seguía siendo necesario, pero no era lo determinante. La intervención correcta no garantizaba una respuesta adecuada. Y, en algunos casos, ni siquiera era lo más relevante.
Recuerdo especialmente la incomodidad que generaba no saber exactamente qué hacer. No en el sentido de desconocimiento técnico, sino en algo más profundo, la ausencia de una respuesta clara ante realidades que no encajaban en lo aprendido. Personas cuya situación no podía explicarles únicamente desde lo clínico, contextos en los que la enfermedad era solo una parte —y a veces ni siquiera la más importante— de lo que estaba ocurriendo, dinámicas familiares que condicionaban cualquier intervención y que no aparecían en ningún protocolo.
En esos momentos, lo que durante años había funcionado dejaba de hacerlo. Aplicar correctamente un procedimiento no cambiaba la situación. Dar una recomendación adecuada no garantizaba que pudiera llevarse a cabo. Registrar con precisión lo sucedido no ayudaba a comprender por qué seguía sucediendo.
Y entonces aparecía la duda. No como una debilidad, sino como una forma de tomar conciencia de los límites de lo aprendido.
Porque, en el fondo, lo que empezaba a hacerse evidente es que cuidar no podía reducirse a intervenir. Que no bastaba con hacer bien lo que correspondía. Que había algo más, pero que ese “algo” no estaba del todo definido ni en la formación ni en la práctica habitual.
Lo más inquietante no era la complejidad de las situaciones, sino la sensación de no disponer de un marco claro desde el que abordarlas. Como si faltara una parte del mapa. Como si aquello que realmente condicionaba la vida de las personas quedara sistemáticamente fuera de lo que se consideraba objeto de intervención.
Fue en ese contexto donde empecé a prestar atención a cosas que antes quedaban en segundo plano. A los silencios, a las resistencias, a las dificultades para seguir recomendaciones aparentemente sencillas, a la forma en que las personas hablaban de su vida más allá de la enfermedad. A las redes —o a su ausencia—, a los apoyos, a los miedos que no siempre se expresaban de manera explícita.
Y, sobre todo, a la distancia entre lo que se proponía desde el ámbito sanitario y lo que realmente era posible en la vida cotidiana de las personas.
Esa distancia no era nueva. Siempre había estado ahí. Pero hasta entonces había pasado desapercibida o, en el mejor de los casos, se había interpretado como falta de adherencia, de interés o de responsabilidad por parte de quienes no seguían las indicaciones. Era una forma sencilla de explicar lo que no se comprendía del todo.
Sin embargo, cuando se empieza a mirar con más detenimiento, esa explicación deja de ser suficiente. Y entonces la pregunta cambia. Ya no se trata de por qué las personas no hacen lo que se les dice, sino de si lo que se les propone tiene sentido en su contexto. De si es viable. De si responde realmente a sus necesidades o a las nuestras.
Ese cambio de mirada no es cómodo. Obliga a cuestionar no solo lo que se hace, sino desde dónde se hace. Y, en consecuencia, también lo que se entiende por cuidar.
Porque si cuidar no es únicamente intervenir sobre la enfermedad, si no es solo aplicar técnicas o seguir protocolos, entonces ¿qué es exactamente lo que estamos haciendo cuando decimos que cuidamos?
Esa pregunta, que durante mucho tiempo había permanecido en un segundo plano, empezó a ocupar el centro. Y ya no era posible esquivarla.
La respuesta no apareció de forma inmediata, ni como una conclusión cerrada a la que se llega tras un razonamiento ordenado. Más bien fue tomando forma a medida que se acumulaban situaciones en las que lo aprendido dejaba de ofrecer respuestas suficientes. No se trataba de abandonar lo anterior, sino de reconocer que era incompleto.
Empecé a entender que el problema no estaba tanto en lo que hacía como en la forma en que interpretaba lo que hacía. Durante años había asumido que el valor del cuidado residía en la corrección de la intervención, en la capacidad de resolver, en la eficacia de la respuesta. Y, sin embargo, había realidades en las que esa lógica no solo resultaba insuficiente, sino que, en ocasiones, incluso dificultaba lo que se pretendía conseguir.
Había algo profundamente desconcertante en comprobar que cuanto más insistía en hacer bien lo que se suponía que debía hacer, menos impacto parecía tener en determinadas situaciones. Como si el cuidado no pudiera medirse únicamente en términos de acción. Como si hubiera dimensiones que quedaban fuera de ese marco y que, precisamente por eso, condicionaban el resultado de todo lo demás.
Fue entonces cuando empecé a desplazar la atención. No de manera voluntaria al principio, sino casi como una necesidad. Dejar de centrarme exclusivamente en lo que tenía que hacer para empezar a preguntarme qué estaba ocurriendo realmente. Qué significaba para esa persona lo que estaba viviendo. Qué lugar ocupaba yo en ese proceso. Qué expectativas estaba proyectando. Qué límites tenía mi intervención.
Ese desplazamiento no implicaba renunciar a lo técnico, sino situarlo en otro lugar. Dejar de entenderlo como el centro para reconocerlo como una parte, necesaria pero no suficiente. Y, a partir de ahí, empezar a construir el cuidado desde otra lógica.
Una lógica que tenía más que ver con comprender que con intervenir, con acompañar que, con resolver, con sostener procesos que con cerrarlos. Una lógica en la que el tiempo dejaba de ser solo una variable organizativa para convertirse en un elemento esencial del propio cuidado. En la que la relación adquiría un valor que no podía reducirse a la comunicación eficaz ni a la información bien transmitida.
Y, sobre todo, una lógica en la que el cuidado dejaba de ser algo que se hace sobre alguien para convertirse en algo que se construye con alguien.
Esa idea, que puede parecer evidente cuando se formula, no lo era en la práctica. Porque implicaba renunciar a cierta forma de control, aceptar la incertidumbre como parte del proceso y reconocer que no siempre es posible —ni necesario— llegar a una solución en los términos en los que se había aprendido.
También implicaba asumir que el conocimiento no estaba solo en quien interviene, sino también en quien vive la situación. Que las personas no son únicamente receptoras de cuidados, sino participantes activas en su propio proceso. Y que ignorar esa dimensión no solo limita la intervención, sino que la desvirtúa.
A medida que esta forma de entender el cuidado iba tomando cuerpo, empezó a hacerse evidente otra cuestión incómoda. La de que buena parte de lo que había aprendido no era erróneo, pero sí estaba incompleto. Que la formación había puesto el acento en aquello que es más fácil de enseñar, de evaluar, de protocolizar. Pero había dejado en un segundo plano —cuando no directamente fuera— aquello que resulta más difícil de sistematizar, la relación, el contexto, la complejidad de la vida real.
Y, sin embargo, es ahí donde el cuidado adquiere sentido.
No fue una revelación en el sentido clásico. No hubo un instante en el que todo encajara de forma perfecta. Pero sí hubo un punto a partir del cual ya no era posible volver a la forma anterior de entender lo que hacía. Porque lo que antes parecía suficiente había dejado de serlo. Y lo que antes pasaba desapercibido se había vuelto central.
Fue, más que un descubrimiento, una toma de conciencia.
Y fue también, casi de manera inesperada, la recuperación de palabras que durante mucho tiempo habían quedado en un segundo plano, como si pertenecieran a otra forma de entender la profesión que entonces no terminaba de encajar. Recordé entonces a aquel profesor de Comunitaria, al que muchos consideraban “rarito”, quizá porque se alejaba de lo que parecía importante en aquel momento. A él no parecía importarle demasiado esa etiqueta. Decía, con una mezcla de convicción y serenidad, que prefería ser coherente con lo que pensaba y con la manera en que lo transmitía, aunque eso no siempre fuera comprendido.
En aquel tiempo, sin embargo, yo estaba demasiado centrada en aprender técnicas, en dominar procedimientos, en sentirme segura haciendo bien lo que se suponía que debía hacer. Sus palabras quedaban en un segundo plano, como algo interesante, quizá incluso sugerente, pero poco útil frente a la urgencia de adquirir competencias que parecían más tangibles, más necesarias, más reconocidas.
Ahora, en cambio, empezaba a entender con claridad lo que entonces no supe ver. No porque él hubiera cambiado su discurso, sino porque yo había cambiado la manera de escuchar. Porque la experiencia —y, sobre todo, la confrontación con sus límites— había abierto un espacio que antes no existía. Y en ese espacio, aquello que parecía difuso empezaba a adquirir sentido. Entonces entendí el por qué de su sistemática pregunta cuando entraba en clase, ¿cómo te sientes”. Ahora sí, empezaba a entender lo que nos preguntaba.
A partir de ese momento, lo que cambió no fue tanto lo que hacía, sino la manera en que lo situaba. Las mismas acciones adquirían otro sentido cuando se entendían dentro de un proceso más amplio, cuando dejaban de ser fines en sí mismas para convertirse en medios al servicio de algo que no siempre es visible ni inmediato. Y, al mismo tiempo, empecé a ser más consciente de las limitaciones del propio sistema en el que trabajamos, de su tendencia a reducir la complejidad a lo medible, a lo registrable, a lo que puede ser evaluado sin demasiadas ambigüedades.
Porque si algo aprendí en ese tránsito es que una parte importante del cuidado no cabe en los espacios donde habitualmente se intenta encajarlo. No se deja reducir a indicadores, ni a tiempos estándar, ni a protocolos cerrados. No porque sea impreciso o carente de rigor, sino porque responde a una lógica distinta, más vinculada a los procesos que a los resultados inmediatos, más atenta a las trayectorias que a los episodios.
Y eso genera tensiones.
Las genera en la organización del trabajo, que sigue necesitando ordenar, clasificar, priorizar. Las genera en la propia práctica profesional, que a menudo se ve obligada a elegir entre lo que se puede hacer y lo que sería necesario hacer. Y las genera también en la manera en que se reconoce —o se invisibiliza— aquello que realmente aporta valor en el cuidado.
No siempre es fácil sostener esa tensión. Porque implica moverse en un espacio en el que no todo está definido, en el que la certeza no es la norma y en el que la respuesta correcta no siempre es evidente. Implica, en cierta medida, renunciar a la comodidad de lo aprendido para asumir la responsabilidad de pensar, de decidir, de construir con otros.
Y, sin embargo, es precisamente ahí donde sr enfermera adquiere su verdadero sentido.
No en la reproducción exacta de procedimientos, ni en la ejecución impecable de técnicas, sino en la capacidad de situarse en la complejidad sin simplificarla en exceso, de acompañar procesos que no siguen una línea recta, de reconocer a las personas en su contexto y no solo en su diagnóstico.
Eso no significa idealizar el cuidado ni convertirlo en algo ajeno a las limitaciones reales del sistema. Al contrario. Significa asumir esas limitaciones sin dejar que definan por completo lo que somos capaces de hacer. Significa encontrar espacios —a veces pequeños, a veces frágiles— en los que el cuidado pueda desplegarse con sentido, incluso en condiciones que no siempre son las más favorables.
También significa, y quizá esto es lo más incómodo, revisar críticamente nuestra propia práctica. Reconocer que no siempre hemos cuestionado lo suficiente, que en ocasiones hemos reproducido modelos que sabíamos insuficientes, que hemos aceptado inercias que dificultan el desarrollo de un cuidado más coherente con lo que decimos defender.
Porque el problema no es solo lo que el sistema permite o impide. También es lo que nosotros hacemos con ese margen.
Aquel proceso no resolvió todas las dudas, ni ofreció certezas definitivas. De hecho, probablemente generó más preguntas de las que respondió. Pero sí permitió algo tan esencial como dejar de entender el cuidado como una suma de intervenciones correctamente ejecutadas para empezar a concebirlo como un proceso relacional, contextual y necesariamente abierto.
Y, con ello, empezar también a construirme como enfermera desde otro lugar.
No desde la seguridad de lo aprendido, sino desde la honestidad de reconocer que aprender a cuidar no es un proceso que se cierre nunca. Que exige revisar, cuestionar y, en ocasiones, desaprender. Que obliga a mirar más allá de lo evidente y a aceptar que no todo puede ser resuelto en los términos en los que nos gustaría.
Aquel día —o, mejor dicho, aquel proceso— no me enseñó a cuidar mejor en el sentido clásico. No me hizo más eficiente ni más resolutiva en lo inmediato. Pero sí me permitió entender algo que, hasta entonces, había pasado desapercibido.
Entendí que cuidar no era exactamente lo que me habían enseñado, ni tampoco aquello que yo había aprendido a reproducir con seguridad durante años.
Y en ese reconocimiento hubo también un descubrimiento más profundo. Entendí que yo, Laia, era enfermera. Que empezaba a sentirme enfermera de verdad. Y que lo que necesitaba no era hacer más, sino comprender mejor. Saber. Aprender. Buscar, con sentido, qué significa realmente cuidar.
Porque, por primera vez, tenía claro que era el cuidado —y no otra cosa— lo que me identificaba como enfermera.
Y también, por primera vez, sabía cómo me sentía. Y qué es lo que quería.
[1] Escritor y filósofo británico (1894-1963)