¿Y SI EL PROBLEMA TAMBIÉN SOMOS NOSOTROS? La trampa de tener razón

“No vemos las cosas como son, sino como somos.”

Anaïs Nin[1]

             Quienes trabajamos en el ámbito de la salud —y, de manera muy particular, quienes, como las enfermeras, lo hacemos desde el cuidado y la proximidad a la vida cotidiana de las personas— llevamos tiempo construyendo un discurso crítico frente a las limitaciones del modelo sanitario dominante. Hemos señalado sus carencias, cuestionado sus inercias y defendido otras formas de comprender y abordar la salud, más integrales, más humanas y más próximas a la experiencia real de quienes la viven.

            Ese posicionamiento no es casual. Surge de la práctica, del contacto continuado con la complejidad de las personas, de la evidencia de que no todo puede reducirse a diagnósticos, tiempos y resultados medibles. Surge también de una voluntad de transformación que ha sido, y sigue siendo, necesaria.

            Pero precisamente por eso, porque hablamos desde una posición crítica y comprometida, la pregunta que da sentido a este texto adquiere una relevancia particular.

            Hay cuestiones que solemos evitar, no por su dificultad, sino por lo que ponen en riesgo. Preguntarnos si también nosotros estamos equivocados no es un ejercicio retórico ni una impostura intelectual. Tampoco es una forma de diluir responsabilidades o relativizar problemas evidentes. Es, más bien, una exigencia que nos obliga a dirigir la mirada hacia dentro en un contexto en el que todo parece empujarnos a mirar hacia fuera. Porque mirar hacia fuera resulta más sencillo. Señalar lo que no funciona, identificar incoherencias, denunciar carencias estructurales o cuestionar modelos dominantes forma parte —y con razón— del discurso de quienes trabajamos en los sistemas sanitarios. Es un ejercicio necesario si se pretende transformar aquello que claramente muestra sus límites.

            Sin embargo, cuando esa mirada se convierte en la única, se corre el riesgo de volverse incompleta.

            Porque es cierto que hay mucho que no funciona. Lo sabemos, lo vemos y lo vivimos. Pero quizá el problema no se agote en lo que ocurre fuera. Tal vez el verdadero punto de inflexión aparezca cuando aceptamos que también nosotros —quienes analizamos, criticamos y proponemos alternativas— no estamos al margen de aquello que cuestionamos. Que nuestra práctica, nuestras decisiones y nuestras formas de intervenir también están atravesadas por contradicciones, inercias y, en ocasiones, por errores que no siempre estamos dispuestos a reconocer.

            Es algo que evitamos plantear. Porque implica abandonar la posición relativamente segura de quienes habitualmente identificamos el problema desde fuera. Supone aceptar que la distancia crítica no garantiza coherencia y que el compromiso con determinados valores no nos sitúa automáticamente en una práctica alineada con ellos.

            En el ámbito de la salud, y particularmente en el de los cuidados, hemos construido —con fundamento— un discurso sólido frente a los límites del modelo dominante. Hemos cuestionado su reduccionismo, su orientación excesiva hacia la enfermedad y su dificultad para incorporar dimensiones como lo relacional, lo comunitario o lo cotidiano. Hemos defendido otras formas de comprender la salud, más integrales, más humanas, más próximas a la experiencia real de las personas.

            Ese recorrido ha sido necesario y sigue siéndolo. Pero todo discurso crítico encierra un riesgo que rara vez se explicita con la misma claridad con la que se señalan los déficits del sistema, el riesgo de convertirse en una nueva certeza que deja de cuestionarse a sí misma.

            Y es precisamente ahí donde este cuestionamiento adquiere sentido.

            No para debilitarnos, sino para sostener con mayor rigor aquello que defendemos. No para cuestionar lo que somos, sino para evitar que dejemos de interrogarnos sobre cómo lo estamos siendo. Porque, en el fondo, el problema no es estar equivocados, sino dejar de considerar esa posibilidad.

La trampa de la certeza moral

            Existe una forma de seguridad que no nace del conocimiento, sino de la convicción de estar en el lado correcto. Y esa forma de seguridad, aunque tranquilizadora, es también una de las más difíciles de cuestionar.

            En los espacios donde se ha desarrollado un discurso crítico frente al modelo dominante —y aquí las enfermeras, especialmente las comunitarias, hemos tenido un papel relevante— hemos ido construyendo una posición que, en muchos aspectos, es no solo legítima, sino necesaria. Hemos identificado desigualdades, denunciado prácticas deshumanizadas, visibilizado dimensiones ignoradas y reivindicado el valor del cuidado, de lo relacional y de lo comunitario.

            Ese posicionamiento ha permitido avanzar, generar pensamiento y abrir espacios. Pero, al mismo tiempo, ha ido configurando una identidad que, si no se revisa, puede derivar en una forma sutil de certeza moral.

            No se trata de una certeza explícita ni arrogante. Se construye de manera más discreta. Aparece cuando empezamos a reconocernos como quienes comprenden mejor la complejidad o como quienes están más cerca de lo que la salud debería ser. Y, desde ahí, sin apenas advertirlo, se reduce la necesidad de seguir interrogándonos.

            El problema no radica en la validez de los planteamientos, sino en la forma en que nos relacionamos con ellos. Cuando una posición se percibe como intrínsecamente correcta, el margen para la revisión se estrecha. La crítica se orienta hacia fuera, mientras que la autoevaluación pierde intensidad o se vuelve superficial.

            De este modo, la certeza moral simplifica la realidad. La organiza en categorías cómodas que permiten diferenciar con claridad lo que consideramos adecuado de lo que rechazamos. Pero esa simplificación tiene el coste de reducir la complejidad de nuestras propias prácticas e invisibilizar las contradicciones que pueden coexistir en ellas.

            Así, resulta más sencillo identificar los déficits del sistema que analizar hasta qué punto nuestras formas de intervenir están realmente alineadas con los valores que defendemos. Más fácil cuestionar modelos ajenos que revisar las lógicas que seguimos reproduciendo en nuestra práctica cotidiana.

            No se trata de equiparar posiciones ni de relativizar diferencias. Existen enfoques claramente más limitados y otros más acordes con una comprensión integral de la salud. Pero reconocerlo no exime de asumir que ninguna propuesta, por sólida que sea, queda al margen de la revisión.

            Porque cuando dejamos de cuestionarnos, dejamos también de aprender. Y cuando el aprendizaje se detiene, incluso las propuestas más transformadoras corren el riesgo de convertirse en discursos rígidos, en nuevas formas de ortodoxia que, paradójicamente, terminan alejándose de la capacidad de transformación que las impulsó.

Cuando criticamos el sistema… pero lo reproducimos

            Pero el problema no es solo el modelo. El problema es también lo que hacemos dentro de él.

            Durante años hemos señalado —con fundamento— los límites del sistema. Frente a ello, hemos defendido la centralidad del cuidado, la continuidad, la mirada integral y la proximidad a las personas y a sus contextos.

            Sin embargo, entre ese marco discursivo y la práctica cotidiana no siempre existe la coherencia que damos por supuesta. No por falta de compromiso, sino porque las inercias del sistema son profundas y, a menudo, operan de manera casi imperceptible. Nos adaptamos a ellas, las incorporamos, las normalizamos. Y en ese proceso, contribuimos también a su reproducción.

            Esta reproducción no suele manifestarse en grandes contradicciones, sino en pequeñas decisiones cotidianas que, acumuladas, configuran una forma de hacer que se aproxima más de lo que creemos a aquello que criticamos. Ocurre cuando organizamos la actividad en función de tareas y no del sentido de la intervención; cuando aceptamos dinámicas que priorizan lo medible frente a lo significativo; cuando asumimos agendas fragmentadas que dificultan una relación terapéutica sostenida, pero seguimos operando dentro de ellas como si fueran inevitables.

            También sucede cuando el lenguaje cambia, pero la práctica no tanto. Hablamos de personas, pero seguimos actuando como si fueran casos. Defendemos la autonomía, pero no siempre generamos espacios reales para que se ejerza. Reivindicamos lo comunitario, pero nuestras intervenciones continúan centradas, en gran medida, en lo individual y de puertas del sistema hacia dentro.

            Y se hace aún más evidente en aquello que rara vez explicitamos, como la forma en que nos relacionamos entre profesionales, en cómo asumimos determinadas jerarquías sin cuestionarlas, incluso cuando contradicen el discurso de trabajo en equipo, o en cómo medimos el valor de nuestras intervenciones más por su reconocimiento organizativo que por su impacto real en la vida de las personas.

            Nada de esto es nuevo. Pero precisamente por eso resulta más relevante.

            Cuando las incoherencias se normalizan, dejan de percibirse como tales. Se integran en la práctica como parte del funcionamiento habitual, y con ello se reduce la tensión crítica que permitiría cuestionarlas.

            Es en ese punto donde la autocrítica deja de ser un ejercicio abstracto para convertirse en una necesidad concreta. Ya no se trata de analizar un sistema ajeno, sino de reconocer nuestra participación en su mantenimiento. No siempre por elección, pero tampoco exclusivamente por imposición. En ocasiones por costumbre, en otras por adaptación y, también —aunque resulte incómodo admitirlo— por una cierta acomodación.

            Sostener una práctica plenamente alineada con los valores que defendemos en un entorno que empuja en dirección contraria no es sencillo. Pero ignorar hasta qué punto nos adaptamos a ese entorno tampoco lo es.

            Quizá, en última instancia, el sistema no se sostiene únicamente por su estructura, sino también por la suma de prácticas que, día a día, lo reproducen. Y en esa suma, nuestra participación no es menor.

La dependencia que no queremos reconocer

            Hay dependencias que se imponen y, por tanto, resultan visibles. Y hay otras que no necesitan imponerse porque han sido asumidas como parte natural del funcionamiento. Estas últimas son, probablemente, las más difíciles de identificar y también las más complejas de transformar.

            Llevamos tiempo reivindicando autonomía profesional, disciplinar, organizativa, en la toma de decisiones y en la construcción del conocimiento. Y esa reivindicación ha sido —y sigue siendo— necesaria. Pero reivindicar autonomía no equivale necesariamente a ejercerla.

            Porque la dependencia no siempre adopta la forma de una subordinación explícita. A menudo se manifiesta de manera más sutil. En la necesidad de validación, en la búsqueda de reconocimiento desde marcos que no son propios o en la tendencia a medir el valor de lo que hacemos en función de criterios que no hemos definido.

            Esto se hace especialmente evidente cuando tratamos de desarrollar un paradigma centrado en el cuidado utilizando el lenguaje, las categorías o los indicadores de otros modelos. En ese intento de encaje, lo que debería constituir una aportación diferenciada corre el riesgo de diluirse. No porque carezca de consistencia, sino porque se expresa en términos que no le son propios.

            La dependencia, además, no siempre limita desde fuera. A veces ordena desde dentro. Se convierte en una referencia implícita que condiciona decisiones, discursos y prácticas sin necesidad de imponerse de manera explícita.

            Cuestionarla implica asumir riesgos, salir de marcos conocidos, exponerse a perder determinadas formas de legitimidad y enfrentarse a inercias profundamente arraigadas. Implica, en definitiva, dejar de pedir permiso para empezar a definir.

            Por eso, quizá el primer movimiento no deba dirigirse hacia fuera, sino hacia dentro. Porque la autonomía no comienza cuando se concede, sino cuando se ejerce.

El riesgo de la autocomplacencia colectiva

            Si la autocrítica individual resulta exigente, la colectiva lo es aún más. No solo por la dificultad de sostenerla, sino por las tensiones que introduce en aquello que, al mismo tiempo, necesitamos preservar, como la cohesión, la identidad y el sentido de pertenencia.

            Los grupos profesionales, como cualquier otro colectivo, se construyen sobre relatos compartidos. Necesitan referencias comunes, marcos de interpretación que permitan reconocerse, legitimarse y avanzar. En el caso de las enfermeras esa construcción ha sido clave para ganar visibilidad, consolidar discurso y ocupar espacios que históricamente no estaban garantizados.

            Pero esa misma construcción encierra un riesgo que no siempre se explicita, el de convertirse en un espacio de confirmación más que de cuestionamiento.

            Cuando la identidad se consolida, tiende a reforzar aquello que la sostiene. Se validan determinados discursos, se reproducen ciertos marcos y se configura una narrativa en la que resulta más fácil reconocerse que interpelarse.

            La crítica interna puede percibirse como desalineación, como falta de compromiso o incluso como una amenaza al propio proyecto colectivo. Y, sin embargo, es precisamente esa crítica la que permite evitar la deriva hacia la autocomplacencia.

            Una autocomplacencia que no se expresa de forma explícita ni triunfalista, sino de manera más discreta. Se manifiesta en la sensación de estar en el lado correcto por el hecho de pertenecer a un determinado enfoque. En la idea, apenas formulada, de que determinadas posiciones requieren menos revisión porque ya han demostrado su legitimidad. Esta forma de autocomplacencia protege. Reduce la incertidumbre, refuerza la identidad y facilita la estabilidad del grupo. Pero también limita.

            Porque cuando el grupo se convierte en refugio, el pensamiento crítico pierde intensidad. Y esa pérdida tiene consecuencias. Se refleja en discursos que tienden a volverse previsibles y poco permeables a la revisión, en procesos formativos que transmiten no solo conocimiento, sino también marcos poco cuestionados, y en una tendencia a explicar los problemas desde fuera, rara vez desde dentro.

            La autocrítica colectiva no debería entenderse como una excepción, sino como una práctica necesaria. No como un gesto puntual, sino como parte del propio desarrollo del pensamiento profesional. Porque no hay transformación posible sin una cierta incomodidad compartida.

¿Qué implica asumir que podríamos estar equivocados?

            Asumir la posibilidad de error no debilita el conocimiento; lo mantiene en movimiento. Lo obliga a contrastarse, a dialogar con otras miradas y a exponerse a enfoques que, aunque incómodos, pueden ampliarlo.

Pero este posicionamiento no se queda en el plano teórico. Tiene implicaciones directas en la práctica. Supone revisar no solo lo que hacemos, sino cómo y para qué lo hacemos. Preguntarnos hasta qué punto nuestras intervenciones responden realmente a las necesidades de las personas o si, en parte, responden también a inercias organizativas, a expectativas institucionales o a formas de hacer que nunca hemos llegado a cuestionar del todo.

            Implica también una forma distinta de escuchar. No como una habilidad comunicativa más, sino como una disposición real a que lo que el otro plantea pueda modificar nuestras propias posiciones. Escuchar, en este sentido, deja de ser un gesto técnico para convertirse en un ejercicio ético.

            No se trata de sustituir unas certezas por otras ni de instalarse en una duda paralizante. Se trata de incorporar la revisión como parte constitutiva del ejercicio profesional. De entender que la solidez de una propuesta no depende de su rigidez, sino de su capacidad para adaptarse, para cuestionarse y para seguir aprendiendo.

            Este enfoque exige tiempo, disposición y una cierta valentía. No siempre es reconocido, ni siempre resulta cómodo en contextos donde la seguridad y la claridad de posicionamiento tienen un valor elevado. Pero quizá sea precisamente esa incomodidad la que indica que se está produciendo un desplazamiento real.

Reflexión final

            Equivocarse forma parte de cualquier proceso que aspire a comprender, a cuidar y a transformar. Forma parte del conocimiento, de la práctica y de la relación con la realidad. Lo que resulta verdaderamente problemático no es el error, sino la dificultad —cuando no la resistencia— para reconocerlo. Porque cuando dejamos de contemplar esa posibilidad, dejamos también de estar disponibles para cambiar.

            Se sigue hablando de transformación, pero se reduce la disposición a transformarse. Se sigue defendiendo el cuidado, pero se corre el riesgo de convertirlo en formulación más que en práctica. Se sigue cuestionando el sistema, pero se debilita la capacidad de cuestionar la propia posición dentro de él.

            En ese proceso, la práctica puede volverse previsible, cómoda, reconocible. Y, precisamente por ello, menos capaz de generar cambios reales.

            El cuestionamiento que ha recorrido toda esta reflexión no busca una respuesta definitiva. No pretende resolverse ni cerrarse. Su valor está en su permanencia.

            Porque ninguna posición, por legítima que sea, queda al margen de la revisión. Ningún discurso, por sólido que parezca, está exento de límites. Y ninguna práctica, por coherente que aspire a ser, se sostiene sin una mirada crítica que la acompañe.

            Plantearnos si también nosotros estamos equivocados no debilita aquello que defendemos. Al contrario, lo sitúa en un lugar más exigente. Porque obliga a sostenerlo no desde la certeza, sino desde la responsabilidad.

            Y quizá sea precisamente ahí donde el cuidado recupera todo su sentido. No como algo que se afirma, sino como algo que se ejerce.

            Porque en ese ejercicio, la duda no es un obstáculo. Es una condición.

[1] Escritora nacionalizada estadounidense, nacida de padres cubano-españoles (1903-1977).

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