
“La experiencia no es lo que te sucede, sino lo que haces con lo que te sucede.”
Aldous Huxley[1]
Existe una idea ampliamente asumida —y rara vez cuestionada— según la cual los problemas del sistema sanitario responden, fundamentalmente, a fallos en su funcionamiento. Se habla de falta de recursos, de sobrecarga asistencial, de listas de espera, de déficits organizativos o de ineficiencias estructurales. Y, sin embargo, pocas veces se plantea una posibilidad distinta, más incómoda pero probablemente más ajustada a la realidad: que el sistema no esté fallando, sino que esté funcionando exactamente como fue diseñado.
Si uno observa con detenimiento qué hace bien el sistema sanitario, la respuesta no deja lugar a demasiadas dudas. Es extraordinariamente eficaz diagnosticando, clasificando, interviniendo y resolviendo episodios concretos. Ha desarrollado una enorme capacidad para identificar alteraciones biológicas, aplicar tratamientos cada vez más precisos y reducir la incertidumbre en torno a procesos agudos. En ese terreno, su rendimiento es indiscutible.
El problema aparece cuando esa misma lógica se traslada a ámbitos que no responden a ese patrón. Cuando se pretende aplicar una estructura pensada para resolver episodios a realidades que no funcionan como episodios. Cuando se intenta encajar la complejidad de la vida cotidiana, de los procesos crónicos o de las situaciones atravesadas por determinantes sociales y morales, emocionales, culturales o relacionales, en un sistema que necesita simplificar para poder operar.
Ahí es donde emergen las tensiones. No porque el sistema deje de hacer lo que sabe hacer, sino porque se le exige que haga algo para lo que no fue concebido. Y cuidar, en el sentido pleno del término, no encaja fácilmente en una lógica diseñada para intervenir sobre enfermedades, en la medida de lo posible, resolubles.
Buena parte de lo que entendemos por cuidado se sitúa precisamente en el ámbito de lo que no puede ser completamente delimitado. No responde a un inicio claro ni a un final definido. No se agota en una intervención concreta ni se resuelve con una decisión puntual. Tiene que ver con procesos, con trayectorias, con relaciones que se construyen en el tiempo y que están atravesadas por múltiples dimensiones que no siempre son visibles ni fácilmente abordables.
Sin embargo, el sistema necesita operar sobre lo visible, lo medible, lo clasificable. Necesita convertir la complejidad en categorías manejables, en indicadores, en tiempos estándar. Y en ese proceso, aquello que no se deja reducir a esas lógicas tiende a quedar desplazado o invisibilizado, precisamente por su dificultad para integrarse en los mecanismos habituales de funcionamiento.
Se genera así una paradoja que rara vez se explicita: cuanto más se intenta incorporar el cuidado al sistema sanitario, más se corre el riesgo de desnaturalizarlo. De convertirlo en una suma de tareas o en una serie de intervenciones protocolizadas que, aun siendo necesarias, no representan lo que cuidar implica.
Es en ese punto donde conviene detenerse. No para cuestionar lo que el sistema hace bien, sino para preguntarse si estamos exigiéndole algo que, por su propia configuración, no puede ofrecer. O, lo que resulta más inquietante, si estamos confundiendo sistemáticamente asistencia con atención —como si fueran equivalentes—, intervención con acompañamiento, resolución con proceso… y todo ello con cuidado.
Porque si ese es el caso, el problema no es que el sistema funcione mal. Es que estamos esperando de él algo para lo que no fue diseñado.
Esa confusión no es inocente. Tiene consecuencias en la forma en que se organiza la atención y en cómo profesionales y ciudadanía interpretan lo que ocurre dentro del sistema. Cuando se identifica cuidar con intervenir, o acompañar con resolver, se construye una idea del cuidado ajustada más a las necesidades del sistema que a las de las personas. Y cuando, además, se confunde con la simpatía, no solo se simplifica, se banaliza: se convierte en un gesto amable, perdiendo su sentido como práctica profesional con capacidad transformadora y terapéutica.
El sistema sanitario, tal y como está configurado, necesita actividad. Necesita producir intervenciones, registrar actuaciones, justificar tiempos, demostrar resultados. Su lógica es, en gran medida, una lógica de producción. Cuantos más procesos se atienden, cuanto más rápido se resuelven y cuanto más medible es la actividad, mayor sensación de eficacia genera. Y esa lógica, comprensible desde el punto de vista organizativo, acaba impregnando también la práctica profesional.
Es precisamente esa lógica productiva y cuantitativa la que termina generando buena parte de los problemas que el propio sistema dice querer resolver. El aumento de las listas de espera, el colapso de las agendas o la progresiva deshumanización de la atención no son anomalías, sino consecuencias directas de una dinámica que el propio sistema alimenta. Una dinámica que, lejos de generar satisfacción, produce rechazo; lejos de ser eficiente, deriva en gasto incontrolado. Y, aun así, se perpetúa sin apenas cuestionamiento, bien porque no se cuestiona, bien porque el debate se desplaza hacia respuestas que, aun siendo necesarias en determinados contextos, no abordan el problema de fondo, como ocurre cuando se reduce a un aumento de plantillas sin revisar la lógica que organiza el sistema.
Así, el cuidado corre el riesgo de convertirse en una tarea más dentro de una secuencia de acciones. Algo que se hace, se registra y se da por concluido cuando se ha cumplido el objetivo previsto. Una especie de simulacro funcional que reproduce la forma del cuidado, pero no necesariamente su sentido.
Los ejemplos son conocidos. Intervenciones educativas que se limitan a transmitir información en un tiempo determinado, sin atender a si responde a una necesidad sentida o puede ser comprendida e integrada. Seguimientos que se reducen a comprobar el cumplimiento de indicaciones sin explorar las dificultades reales. Planes de cuidados técnicamente correctos pero desvinculados del contexto en el que deberán desarrollarse y de las necesidades concretas de las personas.
En todos estos casos, la actividad existe. La intervención se produce. El sistema puede registrar que ha actuado. Y, sin embargo, el cuidado —en su dimensión más profunda— puede no haber tenido lugar.
El problema no es que estas intervenciones sean innecesarias. Lo son, y en muchos casos imprescindibles. El problema es asumir que con ellas se agota el cuidado, que lo que no entra en ese formato no existe o carece de valor.
Se produce así una reducción conceptual. La idea de cuidado se estrecha hasta coincidir con aquello que el sistema puede asumir, medir y gestionar. Y todo lo que queda fuera pasa a ser secundario o prescindible.
En ese contexto, no resulta extraño que muchas de las dimensiones del cuidado con mayor impacto en la vida de las personas queden invisibilizadas: la construcción de confianza, la continuidad de los procesos, el acompañamiento en la incertidumbre, la adaptación a contextos concretos, el afrontamiento eficaz de problemas de salud, la generación de entornos saludables o el trabajo con redes formales e informales. Todo aquello que no se resuelve en un acto puntual ni puede reducirse a un indicador sencillo tiende a desaparecer del foco.
Y cuando desaparece del foco, deja también de formar parte de lo que se reconoce, de lo que se valora y, en última instancia, de lo que se prioriza.
Esto no solo afecta a las personas que reciben atención. Impacta también de manera directa en quienes la proporcionan. Porque trabajar en un sistema que no reconoce aquello que da sentido a la propia práctica genera una forma particular de desgaste. No tanto la asociada al exceso de trabajo, sino otra más difícil de identificar: la disonancia entre lo que se hace y lo que se considera importante.
Esa disonancia no siempre se expresa de manera explícita. A veces se traduce en una sensación difusa de insatisfacción, en la percepción de que, a pesar de cumplir con lo esperado, algo esencial queda pendiente. Otras veces adopta formas más visibles: frustración, desmotivación, abandono de prácticas que requieren tiempo y no encuentran respaldo organizativo o incluso el abandono de la profesión.
Y, sin embargo, el sistema sigue funcionando. Sigue produciendo actividad, generando datos, mostrando resultados. Desde fuera, puede incluso parecer que responde adecuadamente a las demandas. Pero esa apariencia oculta una cuestión de fondo que rara vez se aborda: si lo que se está haciendo es realmente cuidar o, simplemente, gestionar la atención bajo parámetros que no contemplan el cuidado en toda su complejidad.
Llegados a este punto, la tentación más inmediata sería plantear la necesidad de reformar el sistema, introducir ajustes que permitan incorporar el cuidado de manera más efectiva, mejorar la coordinación, ampliar recursos o rediseñar procesos. Y, sin embargo, esa respuesta, aun siendo necesaria en muchos aspectos, puede quedarse en la superficie si no se aborda la cuestión previa: cuál es la lógica sobre la que el sistema está construido.
Porque no se trata únicamente de que falten elementos, sino de que los que existen responden a una determinada forma de entender la salud, la enfermedad y la intervención.
En ese sentido, el sistema no está incompleto. Está orientado: hacia la resolución de problemas definidos, hacia la intervención sobre lo que puede ser identificado y modificado en relación con la enfermedad, hacia la obtención de resultados medibles y comparables. Esa orientación no es casual ni responde solo a decisiones organizativas. Es el resultado de un marco conceptual que prioriza determinadas dimensiones de la salud y que, al hacerlo, deja en un segundo plano otras.
El cuidado, entendido como proceso relacional, contextual y abierto, no encaja fácilmente en ese marco. No porque sea incompatible, sino porque introduce variables que desbordan su lógica: la incertidumbre, la subjetividad, la diversidad de trayectorias, la individualización o la necesidad de adaptar constantemente la intervención a realidades cambiantes.
Incorporar plenamente el cuidado implicaría, por tanto, no solo añadir nuevas prácticas, sino cuestionar algunos de los supuestos sobre los que se organiza el sistema. Implicaría aceptar que no todo puede ser estandarizado, que no todo resultado es inmediato ni cuantificable, que el tiempo no siempre puede comprimirse sin afectar al sentido de la intervención.
Pero la cuestión de fondo no pasa por diseñar mejores estrategias para encajar el cuidado dentro del modelo actual. La cuestión es si el propio modelo está dispuesto a transformarse para que el cuidado forme parte de su lógica interna y no de sus márgenes. Porque cuando el cuidado se introduce como un añadido, acaba funcionando como un cuerpo extraño: algo que el sistema tiende a encapsular, neutralizar o, sencillamente, expulsar.
De ahí la necesidad de un debate riguroso, profundo y honesto. Un debate que no se limite a introducir ajustes, sino que permita revisar los fundamentos sobre los que se organiza el sistema. Porque cuando los problemas se cronifican, no se resuelven con parches, sino con cambios capaces de reconfigurar el conjunto.
Y eso tiene implicaciones profundas. Obliga a revisar qué se entiende por eficiencia, qué se considera éxito, cómo se distribuyen los recursos, qué se prioriza en la práctica cotidiana y qué profesionales asumen, de manera explícita, la responsabilidad de hacerlo posible. Obliga, en definitiva, a desplazar el foco desde la actividad hacia el sentido de la actividad. Desde lo que se hace hacia para qué se hace.
Sin embargo, ese desplazamiento no resulta sencillo. No solo por las inercias organizativas o las limitaciones estructurales, sino porque cuestiona formas de trabajo profundamente arraigadas y, en algunos casos, identidades profesionales construidas en torno a ellas.
Es más cómodo pensar que el sistema necesita pequeños ajustes que asumir que requiere una revisión más profunda de sus fundamentos. Es más sencillo añadir programas, protocolos o indicadores que preguntarse si el marco desde el que se diseñan es el adecuado.
Por eso, muchas de las iniciativas orientadas a “humanizar” la atención o a “incorporar el cuidado” acaban quedándose en buenas intenciones. Introducen elementos valiosos, sin duda, pero lo hacen sin modificar la lógica de fondo. Se añaden espacios de escucha en agendas saturadas, se promueven intervenciones centradas en la persona dentro de estructuras que siguen priorizando la rapidez y la resolución, se habla de continuidad en contextos fragmentados.
Y así, el cuidado se convierte en un complemento, en algo que se intenta integrar en los márgenes de un sistema que sigue funcionando bajo parámetros distintos.
El resultado es una tensión constante entre lo que se declara y lo que realmente se hace. Entre el discurso y la práctica. Entre la intención de cuidar y las condiciones que lo dificultan.
Y en esa tensión se instala buena parte de la experiencia cotidiana de quienes trabajan en el sistema. Porque esos mismos profesionales no son ajenos a la lógica que lo sostiene. Se forman dentro de ese modelo, lo interiorizan y acaban identificándolo como propio. Para algunos, cuestionarlo supone una amenaza a su manera de entender la práctica y a los espacios de seguridad construidos en torno a ella. Para otros, la adaptación es progresiva, casi imperceptible.
De un modo u otro, muchos profesionales terminan contribuyendo a la reproducción del modelo, no tanto por convicción como por inercia, adaptación o falta de alternativas percibidas. Y es ahí donde la posibilidad de cambio se vuelve más compleja: cuando aquello que debería ser cuestionado empieza a vivirse como propio.
Pero junto a esa adaptación existe también otra posición, menos visible pero igualmente determinante. La de quienes no solo asumen el modelo, sino que lo defienden activamente porque lo identifican como expresión de su propia práctica, de su trayectoria y de los principios sobre los que han construido su identidad profesional. En estos casos, el modelo deja de percibirse como una estructura revisable y pasa a convertirse en un marco irrenunciable.
Cuando un sistema ha sido, en buena medida, diseñado o sostenido por quienes lo habitan, cualquier cuestionamiento puede interpretarse como una amenaza. No como una oportunidad de mejora, sino como un intento de deslegitimar lo construido o de poner en duda formas de hacer que durante años han sido reconocidas.
El problema es que, cuando esa defensa se convierte en resistencia, el debate deja de centrarse en lo que es necesario transformar y pasa a orientarse a la protección de un modelo que, aun mostrando signos evidentes de agotamiento, se mantiene como incuestionable. Y en ese desplazamiento, lo que se preserva no es solo una forma de organización, sino también una manera de entender la salud y la intervención que tiende a limitar más que a abrir posibilidades.
Porque cuando un modelo se defiende como identidad, deja de estar al servicio de las personas y pasa a exigir que sean las personas quienes se ajusten a sus límites.
[1] Escritor y filósofo británico (1894-1963)