
Hay palabras que, cuando se encadenan, no buscan insultar sino describir. Misógino, xenófobo, hipócrita, cínico, irrespetuoso, irresponsable, narcisista, egocéntrico, autoritario, reaccionario, manipulador, mentiroso, despreciativo, intolerante, instigador, conspirador, falso, insolente, petulante, histriónico, mezquino, inquisitivo, irracional, tirano, irreflexivo, acrítico, injusto… no conforman aquí un desahogo emocional, sino un intento de aproximación a un estilo de liderazgo que se exhibe sin pudor, que se teatraliza a diario y que, lejos de ocultarse, se convierte en marca política. No hacen falta interpretaciones sofisticadas ni a análisis sesudos, basta con observar, escuchar, leer. La conducta es el discurso.
Lo verdaderamente inquietante no es, sin embargo, la existencia de un líder con estas características. La historia ha demostrado que siempre los ha habido. Lo preocupante es que ese perfil no solo sea tolerado, sino celebrado, amplificado y refrendado en las urnas. Que una mayoría suficiente de ciudadanos decida que ese es el rostro que mejor los representa. Ahí es donde la cuestión deja de ser individual para convertirse en colectiva.
Porque el problema ya no es solo quién ocupa la presidencia de EEUU, sino qué dice eso de una parte significativa de la sociedad estadounidense. No se trata de cuestionar la democracia —faltaría más—, sino de interrogar sus resultados cuando estos parecen tensionar sus propios principios. Elegir democráticamente a quien erosiona las bases de la convivencia democrática es una paradoja que incomoda, pero que no puede ignorarse.
El fenómeno no es nuevo, aunque sí especialmente visible. El liderazgo basado en la confrontación permanente, en la simplificación grosera de la realidad, en la construcción de enemigos internos y externos, en el desprecio por el conocimiento experto y en la exaltación de una identidad nacional excluyente ha encontrado en el movimiento MAGA su expresión más reconocible. Un lema aparentemente inocente —“hacer América grande de nuevo”— que, sin embargo, encierra la pregunta incómoda de ¿grande para quién y a costa de qué?
La grandeza que se proclama parece sustentarse más en la nostalgia que en el proyecto, más en el agravio que en la propuesta, más en la emoción que en la razón. Y en ese terreno, el actual presidente se mueve con una habilidad indiscutible. Domina el lenguaje del espectáculo, convierte cada intervención en un acto de reafirmación identitaria y reduce la complejidad del mundo a consignas fácilmente digeribles. No importa tanto la veracidad como la eficacia del mensaje. No importa tanto la coherencia como la capacidad de movilización.
En ese juego, la figura del líder se hipertrofia hasta convertirse en medida de todas las cosas. Él decide quién es patriota y quién no, quién merece reconocimiento y quién desprecio, qué es verdad y qué es mentira. La política se personaliza hasta el extremo y las instituciones quedan subordinadas al relato. No es una deriva menor. Es una transformación profunda de la cultura política.
Desde fuera, la imagen que proyecta Estados Unidos bajo este liderazgo dista mucho de aquel referente democrático que durante décadas quiso representar. El llamado “sueño americano”, construido sobre la idea de oportunidad, esfuerzo y progreso, empieza a percibirse como una narrativa desgastada, cuando no directamente como una ficción. Para muchos, se ha transformado en una pesadilla donde la desigualdad crece, la polarización se intensifica y la convivencia se resiente.
Y, sin embargo, conviene no caer en la simplificación inversa. Estados Unidos no es solo su presidente, ni siquiera la mayoría que lo ha votado. Es también la pluralidad de voces que resisten, que cuestionan, que defienden otros valores. Pero esa complejidad queda a menudo eclipsada por la potencia mediática de un liderazgo que entiende como pocos el funcionamiento de la atención en la era digital.
La ironía es que, en su empeño por “hacer grande” a su país, puede estar contribuyendo a erosionar su credibilidad internacional, su capacidad de influencia y su autoridad moral. Porque la grandeza no se impone, se construye. No se proclama, se demuestra. Y difícilmente puede sostenerse sobre la descalificación constante, la mentira reiterada o el desprecio por la diferencia.
La pregunta de fondo no es, por tanto, cuánto tiempo durará este liderazgo, sino qué huella dejará. Qué efectos tendrá en la calidad democrática, en la cohesión social, en la percepción global de Estados Unidos. Y, sobre todo, qué capacidad tendrá la propia sociedad estadounidense para revisarse, para cuestionarse, para corregir el rumbo si así lo decide.
Porque, al final, la única salida posible sigue siendo la misma que permitió su llegada, el voto. Esa herramienta que, utilizada con responsabilidad, puede abrir y cerrar etapas. Que puede legitimar, pero también rectificar. Que puede convertir una deriva en aprendizaje o consolidarla como norma.
Pero no bastará con cambiar de presidente. Hará falta reconstruir la confianza, recuperar el sentido de lo común y recordar que la democracia no es solo elegir, sino también saber a quién —y para qué— se elige.