
Vivimos un tiempo en el que la soledad ha dejado de ser un fenómeno silencioso para convertirse en una preocupación pública. Se habla de ella con frecuencia, se cuantifica, se medicaliza, se incorpora a agendas políticas e incluso se diseñan estrategias para abordarla. Sin embargo, en ese creciente interés subyace una simplificación que conviene cuestionar: la identificación casi automática de la soledad no deseada con las personas adultas mayores. Sin negar la evidencia de que este grupo la sufre de manera significativa, reducir el problema a una cuestión de edad no solo es injusto, sino que revela la persistencia de un edadismo social que invisibiliza otras realidades igualmente preocupantes.
Porque la soledad no deseada no es patrimonio exclusivo de quienes han envejecido. También se está gestando, de forma silenciosa pero intensa, en la infancia y la adolescencia. Y en este caso, lejos de ser un fenómeno inevitable, responde en gran medida a dinámicas sociales, familiares y tecnológicas que estamos normalizando sin suficiente reflexión crítica. La expansión de las tecnologías de la información, el uso masivo de redes sociales y la irrupción de la inteligencia artificial han configurado un ecosistema relacional profundamente distinto. Un entorno que, bajo la apariencia de hiperconexión, puede estar favoreciendo nuevas formas de aislamiento.
No se trata de demonizar la tecnología, sino de reconocer sus efectos cuando se utiliza sin límites ni acompañamiento. En edades clave para el desarrollo emocional, cognitivo y social, la dependencia de las redes puede generar una sustitución progresiva de las relaciones presenciales por interacciones mediadas, superficiales y, en muchos casos, desprovistas de autenticidad. Lo que se presenta como conexión permanente es, en realidad, una exposición constante a contenidos y modelos que no siempre pueden ser comprendidos por quienes aún están construyendo su identidad.
Esta dinámica no es neutra. La comparación con estándares irreales, la búsqueda de validación externa, la presión por encajar y la dificultad para diferenciar entre lo real y lo virtual van configurando una forma de estar en el mundo que puede desembocar en aislamiento, inseguridad y soledad. Una soledad especialmente preocupante porque se produce en etapas en las que el vínculo, el reconocimiento y la pertenencia son fundamentales.
Pero sería un error situar la responsabilidad exclusivamente en niños y adolescentes. Hacerlo es una forma de eludir una autocrítica necesaria. La familia desempeña un papel clave en este proceso. No solo por la permisividad o la falta de control sobre el uso de dispositivos y redes, sino también por la delegación progresiva de la atención y el cuidado en las pantallas. En demasiadas ocasiones, la tecnología se convierte en una herramienta para “ganar tiempo”, evitando la exigencia de presencia adulta que implica educar.
A ello se suma la responsabilidad de una sociedad que, en nombre de la libertad y el progreso, ha renunciado en gran medida a establecer marcos claros de regulación. La ausencia de límites efectivos en el acceso a determinados contenidos, la escasa supervisión de plataformas y la falta de políticas públicas configuran un escenario en el que la infancia y la adolescencia quedan expuestas a realidades para las que no están preparadas. No se trata solo de proteger, sino de garantizar condiciones que favorezcan un desarrollo saludable.
Las consecuencias trascienden el aislamiento individual. Afectan a la forma en que se construyen las relaciones, a la interpretación de la sexualidad, a la percepción de la diferencia y a la gestión del conflicto. El acoso escolar amplificado por lo digital, las expresiones de odio o la banalización de la violencia son manifestaciones de un problema más profundo, que puede derivar en fracaso escolar, experiencias traumáticas o conductas autolesivas.
Hablar de soledad en la infancia y la adolescencia exige ampliar el foco. No estamos solo ante una soledad “no deseada”, sino en muchos casos ante una soledad inducida, construida colectivamente por decisiones —o por su ausencia— que implican a familias, instituciones y sociedad. Y reconocerlo implica asumir responsabilidades.
La escuela puede y debe desempeñar un papel relevante como espacio de aprendizaje relacional, de construcción de vínculos y de desarrollo de competencias socioemocionales. Pero su capacidad es limitada si no existe una coherencia con el entorno familiar y un respaldo claro desde las políticas públicas. Es necesario un enfoque integral que articule educación, salud, regulación y comunidad.
En este sentido, resulta imprescindible construir contextos saludables que ofrezcan alternativas atractivas, relacionales y significativas —espacios de encuentro, juego, cultura, deporte y participación— que actúen como verdadero antídoto frente a la dependencia tecnológica y a sus consecuencias.
Persistir en la idea de que las redes sociales son inocuas y plenamente controlables es uno de los errores más graves que podemos cometer. Como también lo es responsabilizar de manera simplista a quienes tienen menos capacidad para gestionar sus efectos. Culpar a la juventud sin revisar las condiciones que hemos generado es, además de injusto, profundamente ineficaz.