EL NUEVO DESORDEN

            Hay titulares que, leídos de forma aislada, parecen simplemente una sucesión caótica de acontecimientos, Sin embargo, cuando se colocan uno junto a otro, cuando se miran sin la distracción de la inmediatez, empiezan a dibujar un patrón inquietante.

            Un ministro de Defensa que quiere llevar a todo un pueblo a la “Edad de Piedra”. Un secretario de Estado estadounidense que purga estructuras clave de seguridad. Un presidente que decide que la prensa es prescindible en la sede de la soberanía popular. Otro que impulsa macrojuicios sin garantías suficientes en nombre del orden. Pactos políticos que introducen categorías de ciudadanos con más derechos que otros. Y declaraciones judiciales que cuestionan la base misma de la protección frente a la violencia de género.

            Pero, no son hechos inconexos. No son anomalías puntuales. Son expresiones distintas de una misma lógica. Una forma de entender el poder que se caracteriza por su vocación excluyente, su desprecio por los contrapesos y su tendencia a simplificar la realidad hasta convertirla en un relato binario: nosotros frente a ellos. Orden frente a caos. Seguridad frente a derechos. Como si todo fuera incompatible. Como si la complejidad fuera un problema a eliminar en lugar de una realidad a gestionar.

            Lo verdaderamente preocupante no es solo que estas dinámicas existan. Es que prosperen en contextos que, al menos formalmente, se reconocen como democráticos. Porque eso significa que no estamos ante una ruptura abrupta del sistema, sino ante una transformación gradual. Un desplazamiento silencioso de los límites de lo aceptable. Una erosión lenta, pero constante, de los principios que sostienen la convivencia.

            Este fenómeno tiene en la transversalidad su cualidad más peligrosa. No responde a una única ideología, ni a un solo país, ni a un contexto específico. Se adapta, muta, adopta acentos locales. Pero mantiene intacto el núcleo de la concentración de poder, la deslegitimación del adversario, la reducción de derechos en nombre de supuestos bienes superiores. Y, sobre todo, la construcción de un clima social en el que todo ello parece razonable, incluso necesario.

            Así es como se configura lo que podríamos llamar un nuevo “desorden”. Un marco en el que las reglas no desaparecen, pero se reinterpretan. En el que las instituciones no se eliminan, pero se vacían. En el que la legalidad sigue existiendo, pero se pone al servicio de objetivos que poco tienen que ver con el interés general. Un escenario en el que la democracia deja de ser un sistema de garantías para convertirse en una mera herramienta de legitimación.

            Y mientras tanto, la sociedad observa. A veces con preocupación, a veces con indiferencia, a menudo con una mezcla de ambas. La saturación informativa, la velocidad del ciclo mediático y la polarización contribuyen a generar una especie de anestesia colectiva. Todo ocurre demasiado rápido, todo parece demasiado complejo, todo se percibe como demasiado lejano. Hasta que deja de serlo.

            Porque ninguna de estas decisiones es inofensiva. Todas tienen consecuencias. Algunas inmediatas, otras a medio o largo plazo. Pero todas contribuyen a moldear el entorno en el que vivimos. A definir qué es aceptable y qué no lo es. A establecer los límites de nuestros derechos y las condiciones de nuestra convivencia.

            Y aquí es donde aparece la dimensión incómoda, pero ineludible de la responsabilidad colectiva. Es tentador pensar que estos procesos son ajenos, que responden exclusivamente a la acción de líderes políticos o élites de poder. Pero esa es solo una parte de la historia. La otra tiene que ver con el papel de la ciudadanía. Con nuestras decisiones, nuestras omisiones, nuestras prioridades.

            Las democracias no se deterioran únicamente desde arriba. También lo hacen cuando se normalizan determinados discursos, se relativizan ciertos abusos o se acepta como inevitable lo que en realidad es evitable. El populismo, en sus distintas versiones, no solo seduce, también adormece. Reduce la capacidad crítica, simplifica los problemas y ofrece soluciones aparentemente rápidas a cuestiones estructurales.

            El resultado es una sociedad que, poco a poco, se acostumbra. Que deja de sorprenderse. Que empieza a ver como normales cosas que, no hace tanto, habrían generado un rechazo casi unánime. Y ese es, el mayor triunfo de esta deriva. No tanto imponer un modelo, sino lograr que deje de percibirse como una anomalía.

            Nada de lo que está ocurriendo es casual. Todo responde a causas concretas, a decisiones específicas, a estrategias deliberadas. Y, por tanto, todo podría haber sido distinto. Como también puede serlo en el futuro.

            Pero para eso hace falta algo más que indignación puntual. Hace falta conciencia, compromiso y, sobre todo, memoria.

            La historia no se repite de forma idéntica, pero rima con una precisión inquietante. Ignorar esas rimas no las hace desaparecer. Solo nos hace más vulnerables a sus efectos. Mirar hacia otro lado ya no es una opción inocente. Es, en sí misma, una forma de participación.

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