DÍA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMERAS Cuidar como fundamento de la dignidad humana

 

            Vivimos un tiempo marcado por la aceleración tecnológica, la expansión de la inteligencia artificial y una forma de vivir cada vez más centrada en lo inmediato, lo individual y lo utilitario, el valor del cuidado corre el riesgo de diluirse. No como acto puntual, sino como fundamento de la convivencia.

            Mientras la ciencia y la tecnología abren posibilidades inéditas, crecen también el cuestionamiento del conocimiento riguroso, la desconfianza hacia lo colectivo y la normalización de formas de relación basadas en la imposición, el desprecio o la indiferencia hacia quien es diferente. Se debilitan los vínculos, se endurecen los discursos y se tensiona el sentido mismo de la dignidad humana. En ese contexto, el cuidado no es una opción.

            Cuidar implica escuchar, acompañar, comprender, respetar. Implica reconocer al otro como legítimo, incluso —y especialmente— cuando es distinto o vulnerado. Supone construir espacios de encuentro donde el consenso sea posible y donde la diferencia no se convierta en amenaza. El cuidado es una forma de organizar la vida social, política y profesional.

            Cuando el cuidado se debilita, no solo se resienten las relaciones personales. Se resiente el tejido social en su conjunto.

            Por eso, las enfermeras representan la mejor forma de entender y prestar el cuidado. Su identidad se sustenta en un conocimiento científico sólido y en una competencia que integra la dimensión biológica, psicológica, social y contextual. Generan salud en sentido amplio, atendiendo a las condiciones de vida y a los entornos en los que las personas nacen, crecen, trabajan, se relacionan, envejecen y mueren.

            Cuando se cuestionan principios básicos como la universalidad de la atención, se rechaza y acosa al diferente o se banalizan situaciones de violencia y desigualdad, su aportación adquiere una relevancia especial. No desde el protagonismo o la exclusividad, ni desde la reivindicación corporativa, sino desde la práctica permanente de un cuidado profesional que responde con eficacia, calidad y calidez a necesidades cada vez más complejas.

            Porque el cuidado promociona la salud, como forma de vida. Pero también contribuye a prevenir y evitar, cuando es posible, la enfermedad, acompañando en los procesos de recuperación, facilitando la rehabilitación y reinserción y, sobre todo, contribuyendo a que las personas y las comunidades desarrollen capacidades para cuidar de sí mismas y de los demás.

            Ahí reside una de sus mayores fortalezas. En su capacidad para generar autonomía, para fortalecer, para transformar la relación entre las personas y su propia salud. Con ellas y para ellas, nunca a pesar de ellas.

            En un mundo donde el hedonismo convive con la frustración, donde la radicalización desplaza al diálogo y donde la inmediatez sustituye a la reflexión, el cuidado introduce un tiempo distinto. Un tiempo que no se puede comprimir sin perder sentido. Un tiempo que exige presencia, compromiso y responsabilidad.

            Frente a una lógica de eficacia entendida solo como rapidez o rendimiento, el cuidado aporta otra medida de valor. Aquella, que se expresa en bienestar, en dignidad, en calidad de vida. Aquella que no tiene listas de espera.

            Por eso, en el Día Internacional que se celebra cada 12 de mayo, hablar de enfermeras no debe ser un ejercicio de elogio circunstancial ni de reconocimiento puntual. Tampoco una acumulación de adjetivos grandilocuentes ni de homenajes efímeros. Es la oportunidad para entender qué representan y por qué su presencia y aportación debe ser reconocida y valorada. Sin alaracas, pero con convicción. Sin palabras huecas, pero con honestidad.

            Porque hacerlo, no es solo reconocer a un colectivo profesional. Es reconocer la centralidad del cuidado enfermero en una sociedad que, paradójicamente, lo necesita más que nunca. Es asumir que no hay salud posible sin cuidado y que no hay cuidado de calidad sin enfermeras formadas, comprometidas y presentes en todos los ámbitos donde la vida sucede.

            Porque las enfermeras cuidan en los sistemas de salud, pero también en las escuelas, en los domicilios, en las comunidades, en los espacios donde la vulnerabilidad se hace visible y donde, a menudo, nadie más llega.

            Y lo hacen sin distinción, sin seleccionar a quién merece o no ser cuidado. Esa es, quizá, una de las claves más relevantes en el momento actual. Cuando se introducen discursos que cuestionan la igualdad de derechos o que pretenden establecer categorías entre personas, el cuidado profesional enfermero se mantiene firme en el principio básico de que todas las personas merecen ser cuidadas. Sin excepciones.

            Celebrar el Día Internacional de las Enfermeras, es mirarnos como sociedad y preguntarnos qué lugar ocupa el cuidado en nuestras decisiones, en nuestras prioridades y en nuestra forma de relacionarnos. Porque esta será la mejor manera de celebrar que contamos con enfermeras. Porque nada puede sustituir al cuidado. Y nadie puede vivir sin él.

            En ese equilibrio entre ciencia y humanidad, entre conocimiento y compromiso, entre técnica y relación, las enfermeras no solo están presentes, son, sencillamente, insustituibles.

DÍA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMERAS   Lo que los silencios ocultan y las palabras descubren

“No basta con estar ocupado; también lo están las hormigas. La cuestión es: ¿en qué estamos ocupados?”

Florence Nightingale[1]

            Hay celebraciones que se repiten cada año sin que nos detengamos a pensar qué significan realmente. Días que pasan por el calendario envueltos en mensajes previsibles, reconocimientos apresurados y palabras que, de tanto repetirse, acaban perdiendo fuerza. El Día Internacional de las Enfermeras corre ese riesgo.

            Porque no se trata de celebrar una palabra, ni una disciplina, ni una etiqueta profesional. No se celebra la Enfermería como concepto abstracto, sino a las enfermeras como profesionales que, desde el conocimiento, la experiencia y el compromiso, sostienen el cuidado allí donde la vida sucede.

            Y, sin embargo, a pesar de su presencia constante, su aportación sigue siendo, en gran medida, invisible o malinterpretada. Se da por hecho que están, pero no siempre se comprende qué hacen realmente ni por qué son imprescindibles. Persisten ideas simplificadas que las sitúan en un plano secundario, como complemento de otros saberes considerados centrales, o se reduce su papel a una mezcla difusa de técnica y amabilidad que no alcanza a reflejar la complejidad de su práctica.

            En un momento en el que la salud se sigue asociando de manera casi automática a diagnósticos y tratamientos, y en el que el valor del cuidado queda con frecuencia diluido frente a lo que se prescribe o se mide, resulta necesario detenerse y mirar de otra manera. Entender que el cuidado no es un añadido, ni un gesto accesorio, sino una respuesta esencial a muchas de las situaciones que condicionan la vida de las personas y que no siempre encuentran solución en un fármaco o en una prueba.

            Tal vez por eso tiene sentido, más que celebrar, preguntarse. Y hacerlo desde la experiencia cotidiana, desde lo cercano, desde aquello que, sin hacer ruido, sostiene buena parte de lo que entendemos por salud.

            Lo que sigue no es una explicación. Es una conversación. Una conversación entre una enfermera y una mujer, no una paciente, a la que atiende en la consulta de un centro de salud. Una conversación que transcurre en un espacio de confianza y cercanía, pero también de sinceridad, de dudas, de certezas que se cuestionan, de ideas que se desarman y se reconstruyen. Una conversación en la que caben tanto el reconocimiento como la crítica. Y en la que, quizá, se entienda mejor por qué tiene sentido hablar —y no solo celebrar— a las enfermeras en el día internacional que las nombra.

            Ana tiene una visita concertada con su enfermera de referencia, Laia. Acude a su consulta y, tras llamar a la puerta, entra.

 

—Laia, he visto en un cartel del tablón de anuncios que, dentro de poco, es el Día Internacional de la Enfermería —dijo Ana al entrar, con esa familiaridad tranquila que dan el tiempo y la confianza—. No sé muy bien qué se celebra.

Laia dejó lo que estaba haciendo y centró la atención en ella, como hacía siempre.

—No celebramos el día de la Enfermería —respondió con naturalidad—. Celebramos el de las enfermeras.

Ana arqueó ligeramente las cejas.

—¿Y no es lo mismo?

—No. Y que se confunda no es un detalle menor.

No había tensión, pero sí un interés sincero. Ana sabía que con Laia las respuestas no eran automáticas, pero sí claras.

—¿Me lo puedes explicar? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia delante.

—Hay dos personas que me han avisado de que no podían venir, por lo que tengo tiempo para hacerlo con mucho gusto Ana.

—La Enfermería es la disciplina. El conocimiento, el marco que nos permite comprender y actuar. Pero quien cuida, quien decide, quien asume la responsabilidad… somos las enfermeras. La Enfermería, por sí sola, no hace nada.

Ana asintió despacio.

—Nunca lo había pensado así.

—Porque solemos hablar en abstracto —continuó Laia—. Decimos “la Enfermería hace”, “la Enfermería decide”… y no. Somos nosotras. Para bien y para mal.

Ana mantuvo la mirada, sin incomodidad, pero con interés.

—¿También para mal?

—Claro —respondió sin dramatismo—. Cuando cuidamos bien, fortalecemos la Enfermería. Cuando no lo hacemos, también la definimos. No existe al margen de quienes la ejercemos.

Ana dejó pasar unos segundos antes de seguir.

—Entonces… ¿el día internacional es una forma de reconocer vuestro trabajo?

—Si se queda solo en eso, se queda corto.

—¿Por qué?

Laia no respondió de inmediato. No buscaba convencer, sino hacer pensar.

—Porque no se trata de reconocernos —dijo finalmente—. Se trata de entender por qué existimos y qué papel tenemos en la vida de las personas.

Ana apoyó las manos sobre las rodillas.

—¿Y cuál es ese papel?

Laia sostuvo su mirada con serenidad.

—Cuidar. Pero no en el sentido en el que normalmente se entiende.

Ana esbozó una leve sonrisa.

—Entonces, ¿qué es cuidar de verdad?

—Cuidar es intervenir en la vida de las personas con conocimiento, con intención y con responsabilidad para que puedan vivir mejor. Incluso cuando no se pueden curar.

Ana dudó un instante.

—¿Incluso cuando no hay enfermedad?

Laia negó suavemente.

—Sobre todo cuando no hay enfermedad.

Ana permaneció en silencio unos segundos, como si necesitara recolocar lo que acababa de escuchar.

—Entonces… —dijo finalmente— ¿las enfermeras no estáis para cuando la gente se pone enferma?

Laia esbozó una leve sonrisa, no de corrección, sino de comprensión.

—Estamos también para eso. Pero si nos quedamos ahí, nos quedamos en una parte muy pequeña de lo que somos.

Ana frunció ligeramente el ceño.

—¿Pequeña? Desde fuera parece lo principal.

—Porque hemos aprendido a mirar la salud desde la enfermedad —respondió Laia con calma—. Todo gira en torno a ella: los recursos, la organización, incluso la manera de entender a las personas. Pero la vida no empieza cuando aparece un diagnóstico, ni se detiene cuando desaparece.

Ana asintió despacio.

—Tiene sentido… pero no sé si lo había pensado así.

—Es lógico —continuó Laia—. Se nos ha enseñado a asociar salud con no estar enfermo. Y no es lo mismo. Hay personas que, sin enfermedad, necesitan cuidados para vivir mejor. Y hay personas con enfermedad que pueden tener salud en muchos aspectos de su vida.

Ana levantó la mirada, interesada.

—Eso cambia bastante las cosas.

—Lo cambia todo —respondió Laia—. Porque entonces el cuidado deja de ser una respuesta puntual y pasa a ser una forma de estar en la vida de las personas.

—¿En qué sentido?

—En todos. En cómo se alimentan, en cómo descansan, en cómo afrontan lo que les pasa, en cómo se relacionan, en las condiciones en las que viven, trabajan o crían a sus hijos. En cómo toman decisiones que afectan a su salud, incluso sin darse cuenta.

Ana apoyó los codos sobre las rodillas.

—Entonces no es solo lo que pasa dentro del cuerpo…

—Exacto. Es lo que pasa en la vida —afirmó Laia—. Por eso hablamos de personas, de familias, de comunidades. Porque nadie vive aislado. Y lo que rodea a cada persona influye tanto o más que lo que le ocurre biológicamente.

Laia hizo una breve pausa antes de añadir:

—¿Por qué te crees que somos enfermeras comunitarias?

Ana la miró, ahora con una atención distinta.

—No sé, la verdad, nunca había reparado en ello. Será porque estáis en la comunidad, supongo ¿no?

—Por eso y por lo que implica —continuó Laia—. No estamos aquí solo para atender problemas concretos, sino para entender cómo vive la gente, qué le condiciona, qué le ayuda y qué le limita. El cuidado no se puede separar del contexto. Si lo hacemos, dejamos de comprender a la persona.

Hizo una breve pausa antes de continuar, manteniendo la mirada de Ana.

—Mira, en tu caso, por ejemplo. Para mí es importante saber dónde vives, con quién, cómo es tu día a día, en qué trabajas, qué apoyos tienes cerca… No es curiosidad. Es necesario para entender qué te está pasando y cómo puedo ayudarte mejor.

Ana bajó ligeramente la mirada, como si repasara mentalmente las veces que Laia le había preguntado por esas cosas sin que ella les diera demasiada importancia.

—No es lo mismo hablar sobre descanso, si sé que cuidas de tu madre por las noches, o hablar de alimentación sin tener en cuenta tus horarios de trabajo. Tampoco es igual abordar un problema de salud si sé que cuentas con apoyo o si estás sola. Todo eso forma parte del cuidado.

Ana asintió lentamente, esta vez sin prisa.

—Yo pensaba… —empezó a decir, dudando un instante— que todo eso era más bien… complementario. Como algo que ayudaba, pero que no era lo importante.

Laia no corrigió de inmediato.

—Es una idea bastante extendida —respondió—. Durante mucho tiempo se ha entendido así. Como si el cuidado fuera un añadido a lo que realmente importa.

Ana levantó la mirada.

—Sí… como si lo importante fuera lo que hace el médico, y lo vuestro fuera más… apoyo.

No había desdén en sus palabras, pero sí una honestidad que dejaba ver una forma de pensar arraigada.

Laia asintió, sin incomodidad.

—Y sin embargo —añadió Laia—, muchas de las cosas que realmente influyen en cómo vives tu salud no tienen que ver con una prueba, ni con un diagnóstico, ni con un tratamiento puntual. Tienen que ver con cómo afrontas lo que te pasa, con las decisiones que tomas cada día, con el entorno en el que estás.

Hizo una breve pausa, sin apartar la mirada.

—Mira tu caso, Ana. El cuidado de tu madre.

Ana se tensó ligeramente, aunque no apartó la mirada.

—No es solo lo que haces por ella —continuó Laia—. Es cómo lo estás viviendo tú. Cómo te organizas, cómo descansas —o no descansas—, cómo gestionas el cansancio, la culpa cuando sientes que no llegas a todo, el impacto que tiene en tu trabajo, en tu vida personal… Todo eso también es salud.

Ana bajó la mirada unos segundos.

—Nunca lo había pensado así… —murmuró.

—Y, sin embargo, condiciona mucho más tu bienestar que muchas de las cosas que solemos medir —añadió Laia—. Si tú no estás bien, si te sobrecargas, si no tienes apoyo suficiente, no solo te afecta a ti. Afecta también a cómo cuidas a tu madre.

Ana asintió despacio, visiblemente más implicada.

—A veces siento que voy tirando… sin más.

—Y ahí es donde el cuidado deja de ser algo “complementario” —dijo Laia con serenidad—. Porque acompañarte a ti en ese proceso, ayudarte a encontrar apoyos, a organizarte, a cuidarte mientras cuidas… no es secundario. Es esencial.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—A mí no me preocupa el cuidado que le das a tu madre, Ana. Sé que la estás cuidando bien. Muy bien. Probablemente mejor de lo que yo misma podría hacerlo en tu lugar.

Ana levantó la mirada, sorprendida.

—Lo que me preocupa eres tú —continuó Laia—. Cómo estás sosteniendo todo esto. Tu cansancio, tu tiempo, tus necesidades, lo que dejas de hacer por ti, cómo están cambiando tus relaciones, tu vida… Incluso cómo te estás viendo a ti misma en medio de todo esto.

Ana no respondió. Escuchaba.

—Porque si tú te desgastas, si te aíslas, si te olvidas de ti —añadió con calma—, no solo te afecta a ti. También afecta al cuidado que das. Y eso es lo que intento cuidar cuando hablamos.

Ana respiró hondo, como si algo encajara.

—Nunca lo identifiqué así —dijo despacio—. Pensaba que tu interés era simplemente una forma de relacionarnos, una cortesía, algo más personal… no una parte de la atención que me estabas prestando.

Laia asintió levemente, sin sorpresa.

—Es lógico que lo percibas así —respondió—. Porque el cuidado, cuando se hace bien, no invade ni se impone.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Pero precisamente por eso requiere proximidad. No se trata de dictar lo que tienes que hacer ni de imponer decisiones. Se trata de estar, de escuchar, de acompañar… con intención y con criterio.

Ana la observaba con atención sostenida.

—El cuidado no se construye desde la distancia —añadió Laia—, pero tampoco desde la improvisación. Requiere conocimiento, experiencia y competencias para hacerlo sin que se perciba como una orden o una prescripción.

—Entonces no es algo espontáneo…

—No —respondió con claridad—. Puede parecerlo, pero no lo es. Se construye. Se piensa. Se adapta a cada persona, a cada momento. Y se hace con rigor, aunque no siempre se vea como tal.

Ana guardó silencio unos segundos.

—Nunca lo había entendido así…

—Por eso tiene sentido explicarlo —concluyó Laia—. Porque muchas veces el cuidado más importante es el que no se reconoce como tal.

Laia asintió, sin dramatismo.

—Lo es. Y mucho. Cuidarte a ti forma parte del cuidado de tu madre, de tu familia… y de tu propia vida. Y eso, para mí como enfermera, es tan importante como cualquier otro aspecto de la atención.

—Pero eso es muy amplio… ¿de verdad podéis abarcar todo eso?

Laia no esquivó la pregunta.

—No siempre como deberíamos. Y ahí también hay una parte crítica que no podemos ignorar. A veces el sistema empuja a simplificar, a reducir el cuidado a tareas, a tiempos medidos, a respuestas rápidas. Y eso empobrece lo que hacemos.

Ana la miró con atención.

—¿Y entonces?

—Entonces hay dos opciones —respondió Laia con serenidad—. Adaptarse sin más o intentar mantener el sentido de lo que hacemos, incluso en condiciones que no siempre son las mejores.

—¿Y eso depende de cada enfermera?

—En gran parte, sí. Porque, aunque trabajamos en sistemas que condicionan, cada decisión que tomamos tiene un impacto. Podemos mirar solo lo urgente o intentar entender también lo importante.

Ana dejó escapar un leve suspiro.

—No debe ser fácil.

—No lo es —admitió Laia—. Pero precisamente por eso tiene sentido hablar del día internacional. No para idealizar lo que hacemos, sino para recordar lo que no deberíamos dejar de hacer.

Ana asintió lentamente.

—Empiezo a entender que no es solo una celebración.

—No lo es —respondió Laia—. Es, o debería ser, una llamada de atención. También para nosotras.

Ana la miró fijamente.

—Entonces el día internacional… también sirve para eso.

—Debería —respondió Laia—. No para felicitarnos, sino para mirarnos con honestidad.

Ana dejó escapar una leve sonrisa, distinta a las anteriores, pero aún con dudas.

—Pero al final… —añadió— lo importante sigue siendo el diagnóstico, ¿no? Saber lo que tienes y poner un tratamiento.

Laia no respondió de inmediato.

Puede ser importante, por supuesto, pero no siempre es lo más importante.

Ana frunció el ceño.

—Es lo que siempre se ha entendido como lo principal.

—Claro —asintió Laia—. Porque es lo más visible. Un diagnóstico pone nombre a lo que pasa y un tratamiento parece dar una respuesta clara. Pero muchas veces, lo que realmente condiciona cómo vives ese problema de salud no se resuelve con eso o solo con eso.

Ana permaneció en silencio.

—Piensa en ti otra vez —continuó—. Saber que tu madre tiene Alzheimer es importante. Pero ese diagnóstico no te dice cómo afrontar el día a día, ni cómo organizarte, ni cómo sostener emocionalmente lo que supone. Y ningún medicamento resuelve eso por sí solo.

Ana asintió lentamente.

—Es verdad…

—Ahí es donde el cuidado actúa como respuesta terapéutica —añadió Laia—. Aunque muchas veces no se reconozca como tal. Porque no siempre se mide, ni se receta, ni se ve de forma inmediata.

Ana levantó ligeramente las cejas.

—Pero vosotras también recetáis, ¿no?

Laia esbozó una leve sonrisa.

—Yo prefiero decir que indicamos.

Ana la miró, esperando que continuara.

—Nuestra competencia principal es el cuidado —explicó—. Y, en algunos casos, podemos complementarlo con respuestas farmacológicas que tenemos capacidad para indicar. Pero no es al revés.

Hizo una breve pausa.

—No supeditamos el cuidado a un medicamento. El medicamento, si es necesario, se integra dentro del cuidado.

Ana sostuvo su mirada.

—¿Me explico, Ana?

Ella asintió despacio.

—Sí… Creo que sí que lo entiendo.

—El problema —añadió Laia— es que socialmente se ha dado más valor a lo que se prescribe que al cuidado. Y eso hace que muchas respuestas que realmente mejoran la vida de las personas pasen desapercibidas.

Ana dejó escapar un suspiro suave.

—Supongo que porque no son tan visibles…

—Ni tan inmediatas —concluyó Laia—. Pero no por eso son menos importantes. A veces, son las que marcan la diferencia de verdad.

Ana permaneció unos segundos en silencio. Ya no parecía buscar una respuesta inmediata, sino ordenar y asimilar lo que estaba oyendo.

—Nunca había pensado que todo eso formara parte de vuestro trabajo —dijo finalmente.

Laia asintió con suavidad.

—Porque muchas de esas cosas no se nombran —respondió—. O se dan por hechas. Pero el cuidado profesional no es algo improvisado. Se sustenta en conocimiento, en investigación, en experiencia acumulada.

Ana la miró con interés renovado.

—¿Investigación también?

—Claro —afirmó Laia—. Necesitamos generar conocimiento propio para saber qué cuidados funcionan mejor, en qué situaciones, con qué personas. No basta con hacer. Hay que entender por qué se hace y qué impacto tiene.

Ana asintió lentamente.

—Nunca lo había relacionado con ciencia…

Laia mantuvo la mirada, con serenidad.

—Porque todavía existe la idea equivocada de que la investigación es solo la que se hace en un laboratorio, con un microscopio, probetas y reactivos.

Ana esbozó una leve sonrisa.

—Sí… es lo primero que me viene a la cabeza.

—Si fuera así —continuó Laia—, los historiadores, las traductoras o las lingüistas tampoco investigarían. Y lo hacen.

Ana asintió, ahora con más claridad.

—La investigación del cuidado es diferente —añadió—. Es una investigación de, con y para las personas. No necesita laboratorios, sino espacios de relación, de escucha y de proximidad. Ahí es donde recogemos lo que la gente espera, necesita o demanda.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Y a partir de ahí, construimos respuestas que mejoren los cuidados. Con método, con criterio, con rigor.

Ana la miraba con atención sostenida.

—Eso… no lo había visto nunca así.

Laia inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Te encaja más o te genera más dudas, Ana?

Ana negó suavemente.

—No… me encaja. Me hace replantearme muchas cosas.

—Y a partir de ahí, construimos respuestas que mejoren los cuidados. Con método, con criterio, con rigor.

Ana la miraba con atención sostenida.

—Eso… no lo había visto nunca así.

Laia asintió levemente.

—Tampoco se suele saber que las enfermeras nos formamos en la universidad —añadió—. Y que muchas continuamos formándonos durante años.

Ana arqueó ligeramente las cejas.

—¿Te refieres a especialidades?

—También —respondió Laia—. Pero no solo. Hay enfermeras especialistas, como es mi caso, y también enfermeras doctoras.

Ana la miró con cierta sorpresa.

—¿Doctoras? No lo sabía…

—Porque no siempre se visibiliza —dijo con calma—. Yo misma soy doctora. Y no es algo que nos haya regalado nadie. Es el resultado de años de estudio, de investigación, de compromiso y de mucho trabajo.

Ana guardó silencio unos segundos.

—Nunca lo habría imaginado…

—Y, sin embargo, está ahí —continuó Laia—. Gracias, además, a muchas enfermeras que antes lucharon para que pudiéramos formarnos así. Para que la Enfermería fuera también universidad, ciencia, conocimiento propio.

Hizo una breve pausa.

—Pero, es lo que realmente marca la diferencia.

—No necesitamos poner títulos delante del nombre para que eso sea cierto. Y el hecho de no hacerlo no significa que no lo seamos. De la misma manera que el hecho de ponerlo no siempre lo garantiza.

Ana dejó escapar una leve sonrisa, pero sin ironía.

—Entiendo…

—Lo importante —concluyó Laia— no es cómo se nombra, sino lo que se es y cómo se ejerce.

Ana asintió, ahora con otra expresión.

—Entonces… no sois solo una profesión práctica.

—Nunca lo ha sido —respondió Laia—. Otra cosa es cómo se ha querido ver y hacer ver.

Ana no se quedó ahí.

—Pero vosotras realizáis muchas técnicas —añadió—. Extracciones, curas, sondajes… Entonces, ¿esa parte no forma parte del cuidado?

Laia asintió, sin dudar.

—Claro que forma parte.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—La técnica también es cuidado. Pero no es el cuidado en sí.

Ana frunció ligeramente el ceño, intentando matizar la idea.

—¿En qué sentido?

—En que una técnica puede hacerse de muchas maneras —explicó Laia—. Puede ser correcta desde el punto de vista técnico, pero no necesariamente estar bien cuidada la persona a la que se le realiza.

Ana guardó silencio, atenta.

—No es lo mismo hacer una cura sin más que hacerla teniendo en cuenta a la persona a la que se le hace. Cómo está, lo que le preocupa, cómo lo está viviendo, si entiendelo que está pasando o si necesita algo más en ese momento.

—Entonces la diferencia no está solo en lo que hacéis…

—Sino en cómo y para qué se hace —completó Laia—. La técnica es una herramienta. El cuidado es lo que le da sentido.

Ana asintió lentamente.

—Creo que siempre lo había visto al revés…

—Es lo habitual —respondió Laia—. Se identifica a las enfermeras con lo que se ve, la técnica. Pero lo más importante muchas veces no se ve.

Ana apoyó las manos sobre las rodillas, pensativa.

—Entonces… ser enfermera es mucho más de lo que parece desde fuera.

Laia sostuvo su mirada.

—Es una forma de estar en la vida de los demás con responsabilidad. Con conocimiento. Y con un compromiso que no depende de a quién tengas delante.

Ana frunció ligeramente el ceño.

—¿A qué te refieres?

—A que el cuidado no distingue —respondió Laia—. No debería hacerlo. No elegimos a quién cuidar en función de lo que es, de lo que tiene o de lo que piensa. Cuidamos porque todas las personas importan.

Ana asintió, esta vez sin dudas.

—Eso… ahora mismo no siempre se ve fuera.

—Por eso es importante sostenerlo —añadió Laia—. Incluso cuando no es lo más fácil.

Hubo un breve silencio, distinto a los anteriores. Más sereno.

—Entonces —dijo Ana—, el Día Internacional de las Enfermeras no es solo para felicitaros.

Laia esbozó una leve sonrisa.

—No debería serlo.

Ana respiró hondo, como quien llega a una conclusión propia.

—Es para entender lo que hacéis… y lo que significa.

Laia no respondió de inmediato. No hacía falta.

—Y también —añadió Ana— para no darlo por hecho.

Laia asintió.

—Eso es.

Ana guardó silencio. Esta vez no era un silencio de duda, sino de reconocimiento.

Se levantó despacio.

—Laia… —dijo antes de dirigirse a la puerta—. Creo que hasta ahora no había entendido lo que hacéis.

Laia no respondió de inmediato.

—Ni lo que significa —añadió Ana, casi en voz baja.

Laia asintió levemente.

—No pasa nada —dijo—. Lo importante es que ahora lo ves.

Ana sostuvo la mirada unos segundos más.

—Supongo que por eso existe ese día.

Laia no sonrió.

—Existe porque, si no, se olvida.

Ana abrió la puerta, pero se detuvo un instante.

—Y no deberíamos olvidarlo.

—No —respondió Laia—. Porque cuando el cuidado se olvida, se nota.

Ana no preguntó cómo.

No hacía falta.

Salió en silencio.

Esta vez, con algo más que una respuesta.

[1] Enfermera, escritora y estadística británica, considerada precursora de la enfermería profesional contemporánea (1820-1910). El Día internacional de las enfermeras se celebra coincidiendo con la fecha de su nacimiento el 12 de mayo.  

EGOANTROPOCENTRISMO Como luchar contra la estupidez

En marzo de 2024, la Unión Internacional de Ciencias Geológicas decidió no formalizar el Antropoceno como una época geológica oficial. Sin embargo, más allá de la nomenclatura, el concepto sigue siendo imprescindible para entender el tiempo que habitamos, una era definida por el impacto de la especie humana sobre el planeta.

            Pero el problema no es tanto si el Antropoceno merece o no reconocimiento formal, sino qué estamos dispuestos a reconocer de nosotros mismos.

            Porque el impacto humano sobre la Tierra no se limita a la degradación ambiental. No es solo la alteración de la atmósfera, la acidificación de los océanos o la extinción masiva de especies —la sexta ya en la historia del planeta—. Es también, y de manera cada vez más evidente, el impacto de una parte de la humanidad sobre el resto de la propia humanidad.

            No estamos únicamente ante un fenómeno antropocéntrico global. Sería demasiado cómodo pensarlo así, como si todos fuéramos igualmente responsables. Lo que estamos viviendo tiene otra dimensión más inquietante como la acción de una minoría que, desde posiciones de poder, está imponiendo una lógica que podríamos denominar —sin pretensión científica— egoantropocéntrica. Una lógica que no solo depreda el planeta, sino que actúa directamente contra la diversidad humana, contra la convivencia y contra la propia idea de humanidad compartida.

            Las señales son cada vez más visibles. Las políticas migratorias que vinculan movilidad con criminalidad. La estigmatización de culturas y creencias enteras bajo la sombra del terrorismo. La negación de la diversidad sexual y su progresiva criminalización. La construcción de un concepto de patria excluyente, uniforme, homogéneo. La banalización o negación de violencias estructurales como la de género. El resurgir de discursos misóginos y antifeministas que creíamos superados. El uso sistemático de mensajes populistas, simplificadores y emocionalmente manipuladores que sustituyen el pensamiento por consignas. Nada de esto es nuevo. Lo inquietante es su normalización.

            Y ahí es donde aparece un elemento clave para entender lo que está ocurriendo: la estupidez humana. No como insulto, sino como categoría moral y política. Tal como describió Dietrich Bonhoeffer, la estupidez no es falta de inteligencia, sino renunciar a pensar. Es la decisión —consciente o no— de delegar el propio juicio en un líder, en un grupo, en una ideología, en un eslogan.

            El estúpido, en este sentido, no es quien no sabe, sino quien ha decidido no querer saber por sí mismo. Y eso lo convierte en algo mucho más peligroso que la ignorancia. Porque al ignorante se le puede convencer con argumentos. Al estúpido no. Ha sustituido su razón por la de otro, y desde ese momento ya no hay diálogo posible. No contrasta, no cuestiona, no duda. Cree. Y en esa creencia se siente parte de algo superior, de algo correcto, de algo que justifica cualquier acción. Por eso la estupidez es el instrumento perfecto del poder.

            Quienes toman decisiones que deterioran el planeta, que alimentan conflictos, que promueven la exclusión o la desigualdad, no actúan solos. Necesitan de una masa que legitime, que aplauda, que repita. Y esa masa no siempre es consciente de lo que está respaldando. Defiende con vehemencia ideas que no ha pensado, posiciones que no ha analizado, discursos que no le pertenecen o que incluso van en su contra.

            No estamos ante una distopía. Estamos ante una realidad que avanza. Una realidad en la que la destrucción del entorno y la degradación de la convivencia humana caminan de la mano. En la que el negacionismo no es solo una postura intelectual, sino una herramienta de dominación. En la que la evidencia científica, los datos, los argumentos, pierden valor frente a la emoción, el miedo o la identidad grupal.

            Pero, tal vez, lo peor es que la estupidez no se corrige con educación, ni con más información, ni con mejores argumentos. Porque no es un problema de conocimiento, sino de decisión. La decisión de pensar.

            Pensar por uno mismo es incómodo. Obliga a cuestionar, a dudar, a aceptar la incertidumbre. A veces implica enfrentarse al propio entorno, salirse del grupo, asumir el coste de no encajar. Pensar es, en cierto modo, un acto de riesgo.

            Pero no pensar lo es mucho más. Porque la renuncia al pensamiento propio no solo empobrece al individuo. Tiene consecuencias colectivas. Permite que prosperen modelos sociales excluyentes, políticas injustas y decisiones que comprometen el futuro común. Alimenta ese egoantropocentrismo que no solo destruye el planeta, sino que erosiona la base misma de la convivencia humana.

            Posiblemente el verdadero desafío de nuestro tiempo sea recuperar algo mucho tan básico y al mismo tiempo tan complejo como la capacidad de pensar de manera autónoma.

            Finalmente, no se trata tanto de etiquetas geológicas o debates académicos. Porque lo que está en juego no es cómo llamamos a esta era, sino qué tipo de humanidad decidimos ser en ella.

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