“Cuando alguien te escucha de verdad, sin juzgarte, sin intentar asumir la responsabilidad por ti, sin intentar moldearte, es extraordinariamente reconfortante.”
Carl Rogers[1]
Hay relaciones profesionales que duran quince minutos y permanecen durante años en la memoria de las personas. No porque en ellas se realizara una técnica especialmente compleja, se tomara una decisión extraordinaria o se produjera un hallazgo clínico inesperado. Permanecen porque, en algún momento de aquel encuentro, alguien se sintió comprendido, escuchado, acompañado o capaz de afrontar una realidad que hasta entonces parecía inabordable.
Sin embargo, lo más llamativo es que gran parte de lo que sucede en esos encuentros rara vez aparece reflejado en una historia de salud, o lo hace de manera difusa o incompleta. Quedan registrados los datos clínicos, las constantes, los procedimientos realizados, los diagnósticos, los tratamientos o las recomendaciones. Mucho más difícil resulta registrar la confianza construida, la seguridad recuperada, la capacidad de adaptación fortalecida o el alivio que experimenta una persona cuando deja de sentirse sola frente a aquello que le preocupa.
Tal vez por eso una de las aportaciones más importantes de las enfermeras siga siendo también una de las menos visibles o cuanto menos reconocibles.
Cuando se habla de enfermería es frecuente que la atención se centre en las técnicas, los procedimientos o las competencias clínicas. Resulta lógico. Son actividades visibles, identificables y relativamente fáciles de explicar. Pero reducir la práctica enfermera a ese ámbito supone ignorar una parte esencial de lo que la hace singular. Porque las enfermeras no solo realizan intervenciones. También establecen relaciones profesionales que constituyen en sí mismas una herramienta terapéutica, educativa y clínica de indudable valor.
Y esta afirmación resulta importante. No estamos hablando de simpatía, amabilidad o buena disposición personal. Tampoco de una cualidad innata vinculada a determinados rasgos de carácter. La relación profesional del cuidado no surge espontáneamente ni depende exclusivamente de la personalidad de quien la desarrolla. Es una competencia construida sobre conocimiento científico, experiencia, capacidad de valoración, habilidades comunicativas, razonamiento clínico y compromiso ético.
A pesar de ello, continúa existiendo una enorme dificultad para reconocerla como una intervención profesional con valor propio.
Probablemente porque el cuidado arrastra una paradoja histórica de difícil resolución. Todos los seres humanos cuidan y necesitan ser cuidados. El cuidado forma parte de la experiencia universal de la vida. Está presente en las familias, en las amistades, en las comunidades y en las relaciones cotidianas que permiten sostener la existencia. Sin embargo, precisamente porque cuidar parece algo tan natural, se ha tendido a pensar que cualquier forma de cuidado es equivalente. Y no lo es.
El cuidado universal y el cuidado profesional comparten una misma raíz humana, pero responden a lógicas diferentes. El primero se sustenta fundamentalmente en los vínculos afectivos, la experiencia vital y el compromiso personal. El segundo incorpora además conocimiento científico, juicio clínico, responsabilidad ética y capacidad para intervenir sobre las respuestas humanas ante la salud, la enfermedad, la dependencia, la incertidumbre o la muerte. No sustituye al cuidado familiar o comunitario, pero tampoco puede confundirse con él.
La enfermería ha desarrollado precisamente ese espacio profesional donde el conocimiento científico y la experiencia humana se encuentran. Un espacio en el que la persona deja de ser únicamente portadora de una enfermedad para convertirse en alguien que vive, interpreta y responde a aquello que le ocurre de manera única.
La Organización Mundial de la Salud recuerda que las enfermeras constituyen el mayor grupo profesional de los sistemas de salud y desempeñan un papel decisivo en la mejora de los resultados en salud, la equidad y la cobertura sanitaria universal. Sin embargo, la relevancia cuantitativa de la profesión no siempre se corresponde con una comprensión adecuada de la naturaleza de su aportación[1].
Quizá porque seguimos asociando el valor sanitario a aquello que puede verse con facilidad. Un diagnóstico tiene nombre. Una prueba ofrece resultados. Un medicamento produce efectos observables. Una intervención quirúrgica transforma una situación concreta de forma inmediata. La práctica relacional enfermera, por el contrario, suele actuar de manera menos llamativa. Sus efectos aparecen en la confianza generada, en la autonomía preservada, en la adherencia a los tratamientos, en la capacidad de adaptación o en el sufrimiento evitado.
De hecho, los modelos contemporáneos de calidad asistencial reconocen cada vez con mayor claridad que la relación terapéutica constituye un elemento central de la atención. El Fundamentals of Care Framework identifica precisamente la relación entre profesional y persona como uno de los pilares sobre los que se construye un cuidado de calidad, junto a la integración de necesidades físicas, emocionales y sociales y a la existencia de contextos organizativos adecuados[2].
No se trata, por tanto, de un añadido humanizador a la asistencia. Se trata de una intervención profesional basada en evidencia que aporta humanización, que es radicalmente diferente.
Precisamente esta es una de las cuestiones más relevantes. Porque cuanto más se profundiza en el conocimiento de los cuidados, más evidente resulta que la salud no depende exclusivamente de aquello que se hace sobre las personas, sino también, cuando no sobre todo, de aquello que se construye con ellas.
Las enfermeras llevan décadas trabajando precisamente en ese espacio. Un espacio donde la información se transforma en comprensión, donde la dependencia puede convertirse en autonomía, donde la incertidumbre encuentra acompañamiento y donde las personas recuperan parte del control sobre sus propias vidas.
Sin embargo, esa aportación continúa siendo una de las menos valoradas y, con frecuencia, una de las menos comprendidas de los sistemas de salud.
Muchos profesionales intervienen sobre problemas específicos. Las enfermeras, además, acompañan trayectorias vitales. Con frecuencia son quienes permanecen cuando desaparece la urgencia, cuando concluye el ingreso hospitalario, cuando finaliza una intervención o cuando una persona debe aprender a convivir con una enfermedad crónica, una limitación funcional o una nueva realidad personal y familiar. Esa continuidad permite observar aspectos que difícilmente pueden percibirse desde encuentros aislados. Permite identificar cambios sutiles, interpretar mejor las circunstancias que rodean a las personas, anticipar dificultades y adaptar las intervenciones a las circunstancias reales de cada persona.
La longitudinalidad, uno de los elementos más valiosos de la Atención Primaria y Comunitaria, encuentra aquí buena parte de su sentido. Porque las personas no viven su salud como una sucesión de episodios independientes. La viven como una experiencia continua en la que enfermedad, salud, trabajo, familia, economía, relaciones sociales, expectativas y proyectos vitales aparecen profundamente entrelazados.
Por eso resulta insuficiente entender el cuidado exclusivamente como un conjunto de actividades o procedimientos. Cuidar profesionalmente implica entender cómo las personas viven aquello que les ocurre y cómo responden a ello. Implica reconocer que dos personas con un mismo diagnóstico pueden experimentar situaciones completamente diferentes y necesitar respuestas distintas. Implica aceptar que la salud nunca puede interpretarse al margen de las circunstancias en las que las personas desarrollan sus vidas.
Y precisamente el contexto constituye una de las dimensiones más olvidadas cuando se habla de cuidados.
Durante mucho tiempo hemos tendido a atribuir la calidad del cuidado únicamente a las competencias de las enfermeras. Sin embargo, la evidencia muestra que los entornos organizativos, las condiciones laborales, la disponibilidad de recursos, los modelos de gestión e incluso las prioridades políticas influyen de manera decisiva en la capacidad para prestar cuidados de calidad[3].
No cuida igual una enfermera que dispone de tiempo para conocer a las personas que otra obligada a encadenar consultas bajo una presión asistencial constante. No cuida igual quien trabaja en equipos cohesionados que quien lo hace en estructuras fragmentadas donde la coordinación resulta insuficiente. No cuida igual quien dispone de autonomía profesional y estabilidad que quien desarrolla su actividad en condiciones marcadas por la precariedad, la jerarquización o la incertidumbre.
El entorno en el que se desarrollan los cuidados no es un escenario neutro. Forma parte de los propios cuidados.
Y esta realidad tiene consecuencias importantes. Significa que cuando una organización reduce sistemáticamente los tiempos disponibles, prioriza exclusivamente indicadores de actividad, ignora el liderazgo enfermera y su capacidad de gestión o interpreta la eficiencia únicamente como incremento de productividad, está condicionando inevitablemente la manera en que se desarrollan las relaciones terapéuticas que sustentan los cuidados.
La dificultad para reconocer el valor de los cuidados tiene también raíces culturales e históricas profundas. Durante siglos, el cuidado fue identificado con actividades femeninas desarrolladas en el ámbito doméstico, asociadas a la entrega, la vocación o la obligación moral sin reconocimiento de ningún tipo. Mientras tanto, el conocimiento legítimo se vinculaba a espacios académicos, científicos y acotados a los hombres. Lo que se curaba adquiría prestigio. Lo que cuidaba se naturalizaba.
Aunque los sistemas de salud han cambiado enormemente, algunas de esas inercias continúan presentes.
El cuidado incomoda cuando deja de ser percibido como ayuda y se afirma como conocimiento. Incomoda cuando abandona el lugar de la obediencia y ocupa el espacio de la deliberación profesional. Incomoda porque cuestiona una visión de la salud excesivamente centrada en la enfermedad y recuerda que las personas no son únicamente cuerpos que deben ser diagnosticados o tratados, sino seres humanos que necesitan comprender, adaptarse, decidir, convivir con la incertidumbre y desarrollar proyectos de vida incluso en contextos de fragilidad.
Pero también incomoda porque pone en cuestión un modelo profundamente medicalizado de los sistemas de salud, construido históricamente alrededor del protagonismo casi exclusivo de la medicina y de determinadas relaciones de poder asociadas a dicho protagonismo. Desde esta perspectiva, en ocasiones, el desarrollo del cuidado profesional enfermero se interpreta erróneamente como una amenaza a espacios tradicionales de influencia y control, cuando en realidad constituye una oportunidad para enriquecer la respuesta de salud mediante enfoques complementarios. Quizá esta tensión ayude a comprender algunas de las resistencias, recelos o comportamientos erráticos que todavía hoy mantienen determinados sectores frente al avance científico, profesional y competencial de las enfermeras.
Sin embargo, el verdadero problema no radica en la existencia de diferentes disciplinas o saberes. La salud necesita diversidad de conocimientos. Necesita diagnósticos, tratamientos, rehabilitación, promoción de la salud, prevención, investigación y cuidados. El problema aparece cuando uno de esos saberes pretende erigirse en medida exclusiva de todos los demás.
Porque la salud humana es demasiado compleja para ser comprendida desde una única mirada por mucho que se insista en que es exclusiva, porque automáticamente deriva en excluyente.
Pero, precisamente ahí es donde la relación terapéutica enfermera adquiere toda su relevancia.
La enfermería lleva más mucho tiempo construyendo conocimiento para comprender ese espacio donde se encuentran la salud, la experiencia humana y las condiciones que las rodean. Florence Nightingale ya evidenció que la recuperación de las personas no dependía exclusivamente de la enfermedad que padecían, sino también de las condiciones ambientales, sociales y organizativas que rodeaban los cuidados[4]. Su legado fue mucho más allá de la imagen simplificada que a menudo se transmite de ella. Introdujo observación sistemática, análisis de resultados y una visión integral que vinculaba persona, entorno y salud.
Décadas después, autoras como Virginia Henderson, Hildegard Peplau, Dorothea Orem o Callista Roy contribuyeron a consolidar un cuerpo de conocimiento orientado a explicar cómo las personas responden a los procesos de salud y enfermedad, cómo desarrollan capacidades para cuidar de sí mismas y cómo la relación terapéutica puede convertirse en una intervención profesional con efectos tangibles sobre la salud.
Sin embargo, la historia del pensamiento enfermero no puede explicarse únicamente desde referentes anglosajones. Aunque sus aportaciones han sido fundamentales, el desarrollo de la disciplina también se ha nutrido de manera decisiva de corrientes iberoamericanas que incorporaron perspectivas relacionadas con la salud comunitaria, la participación social, la educación para la salud, la interculturalidad, la equidad y los determinantes sociales desde sus contextos singulares tan alejados de la realidad anglosajona. Buena parte de la comprensión actual de los cuidados como práctica científica, ética y transformadora procede también de esa tradición iberoamericana que ha sabido conectar la atención a las personas con las realidades sociales, culturales y comunitarias en las que desarrollan sus vidas[5].
Quizá por ello resulte especialmente llamativo que todavía hoy persistan visiones que continúan identificando el cuidado como una actividad secundaria dentro de los sistemas de salud. Porque cuanto más avanza el conocimiento científico, más evidente resulta que las necesidades de las personas rara vez pueden resolverse exclusivamente mediante intervenciones técnicas o farmacológicas.
Las sociedades contemporáneas afrontan desafíos crecientes que no pueden abordarse únicamente desde una lógica centrada en la enfermedad. Todos requieren conocer cómo viven las personas aquello que les ocurre, qué recursos poseen, qué limitaciones afrontan y qué capacidades pueden desarrollar para mejorar su salud y su bienestar.
En este escenario, la relación terapéutica que caracteriza a los cuidados enfermeros deja de ser un complemento de la atención para convertirse en una necesidad estratégica.
No se trata de sustituir intervenciones, sino de integrarlas en la experiencia real de las personas. De poco sirve un tratamiento excelente si quien debe seguirlo no lo comprende, no dispone de recursos para aplicarlo o no encuentra apoyo para incorporarlo a su vida cotidiana. De poco sirve un diagnóstico preciso si la persona continúa sintiéndose sola, desorientada o incapaz de afrontar las consecuencias de aquello que le ocurre. De poco sirve la mejor tecnología si no existe una relación profesional capaz de traducirla en decisiones comprensibles y significativas.
Quizá por eso las personas recuerdan con frecuencia aspectos diferentes de los que suelen registrar los sistemas sanitarios. Recuerdan quién les ayudó a entender una situación compleja. Quién permaneció cuando aparecieron las dudas. Quién les permitió recuperar confianza. Quién les enseñó a convivir con una enfermedad. Quién les acompañó cuando ya no era posible curar, pero seguía siendo imprescindible cuidar.
Nada de ello responde a una visión romántica o idealizada de la enfermería, ni a figuras estereotipadas como los ángeles o las heroínas. Al contrario. Constituye una expresión de su complejidad científica y profesional.
Porque cuidar profesionalmente no consiste en ser más amable, más cercana o más simpática que otras personas, como tradicionalmente se identifica. Consiste en utilizar el conocimiento, la experiencia, la evidencia científica y la relación terapéutica para ayudar a las personas, las familias y las comunidades a afrontar situaciones que afectan a su salud y a sus vidas, aunque no se relacione con la prestación de los cuidados enfermeros.
Tal vez ahí resida una de las mayores fortalezas de la enfermería y, al mismo tiempo, una de las razones que explican su persistente falta de reconocimiento. Los cuidados suelen actuar de manera menos aparente. Su éxito no se mide únicamente por aquello que hacen las enfermeras, sino también por aquello que las personas consiguen hacer gracias a ellas. Aparece en la autonomía conservada, en las complicaciones evitadas, en la capacidad de adaptación fortalecida, en el sufrimiento reducido o en la calidad de vida preservada[6].
Son logros que rara vez ocupan titulares. Tampoco suelen convertirse en símbolos visibles de progreso sanitario. Ni ocupan la atención mediática. Pero resultan imprescindibles para que la salud pueda desarrollarse más allá de los límites de los hospitales, las consultas o las pruebas diagnósticas.
Por eso, quizá la pregunta más importante no sea por qué las enfermeras siguen reclamando reconocimiento. Tal vez la verdadera pregunta sea por qué la sociedad continúa teniendo tantas dificultades para valorar aquello que sostiene la vida cotidiana.
Vivimos en una época fascinada por la velocidad, la tecnología y los resultados inmediatos. Sin embargo, muchas de las necesidades que más condicionan la salud requieren exactamente lo contrario, es decir, poder gestionar adecuadamente el tiempo, continuidad, presencia, escucha, acompañamiento y construcción de confianza. Requieren relaciones.
Y esa es precisamente la materia prima con la que trabajan las enfermeras.
El carácter diferencial de su aportación no reside únicamente en las técnicas que realizan, en las competencias que desarrollan o en los espacios donde ejercen. Reside en su capacidad para transformar la relación profesional en una herramienta de salud. Una herramienta capaz de conectar conocimiento científico y experiencia humana, evidencia y realidad cotidiana, autonomía y apoyo, enfermedad y proyecto vital.
Es decir, aquello que permite que una persona vuelva a sentirse capaz de vivir con mayor seguridad, autonomía y dignidad.
Y esa transformación, constituye una de las expresiones más complejas, rigurosas y profundamente humanas de la práctica profesional enfermera.
[1] World Health Organization. State of the world’s nursing 2025: investing in education, jobs, leadership and service delivery. Geneva: World Health Organization; 2025.
[2] Kitson AL. The Fundamentals of Care Framework as a point-of-care nursing theory. Nurs Res. 2018;67(2):99-107.
[3] Aiken LH, Sloane DM, Ball J, Bruyneel L, Rafferty AM, Griffiths P. Patient satisfaction with hospital care and nurses in England: an observational study. BMJ Open. 2018;8(1):e019189.
[4] Nightingale F. Notes on Nursing: What It Is, and What It Is Not. London: Harrison; 1860.
[5] Castrillón MC. La dimensión social de la práctica de enfermería. Medellín: Universidad de Antioquia; 1997.
[6] Kitson A, Conroy T, Wengström Y, Profetto-McGrath J, Robertson-Malt S. Defining the fundamentals of care. Int J Nurs Pract. 2010;16(4):423-434.