LOS CUIDADOS FRENTE A LA CULTURA DE LO VISIBLE

Vivimos en una sociedad obsesionada con lo visible. Lo que aparece en las pantallas, lo que ocupa titulares, lo que puede fotografiarse, cuantificarse o exhibirse parece adquirir automáticamente relevancia. Lo espectacular capta nuestra atención. Lo inmediato reclama nuestro interés. Lo que genera impacto se convierte en noticia.

            Sin embargo, algunas de las realidades más importantes para nuestra vida apenas se ven. No aparecen en las estadísticas de éxito ni suelen protagonizar grandes discursos políticos. No generan beneficios económicos inmediatos ni se prestan fácilmente a la exhibición pública. Y, pese a ello, son las que sostienen permanentemente nuestra existencia en cualquier etapa vital. Tanto en la salud, como en la enfermedad.

            El cuidado es una de ellas. Resulta paradójico que algo tan esencial para la vida permanezca tan frecuentemente oculto a nuestra mirada colectiva. Todos hemos necesitado cuidados en algún momento. Todos los necesitaremos de nuevo. Y la inmensa mayoría hemos cuidado o cuidaremos a otras personas a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, seguimos viviendo como si el cuidado fuera una realidad secundaria, una especie de actividad complementaria que sucede en segundo plano mientras prestamos atención a aquello que consideramos verdaderamente importante.

            Quizá esto ocurra porque el cuidado no encaja bien en la lógica dominante de nuestro tiempo. Vivimos rodeados de indicadores, métricas y resultados. Nos sentimos cómodos midiendo aquello que puede contarse, representarse o transformarse en cifras. Sabemos calcular beneficios, evaluar rendimientos y comparar resultados. Pero nos cuesta mucho más reconocer el valor de aquello que no puede expresarse fácilmente mediante números.

            ¿Cómo se mide la tranquilidad que proporciona sentirse acompañado en un momento difícil? ¿Cómo se cuantifica la importancia de una conversación que ayuda a recuperar la esperanza? ¿Qué indicador refleja la seguridad que transmite alguien que permanece a nuestro lado cuando atravesamos una situación de fragilidad o incertidumbre?

            Son preguntas aparentemente sencillas, pero revelan una realidad incómoda: muchas de las cosas que más contribuyen a nuestro bienestar son precisamente las que peor sabemos valorar.

            El cuidado rara vez se presenta de manera espectacular. No suele aparecer asociado a grandes gestas ni a imágenes impactantes. Se manifiesta en gestos cotidianos, en presencias discretas, en decisiones que pasan desapercibidas para la mayoría. Y quizá por eso tendemos a infravalorarlo.

            Sin embargo, basta observar lo que ocurre cuando el cuidado falta para comprender su verdadera importancia.

            Cuando las personas se sienten abandonadas, cuando la soledad se convierte en una experiencia habitual, cuando nadie escucha, acompaña o presta atención a las necesidades de quienes atraviesan momentos difíciles, aparecen consecuencias que van mucho más allá del malestar individual. Se deterioran los vínculos, aumenta la vulnerabilidad y se debilita la cohesión social.

            El cuidado no es únicamente una cuestión privada. Es también una cuestión colectiva. Una sociedad que no cuida adecuadamente a las personas mayores, a quienes viven situaciones de dependencia, a quienes afrontan enfermedades, dificultades económicas o problemas de salud mental, que no cuida su entorno, no está mostrando únicamente falta de atención. Está revelando una determinada forma de entender la convivencia.

            Del mismo modo que una sociedad se define por cómo distribuye la riqueza, también se define por cómo distribuye los cuidados.

            Y ahí surge otra paradoja de nuestro tiempo. Mientras hablamos constantemente de innovación, progreso y desarrollo tecnológico, dedicamos mucha menos atención a aquello que permite que las personas puedan vivir con dignidad. Celebramos los avances que transforman nuestra capacidad para hacer cosas, pero olvidamos con demasiada frecuencia aquello que nos ayuda a seguir siendo humanos.

            No se trata de oponer tecnología y cuidado, ni de idealizar un pasado que nunca fue tan perfecto como a veces imaginamos. Se trata de reconocer que existen dimensiones esenciales de la vida que no pueden reducirse a la lógica de la productividad, la rentabilidad o la eficiencia.

            El cuidado pertenece a una de esas dimensiones. Cuidar exige tiempo. Exige atención. Exige reconocer al otro como alguien valioso en sí mismo y no únicamente como alguien útil o productivo. Exige comprender que las personas no son proyectos que deban optimizarse permanentemente, sino seres humanos que necesitan apoyo, compañía y reconocimiento a lo largo de toda su vida.

            Por eso resulta tan importante devolver el cuidado al lugar que le corresponde en el debate público. No como un gesto de compasión ni como una concesión moral, sino como una necesidad social de primer orden.

            Detrás de cada sociedad saludable existe siempre una red de cuidados que la sostiene. Una red formada por familias, amistades, vecinos, profesionales, asociaciones y comunidades que hacen posible que la vida continúe incluso en los momentos más difíciles.

            Ha llegado el momento de dejar de considerar el cuidado como algo secundario para empezar a entenderlo como una de las aportaciones más importantes de cualquier sociedad. Cuidado familiar, cuidado profesional, cuidado ambiental… todo cuidado que aporta bienestar, tranquilidad, proximidad, salud. Cuidado tan necesario como, lamentablemente, tan frecuentemente subestimado, olvidado o ignorado.

CURAR CUIDANDO, CUIDAR PARA CURAR

«El todo es más que la suma de sus partes.»

 Aristóteles[1]   

            Cada cierto tiempo resurgen debates que, más que ayudar a comprender la realidad, parecen empeñados en simplificarla hasta hacerla irreconocible. Curar o cuidar. Ciencia o humanización. Tecnología o relación. Hospital o comunidad. Eficiencia o calidad. Como si la complejidad de la salud pudiera reducirse a una sucesión de dilemas en los que fuera imprescindible elegir un único camino. Como si la respuesta adecuada dependiera de la victoria de un paradigma sobre otro y no de la capacidad para integrarlos inteligentemente. Sin embargo, pocas cosas han causado tanto daño a los sistemas de salud como esa tendencia a convertir los matices en trincheras y las diferencias en enfrentamientos permanentes.

            Los mayores avances en salud nunca han surgido de la imposición de una disciplina sobre otra, sino del diálogo entre diferentes formas de conocimiento. Tan absurdo, como pensar que el conocimiento biológico, por sí solo, basta para responder a las necesidades de las personas. Porque las personas nunca enferman únicamente por fallo de sus órganos, aparatos o sistemas. Enferman también en sus proyectos de vida, en sus relaciones familiares, en su estabilidad emocional, en su situación económica, en sus condiciones laborales, en el entorno donde viven y en la comunidad de la que forman parte. La enfermedad altera mucho más que la fisiología. Modifica la manera de vivir, de sentir, de relacionarse y de afrontar el futuro. Esa dimensión difícilmente puede abordarse exclusivamente mediante pruebas diagnósticas, intervenciones técnicas o tratamientos farmacológicos, por muy eficaces que estos sean[2],[3],[4].

            El problema, posiblemente, no resida en haber desarrollado una extraordinaria capacidad para curar enfermedades, sino en haber permitido que ese éxito condujera, en demasiadas ocasiones, a identificar la salud exclusivamente con la ausencia de enfermedad.

            Ese desplazamiento conceptual explica por qué todavía hoy continúan utilizándose expresiones que reflejan una determinada manera de entender la atención. Se «asiste» a enfermos en lugar de atender a personas. Se «prescriben» tratamientos como expresión de autoridad profesional, cuando cada vez existen más evidencias de que las decisiones compartidas mejoran la adherencia terapéutica, la satisfacción y, en numerosos procesos, también los resultados clínicos. Se interviene sobre individuos aislados mientras las familias y las comunidades permanecen prácticamente invisibles. Se interpreta la muerte como el fracaso definitivo de la medicina, cuando en realidad puede constituir el momento en el que el cuidado alcanza una de sus expresiones más profundas[5].

            Nada de ello significa que debamos sustituir un paradigma por otro. Ese es precisamente el error que seguimos cometiendo. El cuidado no constituye la alternativa a la curación. La curación tampoco representa el antagonista del cuidado. Ambos responden a dimensiones distintas de una misma realidad y únicamente adquieren todo su sentido cuando actúan de forma integrada. Curar sin cuidar reduce la intervención a una sucesión de actos técnicos extraordinariamente eficaces, pero con frecuencia incapaces de comprender a quien los recibe. Cuidar renunciando al conocimiento científico convertiría la buena voluntad en un ejercicio insuficiente e incluso peligroso. La excelencia no nace de elegir entre uno u otro enfoque, sino de comprender que ambos son inseparables.

            Sin embargo, seguimos organizando buena parte de nuestros sistemas de salud como si esa integración no fuera necesaria. La longitudinalidad, uno de los principales activos de la Atención Primaria, sigue debilitándose pese a las sólidas evidencias que demuestran su impacto sobre la mortalidad, la utilización de recursos, la equidad y la satisfacción de la población[6],[7],[8].

            No deja de resultar paradójico que, mientras la evidencia científica insiste con creciente claridad en la necesidad de avanzar hacia modelos centrados en las personas, integrados, comunitarios y participativos, los debates profesionales continúen girando alrededor del reparto de competencias, del control de espacios de poder o de la defensa de parcelas corporativas. Como si el principal problema de la salud consistiera en decidir quién hace qué y no en preguntarnos qué necesitan realmente las personas para vivir mejor.

            Las necesidades de la población difícilmente entienden de fronteras profesionales. Una persona con diabetes no necesita únicamente un tratamiento farmacológico. Necesita comprender su enfermedad, participar en las decisiones, modificar hábitos, contar con apoyo familiar y comunitario y sentirse acompañada durante un proceso que probablemente le acompañará durante décadas. Lo mismo sucede con la fragilidad, la dependencia, la salud mental, la soledad no deseada o la mayor parte de los problemas que hoy concentran la carga principal de enfermedad, sufrimiento o desigualdad. Pretender responder a esa complejidad desde una única disciplina constituye una simplificación tan absurda como irreal y sin embargo para algunos atractiva[9],[10],[11].

            Es precisamente aquí donde el cuidado adquiere su auténtico significado. No como un acto subordinado o secundario al tratamiento de la enfermedad, sino como el elemento capaz de articular todas aquellas dimensiones que permiten transformar una intervención fragmentada en una verdadera atención integral. Cuidar significa escuchar antes de decidir. Acompañar antes de imponer. Comprender antes de juzgar. Compartir antes que sustituir. Reconocer la capacidad de las personas para participar activamente en las decisiones que afectan a su propia salud. Significa aceptar que el conocimiento científico resulta imprescindible, pero también que nunca será suficiente si olvida a quien pretende beneficiar.

            Precisamente sea esa diferencia la que explique buena parte de los estereotipos que todavía persisten. Durante demasiado tiempo se ha interpretado el cuidado como un gesto amable o una cualidad personal. Sin embargo, cuidar constituye también una intervención científica, deliberada y profesional, sustentada en conocimientos propios y en evidencias sólidas sobre su impacto en la salud, la calidad de vida, la seguridad de las personas y la sostenibilidad de los sistemas públicos[12],[13],[14].

            Tal vez por ello seguimos insistiendo en la necesidad de «humanizar» la atención. Una expresión bienintencionada que encierra una paradoja inquietante. Porque si es necesario humanizar la atención es porque, de alguna manera, aceptamos que previamente la hemos deshumanizado. En realidad, la atención nunca debió dejar de ser humana. Lo que ha sucedido es que el extraordinario desarrollo científico y tecnológico ha terminado ocupando un espacio tan predominante que, en ocasiones, ha desplazado la relación con las personas a un segundo plano. El problema no reside en la tecnología, sino en convertirla en el centro de la intervención[15].

            Resulta políticamente más rentable incorporar una nueva tecnología diagnóstica que invertir en promoción de la salud o en prevención, cuyos resultados suelen apreciarse años después y rara vez generan titulares. Esa lógica cortoplacista termina impregnando también las organizaciones sanitarias y condicionando las prioridades de gestión, investigación y formación.

            En ese contexto aparecen las luchas corporativas. Cada profesión reivindica espacios propios, competencias exclusivas, reconocimiento institucional o mejoras laborales. Algunas de esas reivindicaciones pueden ser legítimas. El problema comienza cuando desplazan del centro del debate a las personas para situar en él los intereses de los propios colectivos profesionales. Entonces el diálogo se transforma en confrontación, la cooperación en competencia y la complementariedad en rivalidad. Se discute quién prescribe, quién lidera, quién dirige o quién debe asumir determinadas funciones y quienes no, claro. Entretanto, permanecen sin respuesta las preguntas verdaderamente importantes: ¿están mejor atendidas las personas?, ¿ha mejorado realmente su salud?, ¿se sienten escuchadas?, ¿comprenden las decisiones que afectan a su vida?, ¿participan en ellas?

            La política tampoco ha permanecido ajena a esta deriva. Con demasiada frecuencia ha sustituido el liderazgo por la gestión permanente del conflicto. En lugar de construir un proyecto compartido de salud, capaz de integrar perspectivas profesionales y de incorporar la salud en todas las políticas, ha terminado actuando como un mal árbitro de disputas corporativas que nunca llegan a resolverse. Se conceden pequeñas victorias a unos u otros, se buscan equilibrios coyunturales y se posponen las reformas verdaderamente estructurales. Mientras tanto, el sistema continúa deteriorándose lentamente.

            Ese deterioro genera un efecto especialmente preocupante. La ciudadanía comienza a percibir que el sistema público responde con creciente ineficacia. Es precisamente en ese momento cuando la atención privada encuentra un terreno extraordinariamente fértil para expandirse. No necesariamente porque ofrezca mejores resultados en salud, sino porque promete aquello que el sistema público va dejando de garantizar: accesibilidad, inmediatez, continuidad o sensación de disponibilidad.

            Conviene no engañarse. La progresiva mercantilización de la salud también se alimenta de la incapacidad de los sistemas públicos para construir un proyecto común centrado en las necesidades reales de la población. Cada fragmentación organizativa favorece nuevos espacios de negocio. Cada pérdida de confianza ciudadana debilita uno de los pilares fundamentales del Estado del bienestar.

            Sin embargo, seguimos empeñados en discutir si debemos curar o cuidar. Como si esa fuera la verdadera cuestión. Como si la salud pudiera entenderse mediante categorías excluyentes. Como si la ciencia tuviera que enfrentarse a la ética, la tecnología a la relación o la competencia técnica a la empatía. La realidad demuestra exactamente lo contrario.

            Ha llegado el momento de abandonar definitivamente un lenguaje que, sin apenas advertirlo, condiciona también nuestra manera de pensar. Las palabras nunca son inocentes. Cuando hablamos de asistencia, el protagonismo suele recaer sobre quien presta el servicio. Cuando hablamos de atención, el centro pasa a ocuparlo quien la recibe. Cuando entendemos la prescripción como una orden unidireccional, el poder se concentra en quien decide. Cuando hablamos de indicación terapéutica compartida, aparece la deliberación, la autonomía y la corresponsabilidad. Cuando identificamos el éxito exclusivamente con la curación, la muerte solo puede interpretarse como un fracaso. Cuando entendemos la salud como un proceso vital, incluso allí donde ya no es posible curar continúa existiendo una enorme capacidad para aliviar, acompañar, consolar y preservar la dignidad.

            No se trata de un debate terminológico. Se trata de una forma diferente de comprender la relación entre los profesionales de la salud y la ciudadanía. Las personas no son receptoras pasivas de decisiones técnicas. Son sujetos de derechos, con valores, expectativas, experiencias y capacidades que deben incorporarse a cualquier intervención. Ignorar esa realidad no solo empobrece la práctica profesional, sino que termina deteriorando la confianza, probablemente el recurso más valioso de cualquier sistema de salud. Sin confianza no existe adherencia, ni participación, ni corresponsabilidad, ni legitimidad institucional.

            Esta es una de las mayores responsabilidades compartidas de todos los profesionales de la salud. Recuperar un discurso capaz de situar nuevamente a las personas, las familias y las comunidades en el centro de las decisiones. Comprender que el prestigio profesional no se fortalece debilitando a otras disciplinas, sino demostrando el valor específico que cada una aporta al bien común. Aceptar que la autonomía profesional nunca puede construirse desde el aislamiento, sino desde la cooperación madura entre conocimientos diferentes pero complementarios. Y reconocer, sobre todo, que la complejidad de la salud exige abandonar definitivamente cualquier pretensión de suficiencia disciplinar.

            La verdadera fortaleza de un sistema de salud no se mide por la capacidad de una profesión para imponer su modelo sobre las demás. Se mide por la capacidad del conjunto para ofrecer respuestas integradas, coherentes y continuas a las necesidades de la población. Se mide por la facilidad con la que una persona puede transitar por el sistema sin sentirse perdida. Se mide por la calidad de las relaciones entre profesionales. Se mide por la confianza que inspira. Se mide por su compromiso con la equidad. Se mide por su capacidad para prevenir además de tratar, para promover salud además de intervenir sobre la enfermedad y para fortalecer comunidades además de atender individuos.

            Cuando se enfrentan el paradigma biomédico y el paradigma del cuidado, todos pierden.

            La gran transformación pendiente no consiste, por tanto, en sustituir un paradigma por otro, sino en construir un nuevo marco de comprensión donde ambos dejen de competir para empezar a complementarse. Curar desde el cuidado significa reconocer que ningún tratamiento alcanza toda su eficacia si ignora a la persona que lo recibe. Cuidar para curar significa asumir que el acompañamiento, la educación para la salud, la continuidad, la participación y la construcción de vínculos también producen resultados en salud, mejoran la adherencia, reducen complicaciones, favorecen la autonomía y aumentan la calidad de vida. La evidencia científica lleva años demostrando que ambas dimensiones no solo son compatibles, sino mutuamente dependientes2,4,5,11,[16].

            Necesitamos menos discursos construidos desde la confrontación y más proyectos compartidos. Menos fronteras profesionales y más espacios de colaboración y respeto. Menos jerarquías sustentadas en la autoridad y más liderazgos basados en el conocimiento, el respeto y la generosidad. Menos políticas diseñadas para satisfacer equilibrios corporativos y más políticas comprometidas con la salud colectiva. Menos organizaciones obsesionadas por contabilizar actividad y más sistemas capaces de generar bienestar, autonomía, participación y cohesión social.

            Ha llegado el momento de abandonar definitivamente la lógica del “o” para abrazar la lógica del “y”.

            Curar y cuidar. Ciencia y humanidad. Conocimiento y participación. Excelencia técnica y excelencia ética. Atención individual y compromiso comunitario.

            Solo así será posible construir sistemas públicos capaces de responder a los desafíos del presente sin renunciar a los valores que justifican su existencia.

            La salud nunca ha necesitado elegir entre curar o cuidar. Siempre ha necesitado curar cuidando y cuidar para curar.

[1] Filósofo, polímata y científico griego nacido en la ciudad de Estagira, al norte de la Antigua Grecia (384 a.c. – 322 a.c.

[2] World Health Organization. Constitution of the World Health Organization. Geneva: WHO; 1948.

[3] World Health Organization. Framework on integrated, people-centred health services. Geneva: WHO; 2016.

[4] World Health Organization. Primary health care: transforming vision into action. Operational framework. Geneva: WHO; 2024.

[5] Elwyn G, Durand MA, Song J, Aarts J, Barr PJ, Berger Z, et al. A three-talk model for shared decision making: multistage consultation process. BMJ. 2017;359:j4891.

[6] Starfield B, Shi L, Macinko J. Contribution of primary care to health systems and health. Milbank Q. 2005;83(3):457-502.

[7] Baker R, Freeman GK, Haggerty JL, Bankart MJ, Nockels KH. Primary medical care continuity and patient mortality: a systematic review. Br J Gen Pract. 2020;70(698):e600-e611.

[8] Bazemore A, Petterson S, Peterson LE, Bruno R, Chung Y, Phillips RL. Higher primary care physician continuity is associated with lower costs and hospitalizations. Ann Fam Med. 2018;16(6):492-497.

[9] World Health Organization. Global report on integrated people-centred health services. Geneva: WHO; 2023.

[10] Organisation for Economic Co-operation and Development. Health at a Glance 2025: OECD Indicators. Paris: OECD Publishing; 2025.

[11] World Health Organization. World report on ageing and health. Geneva: WHO; 2015.

[12] Dykes PC, Chu CH, Condon C, et al. Building and testing a patient-centered care model: implications for nursing. Int J Nurs Stud. 2022;129:104201.

[13] Kitson A, Conroy T, Kuluski K, Locock L, Lyons R. Reclaiming and redefining the fundamentals of care: nursing’s response to meeting patients’ basic human needs. J Adv Nurs. 2023;79(1):11-23.

[14] Wei H, Sewell KA, Woody G, Rose MA. The state of the science of nurse work environments and outcomes. Int J Nurs Sci. 2018;5(3):287-300.

[15] World Health Organization. Closing the gap in a generation: Health equity through action on the social determinants of health. Geneva: WHO; 2008.

[16] Hanson C, Brillant M, et al. Optimising community health systems for universal health coverage. The Lancet. 2024;403:2103-2118.

EL CUIDADO Y EL VALOR DE LAS PERSONAS

             Nos gusta pensar que vivimos en sociedades avanzadas, comprometidas con los derechos humanos, la igualdad y la dignidad de las personas. Nos gusta repetir que todas las vidas tienen el mismo valor. Sin embargo, basta observar con cierta atención la realidad para descubrir que no todas reciben el mismo trato ni la misma consideración.

            Existen vidas que ocupan el centro de las decisiones políticas, económicas y sociales. Y existen otras que permanecen en los márgenes, invisibles, olvidadas o convertidas en un problema que gestionar. No porque alguien lo diga abiertamente, sino porque así lo demuestran demasiadas decisiones cotidianas.

            Las personas mayores son un ejemplo evidente. Vivimos en una cultura que ensalza la juventud, la rapidez, la productividad y la imagen. Envejecer parece haberse convertido en una especie de fracaso personal. Se asocia la edad con dependencia, deterioro y gasto. Se olvida que las personas mayores son quienes sostuvieron durante décadas la sociedad que hoy disfrutamos y que merecen algo más que agradecimientos protocolarios una vez al año.

            La pandemia mostró esta realidad con una crudeza difícil de olvidar. Miles de personas mayores murieron en condiciones de aislamiento extremo. Muchas residencias se transformaron en espacios donde la vulnerabilidad quedó expuesta de manera dramática. Después llegaron los homenajes, los discursos institucionales y las promesas de cambio. Pero la pregunta sigue siendo pertinente: ¿hemos aprendido realmente la lección?

            Algo parecido ocurre con las personas que viven con una discapacidad. A pesar de los avances legislativos y sociales, continúan encontrando barreras físicas, culturales y administrativas que limitan su participación plena. Con demasiada frecuencia seguimos evaluando a las personas por lo que pueden producir, hacer o aportar económicamente, en lugar de reconocerlas por lo que son: ciudadanos y ciudadanas con los mismos derechos y la misma dignidad.

            La misma lógica afecta a quienes conviven con enfermedades poco frecuentes, problemas de salud mental, situaciones de dependencia o soledad no deseada. Su sufrimiento suele quedar relegado a un segundo plano porque no genera beneficios, no produce titulares o no encaja en las prioridades del mercado.

            Y ahí aparece la creciente mercantilización de la vida, uno de los problemas de la sociedad actual.

            Cada vez con más frecuencia se analizan cuestiones profundamente humanas utilizando exclusivamente criterios económicos. Se habla de costes, productividad, eficiencia o sostenibilidad. Son conceptos necesarios, sin duda. Pero cuando se convierten en el único criterio para tomar decisiones, algo esencial se pierde por el camino.

 

            Porque las personas no son balances contables. La dignidad humana no puede medirse mediante indicadores de rentabilidad.

            Sin embargo, esa mirada economicista acaba influyendo en la manera en que organizamos los servicios públicos, distribuimos recursos o establecemos prioridades. Lo que genera beneficios recibe atención. Lo que no la genera corre el riesgo de convertirse en una carga.

            El resultado es una sociedad que, sin reconocerlo abiertamente, establece jerarquías entre vidas. Algunas son consideradas valiosas porque producen, consumen o responden a los modelos dominantes de éxito. Otras son percibidas como dependientes, costosas o improductivas.

            Esta forma de exclusión es especialmente peligrosa porque resulta silenciosa. No necesita leyes discriminatorias ni discursos de odio explícitos. Funciona mediante la indiferencia, el abandono o la resignación colectiva. Se expresa en listas de espera interminables, en recursos insuficientes, en barrios abandonados, en personas que envejecen solas o en familias que asumen cuidados para los que apenas reciben apoyo.

            También se manifiesta en la tendencia a medicalizar cualquier forma de malestar. La tristeza, la incertidumbre, el duelo, la soledad o el agotamiento son abordados muchas veces como problemas individuales que requieren una respuesta técnica o farmacológica, cuando en realidad suelen estar relacionados con condiciones sociales, económicas o relacionales mucho más profundas.

            Mientras tanto, cuestiones como la precariedad laboral, la dificultad para acceder a una vivienda digna, el aislamiento social o la falta de redes comunitarias siguen creciendo sin que se afronten sus causas estructurales.

            Quizá por eso el verdadero debate no sea sanitario, económico ni siquiera político. Es, ante todo, un debate ético.

            La cuestión fundamental consiste en decidir qué tipo de sociedad queremos ser. Una sociedad que valore a las personas en función de su utilidad, su productividad o su capacidad de consumo. O una sociedad que sitúe la dignidad humana en el centro de todas sus decisiones.

            Una comunidad no se mide por la riqueza que acumula ni por la tecnología que desarrolla. Se mide por la manera en que trata a quienes atraviesan situaciones de fragilidad. Por cómo cuida a quienes dependen de otros. Por cómo acompaña a quienes sufren. Por cómo protege a quienes tienen menos capacidad para hacerse escuchar.

            En un mundo obsesionado con la rentabilidad, cuidar se ha convertido en un acto profundamente político. Y también profundamente humano.

            Si aceptamos que algunas vidas valen menos que otras, el problema deja de afectar únicamente a quienes quedan al margen, para pasar ser un problema global.

EL CAMPELLO: GOBERNAR DE ESPALDAS A LA CIUDADANÍA

            Hay decisiones políticas que trascienden el ámbito de la gestión para convertirse en una manera de entender la democracia. El cierre temporal del Centro Social de El Campello por las necesarias obras de acondicionamiento -producto de un mantenimiento inadecuado- podría haber sido una de esas decisiones inevitables que cualquier ciudadanía comprende cuando existe planificación, información y voluntad de minimizar sus consecuencias. Sin embargo, lo verdaderamente preocupante no ha sido el cierre del edificio, sino el abandono de las personas que daban vida a ese espacio.

            Desde el mismo momento en que se decidió acometer las obras se conocía que cientos de personas, mayores en su mayoría, y decenas de actividades desarrolladas por el Asociacionismo de El Campello quedarían sin un lugar donde continuar. No era un problema inesperado ni sobrevenido. Era perfectamente previsible. Precisamente por ello resulta tan difícil entender que no se buscara ninguna alternativa para garantizar la continuidad de unas actividades que, para muchas personas, forman parte de su vida cotidiana, de sus relaciones sociales y de su bienestar.

            Pedir ahora comprensión por las molestias ocasionadas, presentando además unas obras que llegan con más de cinco años de retraso como un éxito de gestión, supone un ejercicio de autocomplacencia que difícilmente puede compartir quien ha visto desaparecer de un día para otro un espacio fundamental de convivencia. La ciudadanía suele comprender las dificultades cuando percibe honestidad y esfuerzo por resolverlas. Lo que resulta mucho más difícil de aceptar es la improvisación cuando hubo tiempo suficiente para planificar y la ausencia de soluciones cuando estas eran perfectamente posibles.

            Pero reducir este conflicto a un problema de organización sería quedarse en la superficie. Lo ocurrido constituye el síntoma de una forma de gobernar que se viene repitiendo desde hace demasiado tiempo. Una manera de ejercer el poder en la que la participación ciudadana deja de ser considerada un valor democrático para convertirse en una molestia. Mientras las asociaciones permanecen calladas, su existencia resulta tolerable. Cuando reclaman respuestas, defienden derechos o cuestionan decisiones municipales, pasan a ser percibidas como un obstáculo para quienes prefieren gobernar sin demasiadas explicaciones.

            No es una percepción subjetiva. Es una realidad que numerosos colectivos llevan tiempo denunciando. El vertedero, la limpieza viaria, la falta de inversiones en los barrios, la accesibilidad, la igualdad, la cultura, el medio ambiente, la educación o la sanidad conforman una larga lista de asuntos donde la ciudadanía ha reclamado diálogo y respuestas sin encontrar una interlocución suficiente. El denominador común no es únicamente la lentitud para resolver los problemas, sino una preocupante ausencia de voluntad para compartir información, escuchar propuestas y construir consensos desde los que resolver los problemas reales más allá del turismo y la construcción.

            El asociacionismo representa una de las expresiones más valiosas de cualquier democracia local. No solo organiza actividades. Genera participación, fortalece la convivencia, combate la soledad, crea redes de apoyo y convierte a los vecinos en protagonistas de la vida pública. Debilitarlo o ignorarlo supone empobrecer la calidad democrática de un municipio. Cuando las asociaciones dejan de ser interlocutores para convertirse en adversarios, algo profundamente importante comienza a deteriorarse.

            Resulta especialmente preocupante que quienes deberían proteger ese tejido social parezcan contemplarlo con incomodidad. Porque la participación nunca debería interpretarse como una amenaza, sino como una oportunidad para mejorar las decisiones públicas. Gobernar no consiste únicamente en administrar recursos o ejecutar obras. Significa también escuchar, explicar, dialogar y rendir cuentas. Sin esos elementos, la política corre el riesgo de reducirse a un simple ejercicio de autoridad.

            Lo sucedido con el Centro Social ha conseguido unir a asociaciones muy diferentes en un mismo diagnóstico. Todas coinciden en señalar que el verdadero problema no son las obras, sino la ausencia de planificación, la falta de alternativas y la escasa consideración mostrada hacia quienes llevan años contribuyendo de forma altruista al bienestar colectivo. Cuando el movimiento asociativo habla con una sola voz, quizá quienes gobiernan deberían preguntarse si el problema reside realmente en quienes protestan o en quienes se niegan a escuchar.

            La democracia municipal no se mide por el número de inauguraciones, por los titulares o por las campañas de comunicación institucional. Se mide, sobre todo, por la manera en que se trata a la ciudadanía cuando surgen los problemas. Es entonces cuando se pone a prueba el compromiso con el interés general, la capacidad de diálogo y el respeto hacia quienes esperan de sus representantes algo más que discursos.

            El Campello merece unas instalaciones públicas dignas. Merece inversiones. Merece obras cuando son necesarias. Pero merece, sobre todo, gobernantes capaces de comprender que los edificios son importantes porque albergan personas, no porque puedan exhibirse como logros políticos. Un centro social puede cerrarse temporalmente para ser rehabilitado. Lo que nunca debería cerrarse es la participación ciudadana, el respeto institucional y el compromiso con quienes hacen del asociacionismo uno de los principales activos de la convivencia.

            Porque cuando un gobierno deja sin respuesta a quienes sostienen la vida social de un municipio, el problema es la forma de entender la democracia.

CUANDO EL LENGUAJE DEJA DE CUIDAR

 

            Las palabras parecen inocentes. Las utilizamos cada día sin detenernos demasiado a pensar en ellas. Sin embargo, no solo describen la realidad; también la construyen. Determinan cómo entendemos el mundo, cómo nos relacionamos con los demás y qué lugar ocupa cada persona dentro de una determinada estructura social.

            Por eso resulta llamativo que sigamos utilizando con tanta naturalidad la palabra “paciente” para referirnos a quienes utilizan los servicios de salud. A primera vista puede parecer una simple convención lingüística. Pero basta detenerse un momento para descubrir que detrás de esa palabra se esconde una manera muy concreta de entender la relación entre las personas y el sistema sanitario.

            Paciente procede del latín y remite a quien padece, soporta o tolera. Es decir, a quien recibe la acción de otros. A quien espera. A quien aguarda. A quien soporta una situación que no controla plenamente.

            Las personas que utilizan los servicios de salud no encajan en esa definición. No son sujetos pasivos que esperan resignadamente a que alguien decida por ellas. Son ciudadanos informados, personas que buscan respuestas, desean comprender lo que les ocurre y reclaman participar en decisiones que afectan directamente a sus vidas.

            Sin embargo, se les sigue nombrando como si su principal función fuera esperar una cita, una prueba, una intervención, una explicación o una respuesta. Esperar, en definitiva, a que otros decidan.

            No se trata de negar la vulnerabilidad que acompaña a muchas situaciones de enfermedad o sufrimiento. Todos atravesamos momentos en los que necesitamos ayuda, apoyo o cuidados. La fragilidad forma parte de la condición humana. Pero ser vulnerable no significa ser incapaz. Necesitar ayuda no implica renunciar a la autonomía. Recibir atención no debería obligar a aceptar una posición subordinada en una relación que afecta a nuestra salud y a nuestra vida.

            Cada vez resulta más difícil entender que sigamos hablando de pacientes cuando nos referimos también a quienes participan en actividades de prevención, promoción o educación para la salud. Personas que no están enfermas y que participan activamente en la construcción de su bienestar siguen siendo denominadas pacientes, como si la salud solo pudiera entenderse desde la enfermedad y no desde las capacidades, los recursos y las potencialidades de cada persona.

            Vivimos en una sociedad que todavía establece demasiadas relaciones jerárquicas basadas en quién posee el conocimiento y quién debe limitarse a recibirlo. Quien sabe habla. Quien no sabe escucha. Quien decide dirige. Quien recibe obedece.

            Ese modelo puede resultar cómodo para las instituciones, pero encaja cada vez peor con una ciudadanía que reclama participar activamente en las decisiones que afectan a su vida cotidiana. Y la salud no es una excepción. Cuando las personas participan en las decisiones relacionadas con su salud, comprenden mejor, se implican más y construyen una relación más sólida de confianza con quienes las atienden.

            Entonces, ¿por qué seguimos aferrados a una terminología que remite a un modelo paternalista? Quizá porque cambiar las palabras obliga también a cambiar las relaciones que esas palabras representan.

            Llamar persona a quien utiliza un servicio de salud parece una obviedad. Sin embargo, implica reconocer algo que no siempre resulta cómodo: que quien tiene delante un profesional no es únicamente portador de una enfermedad o de un problema concreto. Es alguien con una historia, unos valores, unas preferencias, unas creencias y una capacidad legítima para participar en las decisiones que le afectan. Es alguien cuya identidad va mucho más allá de un diagnóstico.

            Esta reflexión resulta especialmente importante en un momento en el que la tecnología, los protocolos y la organización de los sistemas tienden a simplificar realidades complejas. Resulta más fácil gestionar enfermedades que comprender personas. Más sencillo clasificar diagnósticos que escuchar biografías. Más cómodo organizar procesos que adaptarse a la singularidad de cada individuo.

            No hay que olvidar que la finalidad de los sistemas de salud no es gestionar enfermedades, sino contribuir al bienestar de las personas.

            Si el centro de atención deja de ser la persona y pasa a ser exclusivamente el problema o la enfermedad que presenta, corremos el riesgo de olvidar aquello que da sentido a cualquier intervención, la dignidad humana. Porque cuando hablamos de diabéticos, hipertensos, obesos, esquizofrénicos… cosificamos a la persona en función de la enfermedad que padecen. Invisibilizamos a la persona, para visibilizar la enfermedad. Anulamos su dignidad a favor de la patología.

            No se trata tan solo de un debate lingüístico sobre si seguimos utilizando o no la palabra paciente. Lo importante es qué tipo de relación queremos construir entre las instituciones, los profesionales y la ciudadanía. Una relación basada en la obediencia o en la participación; en la resignación o en la corresponsabilidad; en la reducción de las personas a sus problemas o enfermedades o en el reconocimiento de su capacidad para formar parte de las soluciones.

            Las enfermedades, los diagnósticos y las circunstancias cambian a lo largo de la vida. La dignidad de las personas, no.

INVESTIGACIÓN CON SESGO DE GÉNERO

               La decisión del Gobierno de triplicar la inversión destinada a la investigación sobre la salud de las mujeres constituye una excelente noticia. No solo por los recursos económicos comprometidos, sino porque supone reconocer públicamente una realidad durante demasiado tiempo invisibilizada, como que la investigación biomédica ha discriminado a las mujeres.

            El programa presentado bajo el lema “Somos. Contamos: fin de la discriminación de las mujeres en la investigación de la salud” parte precisamente de esa constatación. Y el simple hecho de que en 2026 resulte necesario impulsar una iniciativa específica para corregir los sesgos de género en investigación sanitaria debería invitarnos a una reflexión profunda.

            Porque la cuestión no es únicamente cuánto se investiga sobre la salud de las mujeres. La cuestión es desde qué mirada se construye el conocimiento científico que posteriormente orienta la práctica clínica, la docencia, la gestión y las políticas de salud.

            Durante siglos, la medicina tomó al hombre como referencia universal. El cuerpo masculino fue considerado el modelo estándar sobre el que estudiar enfermedades, probar tratamientos, establecer criterios diagnósticos y diseñar investigaciones. Las mujeres quedaron frecuentemente excluidas o infrarrepresentadas en los estudios científicos, con consecuencias que todavía hoy siguen siendo visibles. Se investiga en hombres, para hombres.

            Sabemos que muchas enfermedades se manifiestan de forma diferente en mujeres y hombres. Sabemos que determinados medicamentos producen respuestas distintas según el sexo. Sabemos que patologías cardiovasculares, enfermedades autoinmunes, trastornos relacionados con el dolor o problemas de salud mental presentan características diferenciales que durante años fueron insuficientemente estudiadas. Sin embargo, gran parte del conocimiento utilizado para diagnosticar y tratar estas situaciones se construyó a partir de investigaciones realizadas fundamentalmente en hombres.

            El resultado ha sido una medicina que, en demasiadas ocasiones, ha diagnosticado tarde, interpretado erróneamente síntomas o minusvalorado problemas de salud que afectaban especialmente a las mujeres.

            Lo más llamativo es que esta realidad persiste a pesar de la creciente presencia femenina en todos los ámbitos de la profesión. A primera vista podría parecer que la incorporación masiva de mujeres debería corregir automáticamente estos desequilibrios. Sin embargo, la experiencia demuestra que el problema es mucho más complejo.

            Existe una tendencia a pensar que la igualdad llegará de forma natural cuando haya más mujeres ocupando puestos de responsabilidad científica, académica o asistencial. Pero las organizaciones poseen una enorme capacidad para reproducir sus propios valores, prioridades y formas de funcionamiento con independencia de quiénes las integren.

            Por eso resulta insuficiente limitar el debate a la presencia de mujeres en la investigación. La cuestión de fondo tiene que ver con el género de la propia profesión y con la cultura que históricamente ha construido su manera de entender la salud, la enfermedad, la investigación y el poder.

            La medicina, como institución social y profesional, se ha desarrollado durante siglos bajo patrones marcadamente masculinos. No hablamos únicamente de la presencia predominante de hombres en sus estructuras históricas, sino de una determinada forma de establecer jerarquías, distribuir recursos, definir prioridades y decidir qué problemas merecen atención científica. Esos patrones han impregnado la docencia, la investigación, la gestión y la práctica clínica, configurando una cultura profesional que continúa influyendo incluso cuando quienes se incorporan a ella son cada vez más mujeres.

            De hecho, muchas profesionales han tenido que adaptarse a esas dinámicas para progresar académica o profesionalmente. No porque compartan necesariamente dichos valores, sino porque las reglas del juego ya estaban definidas mucho antes de su llegada.

            Sería injusto ignorar la enorme contribución de muchas médicas e investigadoras que han impulsado cambios fundamentales en este ámbito. Gracias a su trabajo se ha avanzado en el conocimiento de enfermedades específicas de las mujeres, en la incorporación de la perspectiva de género a los estudios clínicos y en la denuncia de desigualdades que durante años permanecieron ocultas. Pero también es evidente que esos avances continúan siendo insuficientes para corregir completamente una inercia histórica profundamente arraigada.

            La investigación científica no se desarrolla en el vacío. Refleja valores, intereses y prioridades sociales. Cuando determinados problemas reciben menos atención, menos financiación o menos visibilidad, no solo se genera una carencia científica. Se produce una desigualdad con consecuencias directas sobre la vida de las personas.

            Por eso la perspectiva de género no constituye una concesión ideológica ni una moda académica. Constituye una exigencia científica y ética. La buena ciencia no consiste en ignorar las diferencias, sino en comprenderlas. No consiste en asumir que una parte de la población representa a toda la humanidad, sino en generar conocimiento capaz de responder a la diversidad real de las personas.

            La inversión anunciada merece ser celebrada. Pero también debe servir para recordar que la verdadera transformación no llegará únicamente cuando haya más recursos económicos o más mujeres investigando. Llegará cuando cambien también las prioridades científicas, los modelos de liderazgo y las formas de entender la salud que continúan reproduciendo desigualdades de manera muchas veces inadvertida.

 

LA DIFICULTAD DE ENTENDER LOS CUIDADOS

                                   “Cuando alguien te escucha de verdad, sin juzgarte, sin intentar asumir la responsabilidad por ti, sin intentar moldearte, es extraordinariamente reconfortante.”

Carl Rogers[1]

 

         

            Hay relaciones profesionales que duran quince minutos y permanecen durante años en la memoria de las personas. No porque en ellas se realizara una técnica especialmente compleja, se tomara una decisión extraordinaria o se produjera un hallazgo clínico inesperado. Permanecen porque, en algún momento de aquel encuentro, alguien se sintió comprendido, escuchado, acompañado o capaz de afrontar una realidad que hasta entonces parecía inabordable.

            Sin embargo, lo más llamativo es que gran parte de lo que sucede en esos encuentros rara vez aparece reflejado en una historia de salud, o lo hace de manera difusa o incompleta. Quedan registrados los datos clínicos, las constantes, los procedimientos realizados, los diagnósticos, los tratamientos o las recomendaciones. Mucho más difícil resulta registrar la confianza construida, la seguridad recuperada, la capacidad de adaptación fortalecida o el alivio que experimenta una persona cuando deja de sentirse sola frente a aquello que le preocupa.

            Tal vez por eso una de las aportaciones más importantes de las enfermeras siga siendo también una de las menos visibles o cuanto menos reconocibles.

            Cuando se habla de enfermería es frecuente que la atención se centre en las técnicas, los procedimientos o las competencias clínicas. Resulta lógico. Son actividades visibles, identificables y relativamente fáciles de explicar. Pero reducir la práctica enfermera a ese ámbito supone ignorar una parte esencial de lo que la hace singular. Porque las enfermeras no solo realizan intervenciones. También establecen relaciones profesionales que constituyen en sí mismas una herramienta terapéutica, educativa y clínica de indudable valor.

            Y esta afirmación resulta importante. No estamos hablando de simpatía, amabilidad o buena disposición personal. Tampoco de una cualidad innata vinculada a determinados rasgos de carácter. La relación profesional del cuidado no surge espontáneamente ni depende exclusivamente de la personalidad de quien la desarrolla. Es una competencia construida sobre conocimiento científico, experiencia, capacidad de valoración, habilidades comunicativas, razonamiento clínico y compromiso ético.

            A pesar de ello, continúa existiendo una enorme dificultad para reconocerla como una intervención profesional con valor propio.

            Probablemente porque el cuidado arrastra una paradoja histórica de difícil resolución. Todos los seres humanos cuidan y necesitan ser cuidados. El cuidado forma parte de la experiencia universal de la vida. Está presente en las familias, en las amistades, en las comunidades y en las relaciones cotidianas que permiten sostener la existencia. Sin embargo, precisamente porque cuidar parece algo tan natural, se ha tendido a pensar que cualquier forma de cuidado es equivalente. Y no lo es.

            El cuidado universal y el cuidado profesional comparten una misma raíz humana, pero responden a lógicas diferentes. El primero se sustenta fundamentalmente en los vínculos afectivos, la experiencia vital y el compromiso personal. El segundo incorpora además conocimiento científico, juicio clínico, responsabilidad ética y capacidad para intervenir sobre las respuestas humanas ante la salud, la enfermedad, la dependencia, la incertidumbre o la muerte. No sustituye al cuidado familiar o comunitario, pero tampoco puede confundirse con él.

            La enfermería ha desarrollado precisamente ese espacio profesional donde el conocimiento científico y la experiencia humana se encuentran. Un espacio en el que la persona deja de ser únicamente portadora de una enfermedad para convertirse en alguien que vive, interpreta y responde a aquello que le ocurre de manera única.

            La Organización Mundial de la Salud recuerda que las enfermeras constituyen el mayor grupo profesional de los sistemas de salud y desempeñan un papel decisivo en la mejora de los resultados en salud, la equidad y la cobertura sanitaria universal. Sin embargo, la relevancia cuantitativa de la profesión no siempre se corresponde con una comprensión adecuada de la naturaleza de su aportación[1].

            Quizá porque seguimos asociando el valor sanitario a aquello que puede verse con facilidad. Un diagnóstico tiene nombre. Una prueba ofrece resultados. Un medicamento produce efectos observables. Una intervención quirúrgica transforma una situación concreta de forma inmediata. La práctica relacional enfermera, por el contrario, suele actuar de manera menos llamativa. Sus efectos aparecen en la confianza generada, en la autonomía preservada, en la adherencia a los tratamientos, en la capacidad de adaptación o en el sufrimiento evitado.

            De hecho, los modelos contemporáneos de calidad asistencial reconocen cada vez con mayor claridad que la relación terapéutica constituye un elemento central de la atención. El Fundamentals of Care Framework identifica precisamente la relación entre profesional y persona como uno de los pilares sobre los que se construye un cuidado de calidad, junto a la integración de necesidades físicas, emocionales y sociales y a la existencia de contextos organizativos adecuados[2].

            No se trata, por tanto, de un añadido humanizador a la asistencia. Se trata de una intervención profesional basada en evidencia que aporta humanización, que es radicalmente diferente.

            Precisamente esta es una de las cuestiones más relevantes. Porque cuanto más se profundiza en el conocimiento de los cuidados, más evidente resulta que la salud no depende exclusivamente de aquello que se hace sobre las personas, sino también, cuando no sobre todo, de aquello que se construye con ellas.

            Las enfermeras llevan décadas trabajando precisamente en ese espacio. Un espacio donde la información se transforma en comprensión, donde la dependencia puede convertirse en autonomía, donde la incertidumbre encuentra acompañamiento y donde las personas recuperan parte del control sobre sus propias vidas.

            Sin embargo, esa aportación continúa siendo una de las menos valoradas y, con frecuencia, una de las menos comprendidas de los sistemas de salud.

            Muchos profesionales intervienen sobre problemas específicos. Las enfermeras, además, acompañan trayectorias vitales. Con frecuencia son quienes permanecen cuando desaparece la urgencia, cuando concluye el ingreso hospitalario, cuando finaliza una intervención o cuando una persona debe aprender a convivir con una enfermedad crónica, una limitación funcional o una nueva realidad personal y familiar. Esa continuidad permite observar aspectos que difícilmente pueden percibirse desde encuentros aislados. Permite identificar cambios sutiles, interpretar mejor las circunstancias que rodean a las personas, anticipar dificultades y adaptar las intervenciones a las circunstancias reales de cada persona.

            La longitudinalidad, uno de los elementos más valiosos de la Atención Primaria y Comunitaria, encuentra aquí buena parte de su sentido. Porque las personas no viven su salud como una sucesión de episodios independientes. La viven como una experiencia continua en la que enfermedad, salud, trabajo, familia, economía, relaciones sociales, expectativas y proyectos vitales aparecen profundamente entrelazados.

            Por eso resulta insuficiente entender el cuidado exclusivamente como un conjunto de actividades o procedimientos. Cuidar profesionalmente implica entender cómo las personas viven aquello que les ocurre y cómo responden a ello. Implica reconocer que dos personas con un mismo diagnóstico pueden experimentar situaciones completamente diferentes y necesitar respuestas distintas. Implica aceptar que la salud nunca puede interpretarse al margen de las circunstancias en las que las personas desarrollan sus vidas.

            Y precisamente el contexto constituye una de las dimensiones más olvidadas cuando se habla de cuidados.

            Durante mucho tiempo hemos tendido a atribuir la calidad del cuidado únicamente a las competencias de las enfermeras. Sin embargo, la evidencia muestra que los entornos organizativos, las condiciones laborales, la disponibilidad de recursos, los modelos de gestión e incluso las prioridades políticas influyen de manera decisiva en la capacidad para prestar cuidados de calidad[3].

            No cuida igual una enfermera que dispone de tiempo para conocer a las personas que otra obligada a encadenar consultas bajo una presión asistencial constante. No cuida igual quien trabaja en equipos cohesionados que quien lo hace en estructuras fragmentadas donde la coordinación resulta insuficiente. No cuida igual quien dispone de autonomía profesional y estabilidad que quien desarrolla su actividad en condiciones marcadas por la precariedad, la jerarquización o la incertidumbre.

            El entorno en el que se desarrollan los cuidados no es un escenario neutro. Forma parte de los propios cuidados.

            Y esta realidad tiene consecuencias importantes. Significa que cuando una organización reduce sistemáticamente los tiempos disponibles, prioriza exclusivamente indicadores de actividad, ignora el liderazgo enfermera y su capacidad de gestión o interpreta la eficiencia únicamente como incremento de productividad, está condicionando inevitablemente la manera en que se desarrollan las relaciones terapéuticas que sustentan los cuidados.

            La dificultad para reconocer el valor de los cuidados tiene también raíces culturales e históricas profundas. Durante siglos, el cuidado fue identificado con actividades femeninas desarrolladas en el ámbito doméstico, asociadas a la entrega, la vocación o la obligación moral sin reconocimiento de ningún tipo. Mientras tanto, el conocimiento legítimo se vinculaba a espacios académicos, científicos y acotados a los hombres. Lo que se curaba adquiría prestigio. Lo que cuidaba se naturalizaba.

            Aunque los sistemas de salud han cambiado enormemente, algunas de esas inercias continúan presentes.

            El cuidado incomoda cuando deja de ser percibido como ayuda y se afirma como conocimiento. Incomoda cuando abandona el lugar de la obediencia y ocupa el espacio de la deliberación profesional. Incomoda porque cuestiona una visión de la salud excesivamente centrada en la enfermedad y recuerda que las personas no son únicamente cuerpos que deben ser diagnosticados o tratados, sino seres humanos que necesitan comprender, adaptarse, decidir, convivir con la incertidumbre y desarrollar proyectos de vida incluso en contextos de fragilidad.

            Pero también incomoda porque pone en cuestión un modelo profundamente medicalizado de los sistemas de salud, construido históricamente alrededor del protagonismo casi exclusivo de la medicina y de determinadas relaciones de poder asociadas a dicho protagonismo. Desde esta perspectiva, en ocasiones, el desarrollo del cuidado profesional enfermero se interpreta erróneamente como una amenaza a espacios tradicionales de influencia y control, cuando en realidad constituye una oportunidad para enriquecer la respuesta de salud mediante enfoques complementarios. Quizá esta tensión ayude a comprender algunas de las resistencias, recelos o comportamientos erráticos que todavía hoy mantienen determinados sectores frente al avance científico, profesional y competencial de las enfermeras.

            Sin embargo, el verdadero problema no radica en la existencia de diferentes disciplinas o saberes. La salud necesita diversidad de conocimientos. Necesita diagnósticos, tratamientos, rehabilitación, promoción de la salud, prevención, investigación y cuidados. El problema aparece cuando uno de esos saberes pretende erigirse en medida exclusiva de todos los demás.

            Porque la salud humana es demasiado compleja para ser comprendida desde una única mirada por mucho que se insista en que es exclusiva, porque automáticamente deriva en excluyente.

            Pero, precisamente ahí es donde la relación terapéutica enfermera adquiere toda su relevancia.

            La enfermería lleva más mucho tiempo construyendo conocimiento para comprender ese espacio donde se encuentran la salud, la experiencia humana y las condiciones que las rodean. Florence Nightingale ya evidenció que la recuperación de las personas no dependía exclusivamente de la enfermedad que padecían, sino también de las condiciones ambientales, sociales y organizativas que rodeaban los cuidados[4]. Su legado fue mucho más allá de la imagen simplificada que a menudo se transmite de ella. Introdujo observación sistemática, análisis de resultados y una visión integral que vinculaba persona, entorno y salud.

            Décadas después, autoras como Virginia Henderson, Hildegard Peplau, Dorothea Orem o Callista Roy contribuyeron a consolidar un cuerpo de conocimiento orientado a explicar cómo las personas responden a los procesos de salud y enfermedad, cómo desarrollan capacidades para cuidar de sí mismas y cómo la relación terapéutica puede convertirse en una intervención profesional con efectos tangibles sobre la salud.

            Sin embargo, la historia del pensamiento enfermero no puede explicarse únicamente desde referentes anglosajones. Aunque sus aportaciones han sido fundamentales, el desarrollo de la disciplina también se ha nutrido de manera decisiva de corrientes iberoamericanas que incorporaron perspectivas relacionadas con la salud comunitaria, la participación social, la educación para la salud, la interculturalidad, la equidad y los determinantes sociales desde sus contextos singulares tan alejados de la realidad anglosajona. Buena parte de la comprensión actual de los cuidados como práctica científica, ética y transformadora procede también de esa tradición iberoamericana que ha sabido conectar la atención a las personas con las realidades sociales, culturales y comunitarias en las que desarrollan sus vidas[5].

            Quizá por ello resulte especialmente llamativo que todavía hoy persistan visiones que continúan identificando el cuidado como una actividad secundaria dentro de los sistemas de salud. Porque cuanto más avanza el conocimiento científico, más evidente resulta que las necesidades de las personas rara vez pueden resolverse exclusivamente mediante intervenciones técnicas o farmacológicas.

            Las sociedades contemporáneas afrontan desafíos crecientes que no pueden abordarse únicamente desde una lógica centrada en la enfermedad. Todos requieren conocer cómo viven las personas aquello que les ocurre, qué recursos poseen, qué limitaciones afrontan y qué capacidades pueden desarrollar para mejorar su salud y su bienestar.

            En este escenario, la relación terapéutica que caracteriza a los cuidados enfermeros deja de ser un complemento de la atención para convertirse en una necesidad estratégica.

            No se trata de sustituir intervenciones, sino de integrarlas en la experiencia real de las personas. De poco sirve un tratamiento excelente si quien debe seguirlo no lo comprende, no dispone de recursos para aplicarlo o no encuentra apoyo para incorporarlo a su vida cotidiana. De poco sirve un diagnóstico preciso si la persona continúa sintiéndose sola, desorientada o incapaz de afrontar las consecuencias de aquello que le ocurre. De poco sirve la mejor tecnología si no existe una relación profesional capaz de traducirla en decisiones comprensibles y significativas.

            Quizá por eso las personas recuerdan con frecuencia aspectos diferentes de los que suelen registrar los sistemas sanitarios. Recuerdan quién les ayudó a entender una situación compleja. Quién permaneció cuando aparecieron las dudas. Quién les permitió recuperar confianza. Quién les enseñó a convivir con una enfermedad. Quién les acompañó cuando ya no era posible curar, pero seguía siendo imprescindible cuidar.

            Nada de ello responde a una visión romántica o idealizada de la enfermería, ni a figuras estereotipadas como los ángeles o las heroínas. Al contrario. Constituye una expresión de su complejidad científica y profesional.

            Porque cuidar profesionalmente no consiste en ser más amable, más cercana o más simpática que otras personas, como tradicionalmente se identifica. Consiste en utilizar el conocimiento, la experiencia, la evidencia científica y la relación terapéutica para ayudar a las personas, las familias y las comunidades a afrontar situaciones que afectan a su salud y a sus vidas, aunque no se relacione con la prestación de los cuidados enfermeros.

            Tal vez ahí resida una de las mayores fortalezas de la enfermería y, al mismo tiempo, una de las razones que explican su persistente falta de reconocimiento. Los cuidados suelen actuar de manera menos aparente. Su éxito no se mide únicamente por aquello que hacen las enfermeras, sino también por aquello que las personas consiguen hacer gracias a ellas. Aparece en la autonomía conservada, en las complicaciones evitadas, en la capacidad de adaptación fortalecida, en el sufrimiento reducido o en la calidad de vida preservada[6].

            Son logros que rara vez ocupan titulares. Tampoco suelen convertirse en símbolos visibles de progreso sanitario. Ni ocupan la atención mediática. Pero resultan imprescindibles para que la salud pueda desarrollarse más allá de los límites de los hospitales, las consultas o las pruebas diagnósticas.

            Por eso, quizá la pregunta más importante no sea por qué las enfermeras siguen reclamando reconocimiento. Tal vez la verdadera pregunta sea por qué la sociedad continúa teniendo tantas dificultades para valorar aquello que sostiene la vida cotidiana.

            Vivimos en una época fascinada por la velocidad, la tecnología y los resultados inmediatos. Sin embargo, muchas de las necesidades que más condicionan la salud requieren exactamente lo contrario, es decir, poder gestionar adecuadamente el tiempo, continuidad, presencia, escucha, acompañamiento y construcción de confianza. Requieren relaciones.

            Y esa es precisamente la materia prima con la que trabajan las enfermeras.

            El carácter diferencial de su aportación no reside únicamente en las técnicas que realizan, en las competencias que desarrollan o en los espacios donde ejercen. Reside en su capacidad para transformar la relación profesional en una herramienta de salud. Una herramienta capaz de conectar conocimiento científico y experiencia humana, evidencia y realidad cotidiana, autonomía y apoyo, enfermedad y proyecto vital.

            Es decir, aquello que permite que una persona vuelva a sentirse capaz de vivir con mayor seguridad, autonomía y dignidad.

            Y esa transformación, constituye una de las expresiones más complejas, rigurosas y profundamente humanas de la práctica profesional enfermera.

[1] World Health Organization. State of the world’s nursing 2025: investing in education, jobs, leadership and service delivery. Geneva: World Health Organization; 2025.

[2] Kitson AL. The Fundamentals of Care Framework as a point-of-care nursing theory. Nurs Res. 2018;67(2):99-107.

[3] Aiken LH, Sloane DM, Ball J, Bruyneel L, Rafferty AM, Griffiths P. Patient satisfaction with hospital care and nurses in England: an observational study. BMJ Open. 2018;8(1):e019189.

[4] Nightingale F. Notes on Nursing: What It Is, and What It Is Not. London: Harrison; 1860.

[5] Castrillón MC. La dimensión social de la práctica de enfermería. Medellín: Universidad de Antioquia; 1997.

[6] Kitson A, Conroy T, Wengström Y, Profetto-McGrath J, Robertson-Malt S. Defining the fundamentals of care. Int J Nurs Pract. 2010;16(4):423-434.

ALGORITMOS Y CUIDADOS: QUIÉN MARCARÁ EL RITMO

              La irrupción de la inteligencia artificial está transformando nuestra forma de vivir a una velocidad difícil de imaginar hace apenas unos años. Los algoritmos ya deciden qué información recibimos, qué contenidos aparecen en nuestras pantallas, qué productos se nos ofrecen e incluso qué rutas seguimos para desplazarnos. Su capacidad para procesar enormes cantidades de datos y anticipar comportamientos ha convertido a la tecnología en una herramienta de valor incalculable para amplios ámbitos de la vida.

            La salud y los cuidados no son ajenos a esta transformación. Cada vez resulta más frecuente escuchar que la inteligencia artificial permitirá diagnósticos más precisos, mejor organización de los recursos, atención más eficiente y mayor capacidad para anticipar riesgos y problemas. Se trata de avances indudablemente positivos que pueden contribuir a mejorar la calidad de vida de millones de personas y que sería absurdo rechazar desde posiciones nostálgicas o tecnófobas.

            Sin embargo, el entusiasmo que despiertan estas innovaciones no debería impedirnos plantear una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando la lógica de los algoritmos comienza a influir en la forma en que entendemos y practicamos el cuidado?

            La cuestión es importante porque cuidar no es simplemente resolver problemas o aplicar soluciones eficaces. Cuidar implica reconocer a la persona en toda su complejidad, comprender que detrás de cada necesidad existe una historia, unas circunstancias, unos temores, unas expectativas y una manera particular de afrontar las dificultades. El cuidado no consiste únicamente en actuar correctamente desde un punto de vista técnico; consiste en acompañar, escuchar, interpretar y responder a aquello que no puede expresarse mediante datos o indicadores.

            Los algoritmos poseen una extraordinaria capacidad para calcular, clasificar y predecir. Pero precisamente ahí aparece su principal limitación. Los algoritmos pueden procesar información sobre las personas, pero no pueden comprender plenamente lo que significa ser una persona. Esta diferencia no es un matiz filosófico sin importancia. Constituye el núcleo mismo del debate sobre el futuro de los cuidados.

            Vivimos en una sociedad que parece cada vez más fascinada por la velocidad, la eficiencia y la capacidad de medir resultados. Se valora aquello que puede cuantificarse con facilidad y se tiende a considerar secundario aquello que escapa a los indicadores. Sin embargo, algunas de las dimensiones más importantes del cuidado pertenecen precisamente a este segundo ámbito.

            Cualquiera que haya atravesado una situación de enfermedad, dependencia, fragilidad, sufrimiento o de afrontamiento de salud, sabe que no siempre basta con recibir una respuesta técnicamente correcta. En muchos momentos resulta igualmente importante sentirse escuchado, comprendido y acompañado. Lo que se busca no es únicamente una solución, sino la seguridad de que existe alguien dispuesto a reconocer la dimensión humana de aquello que está ocurriendo.

            Por eso el verdadero desafío no consiste en decidir entre tecnología o cuidado, como si ambas realidades fueran incompatibles. El problema aparece cuando comenzamos a asumir que la lógica de la tecnología debe convertirse también en la lógica del cuidado. Cuando la rapidez se transforma en el criterio dominante. Cuando la estandarización sustituye a la personalización. Cuando la eficiencia desplaza a la relación.

            La cuestión de fondo tiene que ver con los ritmos. Los algoritmos operan a velocidades extraordinarias porque han sido diseñados para ello. Las personas, en cambio, tienen otros tiempos. Tiempos para comprender una información difícil, para asumir una pérdida, para adaptarse a una nueva situación o para afrontar una enfermedad. El sufrimiento no sigue patrones matemáticos. La esperanza tampoco. Ni el miedo, ni la aceptación, ni la capacidad de recuperación.

            Cuidar implica precisamente reconocer esos ritmos y adaptar la respuesta a las necesidades concretas de cada persona. Significa entender que no todos necesitan lo mismo, ni del mismo modo, ni en el mismo momento. Supone aceptar que existen aspectos esenciales de la experiencia humana que no pueden acelerarse sin empobrecerse.

            Por eso la pregunta relevante no es hasta dónde llegará la inteligencia artificial, sino quién marcará el ritmo de los cuidados en el futuro. Si serán los algoritmos quienes determinen la manera en que debemos atender a las personas o si, por el contrario, seremos capaces de utilizar toda la potencia de la tecnología sin renunciar a aquello que da sentido al cuidado.

            La inteligencia artificial puede ayudarnos, pero ninguna tecnología puede sustituir la capacidad humana para comprender el sufrimiento, construir confianza, ofrecer consuelo o acompañar a alguien en momentos de vulnerabilidad.

            En definitiva, el reto no consiste en humanizar las máquinas. Las máquinas no necesitan humanidad. El reto consiste en evitar que la fascinación por la tecnología termine deshumanizando nuestra forma de cuidar. Porque los algoritmos pueden ayudarnos a ver más lejos, pero el cuidado sigue siendo la única herramienta capaz de ayudarnos a ver más profundamente. De cómo seamos capaces de equilibrar ambas dimensiones dependerá no solo el futuro de los sistemas de salud, sino también la calidad humana de la sociedad que estamos construyendo.

EL ESPECTÁCULO DE LA CONFRONTACIÓN

La sanidad vuelve a convertirse en escenario de una representación política en la que los problemas reales quedan relegados a un segundo plano. Lo ocurrido en el último Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, con el desplante protagonizado por consejeros autonómicos a la ministra de Sanidad, es un ejemplo más de cómo determinados responsables políticos parecen haber asumido que la confrontación permanente resulta más rentable que el diálogo institucional.

            Lo preocupante no es únicamente la imagen transmitida. Lo verdaderamente grave es el mensaje político que encierra.

            El conflicto abierto por una parte de los médicos en relación con la reforma del Estatuto Marco está siendo utilizado de forma claramente oportunista para construir una batalla paralela contra el Ministerio de Sanidad. Una estrategia que pretende presentar como un problema de diálogo ministerial lo que en realidad es un conflicto laboral muy concreto, protagonizado por organizaciones sindicales médicas que han decidido mantener una huelga que no ha sido secundada por el resto de sindicatos presentes en la mesa de negociación y que ahora amenazan con hacerla indefinida.

            Conviene recordar un hecho omitido frecuente y deliberadamente, como es que la reforma del Estatuto Marco es una competencia del Ministerio de Sanidad y su elaboración ha sido objeto de negociación con todas las organizaciones sindicales representadas en la mesa correspondiente. Se podrá estar de acuerdo o no con el resultado, pero el procedimiento seguido forma parte de las reglas democráticas que rigen las relaciones laborales en las administraciones públicas.

            Por eso resulta difícil entender que quienes tienen la responsabilidad de gestionar los servicios de salud de sus respectivas comunidades autónomas decidan convertir el Consejo Interterritorial en una herramienta de presión política.

            La justificación ofrecida resulta además especialmente débil. Argumentar que las consecuencias de la reforma recaerán sobre las autonomías no explica el abandono del debate, sino más bien lo contrario. Si realmente consideran que determinadas medidas pueden afectar a la organización de sus servicios sanitarios, el lugar para plantearlo es precisamente el órgano donde deben discutirse y buscarse soluciones conjuntas.

            La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando observamos que algunas de las comunidades cuyos responsables han protagonizado este gesto mantienen desde hace tiempo conflictos laborales con los propios médicos en sus territorios. Huelgas, protestas y reivindicaciones que no tienen como destinatario al Ministerio de Sanidad, sino a las correspondientes consejerías autonómicas. Resulta difícil sostener entonces que el origen de todos los problemas se encuentre exclusivamente en el ministerio.

            Pero existe una segunda cuestión aún más preocupante. Con su actuación, estos responsables políticos no están defendiendo el conjunto del sistema sanitario ni los intereses generales de la ciudadanía. Están alineándose explícitamente con las reivindicaciones de una parte concreta de un colectivo profesional.

            Este matiz es importante. Porque constantemente se intenta trasladar la idea de que todo el colectivo médico comparte las mismas posiciones cuando la realidad es mucho más compleja. La exigencia de un estatuto específico y diferenciado, así como de condiciones singulares al margen del resto de profesionales de la salud, no constituye una reivindicación unánime ni mucho menos representa al conjunto de quienes trabajan en el sistema sanitario.

            Sin embargo, la imagen proyectada por algunos consejeros es la de asumir como propias esas demandas al exigir al Ministerio que modifique su posición para satisfacerlas.

            Con ello no solo legitiman unas reivindicaciones discutibles desde la perspectiva de la equidad profesional, sino que contribuyen a reforzar la capacidad de presión de determinados grupos corporativos cuya influencia histórica sobre las decisiones sanitarias ha sido más que evidente.

            Cabe preguntarse si la función de quienes dirigen las políticas de salud consiste en actuar como representantes institucionales de toda la ciudadanía o como portavoces de los intereses particulares de determinados colectivos profesionales.

            Si la respuesta se inclina hacia lo segundo, la sanidad deja de ser una política pública para convertirse en un espacio de intercambio de favores, presiones y cálculos partidistas.

            La salud no puede gestionarse desde la lógica del enfrentamiento permanente. Mucho menos desde la instrumentalización de los órganos creados precisamente para favorecer el acuerdo. El Consejo Interterritorial nació para coordinar, dialogar y construir consensos entre administraciones. Transformarlo en una arena de confrontación política supone vaciarlo de contenido y debilitar una de las pocas estructuras capaces de garantizar cierta cohesión en un sistema sanitario altamente descentralizado que presenta crecientes desigualdades entre territorios, evidentes problemas de eficacia y notables ineficiencias, circunstancias que deberían obligar a una profunda reflexión sobre el rumbo del sistema y las responsabilidades de quienes lo gestionan, en lugar de alimentar conflictos corporativos o utilizarlos como arma política.

            Quienes ocupan las consejerías de sanidad no han sido designados para alimentar disputas ni para utilizar la salud como arma política. Han sido nombrados para resolver problemas, gestionar con responsabilidad y defender el interés general.

            Todo lo demás es simplemente una demostración de impotencia política disfrazada de firmeza institucional.

ELECCIONES AL CONSEJO GENERAL DE ENFERMERÍA Una oportunidad para recuperar la confianza

             El próximo 20 de junio no se celebran únicamente unas elecciones en el Consejo General de Enfermería (CGE). Lo que está en juego es algo mucho más importante: la credibilidad democrática de la principal institución representativa de las enfermeras españolas.

            A primera vista podría parecer una cita interna, limitada al ámbito profesional. Sin embargo, las organizaciones que representan a más de 350.000 enfermeras tienen una enorme trascendencia social y contribuyen a construir la imagen pública de una profesión esencial para la salud y el bienestar de la ciudadanía.

            Durante décadas, el CGE ha estado marcado por una continuidad institucional extraordinariamente prolongada. Una permanencia que, más allá de las personas concretas, ha consolidado una forma de entender la representación profesional que ha terminado alejando progresivamente a muchas enfermeras de sus instituciones colegiales. Cuando una organización genera más indiferencia que pertenencia, más distancia que proximidad y más rechazo que implicación, resulta obligado cuestionar no solo quién la dirige, sino también las dinámicas que han permitido que esa situación se mantenga durante tanto tiempo.

            Las debilidades del modelo actual son evidentes. Las enfermeras no eligen directamente a quienes gobiernan el Consejo General. Son los colegios provinciales quienes ejercen el voto y, además, para concurrir al proceso electoral es necesario contar con el aval de un número significativo de ellos. Se configura así un sistema perverso donde la capacidad de decisión de las enfermeras queda mediatizada por estructuras intermedias que, en demasiadas ocasiones, han actuado más como garantes de la continuidad que como impulsores de la renovación.

            No se trata únicamente de una cuestión procedimental. Se trata de un modelo que favorece relaciones de dependencia, equilibrios internos y cadenas de favores que dificultan la aparición de alternativas reales. Un sistema diseñado hace décadas que, lejos de estimular la participación profesional, ha terminado consolidando una cultura institucional donde la estabilidad de las estructuras parece haber tenido más importancia que la conexión con las enfermeras a las que supuestamente representan.

            A ello se suma una realidad frecuentemente ignorada. La colegiación es obligatoria para poder ejercer la profesión. No estamos, por tanto, ante una organización cuya fortaleza dependa de la capacidad de atraer, convencer o fidelizar a sus miembros. Se trata de una relación institucional obligada que genera una suerte de relación clientelar imperfecta. Las enfermeras deben pertenecer y contribuir económicamente al sistema colegial con independencia de que se sientan o no representadas por él.

            Esta circunstancia tiene profundas consecuencias. Cuando la pertenencia no depende de la confianza, del reconocimiento o de la identificación con el proyecto institucional, disminuyen los incentivos para rendir cuentas ante quienes forman parte de la organización. La escasa participación en muchas elecciones colegiales, la reducida asistencia a las asambleas y el limitado seguimiento de la vida colegial constituyen síntomas evidentes de un problema de fondo que no puede seguir siendo ignorado.

 

            Durante años esta situación ha favorecido una dinámica de reproducción interna del poder que ha terminado alimentando el desapego profesional. Muchas enfermeras perciben a sus organizaciones colegiales como estructuras alejadas de sus preocupaciones cotidianas, más preocupadas por preservar equilibrios internos que por liderar los grandes debates profesionales, científicos y sociales que afectan a la enfermería.

            Tampoco es casualidad que algunos de los conflictos más significativos producidos en el seno de la organización hayan acabado trasladándose a los tribunales. Los litigios y enfrentamientos judiciales entre personas que han formado parte de las mismas estructuras de gobierno reflejan hasta qué punto determinadas disputas han estado vinculadas al control institucional y al mantenimiento de cuotas de poder. Resulta difícil reclamar confianza, transparencia y ejemplaridad cuando las diferencias terminan resolviéndose en sede judicial entre quienes han compartido durante años responsabilidades de gobierno.

            Todo ello ha tenido un coste enorme para la imagen y la credibilidad institucional de la profesión.

            Sin embargo, algo parece estar cambiando. En los últimos años algunos colegios provinciales han experimentado procesos de renovación que han introducido nuevas formas de gobierno, mayor transparencia, más participación y una relación diferente con sus colegiados.

            Ese movimiento ha llegado ahora al propio CGE. Por primera vez en mucho tiempo, la continuidad institucional se enfrenta a una alternativa organizada que plantea reformas profundas en materia de transparencia, limitación de mandatos, descentralización, participación y buen gobierno.

            El verdadero debate no es solo quién gana unas elecciones. La cuestión es si una organización que aspira a representar a toda una profesión puede seguir funcionando mediante dinámicas diseñadas para favorecer la continuidad de quienes ya ocupan el poder o si, por el contrario, ha llegado el momento de abrir una nueva etapa basada en la rendición de cuentas, la participación y la alternancia democrática.

            Estas elecciones constituyen una ocasión para demostrar que la organización colegial enfermera puede afrontar el futuro con más transparencia, más pluralidad y más cercanía a las necesidades reales de las enfermeras a las que representa.

            La verdadera cuestión es qué tipo de institución necesitan las enfermeras españolas para afrontar los desafíos del siglo XXI. Y esa respuesta difícilmente podrá construirse permaneciendo anclados en las dinámicas del pasado.

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