
Las campañas de comunicación impulsadas por algunas organizaciones sindicales médicas con motivo de la huelga convocada en las últimas semanas merecen una reflexión que va mucho más allá de las reivindicaciones laborales que dicen defender. No porque dichas reivindicaciones carezcan necesariamente de legitimidad, sino porque la estrategia utilizada para justificarlas revela una preocupante forma de entender las relaciones entre profesiones y, en último término, el propio funcionamiento del sistema sanitario.
Las imágenes difundidas recientemente (https://www.instagram.com/p/DYrjsjbiH6l/?igsh=bHdiNWZxeWMyZ3Vr) vuelven a situar a las enfermeras en el centro de una supuesta amenaza para la calidad asistencial y para la seguridad de los pacientes. Una amenaza presentada de forma simplificada, tergiversada, falsa, emocional y alarmista, construida más desde el temor que desde la evidencia. Más desde el resentimiento que desde el pensamiento. Y precisamente ahí reside el verdadero problema.
Porque cuando se necesita recurrir al descrédito de otros profesionales para defender sus posiciones, es inevitable preguntarse hasta qué punto se dispone de argumentos suficientemente sólidos para sostenerlas.
No es la primera vez que ocurre. De hecho, cada avance competencial de la enfermería ha venido acompañado históricamente por discursos similares. En el fondo, subyace la defensa de un modelo profesional basado en la exclusividad y el control de determinados espacios de decisión que algunos pretenden blindar ahora mediante un Estatuto Marco diseñado desde planteamientos excluyentes y difícilmente compatibles con la realidad de unos sistemas sanitarios que exigen cada vez más colaboración, corresponsabilidad y reconocimiento efectivo de todas las profesiones. Un planteamiento que carece de justificación científica, escaso encaje organizativo y una débil legitimidad social en un contexto donde los desafíos de salud requieren precisamente lo contrario de lo que se propone.
El patrón resulta extraordinariamente repetitivo. Se presenta cualquier evolución profesional como un riesgo para la ciudadanía, se amenaza con consecuencias negativas y se omite deliberadamente la abundante evidencia científica internacional que demuestra la capacidad de las enfermeras para asumir responsabilidades cada vez más amplias con elevados niveles de calidad, seguridad y satisfacción de la población.
Lo más llamativo es que este discurso se produce en un momento en el que los principales organismos internacionales llevan años insistiendo en la necesidad de fortalecer el papel de la enfermería para afrontar los retos actuales de los sistemas de salud. La Organización Mundial de la Salud, el Consejo Internacional de Enfermeras, la OCDE o la Comisión Europea coinciden en señalar que el envejecimiento poblacional, la cronicidad, los problemas de salud mental, las desigualdades sociales y la creciente complejidad de las necesidades de salud exigen modelos profesionales más colaborativos, más flexibles y menos dependientes de estructuras jerárquicas heredadas del siglo pasado.
Sin embargo, determinados sectores parecen seguir instalados en una lógica de exclusividad y control que interpreta cualquier avance de otras profesiones como una amenaza para espacios de influencia que consideran propios, arrastrando a toda una profesión a un planteamiento tan fallido como falaz.
Probablemente sea ahí donde se encuentra el núcleo del problema. Porque la discusión real no gira en torno a la seguridad de los pacientes. Si así fuera, el debate se centraría en la evidencia científica disponible, en los resultados obtenidos en otros países o en las experiencias acumuladas durante décadas. Tampoco gira en torno a la calidad asistencial, puesto que los modelos más avanzados muestran precisamente que la colaboración entre profesionales mejora la accesibilidad, la continuidad de la atención y los resultados en salud.
Lo que realmente parece estar en juego es la dificultad para aceptar que el conocimiento, el liderazgo y la capacidad de decisión ya no pertenecen en exclusiva a una única profesión.
Y esa dificultad explica en gran medida la agresividad y falsedad de algunos mensajes. Porque resulta más sencillo construir un enemigo que revisar críticamente un modelo. Es más fácil señalar a otros profesionales que preguntarse si determinados planteamientos siguen siendo adecuados para responder a los problemas actuales. Es más cómodo generar miedo que participar en debates complejos sobre cómo deben evolucionar los sistemas sanitarios. Se denuncian con vehemencia riesgos inexistentes en otros profesionales mientras se ignoran las profundas limitaciones que, precisamente, causan muchos de los problemas que dicen combatir.
La cuestión es que la ciudadanía merece algo mejor. Merece debates basados en evidencias y no en caricaturas. Merece información rigurosa y no campañas destinadas a generar alarma. Merece profesionales capaces de colaborar entre sí en lugar de alimentar conflictos corporativos que poco tienen que ver con las necesidades reales de las personas. Porque no se puede ni se debe pretender manipular a la población, como si la ciudadanía careciera de criterio suficiente para distinguir entre los argumentos rigurosos y los discursos construidos exclusivamente para defender intereses corporativos.
Por eso resulta difícil no interpretar estas campañas como una expresión de debilidad más que de fortaleza. Quienes confían en sus argumentos suelen utilizarlos. Quienes confían en la evidencia suelen mostrarla. Y quienes están convencidos de la solidez de sus posiciones rara vez necesitan recurrir al miedo y al ataque para defenderlas.
Las enfermeras no son ningún caballo de Troya. No representan una amenaza para nadie. Son profesionales científicas y autónomas, como los médicos o cualquier otra disciplina universitaria, cuya aportación resulta cada vez más necesaria para responder a los retos sanitarios del presente y del futuro.
Por eso el verdadero problema no son las enfermeras. El verdadero problema es la incapacidad de algunos para aceptar que los sistemas sanitarios ya no pueden seguir funcionando como si el tiempo se hubiera detenido.
Y frente a esa realidad, menos alarmismo, menos corporativismo y bastante más respeto y sentido común.