EL CUIDADO: EL PATRIMONIO QUE SOSTIENE EL MUNDO

Vivimos en una sociedad que celebra el éxito, la productividad, la innovación y la velocidad. Admiramos a quienes construyen grandes empresas, descubren tratamientos revolucionarios o desarrollan tecnologías capaces de transformar nuestras vidas. Sin embargo, rara vez prestamos la misma atención a aquello que hace posible que la vida continúe cada día. Rara vez reconocemos el valor del cuidado.

            El cuidado está presente desde el nacimiento hasta la muerte. Sostiene la infancia, acompaña la enfermedad, protege la fragilidad, promociona la salud, favorece la autonomía y aporta dignidad cuando las fuerzas escasean.

            Pese a ello, seguimos actuando como si cuidar fuera algo secundario. Con frecuencia identificamos el cuidado exclusivamente con los hospitales, los centros de salud o los servicios sociales. Pensamos en profesionales atendiendo a personas enfermas. Y aunque esa imagen es cierta, resulta claramente insuficiente. El cuidado no nació en la sanidad ni pertenece exclusivamente a ella. Existía mucho antes de que aparecieran hospitales, diagnósticos o tratamientos. Surgió cuando los seres humanos comprendieron que solo podían sobrevivir ayudándose mutuamente.

            Cuidar es mucho más que curar. Es acompañar a una persona mayor que vive sola. Es escuchar a quien atraviesa una situación difícil. Es apoyar a una familia que afronta una enfermedad. Es educar a un niño. Es proteger el medio ambiente que condiciona nuestra salud. Es construir comunidades donde nadie quede excluido. Es generar espacios de convivencia donde el respeto y la solidaridad tengan más fuerza que la indiferencia.

            Resulta paradójico que aquello que sostiene buena parte de nuestra vida sea, al mismo tiempo, una de las realidades más invisibles. Millones de personas cuidadoras familiares dedican tiempo, energía y afecto a atender a personas con pérdida de autonomía, mayores o con enfermedades crónicas o degenerativas. Sin ellas, los sistemas sanitarios y sociales serían incapaces de responder a las necesidades existentes.

            Esta realidad no puede entenderse sin incorporar la perspectiva de género. Durante siglos, el cuidado ha sido considerado una obligación moral asociada a las mujeres más que una responsabilidad social compartida. Esa visión ha contribuido a invisibilizarlo, infravalorarlo y dar por hecho que debe asumirse de manera gratuita y silenciosa. Las mujeres continúan soportando gran parte de la carga de los cuidados, con consecuencias sobre su salud, su desarrollo profesional y sus oportunidades vitales. Reconocer el valor del cuidado exige también avanzar hacia una distribución más justa y equitativa de dicha responsabilidad.

            A ello se suma otra realidad frecuentemente ignorada. Una parte muy importante de los cuidados es prestada por personas migrantes. Mujeres y hombres que dejaron atrás sus países, sus familias y sus proyectos de vida para tener una vida digna, cuidando de otras personas. Su trabajo ha permitido responder a necesidades crecientes derivadas del envejecimiento, la dependencia y la transformación de las estructuras familiares. Sin embargo, su aportación continúa siendo escasamente reconocida y, en demasiadas ocasiones, desarrollada en condiciones de precariedad e invisibilidad, cuando no de criminalización y culpabilidad.

            Pero cualquier cuidado no es suficiente. La buena voluntad es imprescindible, pero no sustituye al conocimiento. Por eso el cuidado profesional tiene un valor irrenunciable. Y en ese ámbito las enfermeras desempeñan un papel fundamental, aunque no exclusivo. No se puede entender el cuidado profesional sin las enfermeras, como tampoco puede entenderse la práctica enfermera sin el cuidado. Las enfermeras acompañan, orientan, previenen, educan, coordinan y ayudan a las personas, las familias y las comunidades a afrontar situaciones complejas de salud y de vida. Lejos de competir, el cuidado profesional y el cuidado familiar se complementan. Ambos forman parte de una misma realidad que debería estar mejor reconocida y apoyada.

            Pero, cuidar es también es una decisión política. En el sentido más profundo del término. Cada presupuesto, cada ley y cada política pública reflejan aquello que una sociedad considera importante. Cuando se invierte en educación, en salud, en dependencia, en vivienda o en protección ambiental, se está cuidando. Cuando esos ámbitos se descuidan, las consecuencias terminan apareciendo en forma de desigualdad, sufrimiento y deterioro social. Es necesario, por tanto, que el cuidado cree condiciones para que las personas puedan vivir mejor y con mayor dignidad.

            Uno de los mayores errores de nuestro tiempo ha sido considerar el cuidado como algo natural, casi automático, como si siempre fuera a estar ahí. Pero la realidad demuestra que cuidar requiere tiempo, recursos, conocimiento, reconocimiento, compromiso y voluntad colectiva.

            Una sociedad que sitúa el cuidado en el centro apuesta por la equidad, la cohesión y la salud. Si lo ignora termina pagando un precio mucho más alto, aunque tarde en darse cuenta.

            El cuidado no es un gasto, ni una carga. No es una asignación social de género, ni una actividad secundaria reservada para momentos de dificultad. El cuidado es lo que nos permite seguir siendo personas. Por eso hay que cuidarlo y reconocerlo como uno de los mayores patrimonios universales de la humanidad.

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