INVESTIGACIÓN CON SESGO DE GÉNERO

               La decisión del Gobierno de triplicar la inversión destinada a la investigación sobre la salud de las mujeres constituye una excelente noticia. No solo por los recursos económicos comprometidos, sino porque supone reconocer públicamente una realidad durante demasiado tiempo invisibilizada, como que la investigación biomédica ha discriminado a las mujeres.

            El programa presentado bajo el lema “Somos. Contamos: fin de la discriminación de las mujeres en la investigación de la salud” parte precisamente de esa constatación. Y el simple hecho de que en 2026 resulte necesario impulsar una iniciativa específica para corregir los sesgos de género en investigación sanitaria debería invitarnos a una reflexión profunda.

            Porque la cuestión no es únicamente cuánto se investiga sobre la salud de las mujeres. La cuestión es desde qué mirada se construye el conocimiento científico que posteriormente orienta la práctica clínica, la docencia, la gestión y las políticas de salud.

            Durante siglos, la medicina tomó al hombre como referencia universal. El cuerpo masculino fue considerado el modelo estándar sobre el que estudiar enfermedades, probar tratamientos, establecer criterios diagnósticos y diseñar investigaciones. Las mujeres quedaron frecuentemente excluidas o infrarrepresentadas en los estudios científicos, con consecuencias que todavía hoy siguen siendo visibles. Se investiga en hombres, para hombres.

            Sabemos que muchas enfermedades se manifiestan de forma diferente en mujeres y hombres. Sabemos que determinados medicamentos producen respuestas distintas según el sexo. Sabemos que patologías cardiovasculares, enfermedades autoinmunes, trastornos relacionados con el dolor o problemas de salud mental presentan características diferenciales que durante años fueron insuficientemente estudiadas. Sin embargo, gran parte del conocimiento utilizado para diagnosticar y tratar estas situaciones se construyó a partir de investigaciones realizadas fundamentalmente en hombres.

            El resultado ha sido una medicina que, en demasiadas ocasiones, ha diagnosticado tarde, interpretado erróneamente síntomas o minusvalorado problemas de salud que afectaban especialmente a las mujeres.

            Lo más llamativo es que esta realidad persiste a pesar de la creciente presencia femenina en todos los ámbitos de la profesión. A primera vista podría parecer que la incorporación masiva de mujeres debería corregir automáticamente estos desequilibrios. Sin embargo, la experiencia demuestra que el problema es mucho más complejo.

            Existe una tendencia a pensar que la igualdad llegará de forma natural cuando haya más mujeres ocupando puestos de responsabilidad científica, académica o asistencial. Pero las organizaciones poseen una enorme capacidad para reproducir sus propios valores, prioridades y formas de funcionamiento con independencia de quiénes las integren.

            Por eso resulta insuficiente limitar el debate a la presencia de mujeres en la investigación. La cuestión de fondo tiene que ver con el género de la propia profesión y con la cultura que históricamente ha construido su manera de entender la salud, la enfermedad, la investigación y el poder.

            La medicina, como institución social y profesional, se ha desarrollado durante siglos bajo patrones marcadamente masculinos. No hablamos únicamente de la presencia predominante de hombres en sus estructuras históricas, sino de una determinada forma de establecer jerarquías, distribuir recursos, definir prioridades y decidir qué problemas merecen atención científica. Esos patrones han impregnado la docencia, la investigación, la gestión y la práctica clínica, configurando una cultura profesional que continúa influyendo incluso cuando quienes se incorporan a ella son cada vez más mujeres.

            De hecho, muchas profesionales han tenido que adaptarse a esas dinámicas para progresar académica o profesionalmente. No porque compartan necesariamente dichos valores, sino porque las reglas del juego ya estaban definidas mucho antes de su llegada.

            Sería injusto ignorar la enorme contribución de muchas médicas e investigadoras que han impulsado cambios fundamentales en este ámbito. Gracias a su trabajo se ha avanzado en el conocimiento de enfermedades específicas de las mujeres, en la incorporación de la perspectiva de género a los estudios clínicos y en la denuncia de desigualdades que durante años permanecieron ocultas. Pero también es evidente que esos avances continúan siendo insuficientes para corregir completamente una inercia histórica profundamente arraigada.

            La investigación científica no se desarrolla en el vacío. Refleja valores, intereses y prioridades sociales. Cuando determinados problemas reciben menos atención, menos financiación o menos visibilidad, no solo se genera una carencia científica. Se produce una desigualdad con consecuencias directas sobre la vida de las personas.

            Por eso la perspectiva de género no constituye una concesión ideológica ni una moda académica. Constituye una exigencia científica y ética. La buena ciencia no consiste en ignorar las diferencias, sino en comprenderlas. No consiste en asumir que una parte de la población representa a toda la humanidad, sino en generar conocimiento capaz de responder a la diversidad real de las personas.

            La inversión anunciada merece ser celebrada. Pero también debe servir para recordar que la verdadera transformación no llegará únicamente cuando haya más recursos económicos o más mujeres investigando. Llegará cuando cambien también las prioridades científicas, los modelos de liderazgo y las formas de entender la salud que continúan reproduciendo desigualdades de manera muchas veces inadvertida.

 

2 thoughts on “INVESTIGACIÓN CON SESGO DE GÉNERO

  1. Querido José Ramón llegamos tarde.
    Ahora que cualquiera puede definirse y sentirse «mujer», que los datos fuente están contaminados, dar más dinero no necesariamente va a mejorar la investigación sobre la salud de las mujeres.
    Siento que las enfermeras, profesión todavía preferentemente femenina, no han sido capaces de responder a algo tan acientífico como la confusión, interesada e intencionada, entre sexo/ género. La potenciación de modelos femeninos hipersexualizados que nada tienen que ver con los principios de mujeres feministas.
    Añadiendo a todo esto la desaparición del término -mujer- en muchos documentos de importantes organismos internacionales.
    En fin, mi trabajo constante me hace sentirme reconfortada sabiendo que lo vi venir, que fui coherente en mi trabajo y fuera de este, aunque el precio que pagamos las mujeres sea siempre muy alto.
    Muchas gracias
    Un abrazo

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