CUANDO EL LENGUAJE DEJA DE CUIDAR

 

            Las palabras parecen inocentes. Las utilizamos cada día sin detenernos demasiado a pensar en ellas. Sin embargo, no solo describen la realidad; también la construyen. Determinan cómo entendemos el mundo, cómo nos relacionamos con los demás y qué lugar ocupa cada persona dentro de una determinada estructura social.

            Por eso resulta llamativo que sigamos utilizando con tanta naturalidad la palabra “paciente” para referirnos a quienes utilizan los servicios de salud. A primera vista puede parecer una simple convención lingüística. Pero basta detenerse un momento para descubrir que detrás de esa palabra se esconde una manera muy concreta de entender la relación entre las personas y el sistema sanitario.

            Paciente procede del latín y remite a quien padece, soporta o tolera. Es decir, a quien recibe la acción de otros. A quien espera. A quien aguarda. A quien soporta una situación que no controla plenamente.

            Las personas que utilizan los servicios de salud no encajan en esa definición. No son sujetos pasivos que esperan resignadamente a que alguien decida por ellas. Son ciudadanos informados, personas que buscan respuestas, desean comprender lo que les ocurre y reclaman participar en decisiones que afectan directamente a sus vidas.

            Sin embargo, se les sigue nombrando como si su principal función fuera esperar una cita, una prueba, una intervención, una explicación o una respuesta. Esperar, en definitiva, a que otros decidan.

            No se trata de negar la vulnerabilidad que acompaña a muchas situaciones de enfermedad o sufrimiento. Todos atravesamos momentos en los que necesitamos ayuda, apoyo o cuidados. La fragilidad forma parte de la condición humana. Pero ser vulnerable no significa ser incapaz. Necesitar ayuda no implica renunciar a la autonomía. Recibir atención no debería obligar a aceptar una posición subordinada en una relación que afecta a nuestra salud y a nuestra vida.

            Cada vez resulta más difícil entender que sigamos hablando de pacientes cuando nos referimos también a quienes participan en actividades de prevención, promoción o educación para la salud. Personas que no están enfermas y que participan activamente en la construcción de su bienestar siguen siendo denominadas pacientes, como si la salud solo pudiera entenderse desde la enfermedad y no desde las capacidades, los recursos y las potencialidades de cada persona.

            Vivimos en una sociedad que todavía establece demasiadas relaciones jerárquicas basadas en quién posee el conocimiento y quién debe limitarse a recibirlo. Quien sabe habla. Quien no sabe escucha. Quien decide dirige. Quien recibe obedece.

            Ese modelo puede resultar cómodo para las instituciones, pero encaja cada vez peor con una ciudadanía que reclama participar activamente en las decisiones que afectan a su vida cotidiana. Y la salud no es una excepción. Cuando las personas participan en las decisiones relacionadas con su salud, comprenden mejor, se implican más y construyen una relación más sólida de confianza con quienes las atienden.

            Entonces, ¿por qué seguimos aferrados a una terminología que remite a un modelo paternalista? Quizá porque cambiar las palabras obliga también a cambiar las relaciones que esas palabras representan.

            Llamar persona a quien utiliza un servicio de salud parece una obviedad. Sin embargo, implica reconocer algo que no siempre resulta cómodo: que quien tiene delante un profesional no es únicamente portador de una enfermedad o de un problema concreto. Es alguien con una historia, unos valores, unas preferencias, unas creencias y una capacidad legítima para participar en las decisiones que le afectan. Es alguien cuya identidad va mucho más allá de un diagnóstico.

            Esta reflexión resulta especialmente importante en un momento en el que la tecnología, los protocolos y la organización de los sistemas tienden a simplificar realidades complejas. Resulta más fácil gestionar enfermedades que comprender personas. Más sencillo clasificar diagnósticos que escuchar biografías. Más cómodo organizar procesos que adaptarse a la singularidad de cada individuo.

            No hay que olvidar que la finalidad de los sistemas de salud no es gestionar enfermedades, sino contribuir al bienestar de las personas.

            Si el centro de atención deja de ser la persona y pasa a ser exclusivamente el problema o la enfermedad que presenta, corremos el riesgo de olvidar aquello que da sentido a cualquier intervención, la dignidad humana. Porque cuando hablamos de diabéticos, hipertensos, obesos, esquizofrénicos… cosificamos a la persona en función de la enfermedad que padecen. Invisibilizamos a la persona, para visibilizar la enfermedad. Anulamos su dignidad a favor de la patología.

            No se trata tan solo de un debate lingüístico sobre si seguimos utilizando o no la palabra paciente. Lo importante es qué tipo de relación queremos construir entre las instituciones, los profesionales y la ciudadanía. Una relación basada en la obediencia o en la participación; en la resignación o en la corresponsabilidad; en la reducción de las personas a sus problemas o enfermedades o en el reconocimiento de su capacidad para formar parte de las soluciones.

            Las enfermedades, los diagnósticos y las circunstancias cambian a lo largo de la vida. La dignidad de las personas, no.

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