
«Navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas.»
Edgar Morin
El miedo siempre ha acompañado al ser humano. Lo verdaderamente nuevo es que haya terminado organizando nuestra forma de vivir.
Nunca la humanidad había vivido tantos años. Nunca había dispuesto de tanto conocimiento científico, tantos avances tecnológicos ni tantos recursos para prevenir, diagnosticar y tratar enfermedades. Nunca habíamos contado con sistemas sanitarios tan desarrollados, vacunas tan eficaces, tratamientos tan precisos ni profesionales tan cualificados. Y, sin embargo, probablemente nunca habíamos convivido con una percepción tan intensa de vulnerabilidad.
No se trata únicamente del temor a enfermar. Ese ha acompañado siempre a la condición humana. Lo verdaderamente llamativo es que el miedo parece haberse extendido hasta impregnar buena parte de nuestra vida cotidiana. Tememos la enfermedad, pero también el envejecimiento, la dependencia, el sufrimiento, la pérdida de autonomía, el error, la incertidumbre o cualquier circunstancia que escape a nuestra capacidad de control. Vivimos rodeados de amenazas reales, pero también de otras magnificadas, anticipadas o simplemente imaginadas.
Resulta paradójico que cuanto mayores son nuestras posibilidades objetivas de vivir más y mejor, menor parezca ser nuestra capacidad para convivir con la incertidumbre. Como si el extraordinario progreso científico hubiera generado, al mismo tiempo, la ilusión de que toda amenaza puede evitarse y de que cualquier enfermedad constituye un fracaso del conocimiento o de la propia sociedad. Poco a poco hemos dejado de aceptar la incertidumbre como parte inseparable de la vida para intentar medirla, anticiparla y, si fuera posible, eliminarla por completo[1],[2],[3].
No hay nada reprochable en ello cuando se sustenta en la mejor evidencia disponible. Buena parte de los mayores logros de la salud pública descansan precisamente sobre esa capacidad para anticiparse a los problemas. Las vacunas, el saneamiento ambiental, la seguridad alimentaria o la prevención de accidentes han salvado millones de vidas y continúan haciéndolo cada día.
Sin embargo, existe una diferencia que con frecuencia pasa desapercibida. La prevención pretende reducir la probabilidad de que aparezcan enfermedades o lesiones. La promoción de la salud aspira a algo mucho más ambicioso: crear las condiciones para que las personas y las comunidades puedan vivir mejor. No se limita a evitar daños; fortalece capacidades, genera bienestar, favorece la participación, mejora los entornos donde vivimos y construye vínculos capaces de proteger la salud colectiva. Ambas estrategias son imprescindibles, pero mientras una dirige inevitablemente su mirada hacia el riesgo, la otra la orienta hacia las oportunidades.
El problema aparece cuando dejamos que el miedo ocupe el lugar que corresponde al conocimiento. Entonces la prevención deja de ser una herramienta para proteger la vida y comienza a convertirse en una forma de organizarla. La salud acaba identificándose casi exclusivamente con la evitación de la enfermedad y la existencia se transforma en una vigilancia permanente de aquello que podría salir mal.
Quizá sin advertirlo hemos ido construyendo una cultura donde el riesgo ocupa un espacio desproporcionado. Cada nuevo descubrimiento científico, cada avance tecnológico y cada mejora diagnóstica amplían nuestra capacidad para detectar amenazas potenciales. Ese conocimiento constituye un progreso extraordinario. Sin embargo, cuando se interpreta fuera de contexto puede producir un efecto paradójico: cuanto más sabemos sobre los factores que pueden afectar a nuestra salud, más frágiles llegamos a sentirnos. El conocimiento, que debería ayudarnos a vivir con mayor libertad, termina alimentando en ocasiones una percepción permanente de inseguridad[4],[5],[6].
Esta transformación trasciende ampliamente el ámbito sanitario. Forma parte de un cambio cultural mucho más profundo. Vivimos inmersos en una sociedad donde el miedo se ha normalizado hasta confundirse con la prudencia. Los medios de comunicación amplifican continuamente amenazas; las redes sociales multiplican mensajes descontextualizados; la publicidad convierte la incertidumbre en un argumento comercial; y determinados discursos públicos recurren al temor para obtener adhesiones rápidas frente a problemas extraordinariamente complejos. El miedo deja entonces de ser una emoción individual para convertirse en una forma de interpretar colectivamente la realidad.
Y quizá esa sea la cuestión más inquietante. El verdadero problema no es que las personas tengan miedo. El problema es que las sociedades hayan aprendido a convivir con él como si constituyera el estado natural desde el que tomar decisiones.
Lo verdaderamente preocupante es que el miedo nunca permanece en el ámbito estrictamente individual. Acaba impregnando la forma en que las sociedades toman decisiones. Cuando una comunidad incorpora el miedo como criterio de organización, cambian las prioridades políticas, se modifican las inversiones públicas, se transforman los sistemas sanitarios y se altera incluso la manera en que las personas se relacionan entre sí.
En salud, este fenómeno resulta especialmente evidente. El temor favorece la búsqueda constante de certezas, incrementa la demanda de pruebas diagnósticas, alimenta la expectativa de que la medicina debe ofrecer respuestas para cualquier incertidumbre y desplaza progresivamente la atención desde las personas hacia la vigilancia permanente de los riesgos. Sin apenas advertirlo, hemos ido aceptando que la misión principal del sistema sanitario consiste en impedir que algo ocurra, cuando su verdadera finalidad debería ser ayudar a las personas y a las comunidades a vivir mejor.
La consecuencia es una sociedad cada vez más pendiente de identificar amenazas que de construir salud. La investigación concentra buena parte de sus esfuerzos en detectar precozmente factores de riesgo; la innovación desarrolla herramientas capaces de monitorizar nuestro organismo de forma continua; la medicina defensiva encuentra terreno fértil para multiplicar exploraciones e intervenciones; y la ciudadanía acaba interiorizando que cualquier desviación de la normalidad exige una respuesta inmediata. No porque la ciencia lo reclame, sino porque la cultura del miedo ha reducido enormemente nuestra capacidad para convivir con la incertidumbre[7],[8],[9].
Pero quizá la consecuencia más silenciosa no sea sanitaria, sino social.
El miedo modifica profundamente la manera en que nos relacionamos. Quien vive permanentemente preocupado por protegerse tiende, casi sin darse cuenta, a encerrarse más en sí mismo, a desconfiar de los demás, a exigir respuestas inmediatas y a interpretar cualquier imprevisto como una amenaza. La prudencia deja paso a la sospecha y la cooperación se debilita frente a la necesidad de proteger el propio espacio. Poco a poco se erosionan los vínculos que sostienen la convivencia y aparece un individualismo que empobrece tanto la vida comunitaria como la propia salud.
Y, sin embargo, la mayoría de los grandes desafíos sanitarios de nuestro tiempo difícilmente pueden afrontarse desde el aislamiento. El envejecimiento, la cronicidad, la dependencia, la soledad no deseada, los problemas de salud mental, las adicciones o las desigualdades sociales requieren justamente lo contrario: comunidades cohesionadas, redes de apoyo, participación ciudadana y una cultura capaz de entender que cuidar nunca ha sido una responsabilidad exclusivamente individual.
En este punto conviene detenerse en una cuestión que rara vez se plantea. Con frecuencia hablamos de los riesgos como si fueran fenómenos inevitables, casi naturales. Sin embargo, muchos de ellos son consecuencia directa de nuestras propias decisiones colectivas. Las desigualdades sociales, la pobreza, la precariedad laboral, el deterioro ambiental, la contaminación, el aislamiento, la violencia o la exclusión no aparecen espontáneamente. Son el resultado de modelos de desarrollo, prioridades políticas y formas de organización social que nosotros mismos construimos.
Por eso quizá el verdadero reto no consista únicamente en protegernos mejor de los riesgos cuando ya existen, sino en impedir que muchos de ellos lleguen a producirse. Y ahí vuelve a aparecer la promoción de la salud en toda su dimensión. Promover salud no significa únicamente recomendar estilos de vida saludables. Significa crear entornos donde resulte más fácil vivir saludablemente, fortalecer la cohesión social, reducir las desigualdades, favorecer la participación comunitaria y generar condiciones que hagan menos probable la aparición de muchos de los problemas que posteriormente intentamos resolver desde los servicios sanitarios[10],[11],[12].
Esta perspectiva obliga también a reflexionar sobre el uso que hacemos del miedo en el espacio público. A lo largo de la historia, el miedo ha demostrado ser un poderoso instrumento de influencia. Determinados discursos políticos, algunos mensajes mediáticos e incluso ciertas estrategias comerciales encuentran en él un extraordinario aliado para movilizar emociones, obtener adhesiones o promover respuestas rápidas frente a problemas complejos. Cuanto mayor es la percepción de amenaza, más fácil resulta aceptar soluciones aparentemente sencillas y más difícil mantener un debate sereno sustentado en el conocimiento y la evidencia.
Quizá por eso el mayor peligro no sea sentir miedo. El miedo forma parte de la condición humana y seguirá acompañándonos siempre. El verdadero peligro aparece cuando dejamos que sea él quien determine nuestras prioridades, nuestras relaciones y nuestra manera de entender la salud.
Existe una paradoja que pocas veces analizamos. Cuanto mayor es nuestra necesidad de controlar la incertidumbre, menor parece ser nuestra capacidad para cuidar de quienes inevitablemente tendrán que convivir con ella. Porque cuidar nunca ha consistido en garantizar que nada malo sucederá. Ha consistido en acompañar a las personas cuando la vida deja de responder a nuestros planes.
Quizá por eso la cultura del cuidado representa, en cierto modo, el contrapunto de la cultura del miedo. Mientras esta última pretende eliminar cualquier amenaza, el cuidado parte de una realidad mucho más humilde y profundamente humana: reconoce que la enfermedad, la fragilidad, el sufrimiento o la muerte forman parte de la existencia y que la respuesta no siempre consiste en evitarlos, sino en impedir que quien los vive tenga que afrontarlos en soledad.
Sin embargo, también el cuidado ha terminado viéndose condicionado por esta necesidad permanente de control. Existe un miedo del que apenas hablamos: el miedo a cuidar. O, quizá con mayor precisión, el miedo a no saber cuidar suficientemente bien.
Ese temor alcanza a las familias, que con frecuencia sienten que no estarán preparadas para atender a un ser querido cuando aparezca la dependencia. Pero también alcanza a muchos profesionales de la salud. Porque cuidar no significa únicamente aplicar conocimientos científicos. Significa entrar en la biografía de otra persona en uno de los momentos de mayor vulnerabilidad de su vida. Supone acompañar cuando las respuestas son insuficientes, sostener la incertidumbre sin poder hacerla desaparecer y permanecer al lado del sufrimiento sin poder eliminarlo completamente.
Ante esa incertidumbre resulta comprensible buscar refugio en aquello que transmite una mayor sensación de seguridad. La técnica, los protocolos, las guías clínicas, la inteligencia artificial o los algoritmos constituyen herramientas extraordinarias y han contribuido decisivamente a mejorar la calidad y la seguridad de la atención. El problema nunca ha sido la tecnología. El problema aparece cuando terminamos delegando en ella responsabilidades que pertenecen al ámbito de la relación humana.
Entonces el cuidado comienza a desdibujarse. Sin apenas advertirlo, puede reducirse a una sucesión de procedimientos impecablemente ejecutados, pero progresivamente desprovistos de aquello que les otorga verdadero significado: la presencia, la escucha, la deliberación compartida, la confianza y el reconocimiento de la singularidad de cada persona. La técnica continúa estando presente, pero el cuidado corre el riesgo de convertirse en una rutina eficiente en lugar de seguir siendo una relación profesional con profundo contenido científico, ético y humano.
Éste constituye, probablemente, uno de los mayores desafíos para las profesiones de la salud y, muy especialmente, para la Enfermería. No porque el cuidado sea patrimonio exclusivo de las enfermeras —nunca lo ha sido—, sino porque su disciplina ha construido buena parte de su conocimiento precisamente alrededor de la relación terapéutica, del acompañamiento y de la comprensión integral de las personas, las familias y las comunidades.
La mejor ciencia no compite con el cuidado; lo hace posible. Del mismo modo que el cuidado no representa una alternativa a la técnica, sino la condición necesaria para que ésta alcance todo su sentido. Curar y cuidar no son opciones enfrentadas. Constituyen dos expresiones inseparables de una misma responsabilidad profesional.
Y quizá sea precisamente aquí donde encontremos una de las respuestas más sólidas frente a la cultura del miedo. Porque las personas no buscan únicamente tratamientos eficaces. Buscan comprender lo que les ocurre, participar en las decisiones, conservar su dignidad y saber que alguien permanecerá a su lado incluso cuando la incertidumbre no pueda desaparecer.
Con frecuencia afirmamos que las personas tienen miedo a morir. Sin embargo, la experiencia cotidiana demuestra que el temor suele dirigirse hacia otra realidad mucho más concreta: el sufrimiento, el dolor no aliviado, la pérdida de autonomía, la dependencia, la soledad, el abandono o la posibilidad de dejar de ser importantes para quienes nos rodean. En definitiva, muchas personas no temen tanto la muerte como la posibilidad de no ser cuidadas cuando más lo necesiten[13],[14].
Y esa diferencia cambia completamente la perspectiva. Porque si el mayor temor no es la muerte, sino el sufrimiento vivido en soledad, entonces la respuesta no puede limitarse al desarrollo de nuevas tecnologías o de tratamientos cada vez más sofisticados. Debe incluir también una apuesta decidida por fortalecer los cuidados, apoyar a las personas cuidadoras familiares, combatir la soledad no deseada, desarrollar comunidades más cohesionadas y garantizar que ninguna persona vea comprometida su dignidad por el simple hecho de enfermar, envejecer o depender de otros.
Quizá haya llegado el momento de replantearnos una pregunta que rara vez aparece en los debates sobre salud. ¿Queremos seguir construyendo una sociedad organizada alrededor del miedo o una sociedad capaz de generar confianza?
La diferencia no es menor. Una sociedad organizada desde el miedo concentra buena parte de sus esfuerzos en identificar amenazas, controlar incertidumbres y reaccionar cuando los problemas ya han aparecido. Una sociedad que sitúa el cuidado en el centro actúa de otra manera. Invierte en educación, fortalece los vínculos comunitarios, combate las desigualdades, protege el medio ambiente, favorece la participación ciudadana y entiende que la salud comienza mucho antes de que una persona cruce la puerta de un centro sanitario.
Durante demasiado tiempo hemos identificado el progreso con nuestra capacidad para responder a la enfermedad. Sin embargo, una sociedad verdaderamente avanzada no debería medirse únicamente por el número de hospitales, por la sofisticación de su tecnología o por la precisión de sus tratamientos. Debería medirse también por su capacidad para reducir las desigualdades, generar cohesión social, proteger a quienes son más vulnerables y construir entornos donde resulte más fácil vivir saludablemente que enfermar.
Porque muchos de los riesgos que hoy condicionan nuestra salud no son inevitables. Los producimos nosotros mismos. Surgen de la pobreza, de la exclusión, de la precariedad laboral, del deterioro ambiental, de la soledad, de la violencia, de la polarización social o de modelos de desarrollo que sacrifican el bienestar colectivo en favor de beneficios inmediatos. Frente a ellos, la respuesta no puede limitarse a multiplicar pruebas diagnósticas, tratamientos o tecnologías. Necesitamos actuar mucho antes, allí donde esos riesgos comienzan a gestarse.
Eso significa recuperar el verdadero sentido de la promoción de la salud. No como un conjunto de recomendaciones dirigidas a modificar conductas individuales, sino como una estrategia colectiva orientada a crear comunidades más saludables, más justas y más cuidadoras. Promover salud significa favorecer relaciones de confianza, reforzar el capital social, diseñar ciudades que inviten a convivir, reducir las desigualdades y generar oportunidades para que las personas desarrollen proyectos de vida dignos. En definitiva, significa construir bienestar antes de tener que combatir la enfermedad.
Quizá esa sea la gran paradoja de nuestro tiempo. Nunca habíamos dispuesto de tantos recursos para controlar los riesgos y, sin embargo, seguimos dedicando mucho menos esfuerzo a crear las condiciones que permiten que esos riesgos aparezcan con menor frecuencia. Continuamos invirtiendo enormes recursos en responder a los problemas cuando ya se han manifestado, mientras relegamos las políticas capaces de evitarlos fortaleciendo la salud de las personas y de las comunidades.
No se trata de renunciar a la prevención. Sería un profundo error. La prevención constituye una de las mayores conquistas de la salud pública y seguirá siendo imprescindible. Pero tampoco deberíamos olvidar que prevenir no equivale a vivir permanentemente pendientes del peligro. La promoción de la salud nos recuerda que también es posible construir una sociedad donde la confianza, la cooperación, la solidaridad y el cuidado actúen como verdaderos factores protectores.
El miedo seguirá acompañando a la condición humana. Siempre lo ha hecho. Pretender eliminarlo sería tan irreal como inútil. La cuestión no es si dejaremos de sentir miedo, sino si permitiremos que continúe organizando nuestra manera de vivir, de relacionarnos y de entender la salud.
Quizá el verdadero progreso no consista en construir sociedades donde el miedo desaparezca, sino sociedades donde el miedo deje de dirigir nuestras decisiones. Sociedades capaces de distinguir entre la prudencia y la obsesión, entre la prevención basada en la evidencia y la vigilancia permanente, entre el control y el cuidado.
Porque las sociedades más saludables no son aquellas que viven obsesionadas por evitar cualquier riesgo. Son las que han aprendido a generar suficiente confianza para afrontar juntas los riesgos inevitables y suficiente inteligencia colectiva para impedir que muchos de los evitables lleguen siquiera a producirse.
Al final, la mayor seguridad nunca ha consistido en prometer una vida sin incertidumbre. Ha consistido en saber que, cuando la enfermedad, la fragilidad o la adversidad llamen a nuestra puerta, nadie tendrá que afrontarlas en soledad.
Quizá ésa sea la forma más inteligente de vencer al miedo: no intentar eliminarlo, sino construir una sociedad donde el cuidado sea tan sólido que el miedo deje de ocupar el lugar desde el que organizamos nuestra vida[15].
[1] World Health Organization. World report on social determinants of health equity. Geneva: World Health Organization; 2024.
[2] World Health Organization. Ottawa Charter for Health Promotion. Geneva: World Health Organization; 1986.
[3] Kickbusch I, Nutbeam D. Health Promotion Glossary 2021. Geneva: World Health Organization; 2021.
[4] Beck U. Risk Society: Towards a New Modernity. London: Sage Publications; 1992.
[5] Bauman Z. Liquid Fear. Cambridge: Polity Press; 2006.
[6] Gigerenzer G. Risk Savvy: How to Make Good Decisions. New York: Viking; 2014.
[7] Welch HG, Schwartz LM, Woloshin S. Overdiagnosed: Making People Sick in the Pursuit of Health. Boston: Beacon Press; 2011.
[8] Cassel CK, Guest JA. Choosing wisely: helping physicians and patients make smart decisions about their care. JAMA. 2012;307(17):1801-1802
[9] World Health Organization. Global strategy on integrated people-centred health services. Geneva: World Health Organization; 2016.
[10] World Health Organization, United Nations Children’s Fund. Declaration of Astana. Global Conference on Primary Health Care. Astana; 2018.
[11] Marmot M, Allen J, Boyce T, Goldblatt P, Morrison J. Health Equity in England: The Marmot Review 10 Years On. London: Institute of Health Equity; 2020.
[12] Antonovsky A. Health, Stress and Coping. San Francisco: Jossey-Bass; 1979.
[13] Tronto JC. Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care. New York: Routledge; 1993.
[14] Noddings N. Caring: A Relational Approach to Ethics and Moral Education. 2nd ed. Berkeley: University of California Press; 2003.
[15] World Health Organization. Global strategic directions for nursing and midwifery 2021-2025. Geneva: World Health Organization; 2021.