
Solemos creer que nuestra sociedad es cada vez más igualitaria. Las mujeres estudian, trabajan, ocupan espacios públicos y participan en todos los ámbitos de la vida social. Las leyes reconocen derechos que hace apenas unas décadas parecían inalcanzables. Y, sin embargo, basta observar con algo de atención la realidad cotidiana para comprobar que la igualdad sigue teniendo demasiadas asignaturas pendientes.
Una de las más invisibles tiene que ver con la salud. Es importante resaltar que la desigualdad no solo afecta a los salarios, a la representación política o al acceso a determinados puestos de responsabilidad. También enferma. Lo hace de forma silenciosa, persistente y, en demasiadas ocasiones, invisible.
Durante décadas se nos ha dicho que la ciencia y los sistemas de salud son neutrales. Que los diagnósticos, los tratamientos y las decisiones clínicas responden exclusivamente a criterios objetivos. Sin embargo, cada vez existen más evidencias que muestran que hombres y mujeres no siempre son escuchados, comprendidos o atendidos de la misma manera.
Las mujeres siguen tardando más tiempo en recibir determinados diagnósticos. Sus síntomas son interpretados con mayor frecuencia como consecuencia del estrés, la ansiedad o factores emocionales. El dolor que expresan es, en ocasiones, minimizado o cuestionado. Y problemas de salud que afectan mayoritariamente a mujeres continúan recibiendo una atención insuficiente en comparación con otros ámbitos considerados prioritarios. Por otra parte, problemas fisiológicos son medicalizados como en el caso del embarazo o la menopausia.
La desigualdad en salud comienza mucho antes de entrar en un centro sanitario. Empieza en la forma en que se distribuyen las responsabilidades dentro de las familias, en las oportunidades laborales, en las cargas domésticas, en la precariedad económica y en la violencia que muchas mujeres siguen sufriendo.
Todavía hoy son ellas quienes asumen mayoritariamente el cuidado de menores, personas mayores, familiares con dependencia o personas con discapacidad. Un trabajo imprescindible para el funcionamiento de la sociedad, pero que rara vez recibe reconocimiento, apoyo suficiente o una distribución equitativa.
Millones de mujeres dedican una parte muy importante de su vida a cuidar de otras personas. Lo hacen por compromiso, por afecto o por responsabilidad. Pero también porque la sociedad sigue dando por hecho que les corresponde hacerlo. El resultado suele ser una combinación de agotamiento físico, sobrecarga emocional, aislamiento social y renuncias personales que terminan teniendo consecuencias directas sobre su propia salud. Paradójicamente, quienes sostienen gran parte de los cuidados reciben pocas veces los cuidados que necesitan.
La violencia de género constituye otro ejemplo dramático de esta realidad. Más allá de las agresiones físicas, existen secuelas psicológicas, emocionales y sociales que acompañan durante años a quienes las sufren. Ansiedad, insomnio, dolor crónico, depresión o pérdida de autoestima forman parte de una realidad que no siempre encuentra respuestas adecuadas.
Con demasiada frecuencia se atienden los síntomas sin abordar las causas. Se trata el sufrimiento, pero no aquello que lo provoca. Y de esa manera la desigualdad continúa actuando desde la sombra.
A ello se suma una cultura que durante siglos ha normalizado determinadas formas de discriminación. Muchas mujeres han aprendido a convivir con el dolor, a minimizar sus malestares o a priorizar las necesidades de los demás por encima de las propias. Han sido educadas para cuidar, comprender, sostener, resignarse y callar. No para pedir ayuda o reclamar atención para sí mismas.
No se trata de presentar a las mujeres como víctimas permanentes ni de enfrentar a hombres y mujeres. Se trata de reconocer una realidad que sigue condicionando la vida de millones de personas. Porque las desigualdades de género perjudican principalmente a las mujeres, pero empobrecen a toda la sociedad.
Una sociedad que obliga a una parte de su población a asumir cargas desproporcionadas está desperdiciando talento, bienestar y oportunidades. Una sociedad que no escucha adecuadamente el sufrimiento de las mujeres está renunciando a una parte fundamental de su humanidad.
Por eso la igualdad no puede reducirse a un discurso institucional, una campaña puntual o una conmemoración anual. Debe traducirse en decisiones concretas. En políticas públicas. En recursos suficientes. En educación. En corresponsabilidad. En una distribución más justa de los cuidados. En una atención sanitaria capaz de reconocer las diferencias sin convertirlas en desigualdades. En políticas reales de igualdad.
La salud no depende únicamente de hospitales, medicamentos o tecnologías. Depende también de la manera en que vivimos, trabajamos, cuidamos y nos relacionamos. Depende de las oportunidades que tenemos y de las cargas que soportamos.
Mientras siga existiendo una desigualdad que obliga a muchas mujeres a vivir con más dolor, más responsabilidades, más incertidumbre y menos reconocimiento, seguiremos hablando de una sociedad que no ha alcanzado la igualdad que proclama.
La verdadera medida del progreso no está en los discursos que pronunciamos, sino en las vidas que somos capaces de mejorar. Y una sociedad que aspira a ser justa no puede permitirse seguir ignorando una realidad tan evidente como que la desigualdad también necesita ser cuidada.