QUE EL CUIDADO NO ME SEA INDIFERENTE

               Nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, nunca había resultado tan fácil mirar hacia otro lado. Convivimos diariamente con imágenes de guerras, pobreza, violencia, catástrofes climáticas, personas sin hogar, soledad o sufrimiento. Las vemos en nuestros teléfonos móviles mientras desayunamos, viajamos en autobús o esperamos una cita. Forman parte del paisaje cotidiano. Y quizá ahí resida uno de los mayores peligros de nuestro tiempo: la capacidad de acostumbrarnos a ellas.

            Porque cuando el sufrimiento se vuelve rutina, aparece la indiferencia. Nos preocupa la violencia cuando golpea nuestra puerta, pero rara vez cuando sucede unos kilómetros más allá. Nos conmueve la soledad cuando afecta a alguien cercano, pero apenas prestamos atención a las miles de personas que envejecen solas. Nos indignamos ante determinadas injusticias mientras ignoramos otras que consideramos inevitables. Poco a poco hemos ido aceptando que determinados problemas forman parte del paisaje social y que poco puede hacerse para cambiarlos.

            Sin embargo, ninguna sociedad se deteriora de repente. Lo hace lentamente, cuando deja de sentirse interpelada por lo que les ocurre a los demás.

            La indiferencia no suele manifestarse mediante grandes gestos. No hace ruido. No necesita levantar la voz. Se instala discretamente en las conversaciones, en las decisiones políticas, en los medios de comunicación y en nuestras propias actitudes. Aparece cuando dejamos de escuchar, cuando dejamos de preguntar, cuando asumimos que determinadas personas deben arreglárselas solas. Cuando pensamos que los problemas colectivos son responsabilidad de otros.

            La consecuencia es una sociedad cada vez más individualista, donde la autonomía se confunde con el aislamiento y la libertad con la ausencia de compromiso hacia quienes nos rodean.

            Basta observar algunas realidades cotidianas. Personas mayores que pasan días enteros sin hablar con nadie. Familias agotadas cuidando en silencio a familiares con dependencia. Jóvenes atrapados en problemas de salud mental que encuentran más pantallas que escucha. Mujeres que siguen sufriendo violencia y discriminación de una sociedad a la que le cuesta desprenderse del machismo. Personas migrantes que son utilizadas al tiempo que son marginadas y cuestionadas. Personas que sobreviven en condiciones de precariedad mientras la sociedad debate sobre temas alejados de la realidad que provocan todas estas situaciones.

            Nada de esto sucede porque falten conocimientos o recursos. Ocurre, en gran medida, porque hemos normalizado determinadas formas de sufrimiento.

            Cuando la pobreza deja de escandalizarnos, la indiferencia ya ha ganado una batalla. Cuando la soledad se considera un asunto privado y no un problema social, la indiferencia vuelve a imponerse. Cuando la violencia se convierte en una noticia más dentro de un informativo saturado de titulares, la indiferencia continúa avanzando.

            Y lo más preocupante es que rara vez la reconocemos como tal. Preferimos llamarla realismo, pragmatismo o neutralidad. Nos convencemos de que no podemos hacer nada. De que los problemas son demasiado complejos. De que alguien más debería resolverlos. Pero la neutralidad ante el sufrimiento nunca es neutral.

            Cada vez que dejamos de mirar, de escuchar o de actuar, contribuimos a consolidar aquello que decimos lamentar. La indiferencia no resuelve conflictos, no protege derechos ni mejora la convivencia. Al contrario, crea el terreno perfecto para que las desigualdades crezcan, para que los abusos se normalicen y para que la injusticia se convierta en costumbre.

            Por eso resulta necesario recuperar el cuidado, una palabra y lo que la misma significa que parece haber desaparecido de muchos discursos públicos.

            No entendido únicamente como una tarea vinculada a la enfermedad o a determinados profesionales. El cuidado es mucho más que eso. Es una manera de relacionarnos con los demás. Una forma de entender la convivencia. Una actitud que reconoce que todas las personas somos vulnerables en algún momento de nuestra vida y que nadie puede sostenerse completamente solo.

            Cuidar es interesarse por quien sufre. Es acompañar. Es escuchar. Es construir comunidades capaces de responder colectivamente a los problemas compartidos. Es comprender que el bienestar individual depende también del bienestar de quienes nos rodean.

            Frente a una cultura que premia la competitividad, la inmediatez y el éxito personal, el cuidado nos recuerda que la vida humana se sostiene gracias a una inmensa red de relaciones, ayudas y apoyos que con demasiada frecuencia damos por supuestos.

            Por eso el verdadero desafío de nuestra época no sea tecnológico, económico ni siquiera político. Tal vez sea moral. Tal vez consista en decidir si queremos construir una sociedad donde cada persona se ocupe exclusivamente de sí misma o una sociedad capaz de reconocer que el sufrimiento ajeno también nos interpela. Porque lo contrario del cuidado no es el odio.

            El odio al menos reconoce la existencia del otro. Lo ve, aunque sea para rechazarlo. La indiferencia es mucho más peligrosa. La indiferencia borra. Invisibiliza. Convierte a las personas en sombras. Hace que sus problemas dejen de importar.

Y cuando una sociedad deja de preocuparse por quienes sufren, por quienes envejecen solos, por quienes cuidan en silencio, por quienes viven situaciones de vulnerabilidad o exclusión, empieza a perder algo más importante que la solidaridad. Empieza a perder su humanidad.

            Por eso, frente a la indiferencia que parece extenderse como una niebla silenciosa, quizá convenga recuperar la convicción sencilla de que nada de lo humano debería resultarnos indiferente. Porque el día que dejemos de cuidar de los demás, habremos empezado también a dejar de cuidar de nosotros mismos.

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