LA MEMORIA DEL CUIDADO

“Al cuidar de otro, descubro el sentido de mi propia vida.”

Milton Mayeroff[1]

             Esta entrada en el Blog es la última del verano. Hago un paréntesis de autocuidado y de descanso para quienes me siguen, esperando retomar con nuevas energías a primeros de septiembre. Muchas gracias por la fidelidad mostrada que, sin duda, es uno de los mayores alicientes para coontinuar con este proyecto que tanto me ilusiona.

            Quiero compartir un relato que nace de muchos años de vida profesional, pero, sobre todo, de muchos encuentros con personas que, sin saberlo, me enseñaron el verdadero significado del cuidado.

            Hay historias que se inventan y otras que, de alguna manera, acaban encontrándonos. Esta pertenece a las segundas. Aunque sus personajes son fruto de la ficción, en ellos habitan muchas personas que he conocido a lo largo de mi vida. Personas que, con sus saberes, sus actitudes, sus silencios, sus gestos, sus fragilidades y su forma de cuidar o de dejarse cuidar, me enseñaron mucho más de lo que jamás imaginaron.

            La memoria del cuidado no pretende ofrecer respuestas, sino invitar a detenerse y mirar de otra manera. A reflexionar sobre la memoria y el olvido, sobre la fragilidad que acompaña a toda vida humana, sobre el valor de los vínculos, la importancia de quienes se convierten en referentes y la capacidad que tienen algunas personas para transformar nuestra forma de entender el mundo.

            Reflexiono en su desarrollo sobre la Enfermería y las enfermeras, desde aquello que les da sentido: la relación con las personas, el compromiso con su dignidad y el descubrimiento de que cuidar es mucho más que hacer; es una manera de estar, de acompañar y de reconocer al otro en toda su humanidad.

            He querido escribir un relato cercano, intimista y profundamente humano sin pretensiones literarias ni retórica innecesarias. Una historia que, aun siendo ficción, bebe de muchas realidades vividas y de emociones reconocibles. Deseo que, al leerlo, se pueda encontrar no solo una historia sin más, sino también un espacio para la reflexión y, quizá, para volver a mirar el cuidado con otros ojos.

           

            Hay llamadas que una sabe que acabarán llegando, aunque durante mucho tiempo se empeñe en creer que todavía falta. Cuando vi el nombre de Marta en la pantalla del teléfono comprendí que ese momento había llegado.

            Hacía años que seguía la evolución de Quimeta a través de sus hijas, Marta y Clara. Nos cruzábamos alguna vez en el barrio, hablábamos por teléfono de vez en cuando y, en alguna ocasión, había pasado a verla. Cada encuentro era un pequeño duelo. La enfermedad avanzaba despacio, pero nunca se detenía. Primero fueron los olvidos. Después dejó de reconocer algunos lugares. Más tarde llegaron las noches en vela, las salidas inesperadas de casa, las palabras perdidas y esa mirada cada vez más lejana que tanto dolía a quienes la querían.

            Quimeta seguía viviendo en su casa. Era una decisión que Clara y Marta habían respetado desde el principio. Se turnaban cada día para cuidarla. Habían reorganizado sus trabajos, sacrificado vacaciones, renunciado a buena parte de su vida personal y aprendido, como tantas hijas, que cuidar también desgasta. Durante años habían conseguido sostener aquel equilibrio. Pero el deterioro de su madre se había acelerado y el agotamiento empezaba a hacerles pensar en una residencia, una posibilidad que les generaba muchas dudas.

            Para cualquiera habría sido una llamada más entre tantas que acompañan el avance de una enfermedad como la de Quimeta. Para mí significaba enfrentarme a la posibilidad de ver cómo la mujer que había marcado mi manera de entender la enfermería se desdibujaba poco a poco ante mis ojos.

            Quimeta no había sido únicamente la enfermera comunitaria que dirigió mis prácticas cuando yo apenas empezaba. Había sido la persona que me enseñó que cuidar comenzaba mucho antes de realizar cualquier técnica; que antes tenía que ponerme en el lugar de la persona, integrando a su familia, su historia y el lugar donde vivía. Sin apenas darme cuenta, muchas de las decisiones que había tomado desde entonces seguían llevando su impronta.

            Marta me llamó porque necesitaba hablar con alguien que la conocía bien, que comprendía lo que estaba ocurriendo y que quizá pudiera ayudarlas a encontrar una salida. Yo tampoco acudí pensando que terminaría formando parte de aquel cuidado. Fui simplemente a ver a mi maestra. Lo demás sucedería después.

            Llegué al portal de su casa y tras llamar me abrieron. Era una vivienda de las de antes, amplia, luminosa y situada en un edificio con ascensor en el que Quimeta había vivido prácticamente toda su vida adulta. Allí había formado una familia, criado a sus hijas y compartido décadas con su marido hasta que la enfermedad primero y la muerte después la dejaron sola en el dormitorio que ambos habían compartido durante tantos años. La casa había ido adaptándose a las distintas etapas de la vida mediante pequeñas reformas que mejoraron su confort sin alterar demasiado su esencia. Seguía conservando los muebles de madera maciza que habían acompañado tantas conversaciones familiares, fotografías repartidas por el salón y el pasillo que relataban una vida entera, estanterías repletas de libros tanto profesionales como de muy diversas categorías que hablaban de la avidez lectora y de aprendizaje de Quimeta. Recuerdos de viajes, plantas junto a las ventanas y ese aroma inconfundible de las casas que han sido verdaderamente habitadas.

            Sin embargo, el paso del tiempo también había dejado al descubierto sus limitaciones. El baño conservaba una bañera alta que empezaba a convertirse en un obstáculo casi insalvable. Algunas alfombras se desplazaban con facilidad, los muebles estrechaban el paso en determinados rincones y pequeños desniveles o mesas auxiliares, completamente irrelevantes durante décadas, se habían transformado en riesgos constantes para una mujer que ya caminaba con inseguridad y que cada vez comprendía menos el espacio que la rodeaba. La casa seguía siendo el lugar donde Quimeta reconocía la luz que entraba cada mañana por las ventanas, el sonido de la escalera, el reloj del comedor o la disposición de algunos objetos, pero también era un entorno que necesitaba empezar a cambiar para que ella pudiera continuar viviendo en él sin que su propia historia terminara convirtiéndose en una amenaza.

            Anna permaneció junto a la puerta, sin intervenir. Hacía tiempo que no veía a quien había sido su profesora, su tutora y, la persona cuya opinión más había valorado. Conservaba de ella la imagen de una mujer pequeña, rápida al caminar, con una voz serena que nunca necesitaba elevar para hacerse escuchar. Quimeta detectaba una valoración incompleta con una sola pregunta y desmontaba cualquier respuesta vacía con un silencio. En el centro de salud había sido una enfermera comunitaria respetada por todo el equipo y reconocida por la población a la que atendía y prestaba cuidados. Conocía las casas, las familias, las ausencias y los conflictos que no aparecían en ninguna historia de salud. Había enseñado a generaciones de enfermeras que cuidar comenzaba mucho antes de tocar a una persona. Nunca quiso abandonar su condición de enfermera comunitaria a pesar de las ofertas para incorporarse a importantes cargos de gestión. Siempre decía que ella no quería más cargo que el de cuidar en la comunidad. Tenía mucha personalidad, determinación y convicción. Pero siempre que se le pidió ayuda, que fueron muchas veces, la prestó sin pedir nada a cambio, porque la salud de las personas y su cuidado no es mercancía con la que negociar, decía.

            Tras saludar a Marta y Clara, pasé a la salita donde Quimeta estaba sentada frente a la ventana con el abrigo puesto.

            Era julio. En la calle, el calor deformaba el aire sobre las aceras. Dentro de la casa, las persianas permanecían casi cerradas y un ventilador giraba con una cadencia fatigosa, desplazando el mismo aire de un lado a otro.

            —Mamá, quítate el abrigo —le pidió Clara por tercera vez.

            Quimeta apretó las solapas contra el pecho.

            —Tengo que irme.

            —¿Adónde?

            —Llegaré tarde.

            —Mamá, ya estás en casa.

            Quimeta miró a su hija como si acabara de verla entrar. Después volvió la cabeza hacia la ventana.

            Permanecí junto a la puerta, sin intervenir. Hacía casi nueve años que no veía a quien había sido mi profesora y tutora y, la persona cuya opinión más había valorado. Conservaba de ella la imagen de una mujer pequeña, rápida al caminar, con una voz serena que nunca necesitaba elevar para hacerse escuchar. Quimeta detectaba una valoración incompleta con una sola pregunta y desmontaba cualquier respuesta vacía con un silencio. En el centro de salud había sido una enfermera comunitaria respetada por todo el equipo y reconocida por la población a la que atendía y prestaba cuidados. Conocía las casas, las familias, las ausencias y los conflictos que no aparecían en ninguna historia de salud. Había enseñado a generaciones de enfermeras que cuidar comenzaba mucho antes de tocar a una persona. Nunca quiso abandonar su condición de enfermera comunitaria a pesar de las ofertas para incorporarse a importantes cargos de gestión. Siempre decía que ella no quería más cargo que el de cuidar en la comunidad. Tenía mucha personalidad, determinación y convicción. Pero siempre que se le pidió ayuda, que fueron muchas veces, la prestó sin pedir nada a cambio, porque la salud de las personas y su cuidado no es mercancía con la que negociar, decía.

            La mujer sentada frente a la ventana tenía el cabello sin peinar, una zapatilla desabrochada y la mirada atrapada en un lugar al que nadie más parecía tener acceso.

            —Anna —dijo Marta—. Gracias por venir.

            Las dos hermanas parecían exhaustas. No era solo cansancio. Había en sus rostros algo más profundo, la tensión de quienes llevan demasiado tiempo tomando decisiones que ninguna opción consigue convertir en buenas.

            Clara explicó que Quimeta se despertaba por las noches, intentaba salir de casa, escondía la comida, se resistía al aseo y, en ocasiones, no reconocía a ninguna de las dos. Marta añadió que habían visitado una residencia. No era una mala residencia, se apresuró a aclarar. Tenía jardín, una unidad específica, profesionales suficientes y buenas referencias.

            —No podemos seguir así —dijo marta, casi pidiendo perdón—. Yo he reducido la jornada. Clara viene todas las tardes. Los fines de semana nos turnamos. Pero tenemos también nuestras necesidades. Y nuestros trabajos. Y nosotras… —Se interrumpió—. No sabemos hacerlo…

            Anna miró a Quimeta. Había comenzado a desabrocharse el abrigo con movimientos breves y torpes. Debajo llevaba un camisón.

            —Nadie sabe cuidar solo por querer a alguien —respondió.

            Clara la miró con cierta dureza.

            —Era nuestra madre antes de ser tu profesora.

            —Lo sé.

            —No, no lo sabes. Tú recuerdas a la enfermera brillante. Nosotras tenemos que sujetarla para que no se caiga mientras nos insulta, continuó diciendo Clara.

            Anna aceptó el golpe sin defenderse. Clara tenía razón. La admiración era una memoria limpia; la convivencia diaria, no.

            Quimeta se levantó de repente.

            —Vamos, que tenemos que empezar la consulta.

            Anna se acercó despacio.

            —¿En qué centro de salud estamos, Quimeta?

            La mujer la observó con atención. Durante unos segundos algo pareció ordenarse en su rostro.

            —Tú eres nueva.

            —Bastante nueva.

            —Pues no te quedes ahí parada. Observa primero.

            —¿Qué tengo que observar?

            Quimeta bajó la voz.

            —Todo.

            Después dio dos pasos, perdió el equilibrio y Anna alcanzó a sostenerla por la cintura.

            Fue un gesto breve. Suficiente para que el pasado entrara en la habitación.

            Anna había escuchado aquella palabra cientos de veces durante sus prácticas: “Observa. No hagas todavía. No preguntes por preguntar. No completes con prejuicios lo que no has comprendido. Observa cómo habla, cómo calla, cómo aparta la mano. Observa a la familia. Observa la casa, el entorno. Observa lo que nadie ha considerado importante. Tan solo así serás capaz de comprender de identificar, de valorar y de cuidar con la calidad y calidez que merecen las personas. Y, nunca dejes de estudiar, de actualizarte, de aprender y de participar en aquellos espacios en los que puedas conocer y aprender de otras enfermeras u otros profesionales”.

            Aún recuerdo cómo me agobiaron entonces todas aquellas palabras y cuánto las he recordado posteriormente.

            —Dejadme intentarlo — dijo Anna.

            Clara la miró sin comprender.

            —¿Intentar qué?

            —Cuidarla aquí durante un tiempo. Organizar los apoyos. Ver qué necesita realmente. Ayudaros a decidir sin que tengáis que hacerlo desde el agotamiento.

            Las dos hermanas intercambiaron una mirada.

            —¿Hablas de venir algunos días? —preguntó Marta.

            —Hablo de evitar que tengáis que decidir ahora mismo algo que quizá dentro de unas semanas veáis de otra manera. Cuando una familia lleva tanto tiempo cuidando acaba siendo muy difícil distinguir entre lo que ya no puede hacerse y lo que simplemente no puede seguir haciéndose igual.

            Clara bajó la cabeza.

            —Llevamos meses diciéndonos que aguantaremos un poco más.

            —Y cada vez podéis un poco menos —respondió Anna con suavidad.

            Ninguna de las dos contestó.

            —Tú tienes tu vida —dijo finalmente Marta.

            Anna sonrió con cierta tristeza.

            Había encadenado varios contratos y acababa de rechazar otro que exigía trasladarse a otra ciudad. Aquella decisión le supondría una penalización en la bolsa de trabajo durante un tiempo.

            —Ahora mismo tengo más tiempo del que quisiera.

            Durante los días siguientes volvieron a reunirse varias veces. Anna empezó a acompañar algunos momentos del cuidado cotidiano de Quimeta. Observaba, proponía pequeños cambios, reorganizaba rutinas y buscaba recursos que permitieran aliviar la carga que soportaban Clara y Marta. Estaba convencida de que todavía era posible mantener a Quimeta en su casa si conseguían construir alrededor de ella una red suficiente de apoyos.

            Nunca pensó que aquello fuera más allá.

            Fueron las hijas quienes terminaron planteándoselo.

  • Anna nos gustaría que fueses tú quien la cuide —dijo Marta.

            Anna permaneció en silencio.

            —No durante unos días. No mientras organizamos las cosas. Quisiéramos que seas tú quien asuma su cuidado.

            —Con un sueldo — añadió Clara antes de que pudiera responder—. No te lo planteamos como un favor. Queremos que sea tu trabajo.

            Anna sintió un profundo desconcierto.

            Aquello era muy distinto de lo que había imaginado cuando les pidió que la dejaran intentarlo.

            Se dedicaba a cuidar. Pero siempre como enfermera comunitaria. Valorando, acompañando, enseñando, coordinando, ayudando a las personas y a las familias a encontrar la mejor manera de afrontar sus problemas de salud sin sustituir nunca el lugar que solo a ellas les correspondía. El cuidado cotidiano, continuo y silencioso que sostienen tantas personas cuidadoras familiares pertenecía a otra realidad. La admiraba profundamente, quizá porque conocía el desgaste físico y emocional que suponía, pero jamás se había imaginado ocupando ese lugar. Ni siquiera estaba segura de que hubiera aceptado hacerlo con alguien de su propia familia, aunque prefería pensar que esa situación siempre le había parecido demasiado lejana para planteársela seriamente.

            ¿Por qué, entonces, estaba dudando?

            La respuesta apareció casi de inmediato.

            Porque no se trataba de cualquier persona.

            Se trataba de Quimeta.

            De la mujer que le había enseñado que el cuidado comenzaba mucho antes de tocar a una persona. De quien le había descubierto una manera de entender la enfermería que seguía guiando, muchos años después, cada una de sus decisiones profesionales.

            Aquello era precisamente lo que más la inquietaba.

            No quería aceptar movida únicamente por la admiración o el afecto. Le preocupaba profundamente convertir la gratitud hacia su maestra en una obligación moral. También temía que Clara y Marta vieran en ella a una enfermera capaz de soportarlo todo, como si el conocimiento profesional pudiera protegerlas del cansancio, de la frustración o de la incertidumbre que inevitablemente acompañan al cuidado cuando este deja de medirse en horas y empieza a medirse en meses.

            Levantó la vista hacia las dos hermanas.

            —Si acepto, quiero que entendáis una cosa.

            Las dos permanecieron en silencio.

No voy a sustituir a vuestra madre. Ni tampoco a vosotras. Solo puedo comprometerme a cuidarla lo mejor que sepa y a ayudaros para que sigáis siendo sus hijas.

            Marta sintió que se le humedecían los ojos.

            —Eso es exactamente lo que necesitamos.

            Anna respiró despacio.

            —Entonces lo intentaré.

            Clara negó suavemente con la cabeza.

            —No. Lo intentaremos las tres.

            Comenzó la semana siguiente.

            El primer aseo terminó con un arañazo en la mejilla y una palangana volcada.

            —¡No me toques! —gritó Quimeta—. ¡Ladrona!

            Anna retrocedió. Quimeta se cubría el cuerpo con una toalla, aterrorizada y furiosa.

            —Está bien. No voy a tocarte.

            —Fuera de mi casa.

            Anna salió del baño. Se apoyó en la pared del pasillo y respiró despacio. Sabía que el agua, la desnudez, el frío y la incapacidad para comprender lo que ocurría podían transformar una ayuda en una amenaza. Lo sabía profesionalmente. Pero el conocimiento no evitaba el dolor de ser rechazada por aquella mujer.

            Esperó.

            Después regresó con una bata doblada sobre los brazos en cuyo bolsillo superior estaba bordado su nombre. Era una antigua bata de Quimeta que Marta había encontrado en un armario.

            —Jefa, tenemos un problema con la bata.

            Quimeta dejó de gritar. Miró la bata.

            —¿De quién es eso?

            —Es tu bata.

            —No sabes nada.

            —Muy poco.

            Quimeta extendió una mano. Tocó la tela, recorrió el bordado de su nombre con los dedos y murmuró:

            —Tengo que trabajar.

            Mientras se concentraba en la bata, Anna le secó suavemente la espalda. No terminó el aseo. Hizo únicamente aquello que Quimeta podía aceptar sin sentirse agredida.

            Aquella noche anotó: «La bata facilita el reconocimiento. No insistir en completar tareas. Priorizar seguridad y confianza».

            Después sintió vergüenza. Parecía que estuviera convirtiendo a Quimeta en un caso clínico. Rompió la hoja.

            Al día siguiente volvió a escribirla.

            Comprendió que registrar no significaba reducirla a una enfermedad, sino aprender a cuidarla mejor.

            Los días adquirieron una estructura flexible. Quimeta se levantaba temprano, aunque algunas mañanas confundía el amanecer con el final de la tarde. Anna evitaba corregirla constantemente. Había descubierto que la verdad podía ser cruel cuando se imponía sin ninguna finalidad.

            —Mi madre vendrá a recogerme —decía Quimeta.

            Su madre llevaba muerta más de cincuenta años.

            —¿La estás esperando?

            —Siempre llega tarde.

            Anna no le dijo que había muerto. Se sentó junto a ella.

            —¿Cómo era?

            No respondió. Se quedó callada buscando un tiempo, un lugar, un contexto que posiblemente no encontraba en su memoria.

            A veces Quimeta sonreía. Otras se enfurecía porque no encontraba las palabras. En alguna ocasión preguntaba por qué Anna quería saber cosas que ya debería conocer.

            Hubo días difíciles. Quimeta recorría el pasillo buscando a sus hijas cuando eran pequeñas. Una tarde empujó a Anna y la acusó de haberlas secuestrado. Anna perdió la paciencia.

            —¡Basta, Quimeta!

            El grito quedó suspendido entre ambas.

            Quimeta se encogió. No comprendió las palabras, pero sí el tono. Se cubrió la cabeza con los brazos.

            Anna se arrodilló a cierta distancia.

            —Perdóname. Tú me enseñaste que el miedo nunca se corrige con más miedo y acabo de hacer exactamente eso.

            Quimeta no respondió. Continuó con los brazos sobre la cabeza.

            —¿Sabes qué es lo peor? —prosiguió Anna—. Que durante años pensé que tú sabías siempre qué hacer. Creía que cuidar era tener respuestas. Y ahora descubro que muchas veces solo consiste en quedarse hasta que la otra persona deja de sentirse amenazada.

            Poco a poco, Quimeta bajó los brazos. Miró a Anna y respiró con menor agitación.

            Anna no intentó abrazarla. Permaneció en el suelo hasta que Quimeta extendió la mano y rozó su cabello.

            Aquella noche llamó a las hijas y les contó lo sucedido. No ocultó el grito.

            —Hoy no he sabido cuidarla.

            —No puedes hacerlo todo bien —dijo Marta.

            —Eso mismo me repetía ella cuando yo era estudiante. Pero entonces pensaba que era una manera de exigirme más. Ahora creo que intentaba enseñarme a reconocer mis límites.

            La conversación modificó algo entre ellas. Las hijas dejaron de ver a Anna como la profesional capaz de resolver cuanto ellas no habían sabido afrontar. Anna dejó de considerarse obligada a sostenerlo todo. Solicitaron ayuda domiciliaria, adaptaron el baño, reestructuraron la disposición de los muebles, quitaron objetos que suponían un riesgo para Quimeta y organizaron descansos reales. El cuidado seguía recayendo principalmente en Anna, pero dejó de depender exclusivamente de ella.

            Poco a poco, la agresividad de Quimeta fue cediendo. No porque recuperase la orientación ni porque la enfermedad retrocediera. Se fue apagando. Perdió palabras, iniciativa y capacidad para realizar actos cotidianos. Sin embargo, comenzó a reconocer la presencia de Anna de otra manera.

            Su cuerpo se relajaba cuando escuchaba su voz. Giraba la cabeza hacia la puerta a la hora en que solía llegar, aunque no supiese qué hora era esa. En ocasiones, si otra persona intentaba ayudarla, buscaba a Anna con la mirada. No sabía quién era ni podía situarla en ningún recuerdo concreto, pero parecía saber que con ella estaba segura.

            Anna empezó a hablarle mientras la cuidaba.

            Le contaba vivencias del centro de salud mientras la peinaba, le cambiaba la ropa o esperaba pacientemente a que terminara de tragar.

            —¿Te acuerdas de la primera valoración que me corregiste? Yo había escrito: “Paciente colaboradora”. Tachaste la palabra y me dijiste que no cuidaría a pacientes, sino a personas. Que cuando aprendiera a escribir de otra manera, acabaría cuidando de otra manera.

            Quimeta permanecía inmóvil.

            —Me enfadé muchísimo. Pensé que eras una maniática del lenguaje y que eso no tenía mayor importancia. Era enfermera, no lingüista. ¡Qué equivocada estaba!

            Una leve sonrisa aparecía a veces en la comisura de sus labios.

            —Ahora soy yo quien corrige esa palabra.

            Otro día, mientras le daba de comer, Anna le habló de Emilio, un hombre que vivía solo tras la muerte de su esposa.

            —Yo creía que perdíamos el tiempo en su casa. Tú te sentaste a escucharlo y apenas hablamos de su tensión ni de la medicación. Al salir te pregunté qué habíamos hecho durante una hora.

            Quimeta tardó en tragar. Anna esperó.

            —Me dijiste que nunca confundiera rapidez con eficacia. Tres meses después, Emilio me contó que aquella visita le había hecho desistir de quitarse la vida.

            Quimeta buscó la mano de Anna y la apretó débilmente. Anna dejó de hablarle para intentar que recordase.

            Empezó a hablarle porque aquellas vivencias formaban parte del cuidado. Recordar por las dos era una manera de preservar la identidad de Quimeta sin exigirle que demostrase quién había sido.

            Las hijas también aprendieron a relacionarse de otro modo.

            Ya no preguntaban únicamente si había comido, dormido o tomado la medicación.

            —¿De qué habéis hablado hoy? —preguntaba Clara.

            —De la señora Amparo, la que llevaba siempre caramelos al centro.

            —Nos hablaba de ella cuando éramos pequeñas —recordó Marta.

            Sentadas junto a su madre, añadían sus propios recuerdos. Quimeta no seguía las historias, pero escuchaba las voces. A veces cerraba los ojos. Otras acariciaba la mano de una hija o apoyaba la cabeza en el hombro de la otra. Pero su mirada parecía querer buscar algo que no encontraba.

            Anna comprendió que su presencia no sustituía a la familia. Permitía que las hijas recuperasen una parte de la relación que el agotamiento había devorado. Ya no tenían que ser cuidadoras durante cada minuto de la visita. Podían volver a ser hijas y responder también a sus necesidades.

            Los meses transcurrieron sin que nadie volviera a plantear el ingreso. La casa se adaptó a Quimeta y no Quimeta a la casa. Hubo renuncias, noches difíciles y decisiones que debieron revisarse. Pero también se construyó una red suficiente para que permaneciera en el lugar donde reconocía la luz, los olores y algunos sonidos, aunque ya no supiera nombrarlos. Vínculos invisibles que sostenían una realidad cada vez más desdibujada.

            Anna descubrió que cuidaba más cuando dejaba de obsesionarse con completar todas las tareas. Había mañanas en las que apenas conseguía lavarle el rostro y que tomara medio yogur. Sin embargo, Quimeta permanecía tranquila, aceptaba su mano y seguía su voz. En esos días Anna comprendía que el cuidado no podía medirse por el número de actuaciones realizadas.

            —Me costó muchos años entenderte —le confesó una tarde mientras le hidrataba las manos—. Tú decías que una técnica podía estar perfectamente realizada y, aun así, dejar a una persona completamente sola. Yo creía que exagerabas.

            Quimeta abrió los ojos.

            —Ahora sé que no. Porque ahora lo entiendo.

            La mirada de Quimeta permaneció fija en ella durante unos segundos. Después deslizó lentamente el pulgar sobre la mano de Anna, como si intentara consolarla.

            —Cuando en una actividad grupal de las que realizabas con cuidadoras familiares les dijiste que tenían que aprender a mirarse al espejo de nuevo y que les gustase lo que veían, no sabía por qué les decías eso. Como ellas yo también me quedé muy extrañada. Hasta que les explicaste, nos explicaste, que debían recuperar su autoestima. Que cuidar no significaba que se dejasen de cuidar ellas y que debían aprender a compatibilizar ambos cuidados.

            Aún recuerdo, cuando acababan las sesiones. La diferencia de cuando iniciaban la actividad a cuando la acababan. Eran las mismas mujeres, pero afrontaban el cuidado ¡de manera tan diferente! Y eso lo conseguías tú. Nunca lo olvidaré Quimeta, Maestra.

            No sé si fue mi imaginación, pero me pareció ver que los ojos de Quimeta se humedecían.

            Con el tiempo dejó de levantarse de la cama. Su respiración se hizo más débil y la deglución, más difícil. Las hijas sabían que se acercaba el final. No hubo decisiones heroicas ni promesas imposibles. Acordaron evitar sufrimiento innecesario, traslados que no aportasen nada y garantizar el mayor bienestar posible.

            La última noche estaban las cuatro en la habitación.

            Clara permanecía a un lado de la cama. Marta sostenía la otra mano de su madre. Anna le humedecía los labios con una gasa.

            Quimeta apenas abría los ojos.

            Anna comenzó a hablarle como tantas otras veces.

            —Hoy he vuelto a pensar en Carmen. Aquella mujer que acudió a tu consulta y te contó que se había caído por la escalera, como ya le había sucedido en otra ocasión. Y, aquello te puso en alerta. Recuerdo que estuviste hablando con ella varios días para crear confianza -me dijiste después-. Tras varias consultas, te confesó que estaba sufriendo malos tratos por parte de su marido. ¿Te acuerdas? Yo no entendía por qué insistías en hablar con ella cuando repetía una y otra vez que se había caído. Me parecía una pérdida de tiempo. Pero, una vez más acertaste y lograste que Carmen rehiciese su vida.

            La respiración de Quimeta cambió ligeramente.

            —Recuerdo que días después te pregunté por qué sospechaste que estaba siendo maltratada. Tú me miraste como si la pregunta te entristeciera y me respondiste que el cuidado no se basa tan solo en hechos visibles. Me dijiste que no lo sabías, pero que Carmen hablaba con su mirada, su cuerpo, su lenguaje encriptado, pero lleno de mensajes de ayuda. Observándolo todo, me repetiste de nuevo.

            Anna tuvo que detenerse. Se le hizo un nudo en la garganta.

            —Me confesaste que cuando Carmen te reconoció el maltrato te sentiste triste por ella, al tiempo que aliviada y orgullosa por no haber mirado a otro lado cuando existía la posibilidad de que fuese así. Lo importante no es acertar siempre para sentirte importante, sino evitar que algo se te escape por no prestar la atención necesaria. Eso es cuidar.

            Clara bajó la cabeza. Marta cerró los ojos.

            —Creo que tardé media vida en comprenderlo —continuó Anna—. Y ahora llevas todo este tiempo enseñándomelo otra vez.

            Quimeta abrió los ojos lentamente.

            No había en ellos una claridad milagrosa. Buscó el rostro de Anna y lo sostuvo con una intensidad que ninguna de las tres había visto durante meses.

            Anna se inclinó hacia ella.

            —Gracias por seguir siendo mi Maestra.

            Quimeta movió los labios. No salió ningún sonido.

            Anna se acercó para tratar de oírla.

            —Observa… —susurró Quimeta.

            Anna contuvo la respiración.

            Quimeta hizo un esfuerzo mínimo, casi imperceptible.

            —Todo… Anna.

            Después relajó el cuerpo.

            Anna no necesitó preguntarse si había sido una coincidencia, un fragmento remoto o un último destello de memoria. Aquellas eran las primeras palabras que Quimeta le había dirigido cuando era estudiante. Las palabras que habían iniciado su relación y que solo podían pertenecer a las dos. “Observa todo”.

            Quimeta murió poco después, en su cama, con sus hijas junto a ella y la mano de Anna sobre la suya.

            Durante mucho tiempo, Anna creyó que había acompañado a Quimeta en la pérdida progresiva de todo cuanto había sido. Solo después comprendió que no era cierto. La memoria había desaparecido, pero su forma de cuidar había permanecido en las personas, las familias y las comunidades a las que atendió; en sus hijas, que aprendieron a cuidar sin dejar de ser hijas y en quienes se habían formado junto a ella.

            Solo con el paso del tiempo comprendió que la mayor enseñanza de Quimeta no había sido ninguna de las que recordaba de sus años de estudiante. No fueron las valoraciones, ni las atenciones familiares, ni la observación del entorno, ni siquiera aquella manera tan particular de entender la enfermería comunitaria. Todo eso había sido extraordinariamente valioso, pero aún pertenecía al ámbito del ejercicio profesional.

            Lo verdaderamente transformador llegó mucho después, cuando aceptó compartir con Clara y Marta el cuidado cotidiano de su madre.

            Hasta entonces había creído conocer el cuidado familiar porque durante años había acompañado a personas cuidadoras familiares, las había orientado, formado y apoyado desde su práctica como enfermera comunitaria. Pensaba que comprendía su cansancio, sus renuncias y sus miedos. Ahora sabía que estaba equivocada. Había conocido ese cuidado desde fuera; nunca desde dentro.

            Aquellos meses cambiaron para siempre su manera de entender lo que significaba ser enfermera.

            Descubrió que el cuidado no comienza cuando una enfermera entra en una casa ni termina cuando sale de ella. Empieza mucho antes, en la vida compartida de las personas, en los vínculos que construyen, en las renuncias silenciosas, en los gestos cotidianos, en quienes sostienen la fragilidad ajena mucho antes de que aparezca cualquier profesional. Comprendió que las enfermeras no crean el cuidado; se incorporan a una historia de cuidados que ya existe y cuyo verdadero significado solo puede entenderse cuando se reconoce el inmenso valor de quienes la sostienen cada día sin recibir apenas reconocimiento.

            También comprendió que ninguna enfermera puede cuidar plenamente si no es capaz de mirar con el mismo respeto a quienes cuidan. Porque el cuidado profesional no sustituye al cuidado familiar ni ocupa su lugar. Lo fortalece, lo acompaña, lo orienta y aprende de él.

            Quimeta nunca había pretendido enseñarle aquella lección. Sin embargo, terminó siendo la más importante de todas. Solo cuando la cuidó como tantas personas cuidadoras familiares cuidan cada día a quienes aman, Anna comprendió que la enfermería no puede entenderse al margen de esa realidad. Aquella experiencia no disminuyó el valor del cuidado profesional; lo hizo más humilde, más profundo y mucho más humano.

 

            Años más tarde, durante una atención domiciliaria, una estudiante le dijo a Anna que aquella mañana no habían hecho gran cosa: Habían pasado casi una hora escuchando a una mujer que se sentía desbordada por los cuidados que prestaba a su madre desde hacía tres años.

            Anna miró a la joven. Durante unos segundos reconoció en ella su antigua impaciencia.

            —Hoy hemos conseguido que una persona no estuviera sola y entendiese qué es lo que le pasa y que pedir ayuda no supone cuidar peor a su madre. Le dijo Anna.

            La estudiante pareció no comprenderlo del todo.

            Anna sonrió. No añadió nada más.

            Las grandes maestras nunca desaparecen por completo. Permanecen en las preguntas que enseñaron a formular, en los silencios que ayudaron a respetar y en la forma en que otras personas aprendieron a mirar.

            Quimeta había perdido la memoria.

            Pero el cuidado seguía recordando por ella.

 

[1] Filósofo estadounidense conocido principalmente por desarrollar una filosofía del cuidado (care) como una dimensión central del desarrollo humano y de la ética (1925-1979).

8 thoughts on “LA MEMORIA DEL CUIDADO

  1. Muchísimas gracias José Ramón, leer tu artículo ha sido una de las mejores enseñanzas sobre mi profesión y el verdadero sentido profundo de la misma…poco más que añadir.

  2. Muchas gracias por compartir tu experiencia.
    En el relato nos ayudas a descubrir la esencia del cuidado y valorar el trabajo de la enfermera comunitaria.
    Cuidar es compartir, pero por sobre todo es aprender y crecer junto a otros/as
    Gracias!!!

  3. Me ha parecido una estupenda descripción del caso de Quimeta Enfermera Comunitaria, Enferma cuidada por una alumna suya Anna y dos de sus hijas. Destaco:
    «Lo importante no es acertar siempre para sentirte importante, sino evitar que algo se te escape por no prestar la atención necesaria. Eso es cuidar»
    «También comprendió que ninguna enfermera puede cuidar plenamente si no es capaz de mirar con el mismo respeto a quienes cuidan. Porque el cuidado profesional no sustituye al cuidado familiar ni ocupa su lugar. Lo fortalece, lo acompaña, lo orienta y aprende de él»..

  4. Leer sobre el verdadero sentido de la enfermería comunitaria me hizo pensar en la precisión y la paciencia que exige cuidar a los demás, muy parecido a la paciencia de convertir una foto en un patrón de cuentas con MakeBead. Gracias por recordarlo.

  5. Esa idea de que la enfermería comunitaria revela el sentido profundo de cuidar me hizo pensar en la importancia de la presencia constante. Más que técnicas, lo que queda en las visitas es el vínculo que se construye con cada persona.

  6. La idea de que la enfermería comunitaria se juega en lo cotidiano me parece muy cierta: la confianza se teje con escucha y presencia, no solo con procedimientos. En mi experiencia, esos pequeños momentos de compartir son los que dan sentido al cuidado. Gracias por expresarlo tan bien.

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