NO TENGO TIEMPO

«No tengo tiempo». Probablemente sea una de las frases más repetidas de nuestro tiempo. La pronunciamos casi sin pensar. Sirve para justificar retrasos, aplazar decisiones, evitar compromisos o explicar aquello que dejamos de hacer. Se ha convertido en una respuesta automática que rara vez admite réplica. Si no hay tiempo, parece que cualquier explicación queda justificada.

            Pero ¿es realmente el tiempo el problema?

            En el ámbito de la salud esta expresión ha adquirido la categoría de argumento universal. No hay tiempo para escuchar, para explicar, para prevenir, para acompañar, para coordinarse o para cuidar. Da igual que cambien los modelos organizativos, que se incorporen nuevas tecnologías o que se modifiquen las estructuras de los servicios. La falta de tiempo permanece inalterable como la explicación recurrente de casi todas las limitaciones.

            Lo más preocupante es que, con demasiada frecuencia, ya no se utiliza únicamente para justificar lo que dejamos de hacer, sino también aquello que dejamos de ser. Porque cuando afirmamos que no tenemos tiempo para escuchar, comprender o acompañar a una persona, el problema deja de ser exclusivamente organizativo para convertirse también en una cuestión ética. Dejamos de prestar una atención centrada en la persona para adaptarla a las exigencias del reloj.

            Sin embargo, existe una pregunta que rara vez nos hacemos. ¿Es el tiempo diferente para unas personas que para otras? La respuesta es evidente, no.

            El tiempo constituye probablemente el recurso más democrático e igualitario del que disponemos. Todos contamos con las mismas veinticuatro horas al día. Nadie dispone de horas de setenta minutos ni de minutos más largos que los demás. Podemos tener más o menos profesionales, más o menos recursos materiales, mejores o peores instalaciones o una organización más o menos eficiente, pero el tiempo es exactamente el mismo para todos.

            Si esto es así, quizá debamos dejar de afirmar que nos falta tiempo y empezar a preguntarnos cómo lo utilizamos.

            Porque el verdadero problema no siempre reside en la cantidad de tiempo disponible, sino en la manera de administrarlo y, sobre todo, en aquello que decidimos priorizar. El tiempo no suele perderse; se distribuye. Y esa distribución refleja inevitablemente nuestra escala de valores. Siempre encontramos tiempo para aquello que consideramos importante. Por eso, en demasiadas ocasiones, detrás de un «no tengo tiempo» se esconde un «no constituye mi prioridad».

            En salud esta reflexión adquiere una dimensión especialmente relevante. Resulta frecuente escuchar que una consulta dispone de diez minutos por persona, como si ese tiempo representara una constante científica o una ley natural imposible de modificar. Sin embargo, las personas no funcionan como ecuaciones matemáticas ni responden a patrones idénticos. Algunas necesitarán pocos minutos para resolver una cuestión concreta. Otras precisarán mucho más tiempo.

            El verdadero error consiste en pensar que el tiempo pertenece al profesional y que las personas deben adaptarse a él. La realidad es justamente la contraria. El tiempo pertenece a la relación que se establece entre ambos y debe organizarse para responder, con la mayor racionalidad posible, a las necesidades de cada persona. Pretender que todas encajen en un mismo patrón temporal supone invertir el sentido de la atención y convertir la organización en el centro, relegando a las personas a un papel secundario.

            Evidentemente, ello no significa ignorar las limitaciones existentes ni defender una disponibilidad ilimitada de tiempo. Significa comprender que una técnica puede estandarizarse, un procedimiento puede protocolizarse e incluso una prueba diagnóstica puede ajustarse a tiempos previsibles. Lo que nunca puede estandarizarse es el cuidado. Cuidar exige valorar, interpretar, decidir y adaptar la respuesta profesional a la singularidad de cada persona, de cada familia y de cada contexto.

            Por eso resulta imprescindible incorporar, junto a los determinantes sociales de la salud, los determinantes morales que orientan nuestras decisiones. Detrás de cada encuentro entre un profesional y una persona existen responsabilidades éticas que ningún cronómetro puede medir. La dignidad, el respeto, la autonomía, la compasión o la prudencia no entienden de agendas estandarizadas ni de tiempos prefijados.

            Se trata de dejar de hablar tanto de la falta de tiempo y comenzar a hablar de prioridades, organización y valores. Cuando convertimos el reloj en la explicación permanente de nuestras limitaciones dejamos de analizar las verdaderas causas de los problemas y, lo que es aún peor, dejamos de buscar soluciones.

            «No tengo tiempo» acaba transformándose así en una cómoda etiqueta que justifica la inacción, perpetúa inercias y evita revisar aquello que realmente debería cambiar.

            El tiempo seguirá siendo exactamente el mismo mañana que hoy. Lo que puede cambiar es la forma en que decidamos utilizarlo. Porque el tiempo no define la calidad de nuestra atención. Lo que realmente la define es la importancia que concedemos a las personas a las que dedicamos ese tiempo. Ahí reside la verdadera diferencia entre consumir el tiempo o convertirlo en el recurso más valioso para cuidar.

 

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