
Hoy millones de personas dirigirán la mirada al cielo para contemplar un de espectáculo fascinante. Durante unos minutos, la Luna se interpondrá entre la Tierra y el Sol, la luz perderá intensidad y el día se transformará en una noche inesperada. Hablamos de oscuridad, pero en realidad nada habrá desaparecido. El Sol seguirá exactamente donde siempre ha estado. Tan solo un cuerpo celeste se habrá situado entre él y nuestros ojos.
Pero, los eclipses verdaderamente preocupantes no son los fenómenos astronómicos. Son los que provocamos nosotros mismos y que, a diferencia de los astronómicos, no duran unos minutos. Algunos llevan años oscureciendo nuestra convivencia hasta el punto de que hemos terminado por considerarlos normales.
Vivimos, probablemente, el eclipse de la verdad. Nunca habíamos dispuesto de tanta información y, sin embargo, nunca había resultado tan difícil distinguir lo cierto de lo falso. Las evidencias quedan ocultas bajo una avalancha de bulos, medias verdades, propaganda, intereses y desinformación que terminan eclipsando la realidad y la verdad. No importa tanto lo que sucede como el relato que cada cual consigue imponer. La verdad continúa ahí, igual que el Sol durante un eclipse. Lo que ocurre es que cada vez resulta más difícil verla.
Asistimos igualmente al eclipse del diálogo. Hemos sustituido la conversación por el enfrentamiento permanente. Escuchar parece haberse convertido en un signo de debilidad y discrepar, en una forma de traición. Las redes sociales, tertulias y buena parte del debate político han dejado de ser espacios para el intercambio de ideas y se han transformado en escenarios donde lo importante ya no es convencer, sino humillar; no es comprender, sino derrotar.
A ese eclipse se suma el no menos inquietante de la política entendida como servicio público. Con demasiada frecuencia las ideas quedan ocultas tras la estrategia, la propaganda o la obsesión por destruir al adversario. El interés general es sustituido por el interés electoral, la cooperación por la confrontación y el acuerdo por el cálculo partidista. La política no desaparece; simplemente deja de iluminar su servicio a las personas.
Quizá uno de los eclipses más silenciosos sea el de los cuidados. Vivimos fascinados por la inteligencia artificial, la productividad, la rentabilidad, el crecimiento económico o la capacidad tecnológica, mientras relegamos a un segundo plano aquello que sostiene realmente la vida. No hablamos solo de cuidar a la infancia, acompañar a quienes envejecen o atender a las personas que viven una enfermedad, una discapacidad o una situación de dependencia. También hemos eclipsado el cuidado del medio ambiente, de la naturaleza, de la convivencia y del bien común, como si fueran recursos inagotables y no el soporte imprescindible de nuestra propia existencia. Los cuidados nunca desaparecieron; simplemente quedaron eclipsados por prioridades mucho más visibles y mucho menos esenciales.
Y, junto a todos ellos, asistimos quizá al eclipse más preocupante de todos: el de nuestra propia humanidad. Las guerras, los incendios, las personas migrantes que pierden la vida en el mar, quienes mueren bajo las bombas o quienes sobreviven entre el hambre y la desesperación ocupan nuestra atención apenas unos minutos antes de ser sustituidos por otra noticia, otra polémica o el siguiente escándalo. El sufrimiento deja de interpelarnos porque siempre aparece un nuevo acontecimiento dispuesto a eclipsar el anterior. Nos hemos acostumbrado a consumir el dolor ajeno con la misma rapidez con la que deslizamos un dedo sobre la pantalla del teléfono.
La diferencia entre el eclipse de hoy y todos estos eclipses resulta, sin embargo, fundamental. El primero responde a las leyes del universo. Es inevitable, extraordinario y pasajero. Los otros dependen exclusivamente de nosotros. No los provocan los astros, sino nuestras decisiones. Somos nosotros quienes permitimos que el miedo eclipse la razón, que el ruido eclipse el pensamiento, que el poder eclipse el servicio, que la indiferencia eclipse la solidaridad y que la prisa eclipse aquello que verdaderamente importa.
Cuando termine el eclipse, el Sol volverá a iluminar con la misma intensidad de siempre. Para contemplarlo sin sufrir daños, hay que utilizar filtros homologados capaces de proteger nuestra visión. Quizá esa recomendación resulte igualmente válida para los eclipses que nosotros provocamos. Porque también ellos pueden dañar nuestra forma de mirar la realidad si renunciamos al pensamiento crítico, al conocimiento, a los cuidados, a la evidencia o al diálogo y permitimos que el miedo, los bulos o la manipulación ocupen su lugar.
Los eclipses solares son un privilegio que merece ser contemplado. Ojalá seamos igualmente capaces de mirar otros eclipses que llevan años oscureciendo nuestra convivencia y que, con demasiada frecuencia, preferimos no ver. El mayor peligro no está en la sombra que proyecta la Luna, sino en las sombras que hemos colocado delante de aquello que ilumina nuestra convivencia. La cuestión no es si la luz sigue existiendo, sino si aún estamos dispuestos a volver a mirarla.