
Toda democracia necesita una oposición fuerte, rigurosa y capaz de ofrecer una alternativa de gobierno. Fiscalizar al Ejecutivo, denunciar aquello que considera erróneo y confrontar sus políticas no solo es legítimo, sino imprescindible. Sin embargo, una oposición deja de fortalecer la democracia cuando sustituye el debate de las ideas por la obsesión hacia una persona. Y esa parece haberse convertido en la principal estrategia del Partido Popular.
Resulta difícil asistir a una sesión parlamentaria, una rueda de prensa o una entrevista de sus principales dirigentes sin comprobar que, cualquiera que sea la cuestión planteada —economía, vivienda, migración, empleo, educación, sanidad o política internacional—, el destino final de la respuesta es Pedro Sánchez. Como si bastara con señalar al presidente del Gobierno para explicar cualquier problema o justificar cualquier crítica. La oposición deja entonces de confrontar políticas para combatir personas.
Paradójicamente, esa estrategia termina produciendo el efecto contrario al perseguido. Cuanto más se presenta a Pedro Sánchez como el origen de todos los males, mayor protagonismo político adquiere. Se convierte en el eje permanente de la conversación pública y en el referente obligado de cualquier debate. Pocas estrategias resultan tan contradictorias como intentar debilitar a alguien hablando constantemente de él.
Pero quizá el mayor error del Partido Popular no sea esa obsesión por Pedro Sánchez. Quizá su verdadero problema sea otro mucho más cercano y bastante más difícil de resolver, como es su creciente incapacidad para ejercer un liderazgo propio.
Porque mientras el partido concentra todos sus esfuerzos en señalar al presidente del Gobierno, evita afrontar las contradicciones que se han instalado en su propio seno. La más evidente tiene nombre y apellidos, Isabel Díaz Ayuso.
Hace tiempo que la presidenta de la Comunidad de Madrid dejó de ser únicamente una dirigente autonómica. Hoy representa una referencia política que condiciona el discurso nacional del PP, marca el tono de la confrontación y proyecta una influencia que, en numerosas ocasiones, eclipsa al propio Feijóo. Lo que constata una la realidad cada vez más evidente: de que demasiadas decisiones parecen adoptarse mirando antes a la Puerta del Sol que a la sede nacional del partido.
Lo preocupante no es únicamente esa influencia. Lo verdaderamente significativo es la reacción del Partido Popular cuando Ayuso se ve envuelta en controversias políticas. Las explicaciones sobre la situación judicial de su pareja, las dudas generadas en torno al ático adquirido y después vendido o episodios recientes protagonizados por dirigentes de su entorno han encontrado una respuesta prácticamente unánime del aparato del partido. Lejos de promover la transparencia o exigir explicaciones convincentes, la dirección ha optado por cerrar filas y construir un argumentario destinado a protegerla. Incluso voces tan poco sospechosas de deslealtad como Cayetana Álvarez de Toledo han reconocido públicamente no comprender algunas de esas actuaciones. Sin embargo, la respuesta no ha sido abrir un debate interno, sino reforzar el silencio colectivo.
Ese comportamiento transmite una imagen difícil de ignorar. El PP aplica con frecuencia una doble vara de medir. Cuando un partido necesita justificar sistemáticamente aquello mismo que denuncia con contundencia en los demás, el problema deja de ser de comunicación para convertirse en un problema de coherencia.
A ello se añade otro factor que contribuye a desdibujar todavía más su perfil político. Allí donde necesita el respaldo de Vox para gobernar o aprobar iniciativas, el Partido Popular modifica, endurece o matiza posiciones sobre cuestiones tan relevantes como la migración, la vivienda, la violencia de género, la sanidad, la educación, la cultura o las políticas medioambientales. El resultado es una sensación permanente de vaivén ideológico que dificulta identificar con claridad cuál es realmente su proyecto. Un día parece defender una posición propia; al siguiente adapta su discurso para responder a las exigencias de su socio o para no quedar desbordado por la influencia de Ayuso.
Las democracias no necesitan oposiciones que griten más alto. Necesitan oposiciones que convenzan mejor. La ciudadanía espera conocer qué propuestas diferencian a quien aspira a gobernar, no únicamente por qué considera inaceptable a quien ya gobierna. Cuando la identidad política se construye exclusivamente desde el rechazo al adversario, termina desapareciendo el relato propio.
Quizá por eso el principal obstáculo del Partido Popular no se encuentre en Pedro Sánchez, por mucho que se empeñe en presentarlo como el origen de todos sus males. Su verdadero desafío consiste en recuperar un liderazgo reconocible, una voz autónoma y un proyecto capaz de sostenerse sin depender de la confrontación permanente, de la tutela política de Isabel Díaz Ayuso o de las exigencias parlamentarias de Vox. Porque las elecciones no se ganan demostrando quién es peor. Se ganan convenciendo de quién puede hacerlo mejor. Y mientras el Partido Popular continúe hablando más de Pedro Sánchez que de sí mismo, seguirá fortaleciendo a quien pretende desalojar y debilitando la confianza en su propia alternativa.