LA NATALIDAD ENTRE LA MORALIZACIÓN Y LA CULPA.

            España es uno de los países con menor natalidad del mundo. Nacen algo más de 320.000 niños al año y el índice de fecundidad apenas supera un hijo por mujer, lejos de garantizar el relevo generacional. La población envejece, aumenta la presión sobre el sistema de pensiones y la inmigración deja de ser solo una opción política para convertirse en una necesidad demográfica. Frente a una realidad tan compleja, el debate público sigue empeñado en buscar culpables en lugar de causas.

            Suele culparse a la juventud. Se afirma que renuncia a tener hijos por comodidad, egoísmo o falta de compromiso. Se le reprocha priorizar el ocio, la independencia o el desarrollo personal frente a la maternidad y paternidad. Algo profundamente injusto y, sobre todo, falso. La maternidad y paternidad son decisiones, no obligaciones, que merecen respeto.

            La mayoría de los jóvenes no han renunciado a tener hijos; muchos han tenido que aplazarlo o descartarlo cuando realmente lo deseaban. Difícilmente puede plantearse un proyecto estable cuando la emancipación se retrasa, acceder a una vivienda se ha convertido en un lujo, la precariedad laboral y los salarios insuficientes impiden planificar el futuro, las ayudas públicas son escasas y la conciliación continúa siendo una asignatura pendiente. Además, la maternidad penaliza profesionalmente a muchas mujeres, lo que debería llevarnos a preguntarnos no por qué nacen tan pocos niños, sino cómo podemos seguir sorprendiéndonos de que así ocurra.

            La incertidumbre es otra importante variable. Muchas parejas no solo se preguntan si podrán mantener económicamente a un hijo, sino qué futuro podrán ofrecerle. La inestabilidad económica y política, los conflictos internacionales o el cambio climático condicionan esa decisión. Traer un hijo al mundo es un acto de esperanza y resulta difícil alimentarla cuando el futuro ofrece más dudas que certezas.

            Sin embargo, la natalidad, como tantas otras cuestiones, está siendo utilizada de manera mezquina y oportunista para cuestionar derechos y libertades de las mujeres. Milei acaba de culpar al feminismo y al aborto legal de la caída de la natalidad argentina, pese a que el descenso comenzó años antes de su legalización. No es solo una falsedad. Supone convertir la libertad reproductiva de las mujeres en responsable de un problema demográfico, culpabilizarlas por ejercer sus derechos y atacar directamente su dignidad. Ese marco no resulta ajeno en España. Diferentes iniciativas y acuerdos de PP y Vox vinculan el fomento de la natalidad con planteamientos antiabortistas y con el cuestionamiento de políticas de igualdad. Defender la natalidad no puede convertirse en la coartada para retroceder en derechos conquistados.

            Los cambios en la estructura familiar añaden otra dimensión. Hoy conviven modelos mucho más diversos que hace décadas, pero buena parte del discurso político continúa analizando la natalidad con criterios anacrónicos, incapaz de comprender que las decisiones reproductivas forman parte de un contexto social, económico y cultural mucho más amplio que la voluntad individual.

            En España viven más de quince millones de mascotas y menos de siete millones de menores de catorce años. Algunos utilizan esta comparación para insinuar que dichos animales han sustituido a los hijos. Nada más lejos de la realidad. Las mascotas no causan el descenso de la natalidad; reflejan cambios en las formas de convivencia y los vínculos afectivos.

            También los abuelos siguen siendo un apoyo esencial en el cuidado de nietos y, en muchos hogares, de animales de compañía. No se trata de ridiculizar a los llamados perronietos o gatonietos, sino de comprender que los cuidados no desaparecen; cambian de destinatarios, como cambia la propia sociedad.

            Mientras tanto, algunos rechazan la inmigración como si fuera una amenaza. Una población que envejece aceleradamente y apenas genera relevo generacional difícilmente podrá sostener su actividad económica, sus servicios públicos o su sistema de protección social sin la aportación de quienes llegan desde otros países. Resulta paradójico lamentar el desplome de la natalidad y cuestionar, al mismo tiempo, uno de los principales mecanismos que permiten compensar parcialmente ese desequilibrio demográfico por una pretendida y discriminatoria prioridad nacional.

            La baja natalidad no es un fracaso de la juventud y mucho menos de las mujeres, sino el reflejo de un fracaso colectivo. El de una sociedad que proclama la importancia de la familia mientras dificulta la conciliación; que reclama más nacimientos mientras convierte la vivienda en un bien inaccesible; que necesita nuevas generaciones para sostener su futuro, pero deja fundamentalmente en manos de las familias —y muy especialmente de las mujeres— el esfuerzo de criarlas.

            No se trata de culpabilizar a quienes deciden no tener hijos. La baja natalidad exige análisis rigurosos sobre sus múltiples causas y no interpretaciones simplistas y reduccionistas La natalidad no se recuperará culpabilizando decisiones individuales, recurriendo a propuestas moralizantes carentes de base científica ni recortando derechos y libertades. Lo hará afrontando las causas y cuando tener hijos vuelva a ser un proyecto de vida posible.

 

 

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