Conciencia a demanda

          Asistimos a una sucesión interminable de acontecimientos que vulneran la dignidad, la libertad, la convivencia, la integridad y los derechos de las personas, cuando no acaban directamente con sus vidas. Nos inquietan, indignan, conmueven y, durante un tiempo, ocupan conversaciones, informativos, tertulias y redes sociales. Hasta que aparece otro acontecimiento que desplaza al anterior. No porque aquello que nos preocupaba haya desaparecido o se haya resuelto, sino simplemente porque ha dejado de ser actualidad.

            El dolor parece haber entrado así en la lógica de la moda. Cambiamos de tragedia como cambiamos de ropa para mantenernos actualizados. Una prenda puede gustarnos mucho, pero termina relegada al fondo del armario cuando llega la nueva temporada. Con el sufrimiento hacemos algo parecido. El Sáhara Occidental, Palestina, Siria, Irán, Venezuela o tantos otros escenarios entran y salen de nuestra conciencia al ritmo que marca la agenda informativa. La DANA, los accidentes ferroviarios, los incendios o las tragedias de la migración recorren idéntico camino. Durante unos días parecen insoportables; después, sencillamente, dejan de estar presentes.

            Las bombas continúan cayendo, aunque no haya cámaras. Las personas siguen buscando a sus desaparecidos cuando los periodistas se marchan. Las casas siguen destruidas cuando termina la conexión en directo. Quienes migran siguen muriendo, aunque el naufragio ya no abra los informativos. La realidad no tiene la misma fecha de caducidad que la noticia. Lo que caduca es nuestra atención.

            Se argumenta que necesitamos protegernos. Probablemente exista una necesidad de adaptación. Pero convertirla en una coartada para la indiferencia resulta peligroso. Se ha venido mantenido que los profesionales de la salud necesitan una coraza para enfrentarse al sufrimiento. Una cosa es aprender a gestionar las emociones y otra neutralizarlas. Cuidar exige proximidad, comprensión y sensibilidad; si para soportar el sufrimiento ajeno necesitamos dejar de reconocerlo, quizá hayamos dejado también de cuidar.

            Lo paradójico es que esta aparente insensibilización convive con una creciente exhibición de emociones. La pornografía emocional circula por medios y redes disfrazada de humanidad. Imágenes desgarradoras, testimonios seleccionados, lágrimas en primer plano y relatos construidos para alcanzar el prime time compiten por nuestra atención. Se pasa de lo informativo al espectáculo. El sufrimiento adquiere valor mientras genera audiencia, clics, comentarios o viralidad.

            Hemos pasado de considerar la expresión emocional como signo de debilidad a convertirla casi en obligación pública. Pero ni la contención garantizaba fortaleza ni el histrionismo garantiza sensibilidad. Emocionarse no equivale a comprender; llorar no significa solidarizarse; compartir una imagen no constituye necesariamente compromiso. Incluso la indignación puede convertirse en una forma cómoda de consumo cuando empieza y termina delante de una pantalla.

            Lo inquietante, no es que sintamos demasiado, sino reducir el sentimiento a reacción. Recibimos el estímulo, respondemos, mostramos nuestro posicionamiento y esperamos el siguiente. Una especie de conciencia a demanda que permite sentirnos concernidos sin modificar conductas, asumir responsabilidades ni exigir cambios. La emoción, desprovista de compromiso, acaba funcionando como tranquilizante moral.

            Entre corazas protectoras, memoria selectiva y pornografía emocional, la colección de desastres humanos y medioambientales continúa creciendo mientras nuestra respuesta corre el riesgo de hacerse cada vez más artificial y reactiva. No porque seamos menos humanos, sino porque permitimos que sean otros quienes administren en gran medida aquello que merece nuestra atención, cuánto tiempo debe ocuparla y cuándo corresponde sustituirlo.

            Acumulamos noticias, pero no necesariamente conocimiento; acumulamos impactos, pero no memoria. Y una sociedad permanentemente impactada, pero escasamente movilizada, puede acabar siendo mucho más manejable que una sociedad informada, crítica y comprometida.

            Si nuestra atención depende exclusivamente de aquello que consigue mantenerse en portada, quienes controlan agendas políticas, mediáticas o económicas disponen también de una extraordinaria capacidad para decidir qué merece indignarnos y durante cuánto tiempo. Lo que deja de verse corre el riesgo de dejar de existir socialmente, aunque continúe destruyendo vidas.

            Existe una enorme distancia entre acumular sufrimiento y conservar memoria. No necesitamos sufrir permanentemente por cualquier injusticia para mantener una posición ética ante ellas. Necesitamos evitar que nuestra conciencia funcione con la misma lógica vertiginosa que una red social.

            El verdadero antídoto contra esta sucesión de emociones no es sufrir más, sino implicarnos mejor. Transformar la conmoción en memoria; la indignación en exigencia; la sensibilidad en compromiso; y el rechazo en participación social.

            Permanecer en el sofá indignándonos ante lo que vemos u oímos, permite a quienes tienen capacidad de decisión seguir administrando nuestras emociones casi con la misma facilidad con la que administran la actualidad. La respuesta adquiere verdadero significado cuando abandona el espacio confortable de la emoción y se transforma en participación, denuncia, exigencia y compromiso colectivo.

            No podemos evitar que las tragedias se sucedan. Pero sí podemos evitar el tratarlas como prendas de temporada. Cuando el dolor ajeno pasa de moda, lo que termina quedándose en el fondo del armario no es el sufrimiento de quienes lo padecen, sino una parte de nuestra propia humanidad.

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