EL CUIDADO NO ES UN ALGORITMO

            La inteligencia artificial ya no pertenece al futuro. Está aquí. Analiza imágenes, interpreta datos, identifica patrones, anticipa riesgos, ayuda a establecer diagnósticos, propone decisiones, responde preguntas y puede procesar en segundos una cantidad de información que ninguna persona sería capaz de manejar durante toda una vida profesional. Negar sus posibilidades en salud sería tan absurdo como ignorar los riesgos que acompañan a cualquier transformación tecnológica de semejante magnitud.

            La pregunta, por tanto, no es si queremos inteligencia artificial en la atención a la salud. Ya la tenemos y su presencia aumentará. La pregunta verdaderamente importante es ¿qué estamos dispuestos a delegar en ella?

            Porque no todo lo que hacemos cuando atendemos a una persona significa cuidar.

            Podemos automatizar una cita, interpretar una prueba, detectar una alteración, calcular un riesgo, recordar una medicación, monitorizar constantes o elaborar recomendaciones. Incluso podremos conversar con sistemas capaces de responder con aparente empatía, recordar nuestros antecedentes y adaptar sus mensajes a nuestras necesidades. Todo ello puede mejorar la accesibilidad, la seguridad, la eficiencia y la capacidad de respuesta de los sistemas de salud.

                        Pero cuidar es otra cosa. Cuidar exige conocimiento y competencia, pero también relación. Significa comprender que detrás de un dato existe una biografía; detrás de una decisión, unos valores; detrás de un silencio, quizá miedo; detrás de una negativa, razones que no siempre aparecen registradas en una historia de salud. Significa saber que dos personas con el mismo diagnóstico, la misma edad y aparentemente las mismas circunstancias pueden necesitar cuidados completamente diferentes.

            Una inteligencia artificial puede identificar que alguien vive solo. Otra cosa es comprender lo qué significa para esa persona. Puede detectar palabras asociadas al sufrimiento, pero resulta más difícil saber cuándo alguien dice que está bien precisamente porque no quiere preocupar a quien tiene delante. Puede recomendar una intervención estadísticamente adecuada, pero no necesariamente comprender por qué esa intervención resulta inaceptable para quien debe recibirla. No porque la tecnología sea mala, sino porque el cuidado no es únicamente información.

            Posiblemente estemos situando el debate en el lugar equivocado cuando preguntamos si una máquina podrá llegar algún día a cuidar como una persona. El riesgo es que seamos nosotros quienes acabemos cuidando como máquinas.

            Al reducir la consulta a completar casillas, cumplir protocolos, alcanzar indicadores y registrar actividades; si miramos más tiempo una pantalla que a la persona que tenemos delante; cuando la presión asistencial convierte escuchar en una pérdida de tiempo; al confundir estandarización con calidad y productividad con buenos cuidados, ya estamos introduciendo una lógica algorítmica mucho antes de que ningún algoritmo tome decisiones por nosotros.

            La inteligencia artificial puede incluso agravar ese proceso si la utilizamos fundamentalmente para hacer más, más rápido y con menos profesionales. Pero también podría contribuir justamente a lo contrario. Si consigue reducir burocracia, ordenar información, anticipar necesidades o liberar tiempo de tareas repetitivas, puede devolvernos tiempo para escuchar, observar, acompañar y cuidar.

            Ahí debería situarse el verdadero debate.

            No necesitamos profesionales compitiendo con las máquinas en aquello que las máquinas hacen mejor. Sería absurdo intentar superar su capacidad de cálculo, almacenamiento o procesamiento. Necesitamos profesionales capaces de aportar precisamente aquello que no deberíamos delegar, juicio crítico, responsabilidad ética, comprensión del contexto, relación, presencia y cuidado.

            Tampoco debemos idealizar lo humano. Las personas nos equivocamos, tenemos prejuicios, nos cansamos, actuamos con prisas y también podemos deshumanizar. La tecnología, correctamente utilizada, puede ayudarnos a reducir errores y mejorar decisiones. Defender el cuidado humano no significa defender cualquier actuación humana frente a cualquier intervención tecnológica.

            Si utilizamos la inteligencia artificial para sustituir relaciones, reducir plantillas o convertir la atención en una sucesión eficiente de respuestas automatizadas, quizá consigamos sistemas aparentemente más productivos mientras construimos una asistencia cada vez más distante, técnica, estandarizada y deshumanizada. El riesgo entonces no será únicamente que la inteligencia artificial sustituya determinadas funciones profesionales, sino que acabemos convirtiéndonos nosotros mismos en un algoritmo más. Ya no sería la tecnología la que complementase nuestro conocimiento, nuestro juicio y la calidad y calidez de los cuidados, sino que sería su lógica la que acabaría determinando qué debemos hacer, cómo hacerlo, cuánto tiempo dedicar y qué resultados considerar válidos. Dejaríamos de utilizar el algoritmo para cuidar mejor y empezaríamos a cuidar según lo que el algoritmo determine que debemos hacer. Y podríamos terminar calificando ese modelo de eficaz simplemente porque alcanza indicadores de productividad, eficiencia o resultados que, por muy precisos que sean, difícilmente podrán medir una mirada, una escucha, una presencia, una caricia, un silencio compartido o la confianza construida en una relación de cuidado.

            El futuro no debería obligarnos a elegir entre tecnología y humanidad. Sería un error.

            La verdadera elección será decidir si queremos utilizar máquinas cada vez más inteligentes para cuidar mejor a las personas o para construir sistemas en los que las personas terminen comportándose cada vez más como máquinas. Porque sino lo hacemos así, puede que la Inteligencia Artificial sea quien decida.

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