
De niños bastaba con pronunciar algunos nombres para poner fin a cualquier discusión. El hombre del saco, el coco, el lobo feroz o cualquier otra criatura convenientemente monstruosa resolvían lo que el diálogo no pretendía siquiera intentar. No hacía falta explicar, argumentar ni convencer. Había que obedecer. Y si no, vendría el monstruo. Era la pedagogía del miedo, tan eficaz como pobre, que reducía la capacidad de elección a la única posibilidad de hacer lo que se ordenaba.
Aquellos personajes no eran inocentes. Formaban parte de un imaginario autoritario en el que la obediencia valía más que la comprensión y en el que disentir podía tener consecuencias. Encajaban perfectamente en una sociedad educada en el silencio, la jerarquía y la represión de una dictadura que no necesitaba ciudadanos que razonasen demasiado; necesitaba personas que identificasen rápidamente quién mandaba, qué se debía pensar y a quién había que temer. Por eso resulta tan inquietante que hoy algunos pretendan negar, suavizar o incluso rehabilitar aquel contexto como si hubiese sido una etapa de orden amable y no de ausencia de libertad.
Con el tiempo los monstruos fueron perdiendo utilidad. El razonamiento, el diálogo, el consenso y el respeto a las diferencias comenzaron a ocupar su lugar. Aprendimos que educar no consiste en doblegar, sino en ayudar a comprender; que convencer exige argumentos y que convivir implica aceptar que nadie posee toda la verdad. También aprendimos que una sociedad democrática no se construye desde el pensamiento único, sino desde la posibilidad de discrepar sin convertir al adversario en enemigo.
Aquella conquista parece hoy menos sólida de lo que pensábamos. Han regresado los monstruos. Ya no viven en los cuentos ni se esconden debajo de la cama. Ahora ocupan tertulias, titulares, mítines y redes sociales. Y, como antes, buscan evitar la reflexión. Basta con construir una figura que concentre todos los males para que cualquier debate quede resuelto de antemano.
Así, Pedro Sánchez ha sido convertido por una parte de la derecha y la ultraderecha en una especie de hombre del saco nacional. Ya no es un presidente al que se pueda criticar, cuestionar o combatir democráticamente, sino el supuesto origen de todos los males. Destruye España, manipula las instituciones, corrompe el poder, amenaza la convivencia y conduce al país hacia una catástrofe inevitable. Basta con invocar su nombre para activar el miedo.
La ventaja del procedimiento es evidente. Si todo lleva su nombre, nadie tiene que explicar nada. La inflación, la sequía, una derrota deportiva o el mal tiempo pueden terminar formando parte del mismo expediente. El monstruo resulta políticamente rentable porque ahorra argumentos y distribuye consignas fáciles de repetir. Pero la paradoja es inquietante. Cuando presentan al supuesto monstruo como un peligro para la democracia y la libertad lo hacen, precisamente, para justificar el regreso de un modelo de sociedad mucho más autoritario, excluyente y uniformador. Se invoca el miedo a un ficticio tirano para reclamar formas de entender el poder que reducen el pluralismo, desprecian la discrepancia y añoran un pasado en el que obedecer era una virtud y pensar por cuenta propia, una amenaza.
La estrategia es infantil, pero no ingenua. Si existe un monstruo absoluto, también hacen falta salvadores absolutos. Y esos salvadores se presentan como los únicos capaces de rescatar una patria idealizada, homogénea y obediente frente a amenazas fabricadas, como el feminismo, el ecologismo, la diversidad, la igualdad, la memoria democrática, la educación pública o cualquier pensamiento que se aparte del relato oficial. Todo se simplifica en una oposición cómoda entre buenos y malos, patriotas y traidores, orden y caos.
No se pretende convencer, sino intimidar; no se busca debatir, sino alinear.
Los viejos cuentos estaban llenos de ogros, brujas, princesas pasivas, reyes salvadores y finales felices tan previsibles como irreales. Con el tiempo comprendimos sus clichés machistas, autoritarios y discriminatorios, y dejamos de considerarlos modelos educativos. Sin embargo, algunos parecen empeñados en trasladar de nuevo aquella estructura a la vida pública, con una bruja culpable, un reino amenazado, un pueblo asustado y un héroe dispuesto a restaurar un orden que se presenta como salvación, pero que recuerda demasiado al que ya conocimos cuando el miedo ocupaba el lugar de la libertad.
La democracia exige pensamiento crítico, argumentos, memoria, capacidad para convivir con la complejidad y valentía para rechazar las respuestas simplistas ante problemas difíciles. Volver al hombre del saco no es recuperar una tradición inocente. Es renunciar a la ciudadanía madura para aceptar una tutela basada en el miedo.
En los cuentos la maldad, a veces, aparecía disfrazada de anciana amable ofreciendo una manzana brillante. También hoy el autoritarismo puede presentarse envuelto en palabras como orden, patria, libertad o sentido común. Ante el intento de otro monstruo al que temer, debemos conservar aquello que siempre incomoda a quienes necesitan el miedo para convencer, la capacidad de pensar.