CUIDADO EN TODAS LAS POLÍTICAS

Durante las últimas décadas hemos asistido a una evolución incuestionable en la manera de comprender la salud. Pasamos de hablar de políticas de salud a asumir el principio de salud en todas las políticas, reconociendo que las decisiones económicas, educativas, laborales, ambientales, urbanísticas o sociales tienen consecuencias sobre la salud de las personas y las comunidades.

            Pese a incorporar la salud al discurso y la acción de múltiples políticas, seguimos interpretando y organizando buena parte de nuestras respuestas desde una concepción excesivamente vinculada a la enfermedad, el diagnóstico y la asistencia sanitaria. Continuamos en la lógica de la enfermedad, mientras la realidad de las personas desborda permanentemente ese marco.

            La salud no puede entenderse únicamente como el resultado de que órganos, aparatos y sistemas funcionen correctamente, ni como una experiencia exclusivamente individual. Trasciende a la persona y se expresa también en familias, comunidades, entornos, instituciones o medioambiente. Se construye y deteriora en una compleja red de relaciones e interdependencias que obliga a superar definitivamente una mirada individualista y fragmentada. No basta con comprender qué le ocurre a una persona; debemos entender qué sucede en los sistemas, relaciones y espacios que sostienen su vida y condicionan la salud colectiva. Ni basta con que se aborden tan solo desde la sanidad o desde una única disciplina.

            Es necesario que haya un cambio de paradigma que incorpore el cuidado en todas las políticas.

            No es un simple cambio semántico. El cuidado introduce otra manera de mirar la realidad y relacionarnos con ella. Allí donde la lógica sanitaria pregunta qué enfermedad tiene una persona, la lógica del cuidado pregunta qué necesitan esa persona, su familia y su comunidad para vivir, mantener su autonomía, afrontar la vulnerabilidad y preservar su dignidad. Pregunta también cómo generar espacios saludables y sostenibles.

            Donde la enfermedad identifica un diagnóstico, el cuidado reconoce una historia, circunstancias, relaciones y contexto. Donde la mirada fragmentada separa a las personas de sus entornos, el cuidado reconoce su interdependencia. Porque cuidar no significa únicamente asistir a quien lo necesita, sino atender y proteger aquello que sostiene la vida.

            Los grandes desafíos contemporáneos no son exclusivamente sanitarios. Envejecimiento, cronicidad, soledad, cambio climático, pobreza, violencia, migraciones, precariedad, vivienda o desigualdades generan fragilidad y vulnerabilidad que no pueden resolverse únicamente con diagnósticos o tratamientos. Exigen respuestas cuidadoras capaces de acompañar, proteger, sostener, escuchar y generar condiciones para promover, mantener o recuperar bienestar y autonomía.

            El cuidado debe identificarse y valorarse como una cuestión política y, precisamente por ello, formar parte de todas las políticas.

            Una política de vivienda debe preguntarse cómo cuida. Una laboral, cómo protege la salud y dignidad de quienes trabajan. Una educativa, cómo genera autonomía y bienestar. Una ambiental, cómo protege la vida presente y futura. Una económica, qué vulnerabilidades produce o reduce. Una migratoria, cómo garantiza derechos y dignidad. Una urbana, cómo favorece relaciones, accesibilidad, autonomía y participación comunitaria. Y en todas ellas el cuidado resulta fundamental.

            Hablar de cuidado en todas las políticas significa reconocer circunstancias que limitan la capacidad para afrontar la vida. Significa cuestionar un modelo que ha convertido la asistencia a la enfermedad en el centro de la respuesta y que, en ocasiones, confunde actividad sanitaria con salud o asistencia con atención.

            Cuidar debe ser de una vez por todas valorado y reconocido en todos los ámbitos, ya sean profesionales, familiares o comunitarios. El cuidado sostiene familias, comunidades y sociedades. Tiene un enorme valor social, económico y humano, aunque buena parte permanezca invisible u oculta en las estadísticas y fuera de las prioridades políticas.

            Por tanto, ha llegado el momento de reconocer algo mucho más elemental, como el hecho de que no es posible hablar de salud sin hablar de cuidado, como una dimensión esencial de la vida individual y colectiva.

            Cuidamos cuando acompañamos, protegemos, educamos, escuchamos o ayudamos a recuperar autonomía, pero también cuando construimos entornos saludables, reducimos desigualdades, garantizamos derechos, protegemos el medioambiente, nos oponemos a la violencia o generamos condiciones para que las personas y las comunidades puedan desarrollar sus capacidades. El cuidado atraviesa la salud en todas sus dimensiones porque atraviesa la propia vida.

            Durante demasiado tiempo hemos considerado el cuidado como la respuesta que aparece cuando la salud se pierde, en un nuevo paralelismo con el modelo patogénico. Es necesario invertir esa lógica y entender que el cuidado no empieza donde termina la salud; forma parte de aquello que la hace posible.

            Aceptar esta premisa supone entender que el cuidado deja de ser una consecuencia de las políticas de salud para convertirse en un criterio desde el que pensar cualquier política. Podremos discutir qué políticas generan más salud, pero difícilmente podremos seguir hablando de salud mientras aquello que permite sostenerla, protegerla y darle sentido permanezca fuera de nuestras decisiones.

            Porque no existe una comprensión plena de la salud si el cuidado queda fuera de ella.

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