CONTEXTO IBEROAMERICANO vs CONTEXTO ANGLOSAJÓN De teorías, lenguas y otras formas de dominación

“Los dominados aplican a las relaciones de dominación unas categorías construidas desde el punto de vista de los dominadores, haciéndolas aparecer de ese modo como naturales»

La dominación masculina» (1998), Pierre Bourdieu[1].

 

Durante mucho tiempo, en Enfermería, todas las miradas y la atención han estado focalizadas de manera casi exclusiva en el ámbito anglosajón en general y en el estadounidense en particular.

Sin duda las aportaciones que han realizado al desarrollo y visibilización de la Enfermería y las enfermeras son indiscutibles y representan una referencia mundial. Florence Nightingale[2], Virginia Henderson[3], Dorothea Orem[4], Martha Rogers[5], Callistra Roy[6], Jean Watson[7]… son solo algunas de las enfermeras anglosajonas que a través de sus postulados y teorías han logrado establecer criterios, normas, comportamientos… de la atención enfermera que han trascendido más allá de sus contextos de origen para asumirse como modelos a aplicar en ámbitos geográficos, históricos y culturales muy diferentes al suyo.

Sin entrar a cuestionar la oportunidad o idoneidad de dichas traslaciones teóricas a nuestra realidad social y profesional y la de otros países como los iberoamericanos, lo bien cierto es que su poder de atracción y de fascinación han hecho que sus planteamientos hayan sido prácticamente adoptados como dogma de fe por parte de las enfermeras docentes y por extensión de las gestoras y las asistenciales, aunque en muchas ocasiones costase encajar las citadas teorías en un realidad que distaba y sigue distando mucho de la que es propia de las citadas autoras.

Tanta es la fascinación que provocan que casi todas ellas, sino la totalidad de las mismas, son conocidas e incluso reconocidas por la mayoría de las enfermeras, sobre todo de aquellas que iniciaron sus estudios en la universidad va a hacer ya 45 años en España y que en muchos países de Latinoamérica hace bastantes más años.

Este hecho, en sí mismo, no tendría mayor trascendencia sino fuese porque tal referencia empieza y acaba en dichas enfermeras, no siendo capaces las mismas enfermeras que las reconocen de identificar referentes de su propio contexto o de aquellos que podrían resultar más próximos por cultura, tradición e historia.

Este hecho que en sí mismo ya es suficientemente significativo se acompaña de otro no menos relevante como es el de la lengua nativa de todas estas teóricas, es decir, el inglés, que por otra parte ha pasado a ser considerada la lengua científica internacional por excelencia.

Nuevamente no voy a entrar a cuestionar si esta elección y lo que la misma supone es acertada o no, pues no me corresponde hacerlo más allá de mi opinión personal, alejada del riguroso análisis que la cuestión requiere.

Pero no me resisto a hacer una valoración de conjunto sobre cómo estas cuestiones han afectado, afectan o pueden afectar a la evolución de la Enfermería y al comportamiento que las enfermeras, tanto españolas como iberoamericanas, adoptan sobre ellas mismas y su aportación específica a la sociedad.

Es cierto que la evolución histórica de la Enfermería en España y me atrevo a decir que, en Iberoamérica, ha estado marcada por una clara subsidiariedad a la profesión médica con lo que ello supuso durante muchos años de despersonalización profesional evidente y, por tanto, de ausencia real de referentes. Tanto es así que se asumieron, en muchas ocasiones, como referentes propios los que eran de la medicina de igual manera que se hizo con el paradigma que marcó el devenir profesional de las enfermeras como profesionales secundarias de los médicos.

Esta dependencia, que supuso un claro secuestro de la identidad autónoma enfermera, llevó a que muchas enfermeras sufriesen un particular síndrome de Estocolmo[8], por el que se malinterpreta el paternalismo que habitualmente ha acompañado a esta subsidiariedad como un acto de humanidad por parte de los médicos que la ejercían, mantenían y se resistían a abandonar.

Esta dependencia, secuestro, al que estuvimos sometidas las enfermeras determinó nuestro aislamiento y que el mismo provocase una ausencia absoluta de referencias para construir una identidad propia.

En los planes de estudio de Enfermería en la Universidad, se incorporan las teorías enfermeras a las que aludía al inicio de mi reflexión y con ellas a sus autoras como enfermeras líderes y referentes. Ante la ausencia de referencias propias, desviar la mirada hacia quienes habían dispuesto del tiempo, el apoyo, la voluntad y el conocimiento para construir teorías, se consideró que era un acierto e incluso una oportunidad para lograr el necesario desarrollo y autonomía que nos habían sido usurpados durante tanto tiempo. En Latinoamérica, además, la mayor proximidad geográfica, que no cultural, con EEUU actuó como una losa en el avance propio de la Enfermería, al tener casi como exclusiva referencia para su identidad profesional y disciplinar a dichas enfermeras.

El problema es que de manera paralela no se produjo una corriente de pensamiento propio que permitiese ir desplazando las teorías anglosajonas por teorías propias que estuviesen adecuadas y necesariamente contextualizadas a los entornos iberoamericanos que sin duda requieren de valoraciones, aproximaciones, análisis y respuestas tan diferentes como divergentes con las del mundo anglosajón.

Se prefirió caer en la seducción de una ciencia que aún se nos antojaba lejana y que provocaba una hipnosis que tenía tanto de admiración como de desconocimiento, abrazando con pasión desmedida lo que no se estaba en condición ni de entender ni de aplicar tal como se nos trasladaba a través de manuales con gran éxito de ventas que llenaban estanterías de bibliotecas sin que ello asegurase que se entendiesen ni tan siquiera se leyesen, más allá de la obligación derivada de los planes de estudio en los que eran de obligada memorización.

Como referencia eran y siguen siendo necesarias. Pero no como teorías de aplicación sistemática como en muchas ocasiones se pretende. Dicha estandarización teórica se extiende a los planes de cuidados con lo que supone de pérdida en la individualización y singularidad de los mismos como si fuese posible establecer el prêt à porter en los cuidados profesionales enfermeros y sustituir con ello la “confección a medida” que requieren.

La prueba concluyente de la no aplicabilidad práctica a nuestros contextos fue que la teoría de mayor éxito, al menos en España, fue la de Virginia Henderson de necesidades básicas que no ofrece excesivos problemas de contextualización, aunque tampoco aporta mucho más de lo que el sentido común en la prestación de cuidados profesionales es capaz de hacer desde una perspectiva o paradigma, además, muy cercano al médico. En su defecto, en todo caso, se utilizan los patrones funcionales de Majorie Gordon[9] que no es una teoría enfermera y permite huir de la rigidez que imponen las mismas en su aplicación práctica.

Todo lo cual, por otra parte, no hace sino ahondar en la brecha existente entre teoría y práctica, pues la aplicación de estas teorías decae de manera progresiva hasta su práctica desaparición en cuanto las enfermeras se incorporan al ámbito asistencial, quedando tan solo en un recuerdo en el mejor de los casos o en el olvido más absoluto. Debido, en parte, al modelo de los propios sistemas nacionales de salud que dejan poco espacio para este tipo de aplicaciones teóricas y en parte a la propia renuncia de las enfermeras de la atención, por no identificar en su aplicación un valor añadido a la prestación de cuidados.

Así mismo, no deja de ser cuanto menos curioso que ninguna de las teorías de las que al menos han llegado a nuestros entornos, hayan sido desarrolladas por parte de ningún enfermero y que sin embargo quienes mayoritariamente han ocupado durante mucho tiempo puestos de dirección hayan sido hombres que no han sido capaces o no han querido desarrollar ninguna de estas teorías en sus ámbitos de gestión, lo que debería ser motivo de análisis ante lo que muchos consideran son visiones diferentes de la Enfermería en función del género y no de aspectos disciplinares o profesionales.

Esta clara dicotomía, contradicción o contraposición en la forma de entender la Enfermería provoca discursos absolutamente irracionales y misóginos por parte de ciertos personajes enrocados en sus cargos de supuesta representación y amparados o protegidos por organizaciones que teóricamente representan a todas las enfermeras. Así y ante las inaceptables manifestaciones realizadas por un representante del colectivo médico en las que considera un problema la feminización del sector de la medicina[10], alguien que representa a miles de enfermeras apuntilla que no tan solo está de acuerdo con lo manifestado, sino que en Enfermería pasa lo mismo y que el sistema no está previsto para la incorporación masiva de la mujer[11], como si ello fuese un anacronismo y en un discurso claramente contradictorio e irracional con lo que ha sido y es la propia historia de la Enfermería. Es lo que tiene hablar de Enfermería sin sentirse enfermera y siéndolo por el simple hecho de poseer un título. Este es otro grave problema que nos limita y contradice permanentemente.

Evidentemente no voy a entrar en el discurso zafio, facilón y machista de estos personajes, pero no deja de ser una consecuencia de esa falta de criterio teórico de la propia disciplina que sigue luchando por una autonomía que no ha abandonado el síndrome de Estocolmo y sigue agonizando en su propia falta de identidad y sentimiento de pertenencia.

En cuanto a la segunda cuestión que planteaba en torno a la lengua dominante en la literatura científica en general y enfermera en particular, me voy a referir a los datos desde los que plantear un cambio de lo que considero una tiranía o dictadura lingüística, que no tan solo podría lograrse, sino que debería plantearse como una propuesta a tener en cuenta de manera muy seria.

No porque considere que el inglés no pueda ser una lengua vehicular, sino porque existe un espacio geográfico y cultural como el iberoamericano que además comparte las lenguas portuguesa y española que les permitiría, como de hecho ya lo hace en ciertos aspectos, construir un contexto de Enfermería muy potente e influyente, que supusiera la base de una realidad enfermera propia y conjunta con especificidades que enriquecieran el paradigma enfermero sobre el que basar no tan solo teorías sino realidades de cuidados.

El inglés es hablado por 372 millones de personas nativas, mientras que el español lo es por 492 millones de nativos y el portugués por 270 millones. Esto supone que el contexto iberoamericano reúne a 762 millones de nativos entre portugués y español que son lenguas que siendo diferentes no dificultan el entendimiento como lo demuestran las múltiples actividades y publicaciones científicas que utilizan ambas lenguas de manera conjunta. Es decir, el doble de personas nativas de las que hablan inglés. Teniendo en cuenta, además, que el crecimiento de personas que hablan español en el mundo es del 70% desde 1991 y sigue creciendo.

No parece muy lógico, por tanto, que se siga postergando a ambas lenguas en congresos, jornadas, simposios, cursos, publicaciones… como sucede sistemáticamente en la actualidad. Más aún cuando las producciones y aportaciones realizadas en inglés no garantizan una calidad que, sin embargo, se otorga casi automáticamente por el hecho de hacerlo en dicha lengua, dándoles un valor inicial que no siempre tienen, al tiempo que, se quiera o no, dificulta la difusión y posibilidad de compartir con la gran mayoría de las enfermeras que podrían incorporar las pruebas aportadas a su actividad. Un hecho que supone una clara barrera o dificultad el necesario e imprescindible acceso de la producción científica entre la mayoría de enfermeras. El problema es que esto choca contra el mercantilismo científico anglosajón que se ha montado y que actúa como un muro de contención ante cualquier intento por crear un espacio propio de conocimiento no anglosajón, contando además con el beneplácito de las Universidades y otras organizaciones que han caído en el perverso juego de la industria editorial que cada vez les limita y subyuga más.

Por su parte, se exige que las enfermeras no anglosajonas dominemos el inglés como lengua para difundir nuestras aportaciones fuera de nuestras fronteras, mientras las enfermeras anglosajonas no tan solo no lo hacen, sino que no realizan el más mínimo esfuerzo por comunicarse en otra lengua que no sea la suya, en un nuevo y clamoroso ejemplo de la tiranía lingüística anglosajona.

Otro dato que demuestra el inaudito dominio anglosajón en Enfermería es la renuncia a valorar a sus propios referentes en el contexto iberoamericano en favor de las referentes anglosajonas de manera casi exclusiva.

Por ejemplo, las enfermeras de los países que conforman el espacio iberoamericano a las que se les concede el máximo reconocimiento académico, Doctor/a Honoris Causa, son una anécdota si nos ceñimos al número de ellas a las que se les otorga por parte de las Universidades de dicho espacio y un absoluto desierto si hablamos de Universidades de cualquier otro contexto en general y del anglosajón en particular. Sin embargo, son múltiples las enfermeras anglosajonas que no tan solo son premiadas con este alto reconocimiento académico, sino que algunas de ellas, además repiten en diferentes Universidades como si no existiesen otras figuras a las que reconocer. Lo que sin duda es una claro y manifiesto desprecio hacia la aportación, valía y visibilización de las enfermeras iberoamericanas que contribuye, junto a lo ya comentado, a seguir valorizando a enfermeras anglosajonas o a sus aportaciones, por encima de cualesquiera otras, en gran medida por el simple hecho de anglosajón/a. Aceptar este hecho, sin más, es creer y aceptar que no existen enfermeras iberoamericanas con aportaciones y capacidades contrastadas a nivel nacional e internacional que les permita ser reconocidas. El grave defecto, por tanto, es que hablan español o portugués, lo que parece ser razón más que suficiente para excluirlas de cualquier posibilidad en este y en otros muchos sentidos.

No pretendo desvalorizar en absoluto a las enfermeras anglosajonas y mucho menos al idioma que comparten. Pero me resisto a aceptar que a la inversa no se actúe con idéntica actitud y. Pero mucho más me duele comprobar como el simple hecho de ser anglosajona supone un plus muy importante de valoración y respeto en contraposición al que se tiene con las enfermeras iberoamericanas. Como si el lugar de nacimiento y la lengua utilizada para comunicarse fueran aval suficiente e incluso imprescindible para reconocer el talento y la excelencia.

De fuera vendrán que de casa nos tirarán, reza un dicho popular que se ajusta de manera idónea a lo planteado.

Tenemos, como enfermeras, el conocimiento, el rigor, la capacidad, la motivación … suficientes. Pero además contamos con un contexto geográfico en el que compartimos lenguas que nos permiten crear un espacio de crecimiento científico global que de respuesta a las necesidades sentidas de las personas, familias y comunidad que se plantean en dicho contexto y poder compartirlo sin ningún tipo de complejos con otros contextos en igualdad de condiciones. Seguir asumiendo como propio lo que no deja de ser una prótesis intelectual y científica nos anula e invisibiliza. Actuemos pues con valentía que no con temeridad para hacer frente al reto y ser capaces de construir este necesario contexto enfermero iberoamericano con nuestras lenguas, nuestras tradiciones y nuestra historia, como aspectos definitorios del mismo. Identifiquemos y valoremos a nuestras/os referentes sin renunciar a la identificación de refrentes de otros contextos, pero evitando la fagocitación de estos sobre los nuestros.

[1]   Sociólogo francés, de los más destacados de la época contemporánea.

[2] Enfermera, escritora y estadística británica, considerada precursora de la enfermería profesional contemporánea y creadora del primer modelo conceptual de enfermería.

[3] Enfermera teorizadora que incorporó los principios fisiológicos y psicológicos a su concepto personal de enfermería.

[4] Teórica de la enfermería Moderna y creadora de la Teoría enfermera del déficit de autocuidado, conocida también como Modelo de Orem.

[5] Enfermera, investigadora, teórica y autora estadounidense.

[6] Religiosa, teórica, profesora y autora de enfermería. Es conocida por haber creado el modelo de adaptación de Roy. En 2007 fue designada «Leyenda Viviente» por la Academia Americana de Enfermería.

[7] Enfermera estadounidense que se convirtió en una destacada teórica contemporánea en el ámbito de su profesión.

[8] El síndrome de Estocolmo es una reacción psicológica en la que la víctima de un secuestro o retención en contra de su voluntad desarrolla una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo1​ con su secuestrador o retenedor.

[9] Teórica y profesora estadounidense de enfermería que creó la evaluación de enfermería conocida como patrones funcionales de salud de Gordon

[10] https://www.niusdiario.es/espana/andalucia/20221011/presidente-consejo-andaluz-colegios-medicos-polemicas-declaraciones-feminizacion-medicina-problema_18_07687621.html

[11] https://twitter.com/nurseofblood/status/1580797123557175298?s=48&t=UbXj1IdOpiJPIbwQBenV1A

EDADISMO, HEDONISMO Y DECLINISMO ¿Hacia dónde vamos las enfermeras?

 

                                                                                                                    A Marta Gran e Isaac Badía, que creen y crean                                                                                                                                                  futuro respetando el pasado

“La generación que ignora la historia no tiene pasado… Ni futuro.

Robert Heinlein[1].

 

Nos encontramos inmersos en un contexto dinámico, cambiante y multicultural. Eso lejos de ser un inconveniente o una amenaza, desde mi punto de vista, es una gran oportunidad para la construcción de contextos muy diversos, colaborativos, ricos, articulados, sinérgicos, equitativos… El problema está en que dicho contexto se da en el seno de una sociedad cada vez más individualista, que exige la inmediatez en todo y para todo, tremendamente competitiva y con una tendencia a la falta de reflexión que provoca una alienación ideológica, que identifica ese contexto como una amenaza ante la que hay que protegerse e incluso defenderse.

Ante esta actitud colectiva que, en muchas ocasiones, está alimentada con discursos absolutamente populistas, intolerantes, ofensivos y alejados de cualquier fundamento, no ya tan solo científico, sino incluso de sentido común, la solidaridad, la equidad, la libertad y el respeto se convierten en valores que tan solo se manosean para construir mensajes oportunistas y engañosos, pero que pierden su verdadero sentido y, lo que es peor, dejan de impregnar las relaciones que hacen posible una convivencia serena, igualitaria y participativa. Todo a pesar de lo que puedan aparentar situaciones de pseudosolidaridad social que emergen con gran fuerza, determinadas por hechos, acontecimientos o desastres naturales, que desencadenan febriles respuestas acompañadas de un interesado y oportunista impacto mediático, que lamentablemente se desvanecen progresivamente hasta prácticamente desaparecer, sin que ello signifique que la causa que las generó lo haya hecho también. Se trata, por tanto, de una solidaridad mediática y con dudosos efectos dada la temporalidad de la misma. En cuanto desaparece la difusión en los medios la memoria se desconecta para incorporarse de nuevo a la dinámica individualista que nos caracteriza. Recordemos la campaña buenista del franquismo enmarcada en lo que algunos denominaron «conservadurismo compasivo», propio del nacionalcatolicismo de la época. Como manera de limpiar sus conciencias, las familias pudientes eran animadas a sentar a una persona sin hogar en su mesa para la cena de Nochebuena, promoviendo una idea de la caridad como sustituto de la justicia social en una España que vivía en la miseria. Algo que reflejó magníficamente el genio valenciano Luis García Berlanga[2] en su película “Plácido”, que se llamó así por imperativos de la censura que le prohibió titularla tal como tenía previsto, “Ponga un pobre en su mesa”. Hoy en día en plena democracia, seguimos incorporando la hipocresía ante problemas como la pobreza, desigualdad, inequidad, migración, violencia de género, guerras… de muy diversas formas y maneras.

Este panorama poco halagüeño no escapa prácticamente a ninguna esfera de nuestra sociedad. Más allá de análisis más profundos y necesarios que no estoy en disposición de realizar por razones obvias, sí que me gustaría reflexionar sobre cómo y de qué manera esto, junto a otros factores, está influyendo en la perspectiva de la salud y su atención profesional y más concretamente en cómo lo hace sobre las enfermeras.

En cuanto a la perspectiva que de la salud tiene la población en general, me aventuro a decir que ha incorporado el individualismo en la misma, abandonando el necesario e indispensable enfoque colectivo y participativo que resulta imprescindible para lograr una sociedad saludable. De tal manera que la Salud Pública, pierde protagonismo, diluyéndose su fin en aspectos centrados y relegados a la epidemiología de la enfermedad. Todo ello como resultado del modelo que impregna al Sistema Sanitario. Como resultado de esta perspectiva, que algunos sectores políticos potencian y favorecen desde planteamientos neoliberales, la aportación solidaria que debiera caracterizar al Sistema Nacional de Salud, se debilita cuando no se pierde y con ella el necesario y cada vez más difuso o irreconocible humanismo como rasgo identitario del mismo, que le aboca a una imagen cada vez más cercana a la beneficencia en contraposición al crecimiento exponencial de los seguros privados mal, pero interesadamente, denominados de la salud que excluyen a los pobres y les relega a un asistencialismo progresivamente deshumanizado. Y como nada es casual y todo está interconectado, surgen con fuerza los discursos demagógicos, populistas y cargados de eufemismos de quienes abogan por una bajada general de impuestos cuyos efectos refuerzan esta situación de debilidad de la Sanidad Pública y de fortaleza de la Privada.

Pero las/os profesionales de la salud tampoco son ajenas/os a todo este análisis. De hecho, el modelo caduco asistencialista, hospitalcentrista y todos los “istas” ya conocidos que le caracterizan y determinan sus respuestas a la salud de las personas, las familias y la comunidad, viene determinado y apoyado por un amplio sector de la medicina que ve en el mismo su nicho ecológico ideal para mantener un protagonismo y un poder que se han arrogado a lo largo de los años en detrimento de la propia población. Las fuertes resistencias, por una parte, y las débiles propuestas de cambio por otra, que se generan en el colectivo médico, dificultan e incluso impiden o paralizan los necesarios y deseados procesos de cambio de modelo sanitario.

Por su parte las enfermeras, seguimos sin desprendernos de la influencia del paradigma médico en el que durante tanto tiempo hemos sido formadas y uniformadas y en el que muchas se sienten cómodas y arropadas, haciendo de él su zona de confort. Y es precisamente en este punto en el que quisiera detenerme para profundizar en las causas, al menos en algunas de ellas, que considero mantienen ese refugio paradigmático que les anula como enfermeras aunque puedan identificarse como tales, a pesar que en muchas más ocasiones de las deseadas ni tan siquiera esta denominación es aceptada y deseada por ellas/os amparándose en la menos comprometida y más difusa de profesionales de la salud o la incorrecta y tramposa de Enfermería, arrogándose para ellas lo que es disciplina, profesión o ciencia de todas.

Esta situación, sin querer hacer análisis más amplios que ni el tiempo ni la extensión de esta reflexión me permiten, la circunscribo a dos momentos importantes de nuestra reciente historia de desarrollo profesional.

Por una parte, el fuerte desarrollismo hospitalario de las décadas de los años 60 y 70 que generó una gran demanda de enfermeras para cubrir las necesidades que se generaban y que llevó, entre otras cosas, a que se crearan escuelas de ATS dependientes de los hospitales con el fin, al menos inicialmente, de autoabastecerse y que eran escuelas femeninas exclusivamente. Algunas incluso siguen en activo como escuelas de enfermería adscritas a universidades, lo que no deja de ser un claro anacronismo que se mantiene como una anécdota exclusiva en el panorama universitario español. El resto de escuelas eran masculinas y se situaban en las Facultades de Medicina. Dependiendo pues de la ubicación y del género de su alumnado se impartían planes de estudio diferentes y alejados de la Enfermería, al basarse bien en una capacitación exclusivamente técnica que contribuyera a asumir lo que los médicos no querían hacer, en el caso de los ATS masculinos que eran considerados mini-médicos, o bien una capacitación de carácter dócil, inferior, obediente y sumiso (DIOS), como se afanaban en trasladar a sus alumnas en muchas escuelas de religiosas a las futuras ATS (enfermeras).

El Instituto Nacional de la Salud (INSALUD) de entonces, quedó integrado mayoritariamente por una plantilla muy joven, sobre todo en las denominadas Instituciones Cerradas que era como se denominaba a los Hospitales o Ciudades Sanitarias de la época, mientras las instituciones abiertas eran los ambulatorios de asistencia médica en las que trabajaban las ATS femeninas en auxilio administrativo de los médicos y los ATS masculinos en la asistencia técnica derivada de las órdenes médicas (curas, inyectables, sondajes…).

Finalizando la década de los años 70 a la que me refería, surge un importante sentimiento de identidad que liderado por enfermeras muy comprometidas y con una capacidad de aglutinar voluntades como nunca antes se dio y como, lamentablemente, ya no se ha vuelto a producir, lograron que los estudios de enfermería se incorporasen a la Universidad con contenidos específicos propios en sus planes de estudio e incorporando ya los postulados que emanaban de la Declaración de Alma Ata de Atención Primaria de Salud, lo que llevó a que las enfermeras que se incorporaron como docentes en las recién creadas escuelas universitarias de enfermería fuesen igualmente muy jóvenes, al provenir en su mayoría de los hospitales en donde trabajaban.

En otro sentido y coincidiendo con la instauración de la democracia en España por una parte y con la firma de la Declaración de Alma Ata por otra, al final la década de los años 70 y principios de los 80, se produce otro hecho destacable. La aprobación de la Ley General de la Salud recoge la filosofía que emana de la Declaración de Alma Ata y establece las bases del que se conocería como Nuevo Modelo de Atención en referencia a la Atención Primaria de Salud (APS), además de dejar constituido el Sistema Nacional de Salud (SNS).

Los primeros centros de salud sustituyeron la Asistencia Médica de los ambulatorios por la APS con equipos multidisciplinares en los que las enfermeras que se incorporaron a los mismos asumieron roles y autonomía profesionales nunca vistos hasta la fecha. En este caso se combina la integración de profesionales provenientes de los ambulatorios con una visión muy restringida de la nueva aportación que se demandaba y la de enfermeras jóvenes, muchas de ellas tituladas ya en la universidad, con mucha ilusión y compromiso para desarrollar el que identificaban como un ámbito de gran oportunidad de desarrollo profesional. En este periodo hay que destacar también la constitución de la primera Sociedad Científica de Enfermería Comunitaria, Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC) que generó un punto de inflexión importante en el desarrollo de la Enfermería Comunitaria y en el de la especialidad.

Así pues, en ese momento confluyen dos realidades, la hospitalaria y la de APS, que no se supo articular y coordinar, lo que condujo a generar fricciones, discrepancias y conflictos profesionales e interprofesionales posteriormente.

Transcurridos los años y con el paralelo aumento de edad de las enfermeras que configuraban las plantillas del SNS en convivencia que no connivencia, con las nuevas generaciones de enfermeras, se produjo un efecto que actualmente ha adquirido notoriedad y la atención de organismos, instituciones y grupos de investigación, como es el edadismo, definido por la OMS como los estereotipos, prejuicios y discriminación contra las personas por su edad.

Los aspectos sociales a los que me refería al inicio de mi reflexión, unidos a una serie de creencias, valores y normas que provocan discriminación hacia las personas según su edad, como la sacralización de la juventud y el culto a la belleza física en base a parámetros y cánones muy concretos, coadyuvan a que se dé un choque profesional generacional que considero que ni se ha sabido afrontar y mucho menos resolver.

Por una parte, nos encontramos con quienes amparadas en el recuerdo se sitúan en la inacción y la parálisis dificultando o impidiendo la evolución de la profesión y generando confrontaciones que tratan de resolver a su favor desde la acumulación de años que no de conocimiento.

Por otra parte, están quienes se autoerigen en deidades de la profesión sin que tengan el reconocimiento de sus profesionales, tratando de imponer sus doctrinas como las únicas verdaderas, lo que también genera rechazo.

Pero también están las que, siendo identificadas y reconocidas como referentes por una parte importante de la profesión, no son capaces de aglutinar las voluntades, iniciativas, estrategias, sentimientos… de las enfermeras jóvenes, quedando todo su discurso en el ámbito de la teoría o la filosofía, sin traslado real a la prestación de cuidados.

Por último, están las enfermeras jóvenes que en su exacerbado individualismo y feroz competitividad anulan toda capacidad de identificar aportaciones en todo aquello o en todos quienes, consideran trasnochados o caducos por el simple hecho de no ser actuales y no cumplir los patrones de juventud e inmediatez sobre los que rigen sus comportamientos y actitudes.

Nos encontramos pues ante un caso muy preocupante de Anorexia histórica que provoca en las nuevas generaciones la identificación de una imagen distorsionada e irreal de la Enfermería que les hace rechazarla. Actitud que lleva a una despersonalización evidente de las enfermeras y a una posición de conflicto generacional que es incapaz de resolverse con apuestas sólidas, rigurosas y válidas tanto para la Enfermería como para las personas, las familias y la comunidad que esperan obtener los beneficios de unos cuidados de calidad y calidez cada vez más escasos.

Por su parte, en el otro extremo se presenta un Alzheimer en el que la memoria inmediata desaparece y todo se plantea en base a lo ocurrido en tiempos remotos, provocando un alejamiento absoluto de la realidad y una evidente incomprensión hacia quienes tienen la responsabilidad de generar el futuro de la Enfermería.

Pero además esta rigidez en los comportamientos y en la forma en cómo afrontar el desarrollo de la enfermería en una sociedad, como decía, cambiante, dinámica y multicultural, hace que las generaciones jóvenes no tan solo no tengan referentes, sino que además rechacen los que se les presentan como figuras clave de la historia reciente y breve de la Enfermería. Por su parte las enfermeras seniors se resisten a dar el relevo a las jóvenes en su creencia de que no están preparadas y que van a ser incapaces de asumir el rumbo de una nave que consideran tan solo pueden regir ellas. Esta actitud se ve reflejada en la perpetuación en puestos de representación, en las barreras para que se pueda acceder a los mismos con la excusa sempiterna de falta de experiencia o en la dependencia que sobre ellas se genera con un tutelaje que es vigilante y en muy pocos casos de acompañamiento o aprendizaje.

Sin el debido respeto a lo que se ha sido y aportado y a lo que se es y se puede aportar, va a resultar muy difícil avanzar y generar sentimiento de pertenencia. No existen diferentes Enfermerías, sino diferentes enfermeras que le dan sentido o se lo anulan. Se trata pues de trabajar juntas, como enfermeras, para mejorar la Enfermería y no para ser Enfermería.

Si nos situásemos en el conocimiento propio enfermero como el que nos aporta Patricia Benner en su teoría[3], planteando descripciones sistemáticas de cinco etapas: principiante, principiante avanzado, competente, eficiente y experto, en lugar de querer ocupar espacios ajenos que no tan solo no nos aportan nada, sino que nos alejan de nuestra identidad, posiblemente estas distancias generacionales fuesen menores o sabríamos reconducirlas de manera mucho más eficaz.

Si a lo dicho añadimos el hedonismo[4] reinante por el que se tiende a la búsqueda del placer y el bienestar en todos los ámbitos de la vida., de los que no se excluye el profesional, estamos ante una insatisfacción permanente dado que el placer y satisfacción, en forma de estímulos e ilusión que puede proporcionar nuestra profesión, queda limitada por la inmediatez con que se pretende alcanzar, pero también por las barreras que el propio sistema pone a la hora de visibilizar, identificar y valorar la especificidad cuidadora de nuestra acción enfermera.

Estamos pues ante un complejo panorama en el que tan solo desde el diálogo intergeneracional y el análisis de lo que somos y queremos ser, se pueden esperar soluciones. No todo lo pasado fue mejor, tal como se plantea en el declinismo[5] al determinar que existe decaimiento significativo y posiblemente irreversible de la situación. Pero tampoco el presente lo es como una exaltación unívoca a la novedad.

Al esfuerzo, idealismo, sacrificio y entrega de generaciones de enfermeras que situaron a la Enfermería en el lugar que hoy ocupa y que parece que algunas consideran que siempre estuvo ahí, hay que añadir la innovación, la iniciativa, la frescura y la fuerza de quienes tienen el compromiso y la obligación, no de mantener, sino de mejorar la Enfermería que merecemos y necesitamos todos/as.

Por todo lo aportado ni el recuerdo de lo pasado puede identificarse como la única manera de ser un acicate para la acción con el fin de evitar y revertir el declive que se plantea está teniendo lugar, desde una aparente autocrítica, ni preocuparse obsesivamente por producirlo, intentando autoimponer un cambio radical e imprevisto de modelo o sistema, sin tener en cuenta muchas veces los consecuentes efectos, lo es tampoco. No se trata de reinventar la Enfermería, sino de reconocerla, valorarla, respetarla y sentirla nuestra.

Todas tenemos mucho y bueno que aportar. No somos excluyentes, sino complementarias y desde el necesario entendimiento seremos capaces de lograr el equilibrio que nos permita identificar y aprovechar lo mucho en lo que coincidimos y saber desechar, anular o integrar aquello en lo que diferimos.

Mi memoria puede fallar. Mi reconocimiento y agradecimiento a lo aportado y a lo que se puede y debe aportar, nunca.

No hagamos de nuestra riqueza nuestra pobreza. Asumamos nuestros retos para evitar vivir de nuestros restos.

[1]   Escritor estadounidense de ciencia ficción (1907-1988)

[2] Director de cine y guionista español (Valencia, 12 de junio de 1921-Pozuelo de Alarcón, Madrid, 13 de noviembre de 2010).

[3] Novice to Expert: Excelence and Power in Clinical Nursing Practice (1984)

[4] Doctrina ética que identifica el bien con el placer, especialmente con el placer sensorial e inmediato.»el principal representante del hedonismo es Aristipo de Cirene (siglo IV a. C.)»

[5] La gran cumbre del declinismo», según Adam Gopnick , «se estableció en 1918, en el libro que dio al declive su buen nombre en la publicación: el best-seller del historiador alemán Oswald Spengler , obra de mil páginas La decadencia de Occidente «.

DECISIONES_DECISORES Y AUTONOMÍA Más allá de los Reyes Magos

“La gente suele decir que tal o cual persona no se ha encontrado todavía a sí mismo. Pero la autonomía no es algo que uno encuentra, es algo que uno crea.”.

Thomas Szasz[1].

 

Mucho se ha hablado y escrito sobre los males, problemas, dificultades o barreras que afectan a las enfermeras y sobre cómo los afrontamos desde las diferentes organizaciones de representación enfermera o desde la percepción, interpretación y posicionamiento individual y colectivo, al margen de dichas organizaciones.

No es mi intención hacer un listado de los agravios, ataques, olvidos, desconsideraciones o desprecios de los que somos objeto, que son muchos y variados ni tampoco de cuáles son sus causas que, se me permitirá, no se pueden ni deben achacar exclusivamente a la mezquindad ajena, lo que automáticamente anula la necesaria e imprescindible autocrítica, sin la cual va a resultar muy difícil salir de la tela de araña en la que metafórica, pero realmente nos encontramos presas y sin libertad de movimientos para actuar y sin que, en muchas ocasiones, esto signifique que una maligna araña pueda o quiera devorarnos como representación de un imaginario o deseado enemigo que justifique nuestra parálisis en dicha tela de araña.

Pero sí que me parece razonable, e incluso necesario, reflexionar sobre cuáles pueden ser las causas por las que caemos presas en tan pegajosa y paralizante tela, y por qué no sabemos o no queremos liberarnos de la misma o por qué no existe ayuda eficaz para hacerlo o no somos capaces de identificar y elegir a quienes lo hagan posible. Todo lo cual nos lleva a una situación en la que parece como si finalmente nos sintiésemos cómodas en esa trampa paralizante.

Esta misma semana, en un Congreso sobre Cuidados en el que participé, me trasladaban que lo que nos faltaba, lo que nos hacía falta a las enfermeras era autonomía. Realmente que se siga planteando como carencia la autonomía profesional achacándola a males externos no identificados o supuestamente malintencionados para que no lo seamos, me produce una profunda tristeza, al tiempo que genera en mí una reacción de absoluto rechazo por considerarlo un lamento lastimero sin fundamento y ligado a un falso argumento con el que justificar dicha ausencia de autonomía.

La autonomía va ligada de manera totalmente inseparable a una asunción de responsabilidad. No podemos hablar de competencias sin que exista responsabilidad para que estas no se queden tan solo en una declaración de intenciones que en algunos casos y ocasiones acabamos por abandonar al no identificarlas como propias e irrenunciables.

La responsabilidad, por su parte y con ella la autonomía por la que aparentemente se suspira, conlleva asumir riesgos. Los riesgos de tomar decisiones propias que es lo que caracteriza a la autonomía. Pretender, por lo tanto, que la autonomía sea una dádiva o una concesión gratuita y generosa sin que la misma suponga un posicionamiento claro, firme, riguroso y científico en la que avalar nuestras decisiones es una absoluta irresponsabilidad al tiempo que la mejor manera para que la autonomía continúe siendo un obscuro objeto de deseo y una excusa en la que amparar un victimismo tan inútil como irreal.

Lo he dicho muchas veces, pero no me cansaré de repetirlo, lo que somos y seamos depende fundamentalmente de nosotras mismas. No continuemos en ese juego de buscar un culpable como quien busca a Wally en una abigarrada y confusa imagen en la que se confunde y esconde. Porque al contrario de lo que sucede con Wally, que podemos llegar a identificarlo, no conseguiremos encontrar al culpable de nuestra falta de autonomía porque no existe más allá de nuestra imaginación o nuestro particular collage de sospechas.

Pero, a parte de nuestra personal intriga individual y colectiva como enfermeras, es importante saber o cuanto menos analizar qué esperamos y qué hacen realmente nuestras/os representantes profesionales en sus diferentes ámbitos u organizaciones.

Lo que se espera de ellas/os es ciertamente difícil, tanto de relatar como de analizar, pues posiblemente haya tantos deseos, expectativas, realidades, peticiones, exigencias… como enfermeras somos. Cada cual desde su foro interno y por qué no decirlo desde sus intereses particulares, puede esperar respuestas que les satisfagan. Es lícito y respetable que cada cual plantee sus deseos. Pero como sucede con la búsqueda de culpables en el juego de Wally en este caso no es razonable seguir creyendo que las peticiones pueden seguir haciéndose como quien escribe la carta a los Reyes Magos. En primer lugar, porque por mucho que nos gusten y nos evoquen felices recuerdos de niñez, los Reyes Magos no existen y quienes, en este caso, debieran asumir el rol de padres benefactores, ni lo son, ni se comportan como tales. Entre otras cosas porque nuestros padres nos eligieron o cuanto menos decidieron aceptarnos como hijos y ser nuestros protectores y educadores al tiempo que nos creaban ilusiones y las mantenían con el sueño, su sueño, de vernos y hacernos felices. Lo que inicialmente puede ser identificado como un engaño y una desilusión al descubrir la verdadera identidad de los Reyes Magos finalmente se transforma en una ilusión adquirida, asumida y transmitida que se perpetua en el tiempo de generación en generación y en ningún caso supone una renuncia a la paternidad por parte de quien se siente defraudado en el momento de descubrir la suplantación de identidad. Las cartas que por otra parte se escriben, dan rienda suelta a los deseos de poseer aquello que más ilusión hace, al entender que la magia de los monarcas lo puede lograr todo, aunque no siempre se vean cumplidos por razones que todos identificamos sin que signifique una automática renuncia a seguir escribiendo, año tras año, una nueva carta con idéntica o renovada ilusión de obtener, de las regias figuras orientales, aquello que se pide en las mismas con la esperanza de que finalmente nos sea concedido.

Todo lo contrario sucede con quienes son nuestros representantes profesionales, que lo son porque nosotras, como enfermeras, tenemos la capacidad de elegirlas/os y exigirles que den respuestas a nuestras necesidades profesionales que en ningún caso pueden ser consideradas como ilusiones o fantasías. Por lo tanto, nuestras/os representantes lo son o deberían serlo en tan en cuanto nos impliquemos realmente en su elección, cuando no en su sustitución a través de un compromiso mayor que nos sitúe como sus posibles relevos. Porque no hacerlo es asumir que otras/os lo hagan por nosotras y que sus propuestas no coincidan con nuestros deseos o expectativas. Y al contrario de lo que sucede con los Reyes Magos, la decepción por lo que aportan las/os representantes, se transforma en una renuncia, ignorancia o desprecio hacia ellas/os. Pero lo realmente grave no es tanto el rechazo que dichas/os representantes generen, sino el que se provoca de manera indirecta hacia las instituciones que, al menos en teoría representan y que nos representan como profesionales, pero también como profesión, ciencia o disciplina.

Permanecer siempre en la queja permanente desde el anonimato y la pasividad no resolverá nuestros problemas, ni servirá para cambiar aquello con lo que no estamos de acuerdo o consideramos que no es justo, razonable, adecuado, proporcional o ético y que, por tanto, supone un prejuicio tanto para las enfermeras como para el ejercicio de su actividad y como consecuencia para la calidad y calidez de los cuidados que prestamos. Los lamentos, al no traducirse en acciones que provoquen en las/os representantes un temor a ser reemplazados acaban por naturalizarse y no tenerse en cuenta, asumiéndolos como parte de su proceso natural que los llevará a perpetuarse en sus cargos y, lo que es peor, a perpetuar sus vicios y con ello a enviciar sus decisiones, que lejos de solucionar los problemas de las enfermeras los cronifican o los ignoran. Más aún, si consideran que los mismos pueden causarles a ellos unos problemas que hagan peligrar sus puestos. Finalmente acaban tejiendo la tela de araña en la que caen las enfermeras presas de su propia indecisión, pasividad y conformismo, mientras las/os tejedoras/es observan con indiferencia, pero con vigilancia a quienes o no saben salir o finalmente se acomodan en la trampa tendida. Mientras tanto ellas/os seguirán apareciendo como salvadoras/es mediante discursos vanos, vacíos, engañosos, tramposos, pomposos e inútiles, queriendo hacer creer que les preocupa y ocupa la Enfermería y las enfermeras, mientras se aferran a sus puestos en aparentes procesos democráticos que realmente esconden estratagemas que garantizan su continuidad a través de estómagos agradecidos y cadenas de favores.

Seguir creyendo en los Reyes Magos es bueno e inofensivo a pesar del engaño que todos, salvo los más pequeños, conocemos y asumimos. Seguir aguantando a representantes mediocres, ineficaces, grises, trepas, oportunistas, mentirosas/os e incluso poco éticos o corruptos es algo que no podemos seguir consintiendo y que, por tanto, tenemos no ya la opción, sino la obligación de eliminar. Por una parte, para depurar responsabilidades y eliminar a quienes no tan solo no trabajan en favor de las enfermeras, sino que lo hacen en su contra o incluso en su propio y exclusivo beneficio. Por otra parte, para poder dignificar y poner en su justo y merecido lugar a las instituciones u organizaciones que representan y desde las que nos representan. No hacerlo es tirar piedras contra nuestro propio tejado. Pues no tan solo nos ahogamos en nuestros lamentos, sino que permitimos que queden sin respuesta ni solución los problemas que limitan nuestro crecimiento, visibilidad y reconocimiento.

 Los Colegios Profesionales, las Sociedades Científicas, las Academias, los sindicatos, las Facultades, de enfermeras o de Enfermería, según los casos, son necesarios y deben ser respetados y defendidos por todas las enfermeras como instituciones u organizaciones desde las que se nos represente y defienda. Quienes acceden a las mismas deben ser elegidos en función de sus capacidades, méritos, propuestas, proyectos, actos… y someterse a una permanente evaluación que permita su relevo en caso de no cumplir con las expectativas creadas o por cumplimiento de un periodo razonable que permita el saludable relevo en los puestos. Pero además hace falta que se acuda a votar de manera mayoritaria para elegir la mejor opción.

No se trata de establecer guerras o batallas para derrocar a nadie. Pero si de convencerse de la necesidad de que, de todas las enfermeras depende que nuestras/os representantes lo sean y actúen como tales realmente. Para ello es imprescindible que activemos nuestra respuesta individual y colectiva impidiendo, por una parte, caer en la trampa de la conformidad y por otra que nos sitúe como verdaderas decisoras para elegir a quienes tomarán decisiones que nos valoricen y visibilicen.

Tan solo así seremos capaces de abandonar victimismos, vencer sospechas infundadas, cesar en nuestros llantos y en nuestras protestas sin fundamento.

 Asumamos nuestra responsabilidad y desde la misma alcancemos la autonomía que nos haga libres para elegir a quienes nos representen en cualquier organización o institución que tenga como fin u objetivo la defensa, el desarrollo o el fortalecimiento de la Enfermería o las enfermeras.

Hagamos oír nuestra voz, para poder exigir que la voz de nuestras/os representantes sea lo voz de la convicción, de la unidad, de la acción y de la capacidad de cambio y no la voz del engaño, el oportunismo, la confrontación y el beneficio interesado a espaldas de la profesión y sus profesionales.

Reclamar autonomía cuando se deja escapar, secuestrar o amordazar la capacidad de ejercer la autonomía para elegir a nuestras/os representantes es clamar en el desierto y permitir que la ansiada autonomía siga siendo tan solo una petición realizada desde el lamento, el victimismo y la comodidad de una zona que se considera de confort, cuando realmente es una zona de alcanfor [2]. Es como el niño que llora y coge rabietas pidiendo deseos que no van a poder ser cumplidos por quienes realmente son los Reyes Magos, es decir, sus padres, que posiblemente no hayan sabido o querido explicarle que hay determinados deseos que ni tan siquiera los Reyes Magos pueden conceder.

Despertemos del letargo, de la supuesta comodidad, de la indiferencia o de la indolencia. No nos engañemos pensando que nuestra mejor manera de protestar es inhibirse, abstenerse, pasar… creyendo que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Porque nuestro silencio, nuestra quietud, nuestra pasividad es, sin quererlo, el mayor apoyo, el mejor impulso y la mayor coartada para quienes se aferran a puestos en los que tan solo se representan a sí mismas/os.

En breve seguro que hay procesos electorales en organizaciones e instituciones, muy próximas a nosotras, en los que, desde la implicación y el compromiso directos, a través de candidaturas o bien a través de la votación libre, responsable y autónoma nos permitirán ser o elegir a representantes que verdaderamente nos representen y crean en lo que van a representar.

Solo desde la autonomía que nos da la capacidad de elección seremos capaces de ser autónomas y responsables de nuestros actos. Ello supone asumir riesgos, por supuesto, pero no hay mayor riesgo tanto para nosotras individualmente como para el conjunto de la profesión enfermera que permitir con nuestra actitud que nos manejen y manipulen.

Ya hay ejemplos en los que ese cambio se ha producido y está aportando una frescura, transparencia, acción, visibilidad, reconocimiento y representatividad reales que se proyecta en logros concretos de eficacia y respeto hacia las enfermeras y sus legítimos derechos profesionales y que van mucho más allá de los estrictamente laborales. Por lo tanto, no estamos hablando de una quimera de una utopía, ni tan siquiera de una ilusión, sino de una realidad que no tan solo es deseable sino posible. A estas alturas ya no es razonable seguir pensando que los Reyes Magos existen más allá de las fechas con las que se acaba la Navidad. Esos Reyes Magos son portadores de ilusión y fantasía y a las enfermeras nos hace falta concreción y realidad que nos permitan recuperar la ilusión en nosotras mismas y en nuestras posibilidades. Esa es nuestra autonomía, por la que debemos actuar en lugar de llorar.

No nos dejemos deslumbrar por las cabalgatas que los impostores, con los recursos que nosotras aportamos, monten para deslumbrar nuevamente con lentejuelas, regalos y prebendas, con el único objetivo de seguir manteniéndose.

Creer que no es posible cambiar es una renuncia que ni podemos ni debemos permitirnos. Cada cual que, desde su posicionamiento, su convicción, su deseo, su forma de entender la profesión…, de manera autónoma elija a quienes quiere que le representen. Que asuma ese riesgo. No hacerlo nos pone a todas en riego, además de ser muy poco ético.

Seamos pragmáticas sin renunciar a los valores, vehementes desde el respeto, exigentes con argumentos, firmes pero flexibles, comprometidas sin condicionantes, reflexivas y críticas, coherentes y comprensivas. Pero seamos y exijamos ser y poder ser como merecemos a quienes van a tener la capacidad de hacerlo y decidirlo.

[1]   Médico psiquiatra húngaro, Profesor Emérito de Psiquiatría en la Universidad de New York (EEUU) y físico graduado con honores en la Universidad de Cincinnati (Ohio, EEUU).

[2] El alcanfor es una sustancia semisólida cristalina y cerosa con un fuerte y penetrante olor acre. Se usa como bálsamo y con otros propósitos medicinales.

LA PALABRA: SU USO Y ABUSO

“Hay quienes sólo utilizan las palabras para disfrazar sus pensamientos.”

Voltaire[1]

 

La palabra y su difusión por los diferentes medios, formales o informales que de todo hay, se ha convertido en un arma poderosa de seducción, intimidación, manipulación, distorsión de la realidad e incluso en ocasiones, aunque debiera ser en la mayoría de ellas, de información veraz, objetiva y real.

En ese proceso de emisión y recepción de la palabra intervienen tanto quienes la pronuncian como quienes la procesan, pues no tan solo se limitan a transmitirla, como quienes la reciben y sucede que lo que inicialmente se pronuncia, no siempre es lo que finalmente se transmite, entiende y/o interpreta.

Es por ello que tal como decía Von Schiller[2] “Las palabras son siempre más audaces que los hechos”, pero no es menos cierto que la palabra es mitad de quien la pronuncia y/o escribe, mitad de quien la lee y/o escucha, por lo que está sujeta a interpretación y, por tanto, nada de lo que se diga, por audaz, novedoso, importante, riguroso… que pueda ser, tendrá valor sino es compartido, analizado y traducido en hechos que sean capaces de modificar unos escenarios en los que necesariamente se pueden y deben decir y hacer muchas cosas. No hacerlo supone dar por válido lo emitido, concediendo credibilidad gratuita a quien lo emite y anulando, por tanto, la capacidad de reflexión de quien lo recibe al aceptarlo como verdad sin ni tan siquiera cuestionarlo, lo que genera posicionamientos falaces o cuanto menos de débil o nulo contraste y dudosa justificación que favorecen la anestesia de pensamiento.

El problema real, suele estar en que tenemos miedo a escuchar y que lo que escuchamos, si lo hiciésemos en lugar de tan solo oír, nos haga sentirnos amenazados o culpabilizados por lo que el mensaje pueda interpelar. Pero, lo que realmente pasa es que, como decía Goethe[3], “Los sentidos no engañan, engaña el juicio.” Porque con el oído, percibimos los sonidos. Pero sin duda esto no es suficiente para entender, analizar y posicionarse sobre algo o alguien. Necesitamos prestar atención a lo que oímos para extraer su significado. Es un proceso mental y un proceso de extracción. Por lo tanto, escuchar no es lo mismo que oír, pues esto último se refiere sólo a notar los sonidos que percibimos. Escuchar requiere decodificarlos para comprenderlos, por lo que, si no hay escucha, no puede haber comunicación. Oír es involuntario, llegando incluso a naturalizar y no sentir determinados sonidos e incluso hechos o acontecimientos por repetitivos o como mecanismo de defensa para evitar involucrarnos o sentirnos instados a posicionarnos. Escuchar, sin embargo, requiere de voluntad y de conocimientos para hacerlo eficazmente. De igual manera la lectura supone un proceso similar. No se trata de unir palabras de manera mecánica, sino de analizarlas y extraer su sentido desde la reflexión y el pensamiento crítico.

Los sentimientos son muy variables a la vez que pasajeros y surgen en nosotros con una espontaneidad extraordinaria. Los sentimientos, por su parte, no son ni buenos ni malos. Lo malo o lo negativo es el comportamiento que podemos tener como consecuencia de ciertos sentimientos, como culpabilidad, vergüenza, ansiedad, resignación…

La escucha, por tanto, pasa por identificar, pues tal como decía Juan Donoso Cortés[4], “Lo importante no es escuchar o leer lo que se dice, sino averiguar lo que se piensa”, para luego poder hablar y que seamos entendidos porque según Plutarco[5], “para saber hablar, es preciso saber escuchar”.

Lo comentado es y forma parte de la comunicación a muy diferentes niveles y desde muy diferentes medios o canales, lo que nos lleva a identificar que en el proceso de comunicación debamos tener una comprensión profunda de nosotras/os mismas/os, para, de esta manera, comprender mejor a quien nos traslada información, cómo lo hace y con qué intención u objetivo lo hace, de forma que la gama de sentimientos que en nosotras/os se producen en todo momento, cualesquiera que sean, los sepamos analizar para desde dichos sentimientos, así como emociones o valores podamos construir una idea, pensamiento o actitud sobre aquello que se nos traslada y de quienes lo traslada/n con independencia de su cargo, responsabilidad o posición.

Las enfermeras como profesionales que centramos en la comunicación gran parte del proceso de cuidados profesionales que prestamos a las personas, las familias y la comunidad, estamos obligadas a escuchar y analizar aquello que sobre la realidad social, laboral, profesional, disciplinar o científica se traslada en o a través de la comunicación por parte de representantes o líderes profesionales, políticas/os, gestoras/es, periodistas e incluso de los actuales gurús de la información como son los denominados influencers que tanto predicamento como dudosa credibilidad, en la mayoría de los casos, tienen. Aunque también es cierto que no siempre los que se consideran informantes formales tienen mayor credibilidad.

Todo esto viene a colación de recientes informaciones que, en torno a las enfermeras, están produciéndose por parte de determinados representantes profesionales y de medios de comunicación que las están difundiendo. A pesar de la aparente visibilidad o reconocimiento que en torno a las enfermeras y a simple vista pueda interpretarse que se aporta, considero que adolecen del análisis, la profundidad y el rigor que debiera ser exigible en temas tan trascendentes, sensibles y con consecuencias tan importantes para la población como las que se están produciendo.

En concreto, aunque no exclusivamente, me refiero a las declaraciones que en torno al déficit de enfermeras se están difundiendo.

En ningún caso cuestiono, al menos no de entrada, la carencia de enfermeras existente en España que, además, viene avalada por informes de organismos tan importantes como poco sospechosos como la OCDE o la OMS entre otros.

Lo que sí que me plantea dudas y me hace reflexionar es sobre cómo se traslada dicha información no tan solo al colectivo profesional sino a la opinión pública en general.

Aquí es donde habitualmente radica el problema de la comunicación de determinadas informaciones y el interés, oportunismo o malicia, que de todo hay o puede haber, en darle una determinada visión, un matiz particular, un tono concreto, una posición exclusiva e incluso excluyente… que impregnan a la información de sesgos muy específicos que o bien ocultan detalles trascendentes o bien resaltan otros que interesa destacar sin que necesariamente sean relevantes o concluyentes para la información que se traslada.

En el caso concreto al que me refiero y que tomo como ejemplo sin que con ello pretenda trasladar una excepcionalidad en su abordaje y difusión pues hay muchos otros temas, de la carencia de enfermeras, se basa en unos datos que ya he referido, que no han sido adecuada y deseablemente analizados y contextualizados. Se trata de datos brutos que se basan, normalmente, en proporciones generales para las que no se han tenido en cuenta las características ni los aspectos que influyen de manera muy particular y directa según el contexto en que se produzcan.

No se puede ni se debe hacer creer que el número de enfermeras por cada 100.000, o cualquier otra secuencia numérica de población, es uniforme con independencia, no tan solo de los países que se comparan, sino de los territorios en que se distribuyen dichos profesionales. Se trata por tanto de escalas que tienen por objetivo hacer una foto de conjunto que determine una clasificación que, como cualquier otra, tan solo puede y debe valorarse como una referencia o aproximación a una realidad mucho más compleja que es imposible que se recoja en un contaje bruto, en este caso de enfermeras, con relación a una población, igualmente bruta.

¿Tienen las enfermeras de los países que se comparan idéntica formación, desarrollan las mismas competencias, ocupan puestos laborales similares o comparables, asumen las mismas responsabilidades…? ¿Son los sistemas de salud en cuanto a estructura, acceso, organización… semejantes? ¿Tienen las poblaciones de los diferentes países las mismas necesidades de cuidados? ¿Existe en los países que se comparan las mismas proporciones de vulnerabilidad? ¿Todos los países invierten igual presupuesto en la atención a la salud? ¿Los datos demográficos, sociales, de educación… son análogos? ¿Sus poblaciones son homogéneas en cuanto a cultura, historia, tradiciones…?

Trasladar una información sobre la falta de enfermeras en nuestro país o en cualquier otro sin tener en cuenta todos estos criterios y otros muchos y tratar de establecer una relación causal exclusiva entre la falta de enfermeras, sobre esta base, y la calidad de los cuidados es. no tan solo una simpleza, sino que es una temeridad que se combina con grandes dosis de manipulación de la información que se traslada y que es interpretada por el colectivo enfermero como un agravio y una falta de reconocimiento y valoración de su aportación específica de cuidados y por la población en general con escepticismo, duda, alarma o incredulidad ante las respuestas igualmente interesadas y malintencionadas de quienes se sienten agraviados por la comparación con los datos proporcionales de su colectivo, como es el caso de los médicos, al indicar dichas escalas un exceso de profesionales en comparación con el resto de países que componen la muestra estudiada[6].

No se puede ni se debe establecer una distribución, racionalización u organización de enfermeras o de cualquier otro colectivo profesional al peso. Se necesitan cuarto y mitad de enfermeras o tres cuartos de médicos. Esta distribución uniforme, homogénea y estricta es tan irracional, inexacta, injusta, poco equitativa, acientífica y populista como pueda serlo el intentar establecer las famosas ratios profesionales en base a parejas como si de un juego de naipes se tratase. Una enfermera por cada dos médicos o una enfermera por médico al establecer la contratación de enfermeras según las necesidades de los médicos y no de la población a la que deben prestar cuidados.

Asignar enfermeras sin tener en cuanta todo lo dicho y hacerlo solo por el número total de las que existen y las que deberían existir como resultado de una media de las que tienen el conjunto de países que componen la muestra, nos llevaría a aumentar el problema de atención en lugar de resolverlo, pues la cuestión no es tanto el número final que exista sino la forma en cómo este se distribuya para resolver los problemas.

Pero no es menos cierto que se consigue el efecto esperado por parte de quien transmite tan lamentable información que además los medios se hacen eco inmediato de tales datos para, en base a los mismos, empezar a hacer sus propias interpretaciones y utilizar la información para atacar, en función de la doctrina ideológica de dichos medios, a los adversarios políticos que como suele ser habitual se convierten en enemigos a los que tratar de eliminar en base a informaciones tan sesgadas ideológicamente como faltas de rigor científico, aunque se utilicen escalas como las comentadas para darles una apariencia pseudocientífica.

Las enfermeras somos demasiado importantes para que su distribución y asignación a la comunidad tenga que estar supeditada a datos en los que no se tiene en cuenta a la población receptora de cuidados.

Pero esta es la dinámica que lamentablemente ha incorporado y transmitido el actual y caduco modelo de nuestro sistema sanitario al supeditar la asignación de profesionales en general pero muy particularmente la de enfermeras a las necesidades que marca este modelo como principal demandador de dicha mano de obra, que es como tristemente se identifica a las enfermeras, y que ha sido capaz de convencer a las Universidades para que actúen como proveedoras principales de dicho sistema y de las necesidades que los médicos, como autores y actores de dicho modelo sanitario imponen, es decir, de sus necesidades como colectivo y en ningún caso de las que pudiese plantear la población, dado que ni se identifican ni se hace nada para tratar de averiguarlo. La no institucionalización y valoración d los cuidados contribuye claramente en este sentido.

En este triste panorama, por su parte, las enfermeras asumen un rol subsidiario y admiten como válida dicha distribución, reclamando tan solo un incremento lineal de enfermeras por población atendida que es tanto como seguir dando la razón a quienes plantean su carácter secundario y subsidiario a la clase médica. Todo ello sin que dicha petición de incremento, generalmente, sea exigida para asumir sus verdaderas competencias enfermeras, lo que supondría asumir dicha responsabilidad, sino tan solo por razones numéricas como se traslada por parte de sus representantes.

En base a todo ello finalmente tan solo quedan unos cuantos titulares, una notoriedad perseguida por quien traslada dichas informaciones, unos debates totalmente intrascendentes y estériles, una realidad deformada, una perpetuación de la falta absoluta de planificación y, lo que es peor, una población confundida, confusa y difusa que no llega a identificar la importancia que tiene esa falta de enfermeras al no establecer una relación rigurosa y científica al tiempo que justificada, clara y accesible para que todas las personas sepan entender lo que supone realmente la carencia de enfermeras y el impacto en su salud, evitando que sea identificado exclusivamente como una reivindicación laboral.

Por su parte las/os políticas, responsables sanitarias/os o gestoras/es son las/os primeras/os en utilizar la palabra de manera demagógica, eufemística y falaz con el fin de contentar oídos y retrasar sine die decisiones que contribuirían a esa necesaria distribución de enfermeras teniendo en cuenta criterios objetivos, reales y adaptados a las prioridades identificadas de salud pública y comunitaria y no tan solo como herramienta o arma de disuasión, confusión y distracción para el logro de sus intereses particulares o partidistas. En este sentido, una vez más, hago referencia a dicha utilización de la palabra, por parte de la ministra de Sanidad, para establecer una expectativa fallida, ignorada y negada como es la Estrategia de Cuidados que se anunció, tan solo como elemento de propaganda engañosa, cuando realmente podría constituir una clara referencia de asignación de enfermeras en relación a las necesidades reales de cuidados.

Las palabras pues, no es que se las lleve el viento, pues siempre permanecen y se sabe por quién han sido dichas, en qué sentido y para qué objetivo. Tan solo las traslada o las remueve, pero cuando el viento se calma, las devuelve y nos permite recordarlas y reconocer qué uso se hizo de ellas por parte de quien las pronunció, pues como ya dijera Horacio[7] “la palabra dicha no puede volver atrás” y parece, según lo trasladado por Maquiavelo[8] que algunas/os piensen que “…las palabras deban servir para ocultar los hechos”.

Como decía al inicio de mi reflexión la palabra es demasiado importante como para utilizarla en beneficio propio e interesado en lugar de hacerlo para lograr el bien común desde la verdad, la ética y la estética de lo que se dice como anuncio de lo que se está dispuesto a hacer. Lo contrario es utilizar la palabra, precisamente para enmascarar, esconder, ignorar o anular los hechos que se precisan como elementos que trasciendan, no a la audacia de las palabras que siempre es buena, sino a su temeridad y uso interesado, particular o colectivo en contra del bien colectivo.

Como decía Goethe[9], “se tiende a poner palabras allí donde faltan las ideas”, cuando se sabe que no hay nada más peligroso que un mediocre con iniciativa y con un lápiz con el que escribir sus ocurrencias. Si además tiene capacidad de decisión sucede lo que sucede.

[1] Filósofo y escritor francés.

[2] Poeta y dramaturgo alemán

[3] Dramaturgo, novelista, poeta y naturalista alemán, contribuyente fundamental del Romanticismo

[4] Filósofo, parlamentario, político y diplomático español, funcionario de la monarquía española bajo el régimen liberal.

[5] Historiador, biógrafo y filósofo moralista griego.

[6] https://twitter.com/smediconavarra/status/1572257161861799938?s=46&t=RWhjHPC1e8MmQELVmMgVFw

[7] Poeta Latino

[8] Historiador, político y teórico italiano.

[9] Dramaturgo, novelista, poeta y naturalista alemán, contribuyente fundamental del Romanticismo

LOS CUIDADOS, TESORO O BOTÍN Abandono de lo propio y amigos de lo ajeno

“El robo está siempre asociado a la idea del poder.”

Fernando Sabater[1]

 

 

LOS CUIDADOS, TESORO O BOTÍN

Abandono de lo propio y amigos de lo ajeno

 

Parece como si siempre estuviésemos insatisfechos con lo que tenemos, lo que nos lleva a desear fervientemente aquello que otros tienen. Pero no porque de lo que disponemos sea negativo o poco valioso, sino simplemente que, por el hecho de tenerlo, disfrutarlo e incluso ser seña de identidad de quien lo tiene hace que se pierda el interés e incluso se abandone y renuncie su posesión con tal de buscar fervientemente la manera de alcanzar lo que otros tienen, sin saber si quiera si eso que anhelamos realmente nos puede hacer felices o vamos a saber manejarlo para que nos aporte beneficios. Tan solo nos ciega el conseguirlo. Lo de menos es el porqué, para qué, cómo… con tal de lograrlo. Y ya se sabe que nido abandonado, nido perdido.

También se da, en este mismo sentido, el deseo por lo ajeno, pero sin que se renuncie a lo que ya se posee, pretendiendo acaparar todo aquello que se entiende puede darle, a quien lo busca, reclama o usurpa, como mayor notoriedad o poder, al tiempo que resta valor a quien se le quita. Al igual que decía anteriormente lo de menos es saber qué hacer con lo logrado, lo importante es poseerlo y debilitar a quien lo poseía.

Finalmente se trata de quitar a alguien algo que forma parte de ella, es decir, robar.

Siguiendo el hilo con el que he iniciado mi reflexión y siendo consciente de que la misma puede ser sensible y causar debate, considero que no debo rehuir el mismo pues hacerlo significaría en sí mismo una clara postura de indiferencia o de conformidad con lo que está sucediendo.

En el caso del abandono, cuando no renuncia, a lo que se posee por el deseo, no siempre razonable ni razonado, de acceder a aquello que se considera mejor o más valioso, nos encontramos lamentablemente y en una proporción que es ciertamente preocupante, con el caso de las enfermeras que no tan solo no valoran la identidad que les proporciona los cuidados profesionales por considerarlos menores o secundarios, sino que deciden renunciar a ellos para, por una parte caer en los brazos de la técnica que les fascina y les mantiene en posiciones de refugio y confort de las que se resisten a escapar. Pero además existen quienes no conformes con esa idolatría tecnológica se empeñan en reclamar ciertas competencias que, ligadas a la técnica, lo son de otras disciplinas lo que provoca de inmediato una reacción defensiva en quienes se sienten amenazados con el intento de apropiación que, además, entienden como indebida e incluso delictiva.

En ese intento al que, por otra parte, dan pábulo en muchas ocasiones, representantes profesionales enfermeros estableciendo una cruzada para lograr el ansiado pendón de conquista, se abandona claramente aquello que les es propio y da identidad a la profesión a la que pertenecen, es decir los cuidados, que quedan claramente desprotegidos y carentes de amparo profesional. Lo que, sin embargo, no significa en ningún caso que ya no sean necesarios o que haya desaparecido la demanda que de los mismos hacen las personas, las familias y la comunidad.

Ese abandono voluntario, totalmente incomprensible y temerario, no pasa desapercibido por quienes tienen interés en colonizarlos asumiendo su competencia y responsabilidad desde posiciones, en apariencia al menos, de menor entidad profesional, disciplinar y científica, pero con un claro interés por ellos sin que exista una reacción defensiva acorde a la pérdida que supone, al estar entretenidas en batallas de supuestamente mayor entidad o importancia. De tal manera que finalmente unas medran y las otras merman. Todo ello, además, con impertérrita pasividad e indolencia de quienes dicen representar a las enfermeras o precisamente por considerar que la defensa pasa por la inacción que conduzca a la pérdida de lo propio en la desigual y no siempre comprensible guerra por lo ajeno.

Con este planteamiento, desde luego, no estoy queriendo trasladar que las enfermeras no sean competentes para asumir otras competencias y responsabilidades a las que le son propias. Lo que considero que no tiene sentido alguno es hacerlo desde la renuncia de lo propio por pensar que lo ajeno es mejor y de mayor valor. Las competencias no se ganan con batallas, aunque estas sean incruentas, sino con razonamiento y evidencias científicas además de respeto y consenso en el logro de las mismas cuando estas son compartidas o están siendo abandonadas por otros como hacemos nosotras con los cuidados.

Alguien, por tanto, puede interpretar que nuestras reivindicaciones por la denominada prescripción enfermera, por ejemplo, no tendrían sentido según mi planteamiento. Pero nada más alejado de la realidad. Las enfermeras venimos “prescribiendo”, o indicando, como han impuesto los médicos, de manera alegal desde hace muchísimo tiempo fármacos y productos sanitarios relacionados con nuestras competencias profesionales autónomas, con el beneplácito, por otra parte, de quienes ahora se rasgan las vestiduras y nos llevan ante los tribunales. Por tanto, lo que se reclama es la legalización y normalización de una situación que no beneficia a ninguna de las partes desde la alegalidad y que repercute negativamente en quienes son receptores de la atención recibida, por parte de unos y otros.

Por su parte, en el caso del deseo por lo ajeno, quien o quienes lo ejercen no necesariamente suele requerir el abandono de lo deseado por parte de quien es du dueño o cuanto menos lo posee. Simplemente deciden hacerlo suyo y para ello utilizan cualquier estrategia o estratagema para conseguirlo sin importarles lo más mínimo si para aquello que pretenden hacer suyo son competentes, si les corresponde y quieren realmente hacerlo, si les es posible asumirlo y ni tan siquiera si es ético.

La última que, por supuesto no única muestra de lo que digo, es la anunciada fundación por parte del Colegio de Médicos de Madrid de un comité científico para instaurar la cultura del cuidado, establecer un Código de Cuidados y detectar las necesidades de la población vulnerable[2]. ¿Alguien puede tan siquiera imaginar la respuesta que tendría que alguna organización enfermera anunciara la fundación de una comisión o comité para establecer un Código Farmacológico o de Cirugía?

Este anuncio además de ser una clara y descarada provocación supone un abordaje manifiestamente beligerante contra la identidad enfermera al pretender, no ya cuidar que podría ser algo que siempre han podido hacer y a lo que han renunciado sistemáticamente, sino por la maniquea y mezquina pretensión anunciada de crear un conjunto de normas y reglas sobre los cuidados, que es lo que significa hacer un Código de Cuidados según la Real Academia de la Lengua Española (RAE).

Es decir, los mismos que siempre identificaron los cuidados, que es lo que hacen las enfermeras, como algo absolutamente secundario, irrelevante, subsidiario, ligado a las cualidades femeninas como la dulzura, la abnegación, la docilidad, la obediencia, la resignación, la sumisión y que tan bien dejaron por escrito en sus múltiples textos para la formación de las enfermeras durante siglos, ahora quieren regular los cuidados[3], [4], [5], [6], [7], [8], [9], ahora quieren hacerlo suyo estableciendo, desde la prepotencia y el autoritarismo del poder que han logrado imponer a lo largo de su desarrollo profesional con su absolutismo ilustrado de todo para el paciente pero sin el paciente. Algo que choca frontalmente con lo que son y significan los cuidados profesionales enfermeros.

Pero ni el abandono de competencias, por una parte, ni la colonización de espacios o la apropiación de competencias por otra, obedecen tan solo a lo ya comentado. Es decir, la dejación de unas y el oportunismo o el descaro de otras/os.

Porque, como suelo decir, nada es casual y todo es causal. Así pues, a la falta de valoración propia sobre aquello que se hace, o debiera hacerse, hay que añadir la ausencia absoluta de reconocimiento por parte de las instituciones del valor de los cuidados profesionales enfermeros, lo que justifica que estén relegados y no se plantee en ningún caso su institucionalización como si se hace con la curación ejercida por los médicos. De esta manera se genera una diferencia de trato, oportunidades, reconocimiento y valoración de las enfermeras y su aportación singular por parte de las instituciones y sus responsables por el exclusivo hecho de ser enfermeras. No es que ellas no quieran o no puedan es que, permanentemente, se les impide crecer, avanzar, visibilizarse y aportar su competencia y conocimientos en tantos ámbitos y puestos de responsabilidad que siguen ocupados en exclusiva por quienes se consideran únicos dueños de la sanidad, aunque permanentemente trafiquen con la salud con absoluta impunidad. Por su parte se sigue consintiendo la vigencia de leyes y normas que benefician a unos y perjudican a otras generando una absoluta falta de equidad que se mantiene sin rubor y lo que es peor aún sin rigor alguno, siendo la presión y el poder de los ocupas institucionales lo que perpetua tal situación de desigualdad.

Esta circunstancia que, por mucho que sea una constante no puede ni debe naturalizarse hasta el extremo de considerarla normal, lleva a que, por una parte las enfermeras cada vez se identifiquen menos con lo que, paradójicamente, es su seña de identidad, los cuidados y, sin embargo, queden fascinadas con las técnicas y la tecnología al margen de los cuidados, siendo esta una de las causas de la evidente deshumanización que ahora se quiere recuperar desde posicionamientos absolutamente alejados del cuidado. Siendo la forma que identifican como posible solución a ser mejor valoradas y, por tanto, a acceder a un desarrollo que, sin embargo, no tan solo no será posible, sino que les generará, de mantenerlo, una creciente dependencia y subsidiariedad a la técnica y a quien la controla y domina.

Esto lleva a que se generen cada vez mayores espacios de abandono de cuidados que son aprovechados por quienes, siendo profesionales de la enfermería, identifican a las enfermeras como enemigas de su desarrollo por lo que reclaman competencias de cuidados que identifican como propios, pero sin que tengan realmente una capacitación profesional que les haga competentes más allá de la realización de la actividad relacionada con dichas competencias, pero no su responsabilidad que corresponde a las enfermeras por mucho que la abandonen.

Esta es, por tanto, una muestra más de la desidia de las administraciones y de quienes ocupando puestos de responsabilidad y gestión, lo único que logran es generar espacios de conflicto con sus decisiones o sus no decisiones, que tan grave es lo uno como lo otro. La ausencia de una adecuada regulación y ordenación profesional, contribuye a la permanente confrontación entre las profesionales que formando parte de la Enfermería se sitúan en planos diferentes de la misma como si fuese posible identificar diferentes “Enfermerías”.

La fascinación tecnológica que padecen las enfermeras, por otra parte, les sitúa en un paradigma ajeno a la hora de dar respuestas a las necesidades de las personas, abandonando con ello el paradigma desde el que los cuidados adquieren sentido y ciencia, lo que provoca respuestas en base a premisas falsas.

En todo este proceso, viene sucediendo que los cuidados son identificados cada vez con mayor intensidad como un valor importante por parte de la sociedad, al contrario de lo que sucede con quienes deberían ser sus mayores valedoras, las enfermeras. Por una parte, porque la propia evolución de la sociedad y los cambios a los que está sometida, epidemiológicos, demográficos, económicos, culturales…, demandan cada vez más cuidados profesionales. La pandemia, por su parte, entre otras muchas cosas y efectos ha dejado un clarísimo contexto de cuidados que parece que tan solo las/os políticas/os y las/os gestoras/es son incapaces de ver o, lo que es peor, se niegan a ver.

Ante esta situación en que los cuidados adquieren una dimensión de reconocimiento y demanda cada vez mayor, sin que lamentablemente las enfermeras sean capaces de liderarla y quienes pueden y deben favorecerlo se sitúan en la inacción mas absoluta, surgen amigos de lo ajeno que identifican la oportunidad de hacer suyo aquello que nunca quisieron pero que ahora anhelan y para lo que están dispuestos a regular lo que, quien tendría que hacerlo no lo hace.

El oportunista y mentiroso anuncio de una estrategia de cuidados hecha por la Ministra de Sanidad, Carolina Darias, de haber sido sido cumplido, posiblemente, no hubiese dejado espacio para el abordaje que se ha emprendido desde el Colegio de Médicos de Madrid y que, hasta la fecha parece no ha tenido respuesta por parte de ninguna organización de las que al menos en teoría representan a las enfermeras, lo que también contribuye a que no sea identificado con la gravedad que realmente tiene.

Este desolador panorama de luchas, asaltos, robos y dejaciones sin duda contribuye a un descrédito en la valoración, reconocimiento y visibilidad de lo que es el verdadero tesoro de las enfermeras, es decir, los cuidados, que tristemente abandonan para cambiarlo por los brillos engañosos de la tecnología y los cantos de sirena de unos supuestos beneficios que tan solo les conducirán a encallar en el mejor de los casos o naufragar irremediablemente en el peor y más probable de ellos. Cuestión que es aprovechada por los piratas de la sanidad para hacerse con el botín que tras tanto tiempo a la vista han descubierto ahora como valioso para sus intereses. Sin que ello quiera decir que con el mismo vayan a favorecer a las personas, las familias y la comunidad. Tan solo lo utilizarán como complemento de su narcisismo profesional y como trofeo de sus abordajes en el mar de la confusión generada por unas/os y otras/os y con el beneplácito o la connivencia de las/os guardianas/es de la paz y el orden en el mismo.

Recuperemos lo que es nuestro y defendámoslo desde el rigor y la ciencia enfermera sino queremos caer nuevamente en la despersonalización y falta de identidad que provocará la pérdida de los cuidados como consecuencia de nuestro abandono y nuestra confusión.

No es buena cosa dejar camino real por vereda, pues a buen seguro no nos llevará donde deseamos y lo haremos en peores condiciones, si es que no nos perdemos.

[1] Filósofo, profesor de Filosofía y escritor español.

[2] https://www.diariomedico.com/medicina/profesion/el-icomem-insta-establecer-un-codigo-cuidados.html

[3] “…y con estas consideraciones debe ir a una práctica intensiva. Repetir muchas veces las cosas para que, si las hace bien, salgan mejor. Procurar adquirir agilidad en el trabajo, educar sus manos a la dulzura, en una palabra dedicar todos sus afanes a la máxima perfección” (Manual de la enfermera, 1940)

[4] “La enfermera tiene por misión el atender a los enfermos, y todos los cuidados que haya que prestarles, sean de la clase que sean. Médicos, higiénicos, personales, corresponden a la misma: debe ser el único intermediario entre el médico y el enfermo, la única persona que entre en contacto con éste” (Manual de la enfermera, 1952)

[5] “Los médicos tendrán auxiliares instruidos, que cumplan sus indicaciones.”  (1907)

[6]El médico es el sabio, es el que entiende más que todos, es el que manda….”  (1919)

[7] “Para con sus superiores, la enfermera, ha de ser sumisa y obediente. No ha de discutir las órdenes que reciba. Si alguna cosa cree que no puede cumplir o tiene escrúpulos de que pueda estar mal indicada, por observaciones que puede recibir del estado del enfermo después de dictada, tiene que hacerlo saber al médico directamente, sin intermediarios, y sobre todo con modestia, para que pueda ser rectificada después”  (1940)

[8] “Por lo que respecta al ATS es claro que el médico es el superior y al que ha de obedecer por motivos naturales y sobrenaturales”  (1975)

[9]Por ello hemos de procurar que los conocimientos teóricos se reduzcan a los límites precisos de nociones e incluso de definiciones tan solo… Creemos que debemos conseguir ayudantes técnicos sanitarios poco sabios, pero en cambio, hábiles y precisos en el ejercicio de la profesión y siempre con la conciencia de la función que deben llevar en relación con el médico, el enfermo y la sociedad”  (J. Alvarez Sierra y Manchón: Historia de la profesión, 1955) 

RUTINA Y DOCENDIA DE ENFERMERÍA Cuando el hábito no hace a la enfermera

La rutina es el hábito de renunciar a pensar.

“El hombre mediocre» (1913) José Ingenieros[1]

 

Con el mes de septiembre se inicia la lenta pero necesaria e implacable salida del letargo estival y con ella la incorporación, no siempre progresiva y pausada, a la actividad en cualquier ámbito de trabajo, que conduce en muchas más ocasiones de lo deseado a la rutina, entendida esta como la costumbre o hábito adquirido de hacer algo de un modo determinado sin requerir para ello reflexión o decisión o también como la habilidad producto exclusivamente de la costumbre.

Puede que en algunos contextos dicha rutina sea considerada como favorable o entendida como normal e incluso deseada. Yo, particularmente, considero que, en sí misma la rutina, no es buena nunca, aunque todas/os en mayor o menor medida, la incorporamos en nuestras vidas como parte de nuestra actividad diaria.

Pero desde el momento en que dicha rutina supone la anulación de reflexión y por tanto de análisis previo sobre aquello que se hace, la misma cuanto menos debería ser cuestionada e incluso rechazada de plano en determinados ámbitos en los que dicha irreflexión supone un claro y manifiesto elemento de ineficacia, ineficiencia e incluso me atrevería a decir que de irresponsabilidad y falta de ética.

Son muchos los ejemplos sobre los que podríamos hablar al respecto, pero me quiero centrar en uno que específicamente me preocupa y ocupa como es el de la docencia en general y el de la docencia de enfermería en particular.

Posiblemente no seamos conscientes o no con la suficiente intensidad de la responsabilidad que adquirimos y tenemos cuando ejercemos de docentes. Y aquí quisiera establecer mi primera reflexión. Digo cuando ejercemos de docentes porque nadie estudia ni en muchas ocasiones lamentablemente se prepara para ser docente. Se es arquitecto, ingeniero, maestro o enfermera y es desde su disciplina desde la que puede incorporarse a ser docente de dicha disciplina. Sin embargo, es muy habitual, al menos entre las enfermeras, que las que se dedican a la docencia al ser preguntadas por su profesión respondan que son profesoras universitarias. No son profesoras universitarias, sino que trabajan como tales. Ser, son enfermeras, pero parece como si ser profesora universitaria diese más prestigio o pedigrí o estuviese mejor visto que el ser enfermera, lo que en sí mismo ya es un grave problema y supone, a mi parecer, un importante elemento de distorsión e incluso de rutina en su actividad. Porque si a lo que se dedica es a la docencia de enfermería, pero renuncia, o cuanto menos oculta, su condición de enfermera, la docencia que pueda impartir queda cuanto menos cuestionada u ofrece serias dudas sobre su aportación desde el conocimiento enfermero y lo que es tan importante o más si cabe, como es el sentimiento de pertenencia y orgullo de ser y sentirse enfermera, es decir de identidad.

Así pues, nos encontramos con esa primera inercia a la falta de reflexión sobre lo que es y significa ser enfermera y dedicarse a la docencia de futuras enfermeras. Algo que sin duda implica un problema a la hora de compartir, trasladar, enseñar… el conocimiento, aislado de sentimiento enfermero, lo que hace que el mismo se convierta en un conjunto de conceptos teóricos totalmente asépticos y alejados de lo que suponen y significan como parte integral de los cuidados profesionales, más allá de la adquisición de competencias que parece ser lo único que verdaderamente importa, pues es lo que forma parte estructural de la guía docente de las asignaturas. Y en base a ello se secuencia la docencia de manera rutinaria y lo que es también preocupante, de manera fraccionada. Porque las asignaturas se convierten en el ámbito de poder de las profesoras y de los Departamentos de los que forman parte. Se defiende con uñas y dientes y con navaja si es preciso el crédito como unidad de medida del poder que otorga, estableciendo una frontera entre departamentos, áreas de conocimiento, asignaturas, profesorado… que delimita, acota, aísla… el conocimiento integral, integrado e integrador y con ello una de las principales señas de identidad enfermera como es el cuidado integral u holístico del que sin embrago se nos sigue llenando la boca, aunque lamentablemente no sirva para hacerlo realidad.

Esto es de médico-quirúrgica, esto es de comunitaria, esto de salud mental… suelen ser demandas que encierran un sentimiento de intrusismo intelectual y del conocimiento que es absolutamente anacrónico y rechazable, pero que se mantiene, e incluso se refuerza, más allá de la necesaria e imprescindible reflexión, lo que supone otro elemento de rutina en la docencia enfermera.

Los prácticum que vinieron a incorporarse con los cambios propiciados por el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) como asignaturas independientes con competencias propias y destinadas a lograr una mayor permeabilidad entre el ámbito docente y el asistencial, se han convertido lamentablemente en cajones de sastre y en reinos de taifas de las titulaciones, asumiendo idéntico valor de poder y con ello de lucha por su control que el resto de las asignaturas, sin que además hayan logrado reducir la famosa brecha entre universidad y sistema sanitario y suponiendo, en muchos casos, la mimetización o continuidad de las, en teoría, extintas prácticas clínicas en cuanto a la capacidad de aprendizaje que en los mismos debería existir, pero que se limitan a la asistencia temporal en un centro, unidad o servicio de las/os estudiantes sin que realmente exista un compromiso compartido entre enfermeras docentes y clínicas en el proceso de enseñanza-aprendizaje, lanzándose reproches mutuos por entender que la culpa siempre es del/la otro/a. A la ausencia generalizada de una planificación de la docencia en y durante los prácticum se une una apatía manifiesta de las/os responsables de los sistemas sanitarios que entienden que bastante hacen dejando que las/os estudiantes acudan a sus organizaciones, pero evitando implicaciones mayores que favorezcan e incentiven a las enfermeras en la tutorización o que promuevan acciones compartidas entre universidad y sistema sanitario que mejoren el proceso, lo que provoca un rechazo cada vez mayor a la asunción de responsabilidades de tutorización que identifican exclusivamente como una carga y no como un elemento de motivación y desarrollo profesional. Lo que también supone, en muchas ocasiones, una rutinización de la actividad tutorial alejada de la necesaria interacción y complicidad en el aprendizaje entre docente y estudiante.

Pero además hay que añadir la cada vez mayor resistencia de las enfermeras a integrarse en la universidad como profesoras. Por una parte, como asociadas sin que suponga la renuncia a su puesto asistencial pero que identifican como una carga de tareas o actividades que no quiere el profesorado a tiempo completo y con una clara resistencia de las organizaciones sanitarias para facilitar la compatibilidad de ambas actividades. Pero la resistencia aún es mucho mayor si hablamos de la incorporación a tiempo completo en la universidad al identificar el contexto como hostil, mal retribuido, de difícil desarrollo académico… lo que supone una progresiva y preocupante desertización enfermera que es aprovechada por profesionales de otras disciplinas para incorporarse en los espacios que no ocupan las enfermeras y que sin embargo corresponden a docencia específica y exclusivamente enfermera, con lo que ello supone para la formación de las futuras enfermeras.

Por otra parte hay que destacar lo que representa una rutina implacable en el ámbito de la docencia de enfermería como es el alejamiento cuando no el abandono de la práctica asistencial por parte de las enfermeras que se incorporan como docentes a tiempo completo en la universidad con lo que ello significa de alejamiento con la realidad asistencial y de pobreza en el proceso de enseñanza-aprendizaje que acaba por convertirse en una permanente comparación entre lo que se dice en el aula y lo que se ve o hace en el servicio, centro o unidad de cualquier organización sanitaria. Esta realidad que se acepta e incorpora igualmente como rutina de la docencia enfermera viene determinada por las barreras que desde uno y otro ámbito, sanitario y universitario, se ponen para impedir que existan posibilidades, que debieran ser obligatorias y permanentes, de incorporación de las enfermeras docentes en el ámbito asistencial en el tiempo y forma que se determinen, pero que actualmente son totalmente imposibles por las trabas administrativas existentes, sin que exista voluntad real de revertir tan triste como incomprensible realidad. Realidad que podría paliarse en parte con la creación de las denominadas plazas vinculadas que permiten una actividad docente-asistencial compartida y claramente definida y sin que suponga, como sucede con las plazas de asociados, un contrato secundario al de enfermera asistencial. Pero esta figura, que para otras disciplinas es habitual, para las enfermeras existe mucha resistencia a crearlas en la mayoría de servicios de salud, dado que ninguna de las partes asume de buen grado compartir profesional y gasto. Finalmente conlleva que se perviertan las plazas de asociados, por parte de la universidad porque son utilizadas para cubrir las carencias de profesorado a tiempo completo a un coste mucho menor y por parte de sanidad porque no debe renunciar a tiempo alguno de actividad asistencial y se aprovecha del prestigio que, al menos teóricamente, supone ser centro docente universitario a coste cero.

Pero volviendo a las aulas, no podemos dejar de reflexionar sobre los planes de estudio, los conocimientos que se imparten y cómo se imparten.

No soy quien, para criticar los planes de estudio de ninguna Facultad de Enfermería, ni es mi intención hacerlo, pero sí considero importante reflexionar sobre lo que supone el actual panorama docente enfermero y que conlleva el que en muchos más casos de los deseables y deseados dichos contenidos no logren lo que debería ser objetivo fundamental de cualquier Facultad como es el de formar a las mejores enfermeras como enfermeras y no tan solo como recursos humanos para las organizaciones sanitarias, como si más allá de estas no hubiese vida, lo que acaba siendo identificado por el estudiantado como una realidad que es falsa dado que son muchos los escenarios en los que una enfermera puede prestar cuidados, aunque ya desde su formación no son identificados al no ofrecérseles posibilidades reales de desarrollar los prácticum, por ejemplo, o de abordar simulaciones en escenarios que vayan más allá de una sala de hospital, una UCI o una consulta enfermera.

Posiblemente aquí esté el problema. ¿Qué se entiende por formar a las mejores enfermeras? Es decir, ¿las mejores enfermeras son aquellas que demandan los servicios de salud para responder a su modelo asistencialista, medicalizado, tecnológico, fragmentado, patriarcal y centrado en la enfermedad? Lo que supone que se adapte la enseñanza a ese modelo o, por el contrario, la docencia debe formar a las enfermeras que respondan desde el paradigma paradigma enfermero, centrándose en los cuidados profesionales, en el autocuidado, en la humanización… sin que ello signifique renunciar ni minusvalorar las técnicas y la tecnología, pero sabiendo qué lugar deben ocupar en el proceso de enseñanza-aprendizaje y cómo deben articularse con la acción cuidadora enfermera. Y algo trascendental como es que las futuras enfermeras se sientan orgullosas de serlo y capaces y competentes para liderar los cuidados en cualquiera de los ámbitos en los que se incorpore. No hacerlo supone que las Facultades se asemejen más a cadenas de montaje y abastecimiento de recursos para los servicios sanitarios que los demandan, que a centros docentes de excelencia en los que se forma a enfermeras para la comunidad, capaces de prestar cuidados de calidad y saber liderarlos sin caer en el conformismo, la desmotivación, el continuismo y la apatía que el sistema imprime y que impide que los cuidados abandonen la subsidiariedad y la invisibilidad que les otorgan las instituciones en favor de los procesos médicos y medicalizados, haciendo de la rutina su principal modo de actuar que, por otra parte, no les resulta extraña ya que han participado de la misma durante su formación, con lo que estamos ante un problema recurrente que debemos afrontar para vencer y en una peligrosa espiral de la que es necesario salir y que, desde mi punto de vista, resulta imprescindible que se inicie en la universidad.

Pretender que la humanización forme parte indiscutible e inseparable de la actividad enfermera sin que dicha humanización esté presente en la universidad es tanto como creer que la misma puede adquirirse por ciencia infusa, iluminación divina o que forme parte de la manoseada vocación sin que se requiera nada más para alcanzarla. Confundir humanización con simpatía o paternalismo es otro error que suele cometerse y que lejos de contribuir a comprender lo que es y significa la humanización, la pervierte y convierte, en el mejor de los casos, en un proceso de tutela escolar que anula la autonomía, favorece la dependencia, reduciendo o eliminando la autoestima y la empatía.

La participación, el liderazgo, la iniciativa, la implicación, el pensamiento crítico, la creatividad… no pueden ni deben quedar limitados en el estudiantado a que surjan espontáneamente. Se debe trabajar para incentivarlos y que se conviertan, tal como se planteaba en el EEES, en protagonistas activos de su propio proceso de enseñanza-aprendizaje, dejando a las/os docentes como coordinadoras/es y facilitadores del mismo. Pero es evidente que eso supone no tan solo un cambio radical de roles que lamentablemente no se ha dado de manera generalizada, sino una forma diferente de ver, entender y trasladar lo que significa ser y sentirse enfermera desde el conocimiento enfermero. Y que nadie confunda lo que estoy planteando con un posicionamiento de reivindicación laboral, en absoluto. Siendo importante no corresponde a la universidad este cometido en el que, sin embargo, se implica permitiendo que los sindicatos hagan proselitismo de sus “empresas” para captar afiliados como si ello fuese parte imprescindible de su formación. Paradójicamente las sociedades científicas suelen ser relegadas, sin que siquiera se haga mención a las mismas, cuando son organizaciones fundamentales del ámbito científico-profesional en la madurez de cualquier disciplina/profesión.

La evaluación es otra de las rutinas que se incorporan en la docencia enfermera y que suponen que la formación se convierta en un proceso de “tragar y vomitar” conocimientos a través de pruebas tipo test que encasillan los mismos y los convierten en una valoración cuantitativa de probabilidades en base a una escala numérica con la que resulta muy difícil, por no decir imposible, conocer cuál es el grado de adquisición de competencias enfermeras, convirtiéndola en la principal preocupación del estudiantado en lugar de la necesidad y el gusto por aprender y en una extraña forma de entender la excelencia docente cuando el número de suspensos es muy superior al de aprobados, tildándose de asignaturas “María” aquellas que no participan de esta competición de fracaso docente.

Los Trabajos Fin de Grado (TFG), otra de las novedades que incorporaba el EEES como elemento de introducción e incentivación de la investigación, se han convertido en sus mayores enemigos al ser identificados por el estudiantado como algo temible y que deben asumir con resignación, pero no con ilusión, cuando en muchos casos no ha existido una formación de base sobre investigación o esta ha sido muy pobre, lo que supone que aborrezcan y renuncien a la investigación incluso antes de ser enfermeras. Y que las docentes lo asuman como obligación, pero no con el compromiso de incorporar en el estudiantado la curiosidad y la motivación por la investigación. Es decir, para este viaje no hacían falta esas alforjas. Esto, sin duda, tiene posterior reflejo en aquello que se investiga y que es de dudosa utilidad y en la ausencia de transferencia de las evidencias a la práctica enfermera, lo que cuestiona claramente la investigación enfermera.

Finalmente, cuando acaban, muchas/os de ellas/os, deciden irse al extranjero dadas las penosas condiciones laborales en las que tienen que trabajar, no tan solo por los bajos salarios sino por la dificultad que supone conciliar la vida familiar y personal y el escaso o nulo reconocimiento de las organizaciones a los cuidados. Esta circunstancia conduce a una manifiesta falta de enfermeras que agrava la evidente escasez de cuidados profesionales que se necesitan y no se prestan, lo que es aprovechado para plantear alternativas más económicas y rentables tanto desde el punto de vista formativo como del de contratación posterior, aunque ello signifique una menor calidad de los cuidados prestados, que siguen siendo algo que se entiende secundario y prescindible.

Por otra parte, a competitividad mal entendida entre Facultades y Universidades por alcanzar puestos de relevancia en cualquier ranquin de los existentes lleva a que se produzcan posicionamientos de aislamiento e individualismo tendentes a preservar “los secretos” de sus éxitos, en lugar de generar espacios de análisis, reflexión y debate que propicien excelentes modelos de formación enfermera que no queden limitados a tasas de abandono, de aprobados, de matrícula… que nuevamente obedecen más a criterios mercantilistas que de excelencia académica.

En fin, son tan solo algunos de los factores que como enfermera y docente identifico en el actual panorama universitario de enfermería. No son los únicos ni posiblemente en muchos casos los más prevalente e importantes, pero son algunos de los que incorporan con mayor fuerza la rutina en la formación enfermera y con ella la pérdida de identidad y liderazgo enfermeros.

Son muchas las excelentes enfermeras docentes que permitieron que enfermería se incorporase y consolidase en la Universidad y también muchas las que existen y mantienen altos niveles de excelencia. Pero esto no nos puede cegar e impedir identificar que la rutina se ha incorporado como un mal latente y permanente en la formación enfermera. Los problemas externos, como sucede en otros muchos ámbitos de la actividad enfermera, son muchos y potentes. Pero esperar a que reviertan espontáneamente o que sean resueltos por otras/os sin nuestra implicación es tanto como contribuir a la decadencia de la docencia enfermera y, sinceramente, creo que esto es algo que por compromiso con quienes nos precedieron, deber con quienes nos sustituyan y obligación con quienes confían en nosotras/os su formación, debemos asumir como responsabilidad ineludible y si para ello hace falta cambiar hagámoslo desde el rigor que como miembros de una disciplina científica que somos, tenemos. Y algo que no se nos puede nunca olvidar, la obligación ética y moral de responder a las necesidades de las personas, las familias y la comunidad con cuidados de calidad y calidez.

Y es que como dice Rosa Montero[1] “tal vez la rutina nos ciegue y solo veamos lo que creemos ver”, cuando realmente hay mucho más. Porque la rutina y el hábito no hacen a la enfermera.

[1] Periodista y escritora española (1951)

¿EL PRINCIPIO DEL FIN O POR FIN EL PRINCIPIO?

“Llegará un momento en que creas que todo ha terminado. Ese será el principio.”

Epicuro[1]

 

Mucho se ha venido hablando estas últimas semanas de verano y vacaciones, para quienes han tenido la ocasión de disfrutarlas, sobre las enfermeras y su papel, competencias, funciones, rol… que de todo ha habido, en el ámbito de la Atención Primaria fundamentalmente.

Se ha hablado, propuesto y determinando, por parte de quienes además no han sido, precisamente, defensores de las enfermeras y su aportación a la salud de las personas, las familias y la comunidad. Porque lamentablemente lo han hecho desde el oportunismo, la precipitación, la urgencia y, sobre todo, la ocurrencia en sustitución de la evidencia como elementos imprescindibles de su estrategia como ahora expondré.

Plantear como se hizo la sustitución de médicos por enfermeras ante la supuesta y cacareada falta de médicos en Atención Primaria es un acto de absoluta incoherencia, mediocre gestión, ausente planificación, total desconocimiento o de una mezquindad absoluta para generar un enfrentamiento que distrajera la mirada, precisamente, de quienes actúan con tanto desprecio hacia las/os profesionales y hacia la población a la que, supuestamente, pretenden proteger con tales medidas[2].

La verdad es que lo fácil, lo inmediato, es pensar que se trata realmente de una torpeza sin precedentes. Pero esto no encaja en la magnitud de la medida propuesta y en la posibilidad y creencia de que no exista nadie en la consejería de salud de Madrid con capacidad de decisión que tenga un mínimo de inteligencia para impedir que se proponga algo tan descabellado como inapropiado. Por lo tanto, y posiblemente sea lo que más miedo da, considero que lo sucedido obedece justamente a un acto pensado, planificado y ejecutado con estivalidad y alevosía con el objetivo de hacer daño.

Pero ¿daño a quién? Cabe preguntarse. Pues en primer lugar al sistema público de atención haciendo creer a la población que el mismo es ineficaz e ineficiente y con ello reforzar la creencia de una sanidad privada salvadora y supuestamente altruista que está dispuesta a ofrecer sus servicios para beneficiar a la ciudadanía.

¿Y cómo hacerlo sin que se identifique como una demolición del sistema público y una clara apuesta por el privado? Pues utilizando a las/os profesionales como chivo expiatorio y arma arrojadiza.

La secuencia, pues, es la siguiente.

En primer lugar, se hace creer a la ciudadanía que existe una carencia de médicos para atender a los centros de salud. Carencia no por falta real de médicos en cuanto a número, sino como consecuencia de las condiciones tanto laborales como profesionales que hacen que los médicos rechacen de manera cada vez mayor incorporarse en los Centros de Salud. De esta manera se da a entender que, a pesar de los esfuerzos realizados por las/os gestoras/es sanitarias/os, como brazo armado de las/os ideólogas/os políticas que deciden la estrategia, son los médicos quienes tienen la culpa de esa carencia y de las consecuencias que la misma provoca en la atención a las personas, las familias y la comunidad.

Pero para reforzar su maléfico plan, incorporan una nueva y demoledora acción que afecta a las enfermeras sin que, claro está, las enfermeras participasen de la misma ni en su planteamiento ni mucho menos en su planificación y ejecución.

Se trata de trasladar la responsabilidad de atención, ante la falta de médicos, a las enfermeras.

Y esto merece un análisis que vaya más allá de la simple y torpe reacción inmediata que es lo que generó la misma una vez conocida. Porque, realmente, es una propuesta envenenada que ni el mismo Príncipe de Maquiavelo hubiese sido capaz de pertrechar con tanta malicia como éxito.

En primer lugar, al trasladar la responsabilidad de atención a las enfermeras, se consigue un doble objetivo. Por una parte, se pretende hacer creer la confianza que se deposita en las enfermeras para asumir dichas competencias. Confianza que no tan solo no es real, sino que se ha venido demostrando de manera sistemática que nunca se ha tenido en ellas.

Por otra parte, y no menos maquiavélica, se logra enfrentar a los médicos con las enfermeras al identificar los primeros que se están invadiendo sus competencias por parte de las segundas. De esta manera el foco de atención se desplaza de quién toma la decisión hacia quienes se les asignan competencias que ni habían solicitado asumir ni participaron en su planteamiento. Toda una estrategia de despiste y de desgaste de quienes en teoría debían resolver los problemas de atención que las/os responsables de gestionarlo ni querían ni sabían, posiblemente también, cómo llevar a cabo.

Pero aún hay más. El mensaje que se traslada a la población, lejos de ser tranquilizador y garantizar la cobertura de atención, lo que provoca es un rechazo hacia las enfermeras por no considerarlas competentes para asumir la posible demanda de atención con lo que su valoración y reconocimiento se resiente al tiempo que son identificadas como intrusas que quieren ejercer de médicos sin serlo. Por otra parte, y sin que este fuese un objetivo de la trama, la ciudadanía, lejos de ver a los médicos como unos desertores que no quieren trabajar en Atención Primaria, que es lo que se pretendía, pasan a ser identificados como víctimas del sistema y de la administración al quedar a ojos de la comunidad como los profesionales que se les ataca y se les usurpan competencias.

Y como colofón nos encontramos con ciertos sectores de la enfermería que identifican esa concesión competencial como un favor de la administración y a su vez como un ataque sin sentido por parte de los médicos al interpretar que no quieren dejarles crecer como profesionales y adoptando un victimismo absurdo. Todo lo cual contribuye al objetivo marcado por las/os ideólogas/os de quedar indemnes por su acción y que todo el peso de las críticas se focalice en médicos y enfermeras.

Hecho este análisis de la secuencia es necesario también dejar claros diferentes aspectos sin los que sin duda estaría contribuyendo al objetivo marcado por los estrategas de la confusión.

Lo primero de todo es que en ningún momento pretendo trasladar el que las enfermeras no puedan asumir competencias que, hasta la fecha, han sido identificadas como de exclusividad médica. Esto sería tanto como ir contra las evidencias científicas y la propia evolución de las profesiones tal y como se demuestra en múltiples ejemplos de países en los que esto no tan solo está asumido, sino que forma parte de la normalidad de atención a la población. Por lo tanto, el problema no es si las enfermeras son o no competentes, que lo son, sino de qué manera se regula, instaura y normaliza a través de un debate riguroso y científico entre las partes. El problema viene determinado por la falta de diálogo y por la torticera forma de gestionar las situaciones que, además, no son nuevas.

Así mismo, no puede ni debe trasladarse que la atención que se ofrece a la población es una sustitución, porque en sí misma esta definición ya conlleva implícitamente la condición de intrusismo e invasión competencial. No se trata, por tanto, de que las enfermeras puedan sustituir a los médicos en determinadas competencias para aliviarles de su carga o para paliar su falta de recursos. La asunción de competencias va ligada a conocimiento y responsabilidad y no a una cesión gratuita y puntual derivada de una carencia asistencial de la que ni son responsables ni tienen obligación alguna de asumir.

Mientras todo esto sucede, las/os mismas/os que provocan esta kafkiana situación, impiden que las especialistas de enfermería familiar y comunitaria, que se forman con dinero público, se incorporen a la Atención Primaria para asumir competencias que permitirían regular con eficacia y eficiencia muchas de las carencias y debilidades que actualmente tiene el sistema público como consecuencia de la gestión llevada a cabo y las constantes barreras y dificultades que se provocan para que se produzca un cambio tan necesario como deseable, pero que supondría un obstáculo a las intenciones privatizadoras, por lo que la mejor defensa es un buen ataque.

Las enfermeras por su parte no podemos admitir la manipulación como herramienta para la gestión de las organizaciones porque con ello contribuiremos a los objetivos de desestabilización del sistema público, al pobre desarrollo profesional que es artificialmente manejado por intereses políticos y a la debilitación de nuestra imagen social y el empobrecimiento del valor de los cuidados prestados. Ante todo lo cual no hay que olvidar, y es necesario destacar, están contribuyendo las enfermeras gestoras que contribuyen con su acción u omisión a que se lleven a cabo estrategias tan insensatas y dañinas, siendo cómplices necesarias y solícitas de su desarrollo.

A todo ello hay que añadir el torpe y también interesado abordaje que de la situación realizaron determinados medios de comunicación. Lejos de hacer un análisis riguroso de lo acontecido, contribuyeron a la desvalorización de las enfermeras al identificarlas como intrusas e incapaces de responder a las demandas de salud de la población, ridiculizando la situación en su patético abordaje. Mientras tanto, las críticas hacia la administración quedaron claramente diluidas y alejadas del verdadero objetivo de la decisión adoptada tal y como ya he planteado, al situarlas en un segundo plano.

Pero aún hay más. Los órganos de representación de las enfermeras tampoco estuvieron a la altura de las circunstancias al centrar sus críticas sobre aquello que interpretaron como un ataque a las enfermeras por parte de los médicos exclusivamente, dejando indemnes a quienes son las/os verdaderas/os y exclusivas/os responsables de tan lamentable como bien diseñada estrategia de descrédito del sistema público y de sus trabajadoras/es.

Por su parte los médicos cayeron en la trampa que les tendieron instrumentalizándoles para que centrasen sus críticas hacia las enfermeras, mientras eran señalados como culpables de las carencias del sistema por no querer ocupar plazas de Atención Primaria. Lo que por otra parte viene a visibilizar otro de los graves problemas que actualmente padece la Atención Primaria que ha sido tan castigada y desvirtuada, siendo cada vez menor el número de profesionales que quieren trabajar en ella, sobre todo los médicos que no se sienten ni atraídos ni realizados a pesar de haber contribuido de manera clara en la medicalización y asistencialismo del modelo imperante y que ven los cambios propuestos en la Estrategia de Atención Primaria y Comunitaria como una amenaza en lugar de como una oportunidad para su desarrollo profesional, centrado en la enfermedad, la curación y la tecnología, lo que justifica la gran cantidad de plazas de Médicos Internos Residentes (MIR) de Medicina Familiar y Comunitaria que quedan desiertas en las convocatorias anuales de especialidades médicas. Y, paradójicamente, a pesar de ello se resisten y alzan airadas voces contra cualquier posibilidad o intento de que las enfermeras asuman competencias que ellos no quieren realizar. Es decir, son como el perro del hortelano, ni comen ni dejan comer.

Toda esta maraña de acciones y omisiones premeditadas y estudiadas concienzudamente acaban por generar un contexto de crispación que enfrenta a todos contra todos menos contra quienes la provocan.

Mientras sigamos preocupadas/os por aspectos corporativos sin tener en cuenta las consecuencias que decisiones como las apuntadas tienen para el desarrollo profesional y la salud de las personas, las familias y la comunidad, resultará muy difícil que logremos identificar y trasladar nuestro verdadero rol profesional y generar una imagen de prestigio y respeto interprofesional y social. Caer en las provocaciones claramente intencionadas tan solo nos sitúa en el foco de todas las críticas y daña claramente nuestra imagen.

Identificar a médicos o enfermeras, en función de quienes lo hagan, como enemigos en lugar de actuar desde el respeto y de manera coordinada y transdisciplinar para dar respuestas eficaces y eficientes a las necesidades y demandas de la población y lograr que el sistema público de salud recupere la confianza y la calidad que en algún momento se identificaba como seña de identidad, es la mejor manera de apoyar, aunque sea involuntaria o inconscientemente, a cuestionar el sistema y a sus profesionales y con ello a perder la confianza de la ciudadanía y dar argumentos a quienes tienen como principal fin la privatización del sistema y la reversión del mismo a un modelo de beneficencia para pobres.

Y ante esto, que puede interpretarse e incluso denunciarse como un ataque muy particular en un territorio autonómico concreto, se adoptan u omiten decisiones por parte de quienes, al menos en teoría, defienden el sistema público, que contribuyen a alentar y reforzar medidas como las expuestas. Así nos encontramos con la incomprensible pero real inacción del Ministerio de Universidades a la hora de resolver un proceso como el de la prueba de acceso a la especialidad de enfermería familiar y comunitaria que se llevó a cabo en diciembre del pasado año, utilizando el silencio tramposo, mentiroso e indecente como toda respuesta a lo que es un derecho de las enfermeras, pero también de la población a la que se le está privando de tener una atención de calidad. O el no menos escandaloso silencio de la ministra de Sanidad a la promesa de creación de una Estrategia de Cuidados hecha pública por ella misma también en el mes de diciembre del pasado año, aprovechando el cierre de la campaña Nursing Now. Lo que ha demostrado ser un oportunismo sin voluntad política alguna de hacerlo realidad cuando nos encontramos en un contexto de cuidados que se ha hecho aún más patente tras la pandemia y que urge liderar, siendo las enfermeras quienes en mejores condiciones están para hacerlo.

Para concluir este análisis y reflexión tan solo me queda plantear si todo lo que está sucediendo no puede suponer el principio del fin no tan solo de la Atención Primaria sino también de la aportación cuidadora de las enfermeras o por el contrario puede ser el punto de inflexión que permita poner fin a tanto desmán para iniciar el principio de una nueva realidad.

Si continuamos esperando a que nos den las respuestas nos podemos encontrar casi con absoluta seguridad con el fin ya definitivo. Así pues, el principio depende, en gran medida, de la postura, determinación y decisión que como enfermeras adoptemos. De cómo afrontemos ese deseable y deseado principio, tan necesario como imprescindible, puede suponer el fin de lo que está ocurriendo.

Tal como dijera Julio Cortázar[3], “Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo”.

[1]   Filósofo griego, fundador de la escuela que lleva su nombre (epicureísmo) 341 a. C​ – 271/270 a. C

[2] chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://www.newtral.es/wp-content/uploads/2022/06/PROCEDIMIENTO-ACTUACION-ANTE-AUSENCIA-DE-MEDICO-300522.pdf?x24211  

[3] Escritor y traductor argentino (26 agosto 1914-12 agosto 1984)

THE MATRIX NURSING

“Todo depende de cómo vemos las cosas y no de cómo son en realidad”.

Carl Jung[1].

 

Las enfermeras españolas se han convertido en un bien muy preciado y solicitado por muchos países. Realidad que sin embargo contrasta con la situación de indiferencia o, cuanto menos, de desvalorización que en nuestro país se tiene de y hacia ellas, sobre todo, por parte de quienes tienen la capacidad de decisión para que dicha situación sea diferente y se evite su permanente éxodo poniendo en serias dificultadas al Sistema Nacional de Salud. No tanto por una cuestión económica, dadas las bajas remuneraciones que perciben, como por la necesaria aportación de cuidados que el SNS precisa y a la que no se responde en la medida necesaria por, paradójicamente, falta de enfermeras.

Pudiera parecer que se trata tan solo de un asunto de “recursos humanos”, es decir, de fuerza laboral en cuanto a cantidad de enfermeras a incorporar sin que importase necesariamente la calidad de sus cuidados. O bien que el reclutamiento de enfermeras “low cost”[2] por parte de terceros países fuese realmente lo que justificase dicha demanda de enfermeras y el consiguiente éxodo al que aludía.

Sin embargo, no es tan solo una cuestión de cantidad, sino también de calidad. No lo es, a pesar de la errónea y machacona referencia a las ratios. No se trata, por tanto, de contratar más enfermeras de manera lineal y en base a criterios que, o bien no obedecen a necesidades de prestación de cuidados reales, o bien se establecen en base a indicadores de comparación o acompañamiento a otros profesionales generando fórmulas tan ridículas como exentas de evidencias como las de establecer asignaciones de 1 enfermera por cada médico o de 1 enfermera por cada 2 médicos, como si de raciones culinarias al peso se tratase. Con estas fórmulas pueden llegar a maquillarse las ratios que nos sitúan a la cola de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)[3], entre otros organismos internacionales que están, por otra parte, fuera de toda sospecha. Pero difícilmente conseguirán mejores respuestas de salud que es lo que verdaderamente importa y debería preocupar tanto a las enfermeras como a quienes deciden su incorporación en el SNS, más allá de resultados aparentes en uno u otro sentido.

Pero, como comentaba, el valor reconocido más allá de nuestras fronteras no viene determinado tan solo por esa oportunidad de obtener enfermeras a coste cero en cuanto a lo que su formación se refiere, aunque sin duda no es una razón desdeñable tampoco el hecho de que nos hayamos convertido en “productores” de enfermeras para la exportación sin que dicha transacción reporte beneficio alguno a quien invierte dinero público para dicha formación, es decir el Estado con los impuestos de la ciudadanía. Algo que ni se ha explicado ni tiene explicación razonable alguna, a pesar de lo cual, más allá de lo que debiera considerarse mínimamente sensato y ético, se sigue propiciando, manteniendo y tolerando por parte de quienes tienen la responsabilidad de modificar estas anomalías que, junto a otras, están próximas o constituyen un claro fraude de ley[4], mientras los cuidados siguen siendo ignorados o, en el mejor de los casos, desvalorizados.

En el prestigioso ranking de Shangái, 7 Facultades de Enfermería de España se sitúan entre las mejores del mundo[5]. Es decir que no tan solo se llevan a enfermeras gratis, sino que se llevan a enfermeras que en muchos casos han sido formadas en las consideradas mejores Facultades de Enfermería del mundo, sin que ello signifique que el resto de Facultades de nuestro país no tenga una formación de alta calidad. Ya sabemos que los rankings tampoco pueden ni deben ser considerados excluyentes de nada ni de nadie. En definitiva, todo un verdadero chollo para quienes las reclutan y un auténtico desastre para el país que pierde a profesionales de excelencia que difícilmente van a retornar, dando lo mejor de sí fuera de nuestras fronteras, mientras quienes permiten y dejan que esto suceda siguen haciendo falsa e hipócrita apología hacia las enfermeras.

Sino fuera por lo patética que resulta esta situación, podríamos decir que estamos ante The Matrix Nursing,

Tal como se plantea en la saga de películas escritas y dirigidas por las hermanas Wachowski[6], en un país como España en el que casi todas las enfermeras han sido “esclavizadas” por un modelo asistencialista, deshumanizado y medicalizado alejado de su verdadero paradigma disciplinar, se les mantiene en suspensión y con su conocimiento conectado a una realidad virtual llamada Matrix (Sistema Nacional de Salud-SNS) que se presenta como un modelo de excelencia. Las enfermeras son usadas por las organizaciones sanitarias para obtener resultados que alimenten esa realidad virtual que se ha creado en torno al SNS. Las pocas enfermeras que no están conectadas al modelo o que han logrado mantenerse alejadas del mismo, se mueven al margen de dicha realidad entrando a Matrix (SNS) en un intento por liberar a quienes están conectadas y mantienen una sensación de permanente bienestar en la zona de confort virtual que se les ha creado y que han asumido como propia, o tratando de cambiar el modelo con lo que ello supone de resistencia y de riesgo para ellas, o huyen buscando otras realidades en las que puedan desarrollar sus competencias de manera autónoma y digna.

Es cierto que xisten referentes enfermeras en Matrix (SNS) que pueden ser quienes acaben con esa subsidiariedad, según algunas profecías o leyendas. Sin embargo, dichas referentes son señaladas y perseguidas tanto por quienes protegen Matrix (SNS) como por quienes se mantienen conectadas a dicho modelo, aunque pudiese suponer su liberación y recuperasen de su libertad de actuación y autonomía profesional.

Pero, al contrario de lo que pasa al final de la primera película de esta serie de ciencia ficción no existe la/el Elegida/o que acabe con quienes lideran Matrix (SNS). The Matrix Nursing, lamentablemente, no es una historia de ciencia ficción creada por las hermanas Wachowski. Se trata de una realidad alejada de la ciencia y la ficción, muy próxima a la política que mantiene conectadas las enfermeras al SNS (Matrix).

Volviendo al contexto en el que la realidad supera a la ficción, es decir, a nuestra triste realidad, las enfermeras siguen manteniendo un SNS que ni cree ni apuesta por ellas, a pesar de ser, posiblemente, de las mejores enfermeras del mundo.

Es difícil imaginar que contando con ingenieros, matemáticos, filósofos, historiadores… excelentemente formados, se les contratase para obreros de la construcción, contables, cuentacuentos o monologuistas, que siendo oficios muy dignos y necesarios, no deben ser ocupados por profesionales con una formación superior y de alta calidad que requiere de una gran inversión y que privaría a la sociedad de la posibilidad de contar con infraestructuras fiables, seguras y de calidad, formulaciones matemáticas que facilitan muchos procesos complejos, de reflexiones sobre la esencia, las propiedades, las causas y los efectos de las cosas naturales, especialmente sobre el hombre y el universo, o de conocer, de acuerdo con determinados principios y métodos, los acontecimientos y hechos que pertenecen al tiempo pasado y que constituyen el desarrollo de la humanidad desde sus orígenes hasta el momento presente. Sin embargo, se admite como lógico que se contraten enfermeras con la única y casi exclusiva “función” de ser soporte subsidiario de la actividad médica, usurpando a las personas, las familias y la comunidad de los cuidados profesionales que les permitan tener una atención integral, integrada, integradora y humanizada.

En lugar de eso se pervierte el discurso tratando de confundir tanto a las enfermeras como a la sociedad con unas hipotéticas y nuevas funciones a desarrollar por parte de las enfermeras, cuando en realidad lo que se está pretendiendo es substituir o subsanar la respuesta médica ante una demanda inducida e insatisfecha que no corresponde a las enfermeras solucionar, aunque si contribuir a ello. Nunca fue buena apuesta el desvestir un santo para vestir a otro. Entre otras cosas porque posiblemente las ropas de uno no se adapten a las condiciones y necesidades del otro. En definitiva, no se trata de que las enfermeras asuman nuevas funciones, que podría y debería ser objeto de análisis y debate para darle el contenido y el sentido que merecen desde una respuesta enfermera, lo que se pretende, es tan solo una respuesta de circunstancias que, entre otras cosas, responda a las demandas de falta de tiempo de los médicos o a la falta de estos derivada de una nefasta gestión de ordenación profesional y no tanto al número de estos en el SNS, tal como se desprende también de los datos aportados por la OCDE que lamentablemente son ignorados.

Nuevamente la utilización de profesionales altamente cualificadas en Enfermería se identifican como si de una rama de la medicina se tratasen de tal manera que sirvan para maquillar las deficiencias del modelo Matrix al que se les intenta conectar artificialmente con el fin de que den respuestas artificiales y se elimine la posibilidad de que lo hagan en base a los conocimientos, habilidades y competencias que les otorgan para prestar cuidados de calidad, en el entorno de la realidad no virtual que se obvia permanentemente.

El resultado no puede ser peor. Ni la sociedad va a tener satisfacción con la respuesta dada, ni las enfermeras van a poder desarrollar su actividad autónoma y reconocida fuera de nuestras fronteras e ignorada en las nuestras, dando la razón al dicho popular de que nadie es profeta en su tierra.

No se trata por tanto de nuevas funciones, no nos equivoquemos. Ni asumiéndolas, tal como se pretende, vamos a tener mayor reconocimiento. Ni lograremos que el sistema funcione mejor.

Caer en esa trampa es conectarnos a la realidad virtual con la que quieren deslumbrarnos al tiempo que atraparnos.

Como profesionales con una reconocida formación superior de alta calidad, debemos aportar la coherencia y la evidencia que nos permite exigir desarrollar nuestro verdadero papel en el SNS, liderando los cuidados y ofreciendo respuestas éticas y humanas al tiempo que científicas y razonadas desde nuestro paradigma enfermero. No hacerlo supone dejar espacios que van a tratar de rellenarse con soluciones que sustituyan nuestra aportación específica de cuidados profesionales, mediante titulaciones tan innecesarias como ineficaces e ineficientes, bajo el pretexto de una supuesta necesidad que no se tiene la voluntad política de reconocer quienes son sus verdaderas e insustituibles protagonistas, las enfermeras.

Todo ello, a pesar de que algunas/os crean que de esta manera Darías Alegría[7] a alguien. No se trata de dar alegrías en forma de supuestas soluciones que ignoran las que se tienen y, además, son de gran calidad y a un coste razonable si se tiene en cuenta el beneficio que a medio – largo plazo se obtiene. Jugar al cortoplacismo del oportunismo político no da alegrías y supone un claro perjuicio económico, social y, sobre todo, de salud, para la población a la que hay que atender.

No se trata de buscar al Elegido como sucede en Matrix, ni esperar a que aparezca en escena Morfeo. Se trata de saber qué somos y qué podemos ofrecer sin necesidad de que nos tengan que dictar las funciones que en cada momento interesen a la virtualidad de Matrix.

Por su parte quienes desde sus puestos de responsabilidad política siguen planteando respuestas virtuales deberían reflexionar sobre el daño que hacen a la salud comunitaria como derecho que es de la ciudadanía a quien dicen representar. Identificar, reconocer y valorar a las enfermeras y su aportación singular e insustituible no debiera ser una opción sino una obligación como garantes que son de ofrecer las mejores respuestas posibles en base al acceso y movilización de los recursos de mayor calidad disponibles. No hacerlo, tal como hacen, es un claro ejemplo de mala gestión, torpeza política, ignorancia, o de claudicación a presiones alejadas de criterios de calidad y cercanas a presiones de poder. O la combinación de todas ellas.

Generar discursos en los que se utilicen los rankings de excelencia de formación enfermera o la demanda de enfermeras por parte de terceros países, tal como hacen algunas/os políticas/os, como elemento de calidad “Marca España” es un ejercicio de cinismo, hipocresía, demagogia, populismo y mediocridad que no tan solo deja en evidencia a quienes los trasladan, sino que convierte en cómplices de los mismos a quienes aplauden tan indignas como patéticas palabras.

Por parte de las enfermeras resulta imprescindible que sepamos respondernos y responder a la sociedad sobre ¿qué somos? ¿qué aportación singular y específica realizamos? ¿qué nos hace diferentes? ¿qué nos hace insustituibles? ¿qué significa el cuidado enfermero? No hacerlo genera dudas razonables que propician la conexión a la virtualidad de quienes siguen interesados en que existamos, pero no pensemos ni actuemos con la autoridad, el liderazgo y el empoderamiento de una ciencia propia que genera conocimiento diferenciado, pensamiento crítico y evidencias que ponen evidencia el modelo sanitario al que nos quieren conectar en un intento desesperado por mantenerlo a pesar de sus claras deficiencias.

La salud, los cuidados, la empatía, la humanización, la enfermería no son ciencia ficción. Son parte de una realidad viva, dinámica y necesaria, que no se puede ni debe obviar por intereses de nadie ni de nada. Hacerlo es intentar construir un escenario que, por muy idílico que se quiera presentar, siempre acaba por dejar al descubierto sus carencias y sus dolencias que, en definitiva, quienes las sufren son las personas, las familias y la comunidad que son engañadas desde la ficción que se les presenta.

El SNS no puede seguir siendo el Matrix en que lo han convertido. Las enfermeras, por su parte, deben ser desconectadas de la virtualidad que lo alimenta para que se les pueda exigir resultados basados en sus competencias y no en lo que de ellas se quiere obtener para mantenerla.

La virtualidad del Matrix en que se ha convertido nuestro SNS, en definitiva, es costosa, ineficaz e ineficiente y provoca una fuga importantísima de conocimiento, creatividad y talento que todas/os deberíamos impedir generando una realidad atractiva y atrayente a la que incorporarse y no una desagradable y repelente que siga alimentando el libre reclutamiento de las mejores enfermeras que les permita situarse lejos de esta virtualidad tan nociva.

Me gustaría pensar que esto es el sueño de una noche de verano tórrido y asfixiante como el que estamos sufriendo y que realmente se acabe imponiendo lo que nunca debiera haberse perdido, la coherencia y el sentido común.

Dejar escapar talento, es defraudar. No retener talento es signo de ineficacia. No reconocer talento es síntoma de ignorancia. No valorar talento es muestra de desprecio. Permitir que otros lo hagan y nos priven de la riqueza que tenemos y generamos es producto de la mediocridad de altos cargos con la capacidad de decisión para evitarlo.

No actuar para reclamar nuestra posición. No rechazar propuestas alejadas de nuestra realidad disciplinar/profesional. No identificar a nuestras/os referentes. No huir de las zonas de confort que se crean para inactivarnos. Son claras muestras de debilidad e inmadurez profesional/disciplinar que propician nuestra conexión a una virtualidad que nos esclaviza y paraliza o a una huida masiva que no es deseada, pero acaba siendo prácticamente la única vía de escape de Matrix.

Y con esta reflexión, para nada virtual, abro un paréntesis de descanso que cerraré en septiembre para seguir compartiendo mis inquietudes, deseos, sentimientos y emociones en torno a la Enfermería, las enfermeras, los cuidados y la salud.

Feliz y saludable descanso a todas/os quienes puedan tenerlo y a quienes no, que su trabajo sea realizado con la satisfacción y el orgullo de ser y sentirse enfermeras.

A todas/os un fuerte abrazo.

[1]   Médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, figura clave en la etapa inicial del psicoanálisis (1875-1961)

[2] http://efyc.jrmartinezriera.com/2018/08/09/las-enfermeras-low-cost/

[3] Crespo-Montero R. 2020. Año Internacional de las Enfermeras y las Matronas. Enferm Nefrol. 2020 Ene-Mar;23(1):7-8

[4] Los actos realizados al amparo del texto de una norma que persigan un resultado prohibido por el ordenamiento jurídico, o contrario a él, se considerarán ejecutados en fraude de ley y no impedirán la debida aplicación de la norma que se hubiere tratado de eludir. Artículo 6.4 Código Civil.

[5] https://www.redaccionmedica.com/secciones/estudiantes/espana-logra-sumar-7-facultades-de-enfermeria-entre-las-mejores-del-mundo-4670?utm_source=redaccionmedica&utm_medium=email-2022-07-26&utm_campaign=boletin

[6] Conocidas como Las hermanas Wachowski, son directoras de cine, guionistas y productoras estadounidenses, creadoras de la saga Matrix

[7] En referencia a la Ministra de Sanidad, Carolina Darias, y de la Ministra de Educación, Pilar Alegría, que están ignorando y ninguneando a las enfermeras con sus silencios, medias verdades o mentiras completas que afectan de manera tan negativa al desarrollo profesional y disciplinar.

AUTOCUIDADO Día Internacional del Autocuidado

A todas /os las cuidadoras/es que facilitan la salud individual y colectiva con el autocuidado.

“No podemos dirigir el viento, pero podemos ajustar las velas «.

Dolly Parton[1]

 

 

            Hablar de autocuidado es hablar de cuidados. Esto que en apariencia puede parecer una obviedad que no precisa ser destacada considero que es fundamental para identificar y valorar en su justa medida el valor, precisamente, del autocuidado.

            Porque si partimos de la base de que los cuidados, lamentablemente, siguen estando infravalorados y casi exclusivamente ligados a la mujer como rol social que le es asignado por el simple hecho de serlo y al ámbito doméstico y familiar como parte de esa misma designación social transmitida de generación en generación a través de la cultura, la educación, entenderemos el valor que se  le da al autocuidado más allá del que supone como descarga para los conocidos como sistemas formales de cuidados, es decir, los prestados por las organizaciones sanitarias o sociales.

Esta idea, aún presente en nuestra sociedad, toma mayor relevancia en la mujer sin responsabilidades familiares, a la que se consideraba disponible para dedicar su tiempo y energía a cualquier miembro de la familia que necesitase ayuda en sus cuidados, considerando normal la dedicación a los demás y que además lo haga con una actitud de complacencia. Por el contrario, la no dedicación es considerada una conducta reprobable, lo que está muy influenciado por la cultura judeocristiana en la que la culpabilidad y la resignación impregnan este sentimiento cuidador.

A pesar de los cambios demográficos, epidemiológicos, sociales, culturales, económicos y de la estructura familiar, las mujeres siguen siendo mayoritariamente las cuidadoras, aunque estas no tengan vínculos familiares al ser mujeres que se incorporan al cuidado como soporte de dicha necesidad y con remuneración, aunque la misma no esté regulada y sea una fuente de precariedad laboral importante[2].

De lo que no cabe ninguna duda es que el cuidado no puede quedarse en una responsabilidad individual o familiar de quienes tienen a su cargo personas con problemas de dependencia, sino que hay que comenzar a mirar esta realidad como un problema social que requiere de las medidas sociales y de los recursos necesarios para abordarlo responsablemente.

A todo ello hay que añadir que los cuidados familiares, identificados en cierta medida como autocuidados al realizarse al margen del ámbito profesional, no se limitan a aquellos que se prestan a personas con falta de autonomía o con dependencia. Porque todas las personas, por el hecho de serlo y de ser vulnerables, requieren igualmente de cuidados y de autocuidados.

Twigg y Atkin (1994) ofrecen un modelo explicativo sobre el papel que desempeñan los cuidadores que resulta de utilidad para analizar la relación que se produce entre éstos y las enfermeras. Así pues, se distinguen los del cuidador como recurso, el cuidador como co-rabajador, el cuidador como cliente y el cuidador como elemento de producción de bienestar[3].

El modelo de la cuidadora como recurso centra la atención en la persona que requiere los cuidados, la cuidadora solamente es considerada en función de la ayuda que presta a la persona dependiente. Desde esta perspectiva, cobra significado la mirada que se proyecta desde la North American Nursing Diagnosis Association (NANDA) con la propuesta de las etiquetas diagnósticas de cansancio del rol del cuidador, como la «dificultad para satisfacer las responsabilidades de cuidados, expectativas y/o comportamientos requeridos por la familia o personas significativas», y de riesgo de cansancio del rol del cuidador, en el que el cuidador es susceptible al diagnóstico real (Herdman et al. 2019)[4]. En esta propuesta se pone de manifiesto la importancia de la cuidadora como recurso, que interesa en la medida en que puede garantizar el cuidado de quien requiere de la ayuda, quedando exenta de consideración en sí misma.

La consideración de la cuidadora como cotrabajadora concede a ésta un significado activo y la sitúa en una relación simétrica con la enfermera, tanto una como la otra llevan a cabo los cuidados que requiere la persona con el objetivo de conseguir la mejor atención posible. Desde esta perspectiva, los objetivos y las actividades de cuidados serán consensuados y compartidos. En este caso, el papel de la enfermera es fundamental para garantizar el seguimiento periódico y oportuno de la evolución de la persona que requiere cuidados y, también, muy especialmente de la disposición que de la cuidadora mantiene.

En cuanto a la visión de la cuidadora como cliente, se explica desde la necesidad de considerarla como objeto de interés de la enfermera como cliente en sí misma, por los problemas que puede llegar a padecer como consecuencia de su dedicación al otro. Desde esta perspectiva, la cuidadora pasa a ser para la enfermera una persona necesitada de ayuda y objeto de interés de sus cuidados como persona independiente de la persona cuidada, que será considerado en este punto como un factor etiológico que influye en los cuidados de salud de la cuidadora y en sus respuestas.

La cuidadora como elemento de producción de bienestar contempla a ésta desde una perspectiva en la que priman los aspectos económicos. Ya se ha apuntado anteriormente la importancia del sistema familiar de cuidados para la planificación del sistema formal, ya que difícilmente podría asumir este último las atenciones y los costes que actualmente se ofrecen desde el sistema familiar. Una mirada enfermera también nos lleva a considerar la importante aportación que la cuidadora familiar hace al bienestar de la persona que cuida quien es cuidado por esta. Los cuidados de allegados, como actividad derivada de la falta de capacidad de la otra persona para sus autocuidados, se llevan a cabo con acciones que pueden ser como para uno misma o como los que haría la persona dependiente por ella misma si pudiese. Los cuidados familiares, por tanto, responden a los valores y la cultura de referencia de quienes los reciben y los ofrecen, lo que produce una mayor percepción de bienestar[5].

Por tanto, el autocuidado, sea este prestado por alguna persona en el ámbito familiar para resolver la falta de autonomía o dependencia de otra persona o bien sea un cuidado individual hacia la propia persona para satisfacer sus necesidades de salud, requieren de una atención muy especial de quienes tienen la responsabilidad y la competencia de los cuidados profesionales, es decir, las enfermeras.

Pero esta visión del autocuidado está muy ligada e íntimamente relacionada con el modelo que impregna nuestro Sistema Nacional de Salud (SNS) que es claramente paternalista, medicalizado, tecnológico, basado en la enfermedad y asistencialista y en el que, los cuidados, juegan un papel de subsidiariedad que les restan valor y visibilidad. De tal modo que los cuidados realmente no están institucionalizados en el SNS y son una simple consecuencia o aporte secundario a lo que verdaderamente se valora, como es la curación de la enfermedad. Desde esta perspectiva asistencialista los cuidados son una acción que presta socorro, favor o ayuda ante un hecho o necesidad puntual como puede ser la cura de una úlcera, la toma de una constante vital o la administración de una técnica.

Los cuidados profesionales, sin embrago, tienen en cuenta o en consideración a una necesidad o demanda de manera integral, integrada e integradora ante un problema de salud individual, familiar o comunitario, en el que resulta imprescindible la participación de las personas para lograr que estas sean capaces de asumir su propio cuidado.

Autocuidado que debe tener como objetivo fundamental lograr el empoderamiento de las personas facilitando que ejerzan su poder para tomar decisiones por sí mismas, asumiendo como objetivo de este logro del autocuidado por parte de las enfermeras, el conseguir la autogestión, autodeterminación y autonomía de las personas estén estas sanas o enfermas. De tal manera que se deberá perseguir fundamentalmente mantener sanos a los sanos a través del autocuidado y ayudar y asesorar en el cuidado a quienes lo requieran hasta que logren hacerlo sin nuestra participación.

Para lograrlo debemos ser capaces, como enfermeras, de dar información técnica asequible y adaptada, ofrecer alternativas a la información, ayudar a identificar problemas, riesgos, mejoras y recursos, facilitar relación de ayuda y modelo de toma de decisiones compartidas, ofrecer alternativas y ayudas para mejorar en su salud y, de manera muy especial, aceptar y respetar, las decisiones tomadas por quienes finalmente tienen la responsabilidad de hacerlo que son las personas.

Ante un contexto de cuidados como el que actualmente existe en nuestra sociedad, seguir negando la importancia de los cuidados y su eficaz y eficiente gestión, es una irresponsabilidad.

Las enfermeras, como garantes de los cuidados profesionales, tenemos el compromiso, la competencia y la responsabilidad de asumir el liderazgo de los cuidados profesionales y su aportación a la capacidad de autocuidado que precisa, necesita y demanda la población mucho más allá del de servir de soporte a la sostenibilidad del SNS.

Las/os decisoras/os políticas/os y sanitarias/os, por su parte, tienen la obligación de tomar decisiones que faciliten, protejan, valoren y visibilicen los cuidados como acciones indispensables de salud individual, familiar y comunitaria y se alejen de los discursos oportunistas en los que los incorporan habitualmente.

El autocuidado, por tanto, adquiere una trascendencia que va más allá de la celebración de un día de recuerdo o conmemoración al tener que incorporarse como un elemento fundamental de abogacía de la salud.

Es cierto que los cuidados son universales y por tanto no son patrimonio exclusivo de nadie. Pero no es menos cierto que los cuidados profesionales son la seña de identidad profesional y científica de las enfermeras y que en base a ello son quienes en mejor disposición están para responder a las necesidades que en este sentido se plantean y que sin duda permitirán generar poblaciones más sanas y saludables.

Para terminar, me gustaría hacerlo con un poema de Rafael Alberti (Poema Canción 8) sobre el agua. Entendiendo que, de igual manera que identificamos al agua como un elemento indispensable para la vida, aunque el mismo sea incoloro, inodoro e insípido, los cuidados a pesar de ser silenciosos, imperceptibles e invisibles, también son indispensables.

Entré en el patio que un día

fuera una fuente con agua.

Aunque no estaba la fuente,

la fuente siempre sonaba.

Y el agua que no corría

volvió para darme agua.

Si sustituimos en el poema la palabra agua por cuidados podemos comprobar que, efectivamente, no podemos vivir sin cuidados, de igual manera que no podemos hacerlo sin agua o sin aire. Necesitamos beber, respirar, pero también cuidar y saber cuidarnos.

[1]   cantautora, actriz, filántropa y empresaria estadounidense (1946)

[2] Martínez Riera JR. Necesidades de los cuidadores según tipo de residencia. Enferm Comunitaria. 2005;1(2):8-15.

[3] Twigg J, Atkin K. Carers perceived: policy and practice in informal care. Philadelphia: Open University Press; 1994.

[4] Herdman TH, Kamitsuru S, North American Nursing Diagnosis Association. NANDA Interna-tional, Inc. Diagnósticos enfermeros: definiciones y clasificación 2018-2020, undécima edición. Barcelona: Elsevier España; 2019.

[5] Mirón González, R. García Sastrey, MM. Francisco del Rey, C. Cuidadora Familiar. En Martínez-Riera, JR y Del Pino Casado, R. Manuel de Enfermería Comunitaria. 2ª Edición. ELSEVIER, 2020.

LA OCASIÓN LA PINTAN CALVA Silencio, competencias y ganancias

A Íñigo Lapetra[1] que de manera tan noble como firme defendió a las enfermeras y la enfermería.

                                   

                                                                                     “¿No te parece significativo, por ejemplo, que el concepto de lo justo coincidiera siempre sospechosamente con nuestros intereses?”.

Miguel Delibes.[2]

 

El refranero español, tan popular como sabio, nos permite identificar pensamientos, enseñanzas o consejos que permanecen invariables a lo largo del tiempo.

Traigo en esta ocasión uno de dichos refranes porque creo que resume en muy pocas palabras lo que actualmente está sucediendo en el panorama sanitario con relación a la denunciada falta de profesionales sanitarios.

El refrán proviene de la representación de la Diosa de la Ocasión, conocida como Diosa de la Oportunidad. Para los romanos, era una mujer de hermosa cabellera larga, que le cubre el rostro y es calva por detrás, por lo general, posee alas en los talones y espalda, sostiene un cuchillo en su mano derecha, y se encuentra parada sobre una rueda en movimiento.

La oportunidad, tal como la Diosa, cuando pasa por enfrente se debe de coger por la cabellera, ya que cuando termine de pasar no habrá por donde sujetarla, y generalmente las buenas ocasiones solo pasan una vez, no existe otra totalmente igual.

La ocasión la pintan calva hace referencia, por tanto, a las oportunidades que se presentan, aprovechando y disfrutando de las buenas coyunturas.

Y eso precisamente es lo que algunas/os están haciendo con ocasión de la situación que se ha presentado tras la pandemia y que se ha querido y se ha logrado trasladar como una situación de carencia de médicos, sobre todo en Atención Primaria. Digo de médicos porque es de lo que se está informando diariamente en los medios como si el resto de profesionales de la salud no tuviesen ese problema.

La cuestión es si tal situación obedece a un intento lícito, aunque no sea real, de lograr mejoras laborales. Porque lamentablemente se concretan casi exclusivamente en las mismas, sin que al menos por parte de los medios de comunicación o de quienes en los mismos se manifiestan en representación del citado colectivo, se hable de nada más que no sea de dichas condiciones y sus reivindicaciones. Condiciones que, por otra parte, utilizan como argumento que pretenden sea exclusivo y excluyente de las razones por las que los médicos abandonan la Atención Primaria como ámbito de desarrollo profesional o que ni tan siquiera les seduzca la posibilidad de acceder a él como demuestra las plazas desiertas de dicha especialidad en la última oferta de formación especializada médica (MIR)[3].

Otra cosa bien distinta es si esta ocasión que aprovechan es, además de lícita, ética, apropiada, oportuna o estética. Pero tampoco esto pretende ser motivo de mi reflexión, que considero debería ser realizada por el propio colectivo médico a través de un análisis que huya de corporativismos arcaicos y alejados del que debiera ser objetivo de su valiosa aportación profesional.

Lo que realmente me preocupa es que la situación de desolación organizativa y de atención que tras de sí está dejando la pandemia, porque no podemos olvidar que continua entre nosotros y sigue dejando rastros de dolor, sufrimiento y muerte, sea precisamente la ocasión que pintan calva.

Resulta triste y me atrevo a decir que rechazable que cualquiera haga un uso interesado y oportunista para tratar de sacar rédito laboral o de cualquier otro tipo de dicha situación.

Porque el tema lamentablemente no es cómo mejorar el SNS y las consecuencias de su caduca, ineficaz e ineficiente organización, gestión y respuesta. El tema se centra en cómo aprovechar estas circunstancias de tal manera que parezcan las razones de una no menos caótica respuesta profesional derivada o secundaria a las anteriores, aunque posiblemente obedezcan a un mismo patrón de comportamiento, basadas en la mediocre toma de decisiones políticas influenciadas por presiones que lejos de pretender dar respuestas a las necesidades de la población se concretan en las necesidades corporativas de quienes actúan como lobbies de poder.

Por tanto, considero que la solución al KO no es, al menos exclusiva y posiblemente tampoco de manera prioritaria, la falta de profesionales, aunque determinados colectivos sigan insistiendo en esta causa y algunos medios sigan dando credibilidad a la misma sin ni tan siquiera contrastarla. Dando voz únicamente a quienes así lo reivindican con vehemencia, asumiendo como válida esta premisa y descartando sin más el que puedan existir carencias en otros colectivos que simplemente ignoran.

Mientras se quedan desiertas plazas de formación especializada de medicina familiar y comunitaria tal como comentaba, las plazas ofertadas de formación especializada enfermera en idéntico ámbito son las primeras en cubrirse. Sin embargo llama la atención que posteriormente estas especialistas no sean contratadas como tales por no existir, en la mayoría de los servicios de salud de nuestro país, la categoría laboral creada y sin que en aquellos en los que si lo está estén definidas las competencias que tienen que asumir de manera diferenciada con las enfermeras no especialistas lo que supone tanto descrédito y falta de valor añadido y diferenciado para la propia especialidad, como generación de conflictos ante la indefinición provocada, nuevamente, por la ausencia de criterios claros y rigurosos en la toma de decisiones de las/os gestoras/es políticas/os y sanitarias/os.

Pero, además, tenemos que resaltar la que sin duda es una falta de respeto por parte del Ministerio de Universidades hacia las enfermeras al llevar 7 meses, desde que se celebrase el 11 de diciembre del pasado año la lamentable y caótica prueba excepcional de acceso a la especialidad tras más de una década para convocarla, sin dar una respuesta a quienes aprobaron la citada prueba y sin que se sepa aún la fecha de celebración del segundo examen. El silencio tanto del ministro Castells como de su predecesor el Sr Subirats ante las permanentes solicitudes por parte de sociedades científicas como la Asociación de Enfermería Comunitaria (AEC) o las respuestas retóricas y sin sentido, han sido la constante de los máximos responsables del citado Ministerio[4], [5][6], [7], [8], [9], [10]. Posiblemente porque piensen que mejor callar, ante la sospecha de su mediocridad, a hablar y que despejen cualquier duda al respecto.

Por su parte el Ministerio de Sanidad, aunque no tiene competencias en cuanto a la solución del proceso evaluador, tampoco ha ejercido, no ya presión que sería lo deseable, sino ni tan siquiera solicitud alguna para que se lleve a cabo la resolución de la prueba que supone el reconocimiento a la especialidad, siendo esto igualmente una absoluta desconsideración hacia las enfermeras. Pero en este caso además, como máximo órgano de la sanidad española, falta de respeto también hacia la población a la que se debe dar respuesta de cuidados, al no mostrar interés alguno en que se cuente con profesionales que mejorarían la calidad de la atención y paliarían parte de las graves deficiencias actuales de la Atención Primaria de Salud, tal como se recoge en la Estrategia de Atención Primaria y Comunitaria, pero que lamentablemente queda únicamente como una nueva declaración de intenciones que no solo no se concreta al no darse los pasos necesarios para que se haga efectiva.

No es una cuestión laboral, que nadie trate de manipular, se trata de una respuesta a las necesidades de salud y cuidados que quedan claramente evidenciadas en múltiples estudios científicos que son sistemáticamente obviados[11], [12], [13]. Es decir, no existe voluntad política por resolver el problema y tan solo tratan de maquillar la situación con anuncios tan llamativos como incumplidos como la creación de una estrategia de cuidados hecha por la actual ministra de sanidad, Carolina Darias, durante el cierre de la campaña Nursing Now que se vio obligada a realizar en diciembre del pasado año. Todo ello aderezado con idéntica capacidad de diálogo que su homólogo en el ministerio de Universidades, es decir, el silencio como única e implacable respuesta a cualquier petición que en tal sentido se le ha venido trasladando en repetidas ocasiones, como elemento para ejercer su poder

Desde el ministerio de Educación, por su parte, la actual ministra, la Señora Alegría, no se le ocurre mejor manera para regular la falta de respuesta cualificada de cuidados que crear nuevas titulaciones que lejos de suponer una mejora pueden significar una importante merma en la calidad de la atención. De manera mimética a sus compañeros ministeriales mantienen el silencio como respuesta a los intentos de análisis conjunto, a pesar de las solicitudes realizadas por parte de Sociedades Científicas o grupos profesionales de referencia como Grupo 40+ Iniciativa Enfermera, en torno a un contexto que desprecian en igual proporción al desconocimiento que del mismo tienen[14], [15].

Parece como si desde los tres ministerios, como hicieran las constructoras para lograr acceder a contratos públicos, se pusieran de acuerdo para adoptar idéntica estrategia ante las demandas tan lícitas y justas como sistemáticamente incumplidas o respondidas con fallidas y deplorables soluciones, manteniendo como denominador común el silencio, pensando posiblemente, que es pacífico, cuando en realidad es doloroso y clara y necesariamente evitable.

Este incomprensible y reprochable silencio tratan de maquillarlo anunciando una estrategia de cuidados, al mismo tiempo que se obstaculiza, limita o niega el valor de los cuidados y de las enfermeras que los prestan, en un acto de hipocresía institucional y de absoluta falta de responsabilidad política, institucional e incluso humana de quienes tienen la obligación de servicio que les otorga los puestos que ocupan y de los que hacen un uso partidista y alejado de la realidad de cuidados que plantea la comunidad.

Incluso el presidente del Gobierno esta misma semana en su discurso del Estado de la Nación planteó una metáfora en la que habló de la necesidad de contar con médicos especialistas en lugar de curanderos para atender la actual y maltrecha situación económica y social. No sé hasta qué punto no hubiese sido mejor que hablase de la necesidad de contar con enfermeras que son especialistas de cuidados que, en gran medida, es lo que le hace falta a esta sociedad tan carente de los mismos. Pero es lo que tiene, las/os políticas/os tan solo relacionan la salud con quienes precisamente tan alejados de ella están y así es difícil que logremos una sociedad saludable. Ante la carencia de anuncios relacionados directamente con la salud o la sanidad, más allá de los económicos que sin duda repercuten en la salud, anunciar el desarrollo de la estrategia de cuidados para que no se quede tan solo y nuevamente en una ilusión o promesa para mantener satisfechas temporalmente a las enfermeras, hubiese aportado valor al discurso presidencial, pues sin duda es un tema de calado para la población aunque no se identifique como tal por razones que sospecho pero que prefiero no referir.

Mientras todo esto está sucediendo y se trata de hechos contrastables y alejados de cualquier interpretación maliciosa e interesada, en algunos servicios de salud autonómicos se pretende que las enfermeras acepten como válidas respuestas que están al margen de la legalidad vigente y que además suponen tener que renunciar a hacer lo que les compete, prestar cuidados de calidad, para asumir lo que, aún en disposición teórica para hacer, no disponen del soporte normativo que les respalde hacerlo[16], [17]. Se trata, una vez más, de un intento por utilizar a las enfermeras como comodín o arma arrojadiza de sus torpes jugadas políticas y de culparlas, llegado el caso, por rechazar su envenenado encargo, en un despreciable juego de cinismo y de desprecio a las enfermeras y a la población a la que dicen representar y, por tanto, respetar. Nada más lejos de la realidad. No tienen intención alguna de promocionar y favorecer el desarrollo profesional enfermero, pues su decisión de adjudicación competencial es realizado con idéntico número de enfermeras e idéntica remuneración y sin que en ningún caso se contemple la incorporación de especialistas de enfermería familiar y comunitaria o de llevar a cabo un diagnóstico que permita identificar claramente las necesidades reales de profesionales, su distribución y asunción de competencias en base a la legalidad vigente[18], [19]. Además, con su decisión enfrentan a las enfermeras con los médicos que las identifican como intrusistas y con la población al situarlas como las culpables de no querer dar respuesta a sus demandas provocando, por tanto, una respuesta de rechazo ante una decisión tan coherente, ética, estética y de máximo respeto hacia la sociedad por parte de las enfermeras.

Por su parte, los médicos, aparecen en este escenario como víctimas de todo este proceso que no es producto de la falta de efectivos de manera única y generalizada, pero que se ha generado la ocasión propicia para que así parezca y por la que la sociedad los identifica como tales alineándose con sus reivindicaciones. Es, en definitiva, la tormenta perfecta.

Que nadie pretenda hacer un uso interesado de mi reflexión y de lo que de la misma se traslada. En ningún caso, de ninguna manera, pretendo ir en contra del colectivo médico. Más bien todo lo contrario. Considero que se les está utilizando también de manera interesada, pero de igual manera creo que la respuesta que están dando, a través de sus representantes, a una situación de falta de atención humanizada, cercana empática, cuidadora, salutogénica, equitativa… no se corresponde con la realidad, siendo manejada de manera oportunista para conseguir reivindicaciones que a pesar de ser justas no obedecen a los argumentos que se están utilizando, aprovechando las circunstancias y entrando, en muchas ocasiones, al trapo de las provocaciones, al transformar las decisiones políticas en denuncias de supuestos intentos de invasión de competencias por parte de las enfermeras, cuando ni es la intención, ni el interés de las mismas hacerlo[20].

Otra cosa, bien diferente, es que se estudie con rigor la situación actual, tanto de necesidades como la forma para dar la mejor respuesta a las mismas revisando, si hace falta, quiénes, cómo, de qué manera, cuándo, dónde… Sin que ello sea visto como una lucha disciplinar, como se quiere hacer ver, por parte de quienes no creen en la atención primaria ni en cómo mejorarla, sino tan solo como la mejor manera para lograr rédito político, sindical, profesional o laboral… aunque sea a costa de la calidad de la atención y de las personas que la merecen.

Todas/os somos necesarias/o. Otra cosa es que se pretenda creer o hacer creer que algunas/os son imprescindibles. Porque de imprescindibles están llenos los cementerios. Por tanto, trabajemos desde la necesidad que no desde la imprescindibilidad que de nuestras competencias se supone.

La atención de salud que precisan las personas, las familias y la comunidad, requieren de respuestas de equipo que trasciendan a los intereses laborales o profesionales y se centren en las necesidades sentidas por ellas. El trabajo transdisciplinar, por tanto, debe ser un esfuerzo común para conseguirlo y la mejor manera para atajar de una vez por todas la utilización que de unos y otros hacen las/os políticas/os con cantos de sirena que lo único que logran es que finalmente encalle, en el mejor de los casos, o se hunda la nave común en la que navegamos, es decir, el Sistema Nacional de Salud y que tanto desean los piratas de la salud que vigilan constantemente, cuando no atacan, para llevarse el botín y lucrarse con él.

La mejora de las condiciones profesionales e incluso laborales tanto de médicos, enfermeras como de otras/os profesionales de la salud no se concretan únicamente en el aumento de contratación de profesionales. Nuestra obligación como profesionales, con independencia de la disciplina en la que ejerzamos nuestra profesión, es la de dar la mejor respuesta desde nuestro paradigma disciplinar, pero también desde nuestro esfuerzo colectivo para que sea una respuesta de salud integral, integrada e integradora que pasa por huir de disputas y trabajar para sumar las fortalezas de cada una de las partes, restar las amenazas del entorno en que se producen, equilibrar las debilidades individuales y respetar las aportaciones singulares y específicas que lejos de ser excluyentes son necesariamente complementarias, teniendo en cuenta que también se requiere de la participación activa y decidida de la población, sin la que difícilmente seremos capaces de hacerlo con la garantía precisa.

Todo ello sin que hacerlo signifique necesariamente un trabajo de voluntarismo sin reconocimiento, al contrario. No somos ONGs y como profesionales debemos ser valoradas/os y justamente remuneradas/os, pero para ello debemos tener la firme y decidida voluntad de demostrar que somos merecedoras/es de serlo con aptitudes y actitudes dignas de las profesiones a las que representamos y de las que vivir dignamente sin pretender el lucro como único objetivo.

Cojamos del pelo a la Diosa Ocasión antes de que perdamos la oportunidad y nos encontremos con la sorpresa de su alopecia occipital que nos impida retenerla.

El refranero español es certero y al ya indicado y que da pie a esta reflexión se puede añadir el que dice que a río revuelto ganancia de pescadores. Lo que no acaba de aclarar el refrán en cuestión es quienes son, en esta ocasión, los pescadores, aunque parecen claras cuales son las ganancias pretendidas por unas/os u otras/os.

Para acabar un nuevo refrán que considero deberíamos aplicarnos con mayor frecuencia todas/os si realmente queremos que las cosas cambien, a Dios rogando y con el mazo dando.

[1] Informador de la salud del Consejo General de Enfermería que falleció el pasado día 8 a consecuencia de la COVID.

[2]   Novelista español y miembro de la Real Academia Española desde 1975 hasta su muerte, ocupando la silla «e» (1920-2010)

[3] https://diariosanitario.com/plazas-mir-desiertas-medicina-familia/

[4]https://www.enfermeriacomunitaria.org/web/attachments/article/2771/CARTA%20AEC_SEC.GRAL.UNIVERSIDADES_PRUEBA%20EXT_14_12_2021.pdf

[5]https://www.enfermeriacomunitaria.org/web/attachments/article/2783/CARTA_MINISTRO_UNIVERSIDADES_PRUEBA_EXT_20_01_2022_AEC[44].pdf

[6]https://www.enfermeriacomunitaria.org/web/attachments/article/2835/20220301_CARTA_MINISTRO_UNIVERSIDADES_PRUEBA_EXT_01_03_2022_AEC[6].pdf

[7]https://www.enfermeriacomunitaria.org/web/attachments/article/2855/20220323_CARTA_MINISTRO_UNIVERSIDADES_PRUEBA_EXT_22_03_2022_AEC[9].pdf

[8]https://www.enfermeriacomunitaria.org/web/attachments/article/2881/20220505_CARTA_MINISTRO_UNIVERSIDADES_PRUEBA_EXT_05_05_2022_AEC[46].pdf

[9]https://www.enfermeriacomunitaria.org/web/attachments/article/2881/20220120_CARTA_MINISTRO_UNIVERSIDADES_PRUEBA_EXT_AEC.pdf

[10]https://www.enfermeriacomunitaria.org/web/attachments/article/2891/20220509_Carta%20AEC.pdf

[11] Martín Palomo, María Teresa, & Venturiello, María Pía. (2021). Repensar los cuidados desde lo comunitario y las poblaciones vulnerables: Buenos Aires y Madrid durante la pandemia de SARS-CoV-2. Apuntes, 48(89), 127-161. https://dx.doi.org/10.21678/apuntes.89.1471

[12] Leticia San Martín-Rodríguez ∗ , Cristina García-Vivar, Paula Escalada-Hernández y Nelia Soto-Ruiz

Las enfermeras tras la pandemia por Covid-19: ¿y ahora qué? Enf Clínica 32 (2022): 1-3.

[13] Ana Mª Porcel-Gálvez, Bárbara Badanta, Sergio Barrientos-Trigo, Marta Lima-Serrano. Personas mayores, dependencia y vulnerabilidad en la pandemia por coronavirus: emergencia de una integración social y sanitaria. Enf Clínica 31 (2021): S13-S18.

[14] https://www.grupo40enfermeras.es/wp-content/uploads/2022/02/Carta-Ministra-Alegria.pdf

[15] https://www.grupo40enfermeras.es/wp-content/uploads/2021/05/MANIFIESTO-sobre-titulo-superior-para-TCAEs.pdf

[16] https://www.elmundo.es/madrid/2022/06/07/629ee3e5fdddff65068b4580.html

[17] https://www.huffingtonpost.es/entry/centros-de-salud-sin-medico-en-madrid-atencion-primaria_es_62ab7561e4b0cdccbe5b0526

[18] https://www.madridiario.es/sindicatos-plantan-propuesta-atencion-primaria-sin-medicos

[19] https://www.vozpopuli.com/espana/enfermeros-plan-madrid-medicos-familia.html

[20] https://vivirediciones.es/medicos-de-familia-ven-un-espanto-su-sustitucion-por-enfermeras-en-madrid/